Una enfermedad recidivante

 

Se ha escrito mucho sobre las diferentes variedades del dilema del prisionero y sobre las conclusiones que pueden extraerse de ellas. En las que pretenden servir para explicar por qué colaboramos y por qué las estrategias de los que engañan permanentemente pueden no triunfar, siempre se añaden dos elementos que son muy reales: la repetición de las conductas y la posibilidad de recordar el comportamiento de los otros. Las estrategias de juego triunfadoras, al parecer, suelen pertenecer a un esquema similar, el de “toma y daca”, en sus diferentes versiones. Se trata de colaborar con el que colabora y no hacerlo con el que nos engaña.

Sin entrar en las aplicaciones de la teoría de juegos en el ámbito biológico, la realidad es que no puede explicarse la evolución social sin analizar las causas y las formas de colaboración social. Y es inevitable relacionar las formas de colaboración con el nacimiento del derecho, con la idea de bien común y con la existencia de reglas morales, más o menos abstractas. Igualmente parece razonable pensar en cómo la creación de una estructura legal y moral pueda haberse, al menos parcialmente, separado de sus finalidades originales y adquirido una cierta “vida propia”, originando modelos de dominación y engaño de nivel superior. Si fuera así se habría producido un resultado paradójico: buenas fórmulas servirían para mejorar las cosas, y el progreso las anquilosaría, generando círculos privilegiados, en los que el engaño aparece institucionalizado. Corrupción, en suma.

Naturalmente, en ese anquilosamiento está el germen de la superación. Llega un momento en que la evidencia de la impermeabilidad, aunque se pretenda que obedece a razones ultraterrenas o a un pasado glorioso, es de tal calibre que aparece en toda su realidad el privilegio del que recibe mucho más de lo que da. Del explotador, en suma.

Esa dinámica puede encontrarse en la evolución de las sociedades hacia formas en las que se va produciendo una ampliación de los derechos civiles y de la participación en el gobierno a grupos sociales cada vez más “universales”.

El éxito ha sido indudable. Personalmente no tengo duda de que la dirección ha sido la correcta. Pero no hay que olvidar algunas cosas.

En primer lugar, que pueden aparecer “singularidades”. Desafíos nuevos que no tengan parangón. Es posible que el agotamiento de los recursos naturales sea uno de esos desafíos, y quizás la simple confianza en la aparición de soluciones tecnológicas sea insuficiente. No obstante, no debemos renunciar sin más a las “buenas viejas recetas” por simples augurios. Eso sería caer en una versión pesimista del dilema de Pascal.

Fundamentalmente, sin embargo, quería referirme a una segunda cuestión. La enorme complejidad de nuestras sociedades nos obligó, hace tiempo, a construir un monstruoso edificio legal, un, a menudo, ininteligible aparato administrativo, y un sistema meramente formal de participación política.

Es literalmente imposible imaginar un aparato objetivo al estilo del estado hegeliano que sea garante de la libertad. Cualquier sistema de control implica la creación de nuevos “círculos de poder” que no pueden ser vigilados so pena de caer en una especie de “descenso infinito”. Y además, cualquier fórmula de control exige una detracción de recursos que, por su propia dinámica, genera ineficacia. A partir de un cierto “Estado mínimo” (cuál sea su tamaño es otra cuestión) el crecimiento del número de órganos de control provocará un aumento de la ineficacia global y la sociedad resultará menos próspera.

Por esa razón los políticos –y los poderosos- pueden engañar a los ciudadanos. Ellos, en realidad, colaboran. Pero lo hacen entre sí, en una permanente lucha por el poder que, sin embargo, tiende al mantenimiento de zonas oscuras que no son fiscalizadas y que les benefician en conjunto.

Las sociedades se han defendido, tradicionalmente, mediante la aparición, expansión y mantenimiento de sistemas morales, más o menos rigurosos. A menudo su obligatoriedad se fundamentaba en un origen sobrenatural. Y casi siempre han hecho hincapié en la idea de que lo bueno y lo justo es la colaboración, el amor al prójimo. Naturalmente, su fuerza es su debilidad. Cuando son cuestionados sólo pueden defenderse mediante la imposición. Y así, al igual que ha sucedido con las estructuras administrativas, han debido evolucionar, haciéndose más sutiles, más metafóricos, menos concretos.

Eso les hace cada vez más inútiles. Así, a diferencia de lo sucedido con la extensión de los derechos civiles, más sencilla y fácil de mantener y defender, porque nos afecta individualmente, la búsqueda de sistemas de colaboración global que no sean susceptibles de manipulación y corrupción resulta más complicada. Cada vez son mayores los derechos individuales, pero eso no lleva aparejado un interés por la comunidad y por el ejercicio honesto del poder.

En 1994 un filósofo, Philip Kitcher, y un informático, John Batali, diseñaron una versión de la estrategia de “toma y daca” que incluía una opción de “abandono”. El jugador simplemente dejaba de jugar. Y resultó una opción exitosa a corto plazo.

Esa opción es suicida a largo plazo, pero no podemos pretender, sin atentar contra la libertad, crear un sistema moral “laico” o basado en un concepto de ciudadanía que contenga versiones sobre “modelos”. Sería otra forma de moral impuesta.

Despojados cada vez de más contenidos, quizás la simple retroalimentación entre la idea sencilla de justicia, el do ut des, y las soluciones de cada época, no sea suficiente. Y debamos padecer constantes manifestaciones de esa enfermedad crónica.

En cualquier caso, y para hacer los síntomas más llevaderos, no estaría de más recordar algo: el tramposo solo se lo piensa si el castigo es superior al beneficio y el que colabora empezará a pensárselo si el castigo no es universal. Ese desideratum, la búsqueda de la justicia, aun entendida de forma muy sencilla, sólo se mantiene dignamente si todos nos preocupamos de ello. Las sociedades que permiten la arbitrariedad, que no se escandalizan ante los privilegios formales y ante las desviaciones de poder indisimuladas, terminan siendo pasto de los tramposos.

 

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