Beber para no olvidar

 

Tantas veces, de niño, me acerqué al garaje de mi padre, un lugar fabuloso, lleno de coches y camiones, con ruedas y motores, con trastos acumulados durante años. Contra una pared, una larguísima mesa de trabajo, con sus tornos y unas planchas de madera colgadas de la pared, llenas de herramientas, ordenadas por tipos y tamaños; allí las llaves de tubo, aquí las fijas, los destornilladores, los alicates, las inglesas, la taladradora y las sierras. Algunas eran enormes. Las cajas, con tuercas y tornillos de todas clases, y las arandelas. Encima de la oficina el altillo al que sólo podías acceder con la escalera de mano que se quedaba corta. Soltabas las manos y te encaramabas, haciendo equilibrios, en busca de lo que no valía, de lo desechado. Si subir era difícil, más lo era bajar. Cuántas veces alguno de mis hermanos esperaba a que mis pies colgasen y poder colocarlos en el último peldaño. A menudo, sobre todo cuando mi padre no estaba, en una de esas semanas de negocios de quince días, jugábamos a pelota con las palas, aunque, cuando éramos tres, teníamos que usar esa que pesaba muchísimo, más estrecha, y ninguno quería porque era muy difícil acertar; eso sí, cuando acertabas, badabuum, golpeaba con tanta fuerza en la pared que parecía fuera a agujerearla. Allí pasábamos las horas, sin salir, salvo para amenazar a alguno de la calle que se empeñaba en usar la puerta metálica como portería. El mejor día era el viernes, si estaba. A la vuelta del colegio corríamos para allí, a trastear o sujetar la luz encerrada en la reja metálica, o a tumbarte bajo el coche para vaciar el aceite, o a limpiar con ácido la grasa del compresor que acababa de comprar, o a pintar un capó a pistola, poniéndote la mascarilla, o simplemente a sentarte en un taburete mientras desmonta un carburador, lo limpia despacio, con cuidado, ordenando las piezas antes de montarlo de nuevo. Luego, a eso de las nueve, volvíamos todos juntos, después de habernos lavado eficazmente las manos y los brazos con una pasta de jabón hediondo. Antes de subir a casa entrábamos al bar de Félix, en la esquina de abajo, y tomábamos unas cervezas. Tenía fama Félix de tirar la cerveza muy bien, aunque yo no sabía qué significaba eso. Bebía claras y comía boquerones en vinagre —en mi recuerdo no los he vuelto a probar igual— o patatas alioli. Hablaban de toros y fútbol. Ni diez años había cumplido, arquetípico, bebiendo cerveza y pisando cabezas de gambas, mientras Félix limpia los vasos, el agua corre por sus brazos, la camisa blanca remangada.

 

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