Etimologías

 

En el quinto curso de carrera encontré, por fin, una asignatura que me gustaba. Para aclarar la razón debo ir, más aún, hacia atrás en el tiempo, hasta la fecha en la que tuve que escoger en qué carreras -y por qué orden- solicitaba ser admitido.

Nos exigían que pusiésemos tres nombres, por si no obteníamos plaza en alguna de ellas. Ya andaba despistado desde unos años atrás y por llevar la contraria había cursado letras puras en vez de ciencias. Ésa es una de las decisiones de las que más me arrepiento. Opté, por pura soberbia, por letras puras y así, en vez de refugiarme en asuntos serios como las matemáticas o la física, terminé adornándome con libros de filósofos; libros que me seguirían durante unos años y en los que creí descubrir algo sobre la verdad, cuando sólo te enseñan algo sobre el discurso. Sucedió que, al escoger carrera, estuve a punto de escribir, en primer lugar, filosofía. Alguna luz interior me hizo cambiar a tiempo y ponerla en segundo lugar, después de derecho, como protesta simbólica y cobarde contra mí mismo.

Eso no me libró de seguir leyendo a filósofos y otros oscurantistas charlatanes durante años. Por esa misma razón (y vuelvo con ello al principio), tuve que esperar a quinto de carrera para dar con una asignatura de mi agrado. Bueno, no es totalmente correcto, me gustó mucho la de economía, pero fue por otras razones que no vienen al caso. Es curioso, ahora que lo pienso; durante la carrera las dos asignaturas que aprecié fueron las menos jurídicas. En fin, sigo, que se ve que aún ando despistado. Esa segunda asignatura fue Filosofía del Derecho. Topé con un buen profesor (¡consiguió que asistiera a clase!), que permitió a cualquiera de sus alumnos sustituir el examen por un trabajo.

Fui a hablar con él y le planteé la posibilidad de hacer un trabajo acerca de las Lecciones sobre la Filosofía del Derecho de Hegel. El profesor me advirtió sobre su dificultad, pero yo le repliqué con un “usted no sabe con quién está hablando”. Acababa de leerme la Lógica de Hegel y segundo a segundo era capaz de percibir como mi mente creaba el mundo desde el Ser hacia la Nada, de la Nada hacia el Ser ,y de ahí al devenir de la gilipollez. Así que el buen hombre, no sé si resignado o divertido, aceptó mi órdago con benevolencia.

A lo largo del curso fui desmenuzando el puto libro y anotando reflexiones que intentaba sistematizar y, como siempre me fumaba la última hora (la de derecho mercantil), solía coincidir con mi profesor camino del metro. Hablamos mucho durante ese curso, de muchas cosas y, entre ellas, fue asistiendo a la deriva de mis reflexiones sobre el libro y sobre Hegel.

Creo que por vez primera había decidido aplicarme, en serio, al análisis de un texto. ¿Antes?, ¿para qué? Ya lo entendía todo, a toda velocidad, devorando libro tras libro; sentía que las mías eran, sobre cualquier asunto, las únicas interpretaciones auténticas y nunca dudaba, ni cuando dudaba, porque tenía la capacidad de encontrar respuestas provisionales, que no me satisfacían, pero que salían triunfantes en los debates dialécticos.

Las Lecciones sobre la Filosofía del Derecho es una de las obras más atinadas de Hegel, de las más interesantes, de las menos afectadas por su diarrea verbal. Es curioso que ese libro práctico fuese el que me llevó a odiar a Hegel y después a otros, y a plantearme si no llevaba años afinando la estúpida máquina de contar mentiras.

No llegué a terminar el trabajo. Unas semanas antes de finalizar el curso le llevé a mi profesor un montón de folios con anotaciones, comentarios y tachones. Extrañamente, los leyó y los discutió con algún compañero de departamento; me dijo que no estaba de acuerdo con la mayoría de las cosas que decía, pero que obtendría una matrícula de honor. No la merecía; aquello que le había entregado carecía de orden, de sentido, estaba lleno de contradicciones, de frases sin terminar; pero no la rechacé.

Todavía hoy defiendo la conclusión fundamental a la que llegué. La que aparecía más a menudo entre aquel montón de balbuceos, un mojón o una guía para mi perplejidad: la idea de que la libertad es una facultad sin contenido, permanentemente vacía, repleta de potencia.

Curiosamente, ése fue el único error que mi profesor califico como gravísimo. Ésas fueron sus palabras, antes de hacer lo que no debía: premiarme por entregar un trabajo que no llegué a escribir.

Dudo mucho de que lea esto. Dudo de que, si lo lee, lo recuerde. Mi profesor se llamaba Enrique. Era afable y, ya lo he dicho, benevolente.

 

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3 comentarios en “Etimologías

  1. Discrepo de usted. La Matrícula de Honor que le puso era lo único que se podía hacer ante una situación como la que plantea. Conociéndolo a usted, conociendo a Hegel (un poco menos que a usted) y sin conocer de nada al profesor, sin la matrícula usted seguro que hubiera seguido entregándole más material, reordenado y sistematizado. Material que él… ¡Hubiera tenido que leerse! Probablemente él ya sabía de Hegel lo que usted sabe ahora y por eso hizo lo que hizo, que no fue sino, simplemente, pararle los pies.

  2. Esto me recuerda una experiencia que tuve en mis primeras lides como asesor jurídico de empresa. Me encargó el director estudiar un problema administrativo. Cuando le conté la conclusión a la que había llegado, no se la creyó y me ordenó que consultará a un abogado de prestigio, ilustre profesor de la asignatura, al que yo conocía a través de sus hijos (sobre todo de su hija, preciosa).
    Fuí a verle a su despacho, armado con los borradores de mi estudio. Hablé y respondí a algunas preguntas. Llamó a un joven (menos que yo) letrado que habría de ocuparse del asunto. Cuando nos despedíamos, me pidió mis borradores, para hacerles una fotocopia.
    Al cabo de unas semanas, recibí el dictamen. Era mi borrador puesto a limpio. Lo acompañaba una minuta de 85.000 pesetas de las de 1975…

  3. En mi plan de Licenciatura (del año 1998) teníamos dos asignaturas de Filosofía: Teoría del Derecho en primero y Filosofía del Derecho, en quinto. Sea cual sea la asignatura el enfoque del profesor siempre es determinante en los alumnos y, en mi caso, ambos profesores la tomaron como si fuera una extensión del Bachillerato (estúdiate estas definiciones del manual, diferencia entre iusnaturalistas y positivistas, quién fue Savigny y venga, notable). Vamos, una pena.

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