Hacer de la necesidad virtud

 

Muchas personas están abogando, tras las elecciones, por una “gran coalición” al modo de las que ya existen en muchos países del mundo. Una coalición sustentada, al menos, por el PP y el PSOE, y a la que pudiera unirse Ciudadanos.

Las ventajas de una solución así son obvias. La principal es la estabilidad. Un Gobierno que contase con el apoyo de 253 diputados de 350 podría acometer cualquier proceso de reforma sin problemas. Sin embargo, las desventajas son importantes, y deberían ser consideradas a la hora de diseñar ese gran gobierno.

La primera es que se difumina la oposición entre los partidos que la forman. En consecuencia, los que queden fuera se convierten en la auténtica oposición y esto convierte automáticamente su discurso en LA alternativa. Por tanto, es fácil que la coalición debilite a todos o a algunos de los partidos que la constituyen. Esto no se soluciona con un gobierno de tecnócratas que deje fuera a los líderes políticos de los partidos porque la consecuencia para el votante es que los que mandan en los partidos no son capaces de encargarse del gobierno. Hacerlo así termina convirtiéndolos en una suerte de apparatchiks de partido.

La segunda es más profunda. El término “política bipartidista” es, en Estados Unidos, un sinónimo de buena política, entendido esto en términos morales y de bien común. Se dice que algo es bipartidista cuando republicanos y demócratas lo apoyan, dejando de lado sus diferencias. Algo así es visto con muy buenos ojos. Y esto se reproduce (con matices), en todas partes. Sin embargo, esta manera de pensar, si se hace acríticamente, es muy peligrosa. El discurso político y las medidas que deben ser adoptadas en un “mundo perfecto” deberían ser resultado de un proceso de discusión racional en la que prevalecieran los datos objetivos y no los intereses. La sociedad democrática es, sin embargo, en la realidad, la cocina en la que terminan imponiéndose soluciones pactadas entre los grupos de intereses y opinión con más fuerza. En ocasiones, lo que llamamos política bipartidista no es sino un ejemplo de superlobby, resultado de intereses poderosísimos o de discursos políticamente correctos ampliamente extendidos (en USA se ha denunciado que una organización que promueve una supuesta política bipartidista es en realidad lobby de poderosas empresas). Cuando estas corrientes de opinión se convierten en línea política de una gran coalición —envolviéndolo dentro de las políticas de Estado— es fácil que se aplaste aún más a las líneas de pensamiento crítico y que se renuncie a la revisión de postulados que pueden ser gravemente erróneos. Una de las ventajas de la democracia frente a los sistemas autoritarios es precisamente la posibilidad de la discusión de lo establecido no como resorte folclórico, sino como método de acceder al poder. Los partidos, por la necesidad de diferencias sus programas, introducen matices y diferencias, que a veces son absurdos, pero que en otras ocasiones son el motor de la reconsideración de lo que nos parecía indiscutible y se termina demostrando erróneo.

En el caso español, hay una razón muy importante para que una gran coalición se estableciese: el secesionismo. El secesionismo es un ataque directo contra las bases del propio sistema democrático. Como golpe de Estado que es debería situarse fuera de cualquier discusión partidista. Un partido democrático no promueve que se incumpla la ley. Por tanto, no debería haber ningún riesgo en que queden perfectamente establecidos dos bloques: por un lado, los partidos democráticos que no quieren saltarse la ley y, por otro lado, el resto. Y que el bloque a favor de la legalidad gobierne ante la imposibilidad de que lo haga uno solo de sus miembros por separado.

Esto, sin embargo, no nos evita los riesgos que antes mencionaba. He leído que una gran coalición podría servir para acometer de una vez las reformas que España precisa. En teoría podría ser así, pero esto por sí solo es una falacia. El reformismo cae a menudo en un discurso vacío. En la idea de que la reforma es, por sí sola, benéfica. En cierto sentido, el gobierno del PP ha practicado esto en la última legislatura, promulgando de forma espástica y diarreica leyes y más leyes, poco cuidadas y poco pensadas, destinadas a mantener al ciclista pedaleando y que han aumentado el caos, en vez de corregirlo.

Antes de reformar nada es preciso saber qué hay que reformar y cuáles han de ser las líneas básicas de las reformas. Hay diferencias muy notables entre los partidos y hemos padecido algunos males —trabajo de aficionados y populismo— que hacen peligroso asumir sin más una especie de “media aritmética” entre las propuestas de aquellos. Además, cada partido tiene en cuenta a sus propios lobbies, y puede terminar sucediendo que el programa final se base en aquellos aspectos en los que los lobbies respectivos sean más influyentes. Es decir, que el último lugar en el que cedan sea no el más beneficioso para la mayoría sino el más beneficioso para los propios grupos de presión.

Es difícil evitar estos riesgos, pero puede intentarse.

En primer lugar, sería preciso que se preparase y asumiese un programa de gobierno para una legislatura, en el que se detallasen no solo las medidas que se van a adoptar sino los objetivos básicos. Y sería de extrema utilidad que se publicasen los documentos de partida, de forma que quedase claro cuál es el programa de cada partido y a qué han renunciado para facilitar el acuerdo.

Ese programa de legislatura sería la piedra de toque que permitiría a cada partido “hacer oposición” al propio gobierno, al examinarse la evolución de los efectos de las medidas acordadas frente a las propuestas por cada uno de ellos.

En segundo lugar, sería preciso que los partidos adoptasen, en ese acuerdo inicial, un sistema de comisiones de expertos en relación a reformas estructurales básicas: administraciones públicas, estado autonómico, sanidad, laboral, justicia, educación, fiscal, constitucional, etc. Los documentos y planes que resultasen de esas comisiones, que se centrarían en los aspectos técnicos (sobre todo en las consecuencias de cada solución viable), tendrían que ser asumidos en sus líneas esenciales por el gobierno de coalición.

En tercer lugar, sería imprescindible que hubiese de entrada un acuerdo sobre transparencia, corrupción, contratación pública e independencia de la justicia. El fiscal general debería ser designado ya en ese acuerdo inicial y debería incluirse una dotación económica suficiente para la investigación y persecución de la corrupción política.

En cuarto lugar, el acuerdo debería distribuir entre los partidos firmantes las carteras del Gobierno, en proporción aproximada al número de diputados de cada partido. En ese gobierno deberían estar presentes los líderes de los partidos. La legislatura que empieza exige política, no tecnócratas.

Finalmente, el acuerdo debería incluir un rechazo absoluto a cualquier negociación por sus integrantes con cualquier partido que plantee el incumplimiento de la ley o la desobediencia a las resoluciones judiciales.

Yo no sé si algo similar es posible. Los partidos españoles son un reflejo de los españoles. Y los españoles somos bastante sectarios. No asumimos con facilidad las consecuencias del proceso democrático y tendemos a mirar a los votantes de los otros partidos como enemigos. Esto hace que los discursos de los dirigentes sean muy belicosos respecto de sus adversarios políticos y, lo que es peor, que nos los tomemos en serio. La ventaja de una gran coalición es que el votante de cada partido pueda defender que ese programa es, en parte, su programa. Ya lo hicimos en la transición, en el propio proceso constituyente y con los pactos de la Moncloa.

Quién sabe, quizás nos llevásemos una sorpresa y descubriésemos que los españoles que han votado a esos partidos que no quieren saltarse la ley son lo bastante sensatos como para premiar un gesto así.

Para eso, claro está, nuestros políticos tendrán que correr riesgos. La única ventaja de la situación a la que hemos llegado es que empiecen a percibir que no hacer nada es aún más peligroso para su futuro.

 

 

Anuncios

6 comentarios en “Hacer de la necesidad virtud

  1. Es tan sensato, tan razonable lo que escribes que ya podemos avanzar la respuesta de nuestros partidos si lo leyeran o leyesen: NO. Incluso contando con la real amenaza de los secesionistas, dudo que acuerden algo más que pamplinas para darle al PP dos añitos más a fin de que acabe de cocerse en su propia sangre, como una lamprea, y degustarlo posteriormente entre todos… incluidos los secesionistas, ya que el PSOE por sí psolo no conseguirá pasar de una cifra modesta de diputados en las hipotéticas elecciones del (aproximadamente) 2017. ¿Quién de entre los recién electros pensará en España y dejará de lado el cortoplacismo inane? ¿Quién?

  2. Para que eso que usted plantea se produzca (y lo haría casi automáticamente) sólo hace falta una cosa: que la izquierda deje de deslegitimar y criminalizar a la derecha. Sólo si los reconoce como partícipes del juego político y dejan de usar palabras como “desalojar”, “echarlos” y demás se podrá hacer algo. Insisto: no estoy diciendo “dejemos de criminalizarnos y deslegitimarnos unos a otros”. La izquierda es sujeto y la derecha objeto directo.

  3. Cuando se echa mano de ejemplos externos, es conveniente que todo lo que lo rodea sea similar, para que el modelo se pueda repetir en las mismas condiciones y poder esperar un resultado similar. No nos gustaba el bipartidismo y ahora nos vemos con un multipartidismo al que no se le sabe meter mano. Lo gracioso es que Mas termine formalizando su investidura con un gobierno de mayoría absoluta y por estos lares no tengamos gobierno alguno. Situo las próximas elecciones dentro de unos meses.

  4. Pues a mi me parece que la coalición no es imposible. El escollo de que el PSOE haya basado sus campañas de los últimos 20 años en ir contra el PP es menor de lo que parece si tenemos en cuenta que los votos que perdería ahora ya los ha perdido a manos de Podemos, y que los que le quedan son aquellos a los que Podemos le da más grima que el PP o a los que votarán siempre PSOE por tener alguna pequeña canonjía u otro vínculo clientelar y votarán al PSOE haga lo que haga. Todo lo que se necesita es algún gesto como buscar alguien del PP que sustituya a Rajoy y poder presentarlo como éxito o bien directamente que alguien del PSOE presida el gobierno.

  5. ¿Esto lo lee alguien meses después? Bueno, ahí va:

    Una coalición a dos o a tres, no importa: las dos serían positivas (no sé cuál de las dos lo sería más, la verdad; demasiadas variables). Estoy de acuerdo con lo que dice Lehningen (¡con lo que dijo el 22 de diciembre de 2015!), una coalición es importante también por lo que tendría de normalizadora de la política española. Acabaría con esa estúpida idea de los partidos de izquierda como partidos “morales” frente a los partidos “inmorales” (por ser de derechas) de la derecha, etc.

    Acaso fuese algo más que una normalización; aun a estas alturas tendría algo de reconciliación.

    En su momento hice estos dos dibujitos y mantengo la idea (el segundo especialmente es bastante moñardo, ya lo aviso, ¡háganse la ilusión de que es deliberado!): http://www.libreseiguales.es/media/2015/12/Untitled.jpg

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s