Sepulcros blanqueados

 

En 2009, se produjo una campaña publicitaria en la que se podía leer en autobuses urbanos esto: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta la vida”. Esa fue la razón de esta entrada. Creo que, en esta época en la que tantos andan confundidos con cuales deben ser los límites a la libertad de expresión y cuál debe ser la respuesta que se debe dar a la violencia que proviene de adeptos al Islam, merece la pena recuperarla.

 

Desde hace mucho sostengo que somos lo que somos contra, y no gracias a, las Iglesias. Que fue la fragmentación de Europa, su carácter “bárbaro”, la división y especialización producto de la competencia, todas esas cosas, y no la “pervivencia” del saber grecolatino y el tamiz “humanista” cristiano (supuestos ambos; yo diría que la historia fue adornada en grado sumo) los que nos hicieron superar a todos los demás centros de civilización del mundo. Las necesidades tecnológicas del príncipe, esa carrera por producir mejor, más rápido, más barato, y no el Digesto o el Timeo, explican esos toscos cañoneros que abrirán a hostias los puertos de China y Japón. Nuestras sociedades eran más flexibles, porque eran muchas y mal avenidas. Que las guerras religiosas eran simple excusa no precisa de mucha argumentación. Por eso, el rey cristianísimo se aliaba con los turcos y les dejaba un puerto en la Costa Azul mientras se dedicasen a destruir a su majestad católica. Sí, la preocupación espiritual se convertía en retórica cuando de poder se trataba, y el poder, al final, solía depender del cálculo de una granada de mortero. No hay inconveniente en quemar herejes si piensan en cosas como que “todo es Dios” o que el mundo no ha sido creado. Eso no te hace ganar guerras y además perturba el orden establecido. Pero nadie quiere que le toquen al que es capaz de calcular longitudes en alta mar.

Las Iglesias no evolucionaron: fueron evolucionadas por los sucesos históricos. Y fueron perdiendo espacio, hasta quedar en un lugar que no molestase, un lugar de honor, porque representaban “nuestra juventud”. Digamos que los símbolos religiosos, los días y las horas, los dichos, los ritos de paso, hasta los insultos, son “uno de los nuestros”. Por eso, pese a que podamos perfectamente prescindir de ellos en todo el espacio público, los toleramos (uso ese “los” como un equivalente a “todos”) y les dejamos pensar que siguen siendo algo que ya no son. Seguramente alguien que lea esto y que sea creyente, y además ferviente (o no) miembro de una Iglesia, pensará que él tiene derecho a pensar que sí, que es todo esto por razones materiales y no formales, porque su fe representa la auténtica respuesta para el mundo. Buena observación, siempre que se refiera a él, a aquel otro, incluso a muchos. Pero no puede referirse a todos. Así que, si perviven, será porque unos creen y otros toleran. Siendo la tolerancia una pasión menor que la creencia, habrá que convenir que, puestos a buscar un mínimo, tolerancia es algo que puede definir al conjunto.

Ahora bien, que nunca se puede bajar la guardia y que la admisión de esos espacios reducidos es producto de una mera táctica de supervivencia es una realidad que se percibe en cuanto ven como ese espacio pueda aún reducirse más. O lo que es lo mismo, en cuanto sospechan que la tradicional apatía de los que no creen se rebaja un poco. Y es que las explicaciones totalizadoras, esas que no admiten la prueba en contrario, tienen horror al vacío. En cuanto te descuidas reptan y se expanden, se arrepienten del proceso a Galileo, y creen en el Big Bang poniéndole barba, o convierten el fin de la evolución en el Punto Omega. ¡Ojo! ¡Cuidado! ¡Alerta! Sí, el maligno adopta muchas formas y la más peligrosa es la del converso que sonríe con la Declaración de Derechos Humanos mientras planea abrirnos otra vez las Puertas del Cielo.

 * * * * *
Aquí es dónde he encontrado la versión extendida (el montaje del director, vamos). Las palabras:

“la utilización de espacios públicos para hablar mal de Dios ante los creyentes es un abuso que condiciona injustamente el ejercicio de la libertad religiosa”

Ya habíamos advertido del hecho. “Dios probablemente no existe” es una frase muy desafortunada porque sitúa la discusión en el campo de juego de los creyentes. Puede que Rouco no haya sido muy inteligente, pero lo que sí ha quedado claro es que los ateos hablan de Dios (mal o bien añade, para escándalo de los gentiles), y hablar de Dios, de la existencia de Dios, es extremadamente estúpido si piensas que los creyentes están afectados por una especie de delirio. Personalmente es un asunto que me resulta indiferente mientras no me molesten, y mientras no pretendan que sus delirios me dicten la agenda. No obstante, por ser justo, supongo que hubiera dado igual y que Rouco, tramposo él, hubiera reaccionado como lo ha hecho ante cualquier cosa que no fuera afirmar Dios existe.

Es genial. El tipo que nos vende como cierto una novela psicodélica que simula ser la biografía de alguien, dice que ese mensajito (tan moderado y civilizado que da asquito) es un “abuso”. Joder, un cardenal de la Iglesia hablando de abusos. Pero la frase en su conjunto es bestialmente cínica: que los señores que se dedican a dar la brasa haciendo proselitismo y dando fe de la “buena nueva” (cómo la den depende de si el brazo secular está o no de su lado) digan que ese mensajito, esa amariconada “probable inexistencia”, es abuso que condiciona la libertad de nadie, es uno de los ejemplos más fastuosos de la ley del embudo.

Y hay más.

“Los católicos respetamos y amamos a todos los hombres, también a quienes dicen que no creen en Dios”, por lo que “no es aceptable que se diga o se insinúe que los que creemos en Dios vivimos preocupados por ello. La fe no es fuente de preocupación insana, sino de consuelo y de libertad”

Es maravilloso el tipo. No perderé el tiempo falsando la hipótesis, que “semos” personas leídas. Pero no me digan que ese “no es aceptable” no apesta. Sobre todo cuando proviene de los que dicen que …

17. Así, el laicismo va configurando una sociedad que, en sus elementos sociales y públicos, se enfrenta con los valores más fundamentales de nuestra cultura, deja sin raíces a instituciones tan fundamentales como el matrimonio y la familia, diluye los fundamentos de la vida moral, de la justicia y de la solidaridad y sitúa a los cristianos en un mundo culturalmente extraño y hostil. No se trata de imponer los propios criterios morales a toda la sociedad. Sabemos perfectamente que la fe en Jesucristo es a la vez un don de Dios y una libre decisión de cada persona, favorecida por la razón y ayudada por la asistencia divina. Pero para nosotros es claro que todo lo que sea introducir ideas y costumbres contrarias a la ley natural, fundada en la recta razón y en el patrimonio espiritual y moral históricamente acumulado por las sociedades, debilita los fundamentos de la justicia y deteriora la vida de las personas y de la sociedad entera.

La doble moral de los “pastores” es intrínseca, no es transitoria. No tiene solución. Y es contraria a la libertad, porque no creen en el hombre. Sólo creen en el mensaje. Por eso “aman a todos los hombres”, porque admitir que su mensaje no llegue es admitir que pueda estar equivocado.

“Como pastores de la Iglesia, a los que incumbe la grave responsabilidad de invitar a todos a la fe en el Dios del amor, no podemos por menos de mostrar nuestro dolor por la propaganda que falsea la imagen de Dios presentándole como un probable invento de los hombres que no les deja vivir en paz. Desfigurar la verdad de Dios, mofarse de su amor, significa en realidad perjudicar la causa del hombre”

La gran mentira, la insuperable mentira, de la convivencia de las Iglesias dentro de las sociedades democráticas se percibe, con nitidez, en una frase como la anterior. Rouco se desliza hacia el terreno propicio, animado por la referencia a Dios, la estúpida referencia a la existencia de Dios. Por eso …

“no es justo obligar a quienes tienen que hacer uso de esos espacios, sin alternativa posible, a tener que soportar mensajes que hieren su sentimiento religioso” y apeló a “las autoridades competentes para que tutelen como es debido el derecho de los ciudadanos a no ser menospreciados y atacados en sus convicciones de fe”.

La jugada es la misma de siempre. Un invento formal, una creación verbal, el sujeto de una frase sin sentido, se convierte en el objeto de ataques y mofas, y alguien (ellos claro) se arroga la condición de mandatario. Así, una ley sin definición se impone a todos. Una ley basada en un supuesto desconocido, un flatus vocis. Me ofendes, dice alguien, porque sí. Porque yo lo digo. No pueden presentarnos el objeto de su ofensa. No, tenemos que creer en su palabra. Son como esos que se niegan a enseñar el DNI; que se encabritan porque se duda de ellos, porque se atenta contra su honor. Son gente sin sentido de la prudencia. Personas que cruzan cuando el semáforo está cerrado, porque ellos lo ven abierto, y que te culparán a ti si les atropellas, porque están cruzando el Mar Rojo. Personas que interpretan la Ley de forma siniestra y que piensan que

“La libertad de expresión ha de ser tutelada” y “los medios públicos no deberían ser utilizados para socavar derechos fundamentales, tampoco el de los creyentes a no ser heridos y ofendidos en sus convicciones”

O lo que es lo mismo, gente que cree que la libertad equivale a que todos pensemos lo mismo que ellos, o, si no, a que nos callemos, avergonzados ante nuestra ceguera. Que se inventan un supuesto derecho a no ser ofendido en las propias “convicciones”. Da igual cuáles sean; basta con que sean viejas, añejas, amarillentas (que si no son ideas de secta). Y no es extraño, porque aquello en lo que yo creo no pretende ser una respuesta a todos los porqués. No pretende ser la solución a todos los problemas, el remedio a todos los males. Puede que, incluso, sea objetivamente malo para mi salud, o mi buen juicio. Pero tiene la ventaja de que es mí solución. Yo no sufro porque otros la desprecien. Ellos sí. Ellos sí sufren porque se creen nuestros padres. Y si no nos obligan a regresar a la “casa del Señor” es porque no pueden. No porque no lo deseen con todas sus fuerzas. No, yo no me fío de quien dice …

“Los católicos no nos escandalizamos ni nos sorprendemos de que haya quien no conozca verdaderamente a Dios o quien de palabra o de hecho oponga resistencia a su amor” (…) “Ésa es la suerte de Dios en este mundo, como nos enseñó el Señor, quien también nos predijo la contradicción, el menosprecio y aún la muerte por su nombre”(…) “es tradición cristiana de la primera hora, recientemente recordada por el Papa, el ofrecimiento del propio sufrimiento a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, que, unido al suyo de la cruz, adquiere un valor reparador y redentor”(…)”Que sepamos pues asumir con seriedad y mansedumbre estas heridas a nuestra fe, al tiempo que pedimos al espíritu de fortaleza para contribuir sinceramente al bien común con el amor a la verdad, expresado en su testimonio y proclamación valientes!”

No me fío de esa mansedumbre que cuando ve un mensajito, un pellizco de nada, habla de la muerte y el martirio. En ese lenguaje milenarista se mueven como peces en el agua. Sí, estimado lector, disfrute usted de la vida, o no. Cuídese o no. Haga lo que le salga de los cojones, mientras no dañe a los que somos de carne y hueso. Lo demás es terreno para la fabulación. Y allí yo puedo ser omnipotente y crear el mundo en siete días. Si le parece bien, de acuerdo; y si no, que le vayan dando. Sin acritud, eso sí.

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Un comentario en “Sepulcros blanqueados

  1. Recuerdo, entonces, alguna glosa crítica con el mensaje, en el sentido de que debemos (pre)ocuparnos en disfrutar de la vida porque dios no existe, precisamente.
    Saludos.

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