21 años

 

Este fin de semana (esta entrada se escribió en 2008) he andado de comisarías y juzgados, y he conocido una historia de timbas, juego, disputas amorosas, alcohol y fiesta, que terminó en pelea, policía, una noche en el calabozo y reflexiones para explicarnos por qué el Estado se gasta un dineral en resolver el problema de jóvenes con defecto de discernimiento y quizás exceso en todo lo demás. Lo cuento porque, como avisé, quería hablar un poco de Evariste Galois, y me he estado acordando de aquello de los gigantes y los enanos montados a hombros de gigantes y he pensado si no se estarán hundiendo los gigantes como las bolsas, y ahora todos somos enanos de mierda ahítos de segundas oportunidades.

No sabemos qué torbellinos aullaban en la cabeza de los que creyeron ser los primeros que traerían la igualdad y la libertad, la razón aplicada a un mundo compartimentado lleno de reglas injustas. Ahora somos viejos en esos experimentos, pero a comienzos del siglo XIX, con la Revolución francesa a la espalda y las glorias napoleónicas estremeciendo a Europa, había que tener la inteligencia y los antepasados de Tocqueville para distinguir las buenas intenciones de la demagogia.

Supongo que a Evariste Galois el hecho de que su padre hubiese sido alcalde con Bonaparte y mantenido con Luis XVIII, y que su madre fuese capaz de educarle hasta los doce años le marcaron como uno de ésos destinados a discutir los incontrovertibles pilares del Ancien Régime, y que todo estuviese latente cuando su padre fue defenestrado por unos epigramas y tuvo que escoger el suicidio.

Pero eso sucedió mucho después. Evariste ingresó, con doce años, en el Lycée de Louis-le-Grand, un refugio del republicanismo, y lo primero que presenció fue la expulsión de más de cien alumnos por no hacer un brindis en homenaje al rey repuesto.

Era muy inteligente, pero tardó en hacerse matemático. Hasta los quince años no fue infectado y hasta los dieciséis no se matriculó en un curso de matemáticas. Ese mismo año ya demostró su extraordinaria precocidad, publicando un artículo en los Annales de Gorgonne. Por desgracia, algunos elementales defectos de personalidad se interpusieron en su camino. Sus soluciones eran a menudo incomprensibles para sus maestros y, además, el alumno constantemente renunciaba a descender a la trivialidad de explicar su proceso de cálculo. Esa es la razón fundamental por la que no fue admitido,¡por dos veces!, en la École Polytechnique. En la segunda ocasión, Evariste terminó lanzando el borrador de la pizarra contra su examinador, el señor Dinet, exasperado por su lentitud (la del profesor).

A Evariste, sus fracasos le reforzaron en su anticlericalismo y republicanismo, pero no le impidieron seguir pensando. Con diecisiete años remitió a la Academia de Ciencias dos artículos sobre uno de los grandes problemas de la época, la búsqueda de una “receta” para la resolución de las ecuaciones quínticas (del tipo ax5 + bx4 + cx3 + dx2 + ex + f = 0).

Al menos el receptor era alguien que podía apreciar el genio de Galois. Se trataba de Cauchy, que sólo pidió al joven matemático que reformulase su trabajo en una serie de puntos, en los que coincidía con el trabajo de otros matemáticos contemporáneos.

Por desgracia, el destino parecía conjurarse contra Evariste. En julio de 1829, las intrigas de un capellán jesuita acabaron con el alcalde republicano. La afición del padre al epigrama permitió al sacerdote falsificar unos versos en los que se ridiculizaba a las fuerzas vivas del lugar. El alcalde Galois se suicidó. Evariste sólo pudo llegar al entierro, en el que estalló la guerra. Los partidarios del fallecido reprocharon su traición al capellán durante el servicio fúnebre, y el reproche degeneró en trifulca. El cura, herido, salió corriendo y comenzó una pelea multitudinaria, mientras el féretro se desplomaba en la tumba.

A esto se añadió el descubrimiento, a su vuelta a París, de que su trabajo, el avalado por Cauchy, se había extraviado tras su envío a otro gran matemático, Joseph Fourier, que ya no podía dar razón de él porque había muerto. Nadie supo qué había sucedido y por qué su trabajo no había llegado a la Academia de Ciencias. Galois explotó y vio las trazas de una conspiración, como la que había matado a su padre. Los periódicos republicanos aventaron la noticia. En ese momento, Galois era ya alumno de la École Normale Supérieure, y su fama era cada vez mayor, tanto en el terreno político como en el académico.

Era inevitable que se uniese a la revuelta contra Carlos X y que, por sus ataques a la dirección de su escuela, fuese expulsado. También lo es que quisiese incorporarse a la “republicana” Guardia Nacional de Artillería, disuelta rápidamente por Luis Felipe, el burgués que terminó de rey. Era el camino de un revolucionario. Su vida se había convertido en una noria. Evariste se terminó convirtiendo en protagonista de todas las algaradas contra el nuevo rey y sus veinte años empezaron a impedir justificar su conducta con la excusa de las locuras de la adolescencia. Galois fue arrestado, juzgado y absuelto. Solo un mes después de su absolución, un catorce de julio, desfiló con el uniforme de la guardia disuelta y terminó en prisión. Se dio a la botella. Tuvo entonces lugar un episodio que aumentó su paranoia. Un preso que se encontraba al lado de Galois fue abatido por un disparo y Evariste pensó que le querían muerto. En un momento de delirio alcohólico quiso suicidarse entre gritos dirigidos a su padre. Le salvaron sus compañeros de celda.

Un año después de su encierro salió de prisión. El fin es propio de novela romántica. Hay una mujer fatal, Stéphanie-Félicie Poterine du Motel, prometida de un caballero acostumbrado a los duelos y seguramente republicano como Evariste; hay un amanecer, dos pistolas y veinticinco pasos; hay un hombre que se desangra mientras el otro se marcha impasible; hay un hermano que llega horas después, avisado por un mensajero remolón; y hay un hospital en el que muere desangrado un genio.

La camarilla republicana acusó al prometido de agente del gobierno y a la amante de puta. Y se repitió el entierro del padre, pero magnificado. La policía detuvo a los cabecillas la noche anterior y dos mil republicanos se enfrentaron a la policía cerca del cementerio.

Lo más extraordinario, sin embargo, es lo sucedido la madrugada previa al duelo. Galois, febril, después de escribir una carta en la que afirma “… morí víctima de una infame coqueta y sus dos engaños … ¿por qué morir por algo tan pequeño, tan despreciable? …“, decide utilizar la noche para dejar por escrito su obra. Garabatea papeles en los que se lee, entre fórmulas, un Stéphanie, un esa mujer, un ¡no tengo tiempo, no tengo tiempo!

Al final de la noche, ya cercano el momento del duelo, escribió una carta a Auguste Chevalier, un matemático amigo suyo, y le pidió que pusiese en limpio sus papeles y los mandase a Jacobi o a Gauss para que valorasen su importancia.

Los defectos de Galois se exacerbaron por la premura y el destino, y tuvieron que pasar casi veinte años para que Joseph Liouville completase las lagunas, el iter que no aparecía en los papeles del genio muerto y todo el mundo comprendiese su enorme aportación, sobre todo por la creación de la llamada Teoría de Grupos, un procedimiento que le permitió definir qué ecuaciones quínticas (o de grado superior) eran resolubles o no. Una herramienta que un inglés llamado Wiles utilizará ciento cincuenta años después para dar respuesta al llamado propagandísticamente “último problema”, el famoso teorema de Fermat. Pero esa es otra historia.

No llores, necesito todo el valor para morir con veintiún años, dicen que dijo antes de morir. Las lágrimas eran de Alfredo, el hermano.

 

Un comentario en “21 años

  1. Supe del rebelde Galois en Du Sautoy, “Symmetry: a journey into the patterns of nature”, Harper(2008). Su grupo, un trinquete imprescindible.

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