Madera de viento

 

Kohachiro Miyata

Es asombroso que un país de gentes tan pragmáticas se aferre a prácticas tradicionales y las recree hasta extremos extraordinarios de refinamiento y perfección. Quizás la razón básica sea formal y no material: no importa tanto qué se decida hacer como hacerlo de manera indudable.

Toda la historia de la música japonesa es resultado de la mezcla entre la importación de elementos extranjeros y su mutación radical. Desde China, de los reinos de Corea, del Tibet, de Indochina, llegarán al Japón tradiciones de las que, a veces, sólo quedan restos en los manuscritos japoneses, en la permanencia y variación de sus conjuntos orquestales, o en la tumba de algún emperador que contiene más instrumentos diferentes que los de un orquesta sinfónica europea.

La música clásica tradicional que hoy se mantiene en el centro de la vida japonesa no es demasiado antigua en su mayoría. Nace en la época Edo, cuando el Tokugawa manda. De aquel entonces que comienza a principios del siglo XVII y termina en la época Meiji, a finales del siglo XIX, son el teatro de marionetas (bunraku), y las complejas formas del conocido kabuki.

Es muy difícil, para un no japonés, apreciar este tipo de obras, que exigen tanto del oído, y que se basan en tradiciones completamente ajenas, al margen del problema inmediato de la incomprensión del texto.

Pero existe una manera de apreciar inmediatamente la belleza de la música japonesa. De esa misma época (aunque existan antecedentes en el propio Japón y China) es la flauta de bambú llamada shakuhachi. Su nombre hace referencia a su medida, aunque en realidad, las hay de muchos tamaños. La introduce una secta de monjes zen que la usaba para realizar prácticas de meditación (y, al parecer, como arma de defensa, dado su tamaño). Ese origen tiene influencia en la práctica interpretativa, ya que la búsqueda del control de la respiración exige las constantes emisiones de sonidos largos, que aumentan y disminuyen de intensidad, produciendo hermosísimos armónicos, glisandos y vibratos. También influye por la producción de sonidos llenos de “ruido”, como de soplido sucio, que “sirve” para la purificación del espíritu. Esa mezcla, esa búsqueda sin más del sonido, sin otra finalidad que la de cambiar el interior, a modo de una improvisación, en manos de un instrumentista virtuoso, es capaz de provocar sensaciones maravillosamente desasosegantes.

Kohachiro Miyata grabó, en 1976, en Nueva York, un álbum con cinco piezas. La segunda de ellas, San’ya, es mi favorita, pero escúchenlas todas, es como escuchar la respiración de la tierra.

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