Venganza

 

Se acercó al escaparate y miró, pero no dentro. Buscaba los ojos reflejados en el cristal. Era la única manera que conocía de verse. De tan torpe, su mente padecía la imposibilidad de la introspección. Allí estaban, cansados y grises. Su aspecto era deplorable, con la gabardina llena de manchas grasientas, la camisa arrugada y los pantalones apelotonados cerca de los tobillos, pero lo que más le inquietaba era esa mirada. Movió la cabeza, desechando pensamientos sin sentido y siguió caminando. Tintineaban unas monedas en uno de sus bolsillos y del otro asomaba un papel medio doblado. Tardó varios minutos en llegar al portal de su casa. Era de noche y al abrir la puerta dio a la llave de la luz, pero no se encendió. Se había fundido la bombilla. Antes de cerrar la puerta, aprovechó la poca luz de la calle y llamó al ascensor. Al llegar al descansillo, escuchó voces en la casa de los vecinos. Eran ecuatorianos o bolivianos o algo así, y solían montar broncas los viernes por la noche. En cierta ocasión incluso vino la policía. Las escuchó a través de las “paredes de papel”, como decía su madre, haciendo que se quejaba, cuando en realidad lo que más le gustó siempre de la casa era escuchar los líos de los vecinos. En bata, mientras pelaba judías verdes, no perdía ocasión y hasta le chistaba cuando le preguntaba por la cena o dónde había guardado las violetas, las que compraba por cuartos en la Carrera de San Jerónimo. Sabía que alguna llevaba al fondo del bolsillo de la gabardina, dura y pegajosa, sí, su madre. Se dio prisa, por si abrían la puerta y le veían allí, parado, las manos en los bolsillos, buscando las llaves. No se entendía bien con esa gente que habla tan raro, como si se rieran de uno, pensó, y no comprendía por qué se reían tanto, con la mierda de vida que llevaban, amontonados en un piso tan pequeño. Al entrar se tropezó con un jarrón que tenía en la entrada, uno que compró su madre en el Puente del Arzobispo, aquel verano, cuando en el tour casi gana uno de Ávila con cara de paleto. Lo usaba de paragüero y para meter enrollados los periódicos gratuitos que le daba donde el metro uno que había sido drogadicto y ladrón y que ahora sólo era drogadicto. Le habían sacado de lo de la droga en una finca en Granada y hasta había engordado, el jodío. Un día le contó que más de una noche creía ver fantasmas en las ventanas y que las tripas se le revolvían con tanta fuerza que parecía que fuesen a explotar de tan chungo, decía, con esa especie de peto que llevan los repartidores. Va camino del baño, a oscuras. Abre un mueble donde guarda las medicinas. No tira nada. Están hasta las pastillas de su madre, las que usaba para dormirse, las que le recetó aquella médica tan guapa, pero fue a base de pesada, “que no descanso, que me duermo luego por los rincones”. Abre la caja y saca una pastilla, luego otra, y poco a poco saca todas. Se las toma mientras mira en el espejo, pero no hay luz y no se ve y murmura, mientras muerde, nunca más me mirarás así.

Anuncios

Un comentario en “Venganza

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s