Une sorte de fatalisme

 

Todo el mundo es capaz de anticipar el pasado y, al hacerlo, encontramos estúpido y obstinado a ese que tuvo todos los signos delante de sí y fue incapaz de interpretarlos. Por eso, según pasa el tiempo, se dejan de lado las razones de los que tenían que tomar decisiones, incluso las de los que decidieron no hacer nada. Analizamos las causas remotas y las próximas y llegamos a la conclusión de que, con nosotros, la carrera de armamentos se habría detenido antes de provocar la I Guerra Mundial, o de que no habríamos exprimido a Alemania en Versalles, o no habríamos creído en las palabras de un loco que había contado qué pensaba hacer con el mundo, en un libro escrito en prisión. Vemos a Chamberlain con el papel en la mano y movemos la cabeza a un lado y a otro, porque es evidente (¡¿cómo no lo vieron!?) que tras ese papel hay sesenta millones de muertos. Pronto todo el mundo habrá predicho la caída del muro y será evidente que los refugios nucleares eran un sinsentido, solo útiles como motivo para películas de época, con pantalones pesqueros y helados triples.

Esa manera de ver las cosas, la creencia en nuestra superior capacidad de análisis, la misma creencia que tuvieron nuestros antecesores, es una de las razones fundamentales de la ceguera de ellos y de la nuestra. La ceguera que será descrita por la siguiente generación, que también moverá la cabeza a un lado y a otro. Será por la crisis económica o energética o ecológica o demográfica. A lo mejor ya circula por ahí la foto que encabezará la última lección del libro de historia de dentro de cincuenta años. No tengo ni idea de cuál pueda ser y no quiero especular.

No se trata de caer en el pesimismo o de pensar que no podemos juzgar el pasado. Al contrario, siempre he pensado que la Humanidad progresa. Pero tendemos a olvidar algunas cosas.

En primer lugar, que no conocemos las consecuencias de los modelos alternativos. No podemos saber qué habría sucedido si Francia e Inglaterra hubieran declarado la guerra a Alemania cuando ésta reclama los Sudetes. No podemos saber qué habría sucedido si Bush no invade Irak. Cualquier conclusión debería siempre considerar esa imposibilidad absolutamente real. Tampoco y, por la misma razón, puede esgrimirse un éxito aparente comparándolo con el presunto fracaso de otra política. El gobierno que presenta sus números siempre cuenta con el hecho inobjetable de que la oposición no puede presentar los suyos, que quizás hubieran sido mejores. Es una gran ventaja siempre juzgar la bondad o maldad de la realidad utilizando la fantasía.

En segundo lugar, que el acierto en las predicciones no asegura en absoluto la corrección del método que se siguió para llegar a ellas. Cuando Uri Geller miraba a la pantalla del televisor y decía que en ese momento, gracias a su poder mental, estaba provocando el estallido de miles de bombillas, sus palabras eran independientes del hecho cierto de que miles de bombillas iban a estallar en cualquier caso. Cuando sueñas que tu madre se muere y descubres que tu madre murió mientras dormías, es difícil que alguien te convenza de que algo tan significativo para ti sólo sea una prueba de que la gente sueña.

En tercer lugar, que a veces no cabe alternativa. Puede que tengas claro que lo que haces te lleva a la ruina, pero no puedas evitar hacerlo. Porque lo contrario exige renuncias individuales, actos heroicos que son contrarios a los instintos más elementales. O simplemente sea resultado de una multitud de pequeños impulsos que presentan una suma positiva en determinada dirección. Vean, además, cómo llevamos siglos mejorando sistemas regulados que nos eviten tener que confiar en nuestro instinto. Miramos con suficiencia al analfabeto Carlomagno, que ponía una cruz en mitad de su nombre, escrito por otro, olvidando que las enciclopedias no nos hacen más inteligentes.

En cuarto lugar, que la atención, como recurso que es, es un bien escaso. Cuando nos dijeron que podíamos morir a millares por comer la carne de las vacas europeas, la reacción (política, periodística, ciudadana) no consideró más factor que la alarma. Riesgo cero, exigían todos, cueste lo que cueste. Y nadie, naturalmente, creyó a los que nos decían que ya se habían adoptado las medidas razonables. Miles de millones de euros se gastaron para comprar confianza. Y miles de millones de euros dejaron de gastarse en otras necesidades más urgentes. Ésa es otra enseñanza: cuando aparece el pánico se olvida la contabilidad.

En quinto lugar, que es imposible conservar la experiencia vivida. Es igual que se diga una y otra vez que hay que aprender de las experiencias del pasado, sobre todo de las desagradables. Cuando desaparecen las generaciones que las padecieron se vuelve a jugar con fuego.

Quizás Príamo tenía razón. Era lógico pensar que los griegos se habían marchado, no tenía prueba de que Casandra no fuese una pirada y a lo mejor no podía hacer otra cosa que dar por terminada la guerra, porque ese era el deseo de todo el mundo. Y quizás no nos quede otro remedio que ser Casandras a posteriori y asombrarnos estúpidamente con el estúpido comportamiento de nuestros antecesores.

O quizás no. Quizás todo lo anterior esté infectado por una especie de fatalismo. Sea lo uno o lo otro, puede que no importe. Quizás el fatalismo sea un instinto aristocrático, que no nos impida amar con pasión la libertad y la legalidad.

Dejémoslo ahí. Que la libertad sea la primera de nuestras pasiones.

Malheureux Roi! dans l’éternelle nuit,

C’en est donc fait, tu vas descendre!

Tu ne m’écoutes pas, tu ne veux rien comprendre,

Malheureux peuple, à l’horreur qui me suit!

Chorèbe, hélas, oui, Chorèbe lui-même

Croit ma raison perdue!… A ce nom mon effroi

Redouble! Ô Dieux! Chorèbe! il m’aime!

Il est aimé! mais plus d’hymen pour moi.

Plus d’amour, de chants d’allégresse,

Plus de doux rêves de tendresse!

De l’affreux destin qui m’oppresse

Il faut subir l’inexorable loi!

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3 comentarios en “Une sorte de fatalisme

  1. “Cuando sueñas que tu madre se muere y descubres que tu madre murió mientras dormías, es difícil que alguien te convenza de que algo tan significativo para ti sólo sea una prueba de que la gente sueña.”
    Efectivamente, el sentido común a mi al menos me dice que si sueño una vez con algo, da lo mismo que sea significativo o no, y ese algo se materializa en breve, es extremadamente improbable que haya sido simple casualidad.

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