¿Sabes quién es Kant?

 

Ahora que Kant se ha puesto de moda, recupero esta entrada de hace casi diez años.

Me he dado cuenta de una cosa: casi nunca hablo de libros. Quiero decir que casi nunca doy mi opinión sobre un libro concreto. Esto hay que corregirlo: no puede ser que una bitácora tan comprometida con la cultura como ésta, en la que puede usté encontrar de todo, tenga una laguna tan notoria (ahora que lo pienso, el cine lo tengo algo abandonado, y las artes escénicas y la arquitectura y las ciencias esotéricas -incluida la filosofía- y … aghhhhh!!!).

Pues bien, el otro día hablaba de los libros que releo. Comenzaré por uno de ellos. Se llama ¿Está usted de broma Sr. Feynman?, y fue publicado por Alianza Editorial. En realidad no está escrito por Feynman, sino narrado por Feynman, pues consiste en una transcripción de las conversaciones que mantuvo con Ralph Leighton durante varios años.

Es curioso, aunque perfectamente explicable, que un tío que prácticamente no hizo ningún esfuerzo por escribir libro alguno, sea éxito editorial. Sus obras, incluso las técnicas, no son muy numerosas, y en ellas siempre aparecen los ejem, ejem que tanto me gustan. Esos que anuncian obras provisionales, hechas ad hoc, porque necesitaba material para dar unas clases o unas conferencias. Feynman es un tipo muy interesante; no hay más que ver el éxito de uno de sus libros: uno que contiene centenares de cartas, muchas de ellas triviales. Sucede que, constantemente, a veces en la carta más insípida, aparece uno de esos destellos tan típicos de Feynman, asombrosos por una serie de rasgos admirables y escasos: claridad, sencillez y honestidad.

El libro del que les hablo (supongo que muchos lo habrán leído) es una especie de biografía a salto de mata, en el que faltan los últimos años, esos en los que alcanzó la fama entre el común tras ser incluido en la comisión que investigaba el accidente del Challenger. Pensaron en el premio Nobel vejete que no se entera y que le da prestigio a la investigación, pero se equivocaron. Hay una carta extraordinaria en el libro que antes cito en la que Feynman dice: “Mi conjetura es que me permitirán hacer esto abrumándome con datos y detalles, con la esperanza de enterrarme en detalles técnicos, para que mientras ellos tengan tiempo de ablandar a testigos comprometedores, etc. Pero esto no funcionará porque (1) tengo información técnica y entiendo mucho más rápido de lo que imaginan, y (2) ya huelo ciertas ratas que no olvidaré, porque me gusta el olor de las ratas, que es el inicio de una aventura excitante”. El resultado del “error” fue que, no solo obligase a incluir un anexo al informe final en el que se apartaba de las conclusiones de este, sino que demostrase su dominio de la imagen sencilla cuando en televisión echó unas arandelas del transbordador espacial en vasos con agua helada para demostrar su pérdida de flexibilidad.

Pero yo he venido aquí a hablar de su libro. Como es fruto de una serie de conversaciones, se centra en episodios aislados en los que aparece un personaje repleto de atractivo. Un tipo curioso, con un sentido del humor que no desfallece. Un hombre que parece disfrutar permanentemente, incluso cuando cuenta los trabajos en el proyecto Manhattan o la enfermedad de su primera mujer (que murió muy joven). Alguien que no duda en explicar sus torpezas en las relaciones con las mujeres o a la hora de reproducir los estereotipos de la época, y que es capaz de acercarse a cualquier tipo de conocimiento con una visión aguda, desprovista de mala leche, pero terriblemente perturbadora. Un hombre que aborda cualquier cosa con una suma de perfeccionismo y alegría envidiables, y que le terminan convirtiendo en un aficionado experto en la apertura de cajas fuertes, en la percusión, en el idioma maya o en la pintura. Y, sobre todo, un profesor; permanentemente preocupado por los caminos hacia una comprensión real, que es capaz de aplicar su tiempo al análisis de decenas de obras destinadas a los alumnos de las escuelas californianas o de analizar el fracaso de un modelo, el brasileño, tan tristemente cercano (esto es una suposición mía) al español.

Creo que leer ¿Está Ud. de broma Sr. Feynman? es peligroso. Se van a reír con el italiano de Feynman, con las reflexiones sobre los filósofos de Princeton, con las bromas de universidad, con los secretos militares, con la calificación psiquiátrica que le impidió ser alistado tras la guerra, con cientos de detalles en los que demuestra su ignorancia o desvela la casualidad que le hace aparecer como un genio, pero que, paradójica e inadvertidamente (o no), nos dicen constantemente lo contrario, con un efecto algo deprimente, pero estimulante, en el moral del que le lee. Además se van a enfrentar a una mente que no admite la palabrería. Mal asunto, cuando un porcentaje tan elevado de lo que nos han definido como “saber” es palabrería.

Cuenta Maquiavelo, en una de sus cartas —enviadas desde el exilio—, cómo, tras el atardecer, y después de haber realizado las faenas del día, se adecenta y se viste adecuadamente. Porque va a abrir uno de esos libros escritos por gigantes intelectuales, a los que recibe en su casa y con los que conversa respetuosamente.

Venuta la sera, mi ritorno in casa ed entro nel mio scrittoio; e in su l’uscio mi spoglio quella veste cotidiana, piena di fango e di loto, e mi metto panni reali e curiali; e rivestito condecentemente, entro nelle antique corti delli antiqui uomini, dove, da loro ricevuto amorevolmente, mi pasco di quel cibo che solum è mio e che io nacqui per lui; dove io non mi vergogno parlare con loro e domandargli della ragione delle loro azioni; e quelli per loro umanità mi rispondono; e non sento per quattro ore di tempo alcuna noia; sdimentico ogni affanno, non temo la povertà, non mi sbigottisce la morte; tutto mi trasferisco in loro.

Si compran el libro que les recomiendo, antes de leerlo, hagan algo parecido. Vístanse para la ocasión y limpien su casa. Estarán a punto de conversar con un genio.

 

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