Rameau

 

Alexandre-Jean-Joseph Le Riche de La Pouplinière se aburría como sólo podía aburrirse un aristócrata francés, entre luises de oro. Se han perdido las frase huecas que resonaron en su salón parisino y ganan polvo los trabajos de los que les divertían, los Voltaire y los Rousseau. Extraños trabajos los de aquellos que hablaban del hombre y el ciudadano mientras servían de felpudo para un recaudador de impuestos, entremeses entre las reverencias de Casanova.

De la Pouplinière, mecenas de pintores, sólo permanece en algún retrato, pero se le recuerda por otra razón. En Passy, cerca de París, tenía una pequeña orquesta, de gran calidad, que siempre contaba con la sorpresa de algún ejecutante invitado. Servía para dar un concierto cada sábado, para la misa de los domingos por la tarde, en la capilla privada, y para amenizar la velada nocturna, después de la cena. Y así sucedía que en su castillo se oían, antes que en los teatros de París y en la Corte de Versalles, las óperas y los conciertos de los artistas en nómina. Entre ellos el más grande era Rameau.

Rameau es un caso extraño. Hijo de un organista de Dijon y organista él a su vez, parecía destinado a una vida sin relumbrón, en provincias. Ese destino parecía aún más evidente si se considera que intentó la aventura parisina (el viaje al New York o al Hollywood del XVIII) y salió trasquilado, sólo con un libro de pequeñas piezas para clave. Volvió a Clermont-Ferrand, a su puesto de organista, se puso a teorizar y escribió su famosísimo Traité de l’harmonie. Lentamente se le fue conociendo como erudito y pudo, con treinta y nueve años, regresar a París. Aún así, su futuro era incierto, no conocía a nadie y su fama de teórico espantaba más que lo contrario. Publicó algunas piezas y demostró que era un gran organista, pero su momento de suerte se produjo en 1731, cuando La Pouplinière se fijó en él. Y es extraño, porque Rameau tenía casi cincuenta años y el mecenas solía apoyar a jóvenes brillantes.

Rameau no le defraudó. Dirigía la orquesta, tocaba el órgano, daba clases a madame y componía música constantemente. Toda la que le pedía su protector.

Misteriosamente, el anciano (a mediados del siglo XVIII se era anciano con cincuenta años) demostró ser un compositor genial. Hasta el punto de que, después de ser atacado por los “lullistas” (los seguidores del gran Lully, el músico del Rey Sol), terminó, bien a su pesar, por ser considerado el adalid de la música francesa en la “guerra de los bufones”. Ahí estaban para demostrarlo sus óperas y ballets, Hipólito y Aricia, Cástor y Pólux, Zoroastro …

Y, sobre todo, su mayor éxito Las Indias galantes, un ballet heroico dividido en cuatro actos, que supuestamente tienen lugar en una cuarta parte diferente del globo terráqueo, permitiendo una demostración de lujo y exotismo, tal y como podían ser pensados por un francés de la época. Los propios títulos de los actos son suficientemente clarificadores : “el turco generoso”, “los incas del Perú”, “las flores, una fiesta persa”, y “los salvajes” (situada en una selva americana ignota).

Lo de menos es el argumento. Lo importante es la variedad y el detalle. Rameau mezcla recitativos, tremendamente cuidados, con arias y secciones de divertissement, utilizando una armonía nítida, claramente consonante, en la que los pasajes modulatorios y las cadencias sirven a un fin expresivo, de forma que la melodía es resultado de la armonía y no al contrario. No huye de la complejidad y de pasajes con disonancias expresivas, destinadas a remarcar momentos especiales del texto, pero siempre tienen una explicación armónica convincente, incluso los más arriesgados. Además fue, a su manera ordenada, un innovador formal, que anticipa esquemas clásicos y que juega con las referencias motívicas. Lo más extraordinario es, no obstante, su inventiva puramente musical, que se pone de manifiesto en las partes instrumentales de sus obras y que, con gran elegancia, es capaz de mantener la atención del espectador fija en los detalles descriptivos y los aciertos orquestales.

Un gran músico. Y para probarlo les propongo dos momentos. El primero, el comienzo del segundo acto de Cástor y Pólux, típico de Rameau, con una mezcla de coro y solistas, (magistral la resolución expresiva que se produce en el minuto 1′ 52”),

CHŒUR DES SPARTIATES,
qui arrivent au tombeau avec les marques d’un grand deuil, les armes renversées et garnies de crêpes.

Que tout gémisse,
Que tout s’unisse :
Préparons, élevons d’éternels monuments
Au plus malheureux des amants :
Que jamais notre amour ni son nom ne périsse.
Que tout gémisse.

Y un maravilloso rondeau de Las Indias Galantes,

Zima, Adario en duo

Forêt paisibles,
Jamais un vain désir ne trouble ici nos coeurs.
S’ils sont sensibles,
Fortune, ce n’est pas au prix de tes faveurs.

Choeur des sauvages

Forêt paisibles,
Jamais un vain désir ne trouble ici nos coeurs.
S’ils sont sensibles,
Fortune, ce n’est pas au prix de tes faveurs.

Zima, Adario

Dans nos retraites,
Grandeur, ne viens jamais
offrir de tes faux attraits !
Ciel, tu les as faites
pour l’innoncence et pour la paix.
Jouissons dans nos asiles,
Jouissons des biens tranquilles !
Ah ! Peut-on être heureux,
Quand on forme d’autres voeux ?

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