El último templario

PRÓLOGO

Este verano, en una librería de viejo de Praga, cerca del río, en la calle Vàklavskà, me entretuve mirando obras de Čapek, haciendo tiempo para no volver a discutir con ella. Llevábamos cinco días en Praga, y lo que iba a ser un romántico viaje sin las niñas, se convirtió en una tortura, una loca mezcla de reproches y reconciliaciones. Aún resonaba en mi cabeza la estúpida música de ese violín, tocado por una especie de danikey al que sólo le faltaba lanzar el arco a través de la ventana, y las quejas amargas por mi conducta desordenada; como si fuesen a recordar, una semana después, las patochadas de un turista español medio borracho.

Ese, resentido y avergonzado, era mi estado de ánimo a la mañana siguiente, cuando me puse, casi inadvertidamente, a hojear una primera edición de 1921 del Továrna na absolutno, esa maravilla spinoziana en la que Čapek juega a la idea de provocar la aparición de Dios por accidente. Un dios creado o develado por un ingeniero, qué idea más sugerente. Paladeando el checo, tan olvidado por años de desuso, fui avanzando páginas, hasta llegar a una especie de apéndice que no recordaba. Se trataba de un relato escrito por un tal William Santiago, traducido del inglés, y que el editor, en una nota al pie, presentaba como un cuento fantástico para completar la edición. Recordé que en los años treinta era costumbre unir diversos relatos de lo que luego sería conocido como ciencia ficción, para hacer más atrayentes las ediciones a los lectores, generalmente adolescentes. Empecé lentamente a leer la historia de William Santiago, situada a comienzos del siglo XXI y comenzó a asombrarme la capacidad de anticipación del autor. Compré el libro y salí corriendo para el hotel.

No ayudó mucho a mejorar la situación el que, desde ese momento, me dedicase en exclusiva a traducir, del checo al español, el fantástico relato que llevaba por título El último templario. Dos noches más tarde, cuando justo acababa de terminar, tuvimos una discusión espantosa. Me acusó, sin razón, de no quererla, y, con razón, de no prestarle atención. Aunque quise disculparme, las miradas furtivas que dirigía al libro, situado en la mesa de la habitación del hotel, funcionaron como una espoleta. Cogió una maleta, la llenó desordenadamente con sus cosas, y se marchó llorando. Parado, de pie, en la puerta de la habitación, sentí terriblemente su partida, a la vez que una voz interior me recordaba, insaciable, el objeto de mi obsesión. Entonces, al volverme, descubrí que se había llevado el libro, dejando las cuartillas en las que había realizado mi traducción.

Supongo que lo merecía. Por eso no volví a preguntarle por el libro. Cuando me atreví a regresar, una semana más tarde, me perdonó, exigiendo, como única condición, que no volviera a hablar de nuestro viaje a Praga. Cumplí, pero aun así, no podía olvidar la obra que había tenido entre mis manos y de la que me quedaba una traducción chapucera, escrita a mano, en unas hojas con membrete de hotel. Así que empecé a investigar, consultando a través de internet y directamente a expertos en literatura norteamericana. Logré interesar en el asunto al profesor John H. Miller, de Princeton. Nadie como el más reputado experto mundial en literatura fantástica y de ciencia ficción para localizar una obra y un autor tan raros. Sin embargo, la conclusión fue decepcionante. Nadie conocía a ningún autor de principios del XX llamado William Santiago, ni una obra llamada “The last templar”. No aparecía en ninguno de los índices, ni en los catálogos de revistas especializadas o de la época. Y, lo que es más increíble, la primera edición del libro de Čapek era de 1922 y no de 1921, y además no iba acompañada de ningún otro relato. Era tan alucinante que pensé que todo, el viaje a Praga, las discusiones y las reconciliaciones, el libro, todo, era un sueño. Pero estaban, están, mis cuartillas.

Sólo puedo exorcizarme dándolas a la luz. Quizás alguien me dé una pista sobre su origen o sobre el misterioso autor que nos cuenta la historia de unos hechos terribles que, según un libro nunca publicado, están ya empezando a suceder.

CAPÍTULO I

12 de noviembre de 2016

Me llamo William y soy un soldado de fortuna. No sé si alguien leerá estas líneas. Escribo utilizando mi propia sangre como tinta y gracias a la luz de un ventanuco. Aunque mi machete es una pluma de difícil manejo, al menos el papel es el apropiado. Mis captores creyeron que lograrían doblegarme cuando me lanzaron esos rollos de papel higiénico barato. No sabían que he sido entrenado para no defecar durante semanas y que la dureza acartonada del papel, pensado para provocarme las más graves ulceraciones, aguanta fácilmente una punta acerada.

Ahora que tengo fuerzas, después de devorar una rata que he despellejado a dentelladas, contaré mi historia; porque la verdad debe prevalecer; porque el mundo no puede quedar impasible; porque a pesar de haber matado hombres, mujeres, niños y políticos, nunca había conocido tanto horror y tanta maldad como la que he descubierto en estos últimos meses.

Sí, soy un mercenario y me he vendido al mejor postor. Conocí el honor entre los fusileros de Guantánamo, semper fidelis, hasta que cierto teniente coronel me dio la orden de morir. No se extrañen, la inteligencia de mi país ha hecho eso a menudo. ¿O acaso piensan que Elvis se suicidó? Mi muerte fue comunicada a familiares y amigos y, lo más importante, apareció en un breve en Red Star y fue anotada en la prodigiosa mente colmena de nuestros enemigos del entonces KGB o, como nosotros les llamábamos, los “alegres y parlanchines colegas del KGB”. Mis hazañas en el muro, mirando de frente a miles de cubanos que sólo pensaban en matarme antes del desayuno, no habían pasado desapercibidas. Viajé en un ataúd provisto de aire acondicionado, acompañado de tres mudas de reglamento, mis ejemplares del Capitán América y la versión de Carreras de West Side Story, hasta una base situada en Groenlandia. Nada más abrirse el ataúd, saltó dentro un pequeño cerdito vietnamita que empezó a lamerme los genitales y, tras él, asomó sonriente una persona a la que conocí bien, aunque no supiera cuál era su nombre verdadero. Él siempre se presentó como “George”, vestía de negro y era adicto a los placeres caros. Gracias a sus métodos, en apenas tres meses, podía desenvolverme con soltura en ambientes refinados, distinguir entre un allegro sostenuto y un largo ma non tanto y provocar un placer irresistible a todo tipo de mujeres. La última prueba fue con una inuit que era madre de treinta y cinco hijos y algún miembro de la subfamilia focidae. Fui capaz de provocar en ella el orgasmo con cinco movimientos salvajes de mi pelvis, a pesar de que estaba comiendo un hígado de oso polar. También aprendí a manejar todo tipo de armas y a causar la muerte con objetos de uso cotidiano, como la mano de un almirez o un ejemplar del periódico Público, y a descifrar los códigos secretos que aparecían constantemente en diarios y páginas de internet. Mis hazañas con el blog de un político español, llamado Pepe Blanco, fueron especialmente notorias: gracias a mis advertencias se tuvo conocimiento, veinticuatro horas antes, de la conspiración que se estaba fraguando contra Chávez, uno de nuestros infiltrados en Sudamérica, y pudimos advertirle de que una asesina a sueldo disfrazado de Rey Juan Carlos I iba a lanzarle unos salivazos envenenados en la cumbre iberoamericana.

Me gradué al ocuparme (así lo llamábamos nosotros) de un cardenal que sabía demasiado de las conexiones entre la Banca del Vaticano, el Istituto per L’Opere di Religione y el Opus Dei. No crean que lo hice por eso, ya que era natural que supiera de esos temas; al fin y al cabo su tesis doctoral se había llamado Conexiones entre la Banca del Vaticano, el Istituto per L’Opere di Religione y el Opus Dei. Lo hice porque se había atrevido a comentar despectivamente, en una fiesta celebrada en los sótanos del Vaticano, que George no sabía cocinar bien una pularda. Hay afrentas que se pagan y eso lo sabemos los que nos dedicamos a este negocio.

Durante cuatro años fui la mano ejecutora de los planes de George. Lo hice porque era un patriota y porque creía estar sirviendo a los intereses de mi país, pero un día, al volver de un viaje, un trabajito en las Cataratas Victoria, descubrí a George travestido, acariciando la cola del cerdo, hablando por teléfono con la Presidenta Clinton, y descubrí que éramos los watergates, la sección secreta de la redacción de deportes del Washington Post, una sucursal corrupta del Partido Demócrata y los Rotarios, que se remontaba a 1970.

Allí mismo estrangulé a George con el cable del teléfono. El muy asqueroso tuvo una enorme erección mientras el cerdo aullaba porque le retorcía el rabo. Ya había visto esas reacciones involuntarias antes, pero no pude evitar degollar al cerdo con el canto de la mano y con el mismo movimiento seccionarle el miembro a George.

Después de arrancarme mis tatuajes con un destornillador y dejarlos sobre la mesa, entre charcos de sangre, desaparecí y comencé a ganarme la vida haciendo lo que mejor sé hacer …

CAPÍTULO II

Durante unos días estuve catatónico. Se me arremolinaban los recuerdos y mis reacciones obedecían a unas pautas entrenadas, repetidas hasta la saciedad, y que se habían convertido en la respuesta de mi organismo para evitar la locura. Deambulé hasta Copenhague, atravesando a nado el Mar Adriático, y allí, en los sórdidos bajos fondos de un wolkswagen, asesiné a un patético ladronzuelo cantándole de improviso los éxitos mundiales de Il Divo. No era capaz de controlar mis habilidades y llegué a ser un peligro para mí mismo, mientras me arrastraba por las ciudades de la Vieja Europa. Hasta que, en una esquina de Viena con Praga, un sacerdote mercedario, antiguo mercenario, reconoció mis movimientos felinos y me siguió a través de la multitud, y en un comedero de patos a orillas del Danubio, al verme llorar, a una distancia prudente, agazapado, gritó: “¡núcleo irradiador!”. Esa es la palabra secreta que utilizamos todos los agentes afiliados al SIA (sindicato internacional de agentes) para reconocernos. Levanté la mirada y, de golpe, todos los recuerdos desde la infancia se desbocaron en mi cabeza … mi madre dándome el pecho, mi padre contando billetes de 50 machacantes, mi primera pelea con unos chicos irlandeses, un baile en un colegio y mi primer beso, algunas relaciones homosexuales esporádicas, mis clases de colombicultura, torsos desnudos en Arizona y hombres musculosos en los Everglades …

¿Qué podría contar del padre Blumenknospe aparte de que fuera un padre para mí? Me acogió en el monasterio de la Ordo Mariae Virginis de Mercede de la ciudad de Skopje. Allí pude curar lentamente las graves heridas psicosociales que había sufrido y pude, gracias a su magisterio, conocer secretos que sólo se susurran por las Cancillerías de Europa. Me enseñó latín, griego, arameo, fenicio y wolof, el misterioso idioma de la letra “ñ”. Pude examinar, con mis propios ojos, antiguos manuscritos, maravillosamente iluminados por copistas y flexos. En esos días comencé a intuir que existía una corriente subterránea, que se remontaba a la más remota antigüedad, de hechos indudables que presagiaban terribles verdades si se examinaban en conjunto. Narraciones de acontecimientos extraordinarios, que encajaban como las piezas de un inmenso y turbador puzle si se sabía mirar y leer entre líneas. ¡Cuán a menudo miré, desde el refectorio, hacia los amenazadores picos de los Balcanes, preguntándome qué terribles males acechaban a la Humanidad!

No estaba preparado para la vida contemplativa. El padre Blumenknospe lo sabía y aunque yo le pedí permiso para tomar las órdenes menores, un día, mientras me acariciaba paternalmente los glúteos, me dijo: “William, tú eres un hombre de acción y no puedes pasar el resto de tu vida encerrado entre estos muros”. Yo sabía, en el fondo de mi corazón, que era cierto, que añoraba apoyar mi cabeza entre los muslos de una mujer y bailar sirtaki en un tugurio de Luanda, que estaba enganchado a las descargas de adrenalina. Tuve que marcharme, no sin antes tomarme doce horas para restaurar el techo de la abadía, las zapatas del claustro y los forjados del cementerio. Al menos debía eso a hombres tan bondadosos; eso y un pagaré a noventa días salvo buen fin al que no pude hacer frente y que había endosado a Coronel Tapioca, S.L., para proveerme de todo lo necesario para mi nueva profesión.

Sí, lector anónimo, gracias a los contactos del padre Blumenknospe, fui aceptado en la fuerzas armadas mercenarias del General N’grudo, un enorme africano de origen incierto (algunos decían que era camerunés, otros que congoleño; incluso se llegó a rumorear que era de Cocentaina).

Tomé un avión en Varna y volé a través del Cáucaso camino de Etiopía, sumido en mis pensamientos y en una terrible borrachera provocada por los bombones de licor regalados por el padre cocinero. A mi lado, un ainu tocaba una triste melodía de las estepas. Sé que son detalles sin importancia, pero no puedo olvidarlos porque eran el epílogo a la época más sosegada y feliz de mi vida.

Al llegar a Addis Abeba y desembarcar noté en seguida la brisa del mar y la enorme concentración de oxígeno. Pensé en lo útiles que habían sido esos meses en las montañas, ahora que tenía que recuperar mi forma física. Estaba preparado para una nueva vida de aventuras y excesos …

CAPÍTULO III

 

El general N’grudo tenía un contrato con unos empresarios surafricanos que extraían piedras preciosas y mirra cerca de Lalibella. Nuestra misión era proteger los envíos que se realizaban cada semana. Teníamos que atravesar en camiones una selva intrincada que se cerraba continuamente sobre sí misma, y que obligaba constantemente a los porteadores sherpas a usar sus machetes. El mayor peligro eran las bandas de cazadores-recolectores somalíes con sus AK47 y sus misiles stinger. Era duro, pero estaba bien pagado y los fines de semana podíamos pasarlos en Lalibella, en una taberna excavada en la piedra, bebiendo kumys y confraternizando con la población local, incluidas algunas hermosas bantúes de cuerpos como cañas y senos que desafiaban la ley de la gravedad.

Allí, una tarde, conocí a un peregrino llamado Abune Selama. Me habló de los secretos que contenía Ashetan Maryam, un monasterio desconocido para el hombre blanco. Allí estaban el cráneo de San Juan Bautista niño, el segundo premolar izquierdo superior de Santa Inés y el Arca de la Alianza. Tres minutos y quince copas más tarde me propuso hacernos con las reliquias. Él conocía el sitio, pero carecía de agallas. Y el botín merecía la pena; podíamos obtener millones en Sotheby’s o en ARCO.

Lo planeamos todo entre los estallidos de una tormenta austral con aparato eléctrico que erizaba nuestros cabellos, y firmamos un pacto de sangre. Yo me encargaría de buscar un grupo de hombres que pudiese hacer frente a la guardia armada del monasterio si era preciso y transportar la mercancía. Aullaba el viento entre las palmeras cuando entró el general N’grudo y su cohorte de eunucos. Los llamábamos así porque eran hombres castrados que habían sido destinados en los serrallos a la custodia de las mujeres. Eran peligrosos con el cuchillo y la pluma. N’grudo debía conocer a Abune Selama, al que vio escabullirse por la puerta trasera, la que daba a un desfiladero sobre el Mar Rojo, porque mandó que me llevaran a su presencia y me preguntó por él, mientras mostraba su sonrisa lobuna y las dos hileras de dientes blancos. Le dije que habíamos hablado sobre el imperio de Monomotapa, pero, como supe después, algo sospechaba y mandó que me vigilasen día y noche.

Por desgracia para él, uno de los encargados de vigilarme, un lituano llamado Andas Patras, aka “el griego”, fue el primero con el que contacté. La esperanza del botín y la idea de abandonar ese horrible clima tropical le convencieron al instante, y una semana más tarde me daba el sí. Los otros compinches serían Anthony Scoglione, un neoyorquino como yo, criado en Hells’ Kitchen, Rutger Ontocrazy, un neozelandés espigado de mirada torva, y Slave Freeman, un antillano de dos metros y seiscientas libras de peso. En conjunto, formábamos una espantosa y biyectiva máquina de matar.

Dos semanas más tarde de la semana más tarde en que Patras me dio su OK, estábamos a los pies del Monte Mor. En la cima se perfilaba la mole de Ashetan Maryam. Abune Selama cumplió con su parte y nos indicó un camino secreto para llegar a una puerta lateral que se abría mediante un mecanismo mecánico. Unos petroglifos sobre la puerta de madera de ébano debían ser girados de manera precisa. Rutger, que tenía las manos de un cirujano, las tiró por la pendiente. Había que prescindir de todo lo superfluo. Colocó sus dedos índice sobre las cabezas de dos búfalos cafre y presionó lentamente hasta que oímos un chasquido. La puerta se abrió bruscamente. Lo habíamos logrado.

Les dije que me esperasen allí, y armado hasta los dientes repté por el recinto. Había grabado en mi cabeza el plano del monasterio. Por desgracia no llevaba un espejo para consultarlo, así que me tuve que fiar de mi memoria. Descendí por unas escaleras hasta un rellano desde el que podía ver y escuchar a los desprevenidos guardias del monasterio mientras comentaban los resultados de las últimas guerras tribales con sonoras carcajadas. Fueron los últimos ruidos que emitieron. Rápida y eficientemente descifré la combinación de la caja fuerte, abrí la puerta y una vaharada de aire viciado me golpeó en el rostro. Hacía siglos que nadie entraba allí. Encendí la luz eléctrica y aparecieron ante mí los tesoros perdidos que la Humanidad buscaba desde tiempos inmemoriales. Abrí el arca con sumo cuidado usando un martillo neumático y contemplé su interior. Un minúsculo pergamino de 50×60 era su único contenido. No sé muy bien por qué, pero decidí guardarlo en un tubo de acero cromado que llevaba encima y que introduje en mi recto.

Cargué con las reliquias y me escabullí sigilosamente. Por desgracia, en la puerta me estaba esperando la guardia personal del Negus. El traidor Abune Selama nos había denunciado y cobrado la recompensa que el Ras había ofrecido por nuestra captura. ¡No puedes fiarte de los africanos!

Fuimos conducidos a una inmunda prisión al este de Addis Abeba, justo en la curva del Níger. Cada día al subir la marea, nuestras celdas se inundaban y se llenaban de camarones. De esos días conservo las huellas del mal de Chagas que me llevó al borde la muerte.

Pero no me había llegado todavía la hora …

CAPÍTULO IV

Antes de explicar como escapé a una muerte segura, tengo que hablaros de ella. Hermosa como la luna y dulce como la flor del membrillo era mi amada. Sus perfumados cabellos ondulados refulgían a la luz de las estrellas, rojizos como el cobre. No puedes, anónimo lector, saber que ahora, cuando la recuerdo, tersa, dulce, firme, lágrimas surcan las arrugas de mi cara. No sé por qué me quiso, ella que podía haber obtenido a cualquier hombre y vivido en la opulencia o en un penthouse de Manhattan. Se llamaba Loulou y había nacido en Rouen. Pero toda ella era París, olía a París y sabía a París. Una de las pocas cosas de las que me arrepiento es no haber estado nunca en París, en la ciudad de mi único amor.

Loulou había estudiado antropología en la Sorbona, junto al prestigioso Profesor Sandeu, un exiliado portugués de la dictadura de Salazar que se había convertido en un referente para todos los indómitos y rebeldes jóvenes europeos por su obra La máscara del hombre blanco, en la que denunciaba las salvajes consecuencias del colonialismo y el cambio climatérico. Fue el profesor Sandeu quien animó a Loulou a ampliar sus estudios en África, trabajando con gorilas de montaña. Durante tres años vivió prácticamente en solitario, salvo por sus visitas semanales a un Seven Eleven de Ouagadougou. Durante ese tiempo enseñó a un gorila dorsicano, al que bautizó llamándole “Guasón”, el idioma de signos, y se sumergió en el maravilloso mundo de los grandes simios, discutiendo con él sobre filosofía y bioestadística. Pero las autoridades de Níger no admitían las verdades que esta menuda mujer blanca les espetaba desde su metro ochenta y cinco, y se fue ganando enemigos. Entonces supo de nuestra captura, porque el parque Obama, en el que trabajaba, era fronterizo con nuestra prisión.

Loulou solía visitar la prisión porque escribía las cartas que los presos, muchos analfabetos y algunos disgráficos, mandaban a sus mujeres. Gracias a su labor humanitaria y a la costumbre de bañarse desnuda al atardecer en el río Níger, los presos la llamaban Mpalma Atengo, que en idioma bantú quiere decir “amor de madre”. Todavía recuerdo el día que la conocí. Era un atardecer y desde la remota selva nos llegaban cantos tribales de oscuro contenido y aromas antiguos. Parecía como si los lentos ritmos africanos resonasen desde el corazón del río, sólo interrumpidos por el lejano rugido de algún jaguar. Y la vi, agachada, cerrando los ojos de un moribundo, y un cristal exquisito descendió desde sus ojos de zafiro, iluminando a todos los hombres curtidos que nos amontonábamos entre estiércol. En ese momento, uno de los presos, un canadiense llamado Levesque, quiso forzarla, y tuve que intervenir. Lo maté con mis propias manos y lo lanzamos al río, para que fuese devorado por los cocodrilos. Yo creo que Loulou comenzó a amarme en ese instante y planeó como liberarme de mi cautiverio.

El juicio fue una farsa. Mi abogado, un estúpido barrister que había estudiado en Oxford y no sabía bambara se comportó como un pelele en el tribunal. Fui condenado a muerte y a una pena sustitutoria de multa. Mis días estaban contados. Desde mi celda veía como montaban el patíbulo y usaban enormes sacos llenos de maíz para probar la dureza de la soga. Llegó el día. El pelotón de fusilamiento estaba formado en el patio de la prisión. Rechacé que me taparan los ojos; quería ver a los cobardes que iban a matarme; quizás lo hicieran, pero después yo les escupiría a la cara. Antes de que el sargento del pelotón diese la orden grité “¡Vais a comprobar como muere un boricua!” y comencé a cantar canciones que creía olvidadas, que me cantaba mi madre cuando niño …

Que triste es una paloma
Cantando al oscurecer:
Mas triste es una mujer
Andando de noche sola …

 

Y se produjo algo asombroso, todos los presos se pusieron a cantar al unísono y algunos en octavas. Quizás las lejanas remembranzas a África de mi canción infantil reblandecieron los corazones de esos asesinos y bribones. No lo sé; lo único que sé es que se respiraba, como nunca antes, en ese rincón perdido del mundo, una paz perturbadora.

Ese instante mágico, que duró lo que dura una canción con coplas y estribillo, fue roto por la voz del sargento: “¡Fuego!”. Pero no pretendía ordenar que me disparasen. Simplemente advertía de las llamas que lamían el muro norte, al sur-suroeste de la cantina. Un ruido atronador alrededor de la prisión anunciaba algún acontecimiento terrible. Cayó el muro y una manada de incontables okapis, miles de ellos, se precipitó en el patio de la prisión. Luego supe que Loulou había convencido a Guasón para encaramarse al muro y hacerlo arder, a la vez que provocaba la estampida. Rápidamente aproveché la ocasión, y tras despedirme de ciento tres presos con los que había trabado amistad, me precipité a las aguas del Níger y nadé río arriba.

Llegué, casi exhausto, a los arrabales de Dakar. Me esperaba una sorpresa inesperada. Guasón, con su potente olfato, había guiado a Loulou hasta donde me encontraba. Me recogió y me llevó a un bungalow cerca de la playa donde pude descansar. Al despertarme la vi, perfilada contra el sol del amanecer que aparecía en el horizonte, mar adentro. Llevaba un ligero camisón de seda que era como un cristal para sus voluptuosas formas. Y tuve una erección instantánea. Ella lo notó a través de las sábanas, de las mantas y de la funda nórdica, y se abalanzó sobre mí, con un ansia casi prehistórica, como si nunca antes un hombre y una mujer se hubieran exprimido hasta el agotamiento. Y en el momento del éxtasis, de la explosión de jugos primordiales, la espesa jungla que había callado, extasiada durante horas, atronó como si todos los seres vivos hubieran compartido ese instante de gozo absoluto.

En ese momento salió de mi interior, como un proyectil, el tubo de acero cromado que había conservado durante meses. Allí estaba, casi olvidado. Y lo abrimos …

CAPÍTULO V

 

Será difícil resumir la catarata de hechos, aparentemente estocásticos e inevitables, que se produjeron aceleradamente a partir de entonces. Una obra guardada durante siglos veía la luz y comenzaba a desvelarse el mejor, en realidad, el único y verdadero, secreto. No estamos solos. Terminó el tiempo de las fábulas y las parábolas. Eso lo aprendimos Loulou y yo bajo el maravilloso cielo estrellado del Sahel, mirando y paladeando la verdad sobre nuestro origen.

Mis conocimientos sobre lenguas antiguas y las capacidades matemáticas de Loulou, ayudada por un programa fractal que le había servido para desarrollar las habilidades lingüísticas de los gorilas, fueron suficientes para desentrañar el texto que durante milenios y con tanto celo había sido guardado.

El texto contaba la historia de Moisés y los ángeles. Un cultura alienígena, nacida en la nube de Oort, viaja a través del firmamento, cabalgando sobre cometas y sembrando mundos a su paso. Escriben en el ADN con tanta facilidad como yo escribo estas palabras con mi machete. Hace 6.011 años sembraron la tierra, usando primates como molde. Introdujeron en nuestro ADN el programa preciso para ser como somos, pero lo hicieron añadiendo ADN basura, regiones enormes aparentemente ayunas de información, y colocando intrones, pedazos de ADN que misteriosamente desaparecen en la síntesis proteica. Lo que no sabíamos es que los intrones son como mojones, como faros en la noche, que permiten, utilizando un catalizador, ordenar el ADN basura en una única cadena maléfica. Un vector criminal y maligno, capaz de acabar con la Humanidad, un exorretrovirus en el que está escrita nuestra fecha de caducidad.

Esta información sólo se dio a conocer a unos pocos. Se les dijo que la guardasen celosamente. Que llegaría el momento del juicio y que sólo ellos, los “elegidos”, estarían protegidos contra la catástrofe. En su ADN, el de unos pocos individuos desperdigados por el mundo, hay una sutil diferencia que les protegerá del armagedón. El momento se alcanzaría (¡malditos genios del mal!) por el propio e inevitable desarrollo tecnológico que permitiría unir en uno todos los pedazos desperdigados por nuestro genoma. Esos individuos, los elegidos por los “ángeles”, por su propia configuración genética, estarían predispuestos a la práctica espiritual y la prédica religiosa, y la transmitirían generación tras generación, hasta el momento en que el último acto tuviera lugar. Infiltrados en todas las iglesias y religiones irían tomando el poder, creando organizaciones secretas que les protegieran y les dieran influencia en el mundo, controlando los resortes del poder.

Pero ésta no sólo es la historia de los ángeles, es también la historia de Moisés. Moisés es uno de los elegidos pero rechaza el horror y a sus hermanos sacerdotes de Ra-Amón. Huye con la información y es perseguido, pero, al tiempo, deja escrita la historia del mundo y de su destino en el pergamino que este pobre soldado que les escribe, un simple hombre de armas, leerá dos mil años más tarde. Y hace algo más: planea la defensa de la Humanidad a través de la confusión. En el Pentateuco quedan cifrados sus planes. Crea un “pueblo escogido”, una fuerza de choque del bien, los comandos que defenderán el mundo.

Sí, he leído las últimas palabras de Moisés. Ahora comprendo con terrible exactitud la historia del pueblo perseguido y la obsesión secular por acabar con él. Los elegidos no pueden permitir la existencia de un contrapoder. Pueblos del mar, asirios, babilonios, persas, egipcios, romanos, partos, godos, árabes, cristianos … Masada y las expulsiones, los protocolos y los nazis … Y ahora empiezan a encajar esos textos desperdigados que conocí en el monasterio de Skopje, esas referencias a una conjura cósmica de límites informes.

Loulou está horrorizada. Antes de que diga nada ya sé qué vamos a hacer. Soy un hombre de acción. Hemos de contactar con ellos. Tienen que existir y tiene que haber una manera de encontrarlos. La tomo entre mis brazos y la tranquilizo. No nos quedaremos cruzados de brazos. Y de nuevo la poseo, con urgencia, apasionadamente.

Dos días más tarde, Lolou me habla de Amos Toledano, un amigo que conoció en unas prácticas en la isla de Guam mientras aprendía chamorro. Es biólogo y rabino. Un sibarita culto y refinado que conserva en su casa de Haifa una puerta de roble de la casa ancestral de la judería cordobesa. Una puerta que colocó en el patio de su casa, justo en la parte que da al Neguev, como recuerdo de lo que dejaron atrás. Es nuestra puerta hacia la resistencia y nos embarcamos hacia ella sin dudarlo …

CAPÍTULO VI

 

Llegamos al Aeropuerto Internacional Hazam Nusseibeh de Gaza, utilizando unos pasaportes falsos que había comprado en el mercado negro de Marrakech. Se suponía que éramos un matrimonio de bolivianos de origen armenio, Estanislao Karabaj y Francisca Nagorno. No queríamos tener problemas con las autoridades fronterizas. En el paso de Beersheba, mientras Loulou esperaba en la cola repleta de refugiados, encontré una guía telefónica de Nahariya en la que buscar el número de teléfono de Amos Toledano. Tuve suerte. Llamé haciéndome pasar por un mensajero de Fedex; necesitaba la dirección porque tenía que llevar un paquete enviado desde Beluchistán a nombre del profesor Toledano.

Loulou ya había alquilado un todoterreno. Aunque las carreteras que conducen al Neguev son buenas, había que estar preparado. Un sol abrasador nos acompañó todo el camino, durante el que tuvimos que hacer varias paradas para dejar pasar columnas de blindados. Al final llegamos a la casa del profesor Toledano, una preciosa casona construida a la manera de los cigarrales del sur de España. La sorpresa de Amos, ahora puedo llamarle así, fue total.

Al atardecer, mientras veíamos ponerse el sol, le contamos la terrible historia de la conjura de los “elegidos”. Permaneció callado hasta el último momento. Al final sólo se escuchaba la sosegada voz del locutor que narraba el triunfo de los Miami Dolphins contra los New England Patriots en la final de la Superbowl. Amos había conectado la televisión vía satélite para interferir posibles escuchas.

“Gran parte de lo que me habéis contado nos es conocido – nos dijo-. Pertenezco a una organización formada por adeptos a todas las religiones monoteístas que tienen por objetivo defendernos contra esta terrible amenaza. Estamos organizados en células que eligen a un gran maestre. Todos los grandes maestres se reúnen cada cuatro años o en sesión extraordinaria en segunda convocatoria media hora más tarde para organizar estrategias en común. Estáis en presencia del Gran Maestre de la célula ‘kochbiana’ la organización de comandos judíos por la fe. Los católicos tienen dos células, la ‘veni creator’ con sede en Buenos Aires y el ‘M.A.L.’, las monjas antiterroristas de liberación, con sede en Santo Domingo de Silos. Los protestantes tienen tres, los J.U.L.A., juventudes unitarias para la liberación de América, los “Cartesianos”, metodistas avanzados, y los Testigos de Jehová. Los budistas tienen dos, los “amigos del Rey Mono”, con sede en Kyoto, y los “Avalokitesvaras”, uno de los grupos más feroces. Los musulmanes están divididos en los “Almansures”, seguidores de la shía, y los “Ummanos”, caritativos y desprendidos. Los confucianos han sido prácticamente aplastados por los chinos, pero mantienen una célula dormida en microsoft, a la que llaman “La ventana del dragón”. Todas las restantes iglesias forman otra célula más, llamada “Los ecuménicos”, dirigida por un jainista, un aristócrata de origen alemán que se oculta tras la identidad de un modelo de pasarela. Pronto le conocerás, se llama Johann Brummel y le conocemos como el ‘Barón Dundee’. Os cuento todo esto porque mientras hablabais he tomado una decisión. Nos vamos a Guam. Creemos que hemos encontrado la Gran Llave y tú, William, me vas a ayudar a recuperarla”.

Nos contó que el catalizador de la reacción ribosómica, la Gran Llave, había sido depositado por los “ángeles” en el fondo de la Fosa de las Marianas. Esa información, obtenida, mediante la tortura, de un camarlengo de la Iglesia Católica, uno de los “elegidos”, le había llevado a la isla de Guam, años atrás. Gracias a esa feliz coincidencia había conocido a Loulou. Ahora habían completado la información tras descifrar el código encriptado en Ma maison de la montagne, una canción de un cantante francés de origen español llamado Luis Mariano. Los “elegidos” estaban planeando recuperar la Gran Llave y debíamos adelantarnos.

Llegamos a Agaña, la capital de Guam, tras hacer una breve escala en Merlbourne, donde compramos un equipo submarino de última generación. Nos alojamos en un lujoso hotel situado en Cocos Island haciéndonos pasar por turistas.

Aunque Loulou me dijo, en su gracioso inglés con acento francés, wake me up before you go, lo cierto es que no fui capaz; estaba tan hermosa con su cabello negro esparcido por la almohada que preferí besar sus ojos grisazulados y dejarle una nota, concretamente un si bemol, que le recordase nuestra canción. “… moi qui criait famine et toi qui posais nue …” me fui cantando al dejarla atrás. No sabía, no podía saber, que era la última vez que la veía con vida.

Habíamos alquilado un barco, el Jean-Luc Picard, con la excusa de que íbamos a pescar tintoreras. Navegamos veinte millas mar adentro, me introduje en un batiscafo y comenzó mi descenso.

Me llevó casi cuarenta y cinco minutos llegar al fondo. Conecté mi sonar ultrasónico y exploré el fondo marino. Sombras de peces desconocidos aparecían en los perfiles del sonar, pero yo buscaba otra cosa. Llevaba ya varias horas explorando cuando me topé con una estructura metálica. Dirigí el batiscafo hacia ella. Si era preciso la recogería con los brazos articulados. El magnetoscopio fue incapaz de reconocer la aleación. Se trataba de metales nunca vistos en la Tierra. Por desgracia, estaba abierta. Los “elegidos” se nos habían adelantado. Maldije el tiempo que había permanecido en prisión en África. Ahora los “elegidos” ya tenían todo lo necesario, el material sobre el que trabajar y la Gran Llave. Sólo necesitaban un donante, un cuerpo en el que introducir el ADN recombinado del vector maligno.

Regresamos a toda prisa. Nubes amenazadoras parecían presagiar la tragedia. Al llegar a nuestro bungalow me retrasé un momento porque quería comprar a Loulou unos lirios. Una nativa me los vendió con una sonrisa mientras Amos abría la puerta. En ese momento sonaron unos disparos. Corrí hacia el bungalow mientras mi cuerpo ejecutaba automáticamente movimientos asintóticos para desconcertar a un posible tirador oculto. Me precipité a través de la ventana con la Uzi entre los brazos. La imagen era grotesca, Amos arrastrándose con un balazo en el hombro y Loulou sobre la cama, llena de sangre. Una rabia feroz se apoderó de mí. Percibí una sombra y me abalancé sobre ella. Un musculoso sujeto de un metro noventa y cinco, vestido de negro, estaba esperándome. Peleamos en silencio, parecíamos bailarines ejecutando un ballet mortífero. No sé cuantos minutos duró nuestro enfrentamiento. Sólo sé que cuando él creía haber lanzado un perfecto golpe contra mi plexo solar, me revolví, gatuno, y le clave mis dos rodillas en la nuca, con un gesto que había aprendido de mi sargento instructor, un descendiente de los coolies que habían tendido las vías que unen las costas de mi patria. Se desplomó como un saco, herido de muerte. Un hilo de sangre salía a borbotones de su boca, empapando su costosa camisa de armani.

Un pesado manto cayó sobre mí cuando, al dar media vuelta, vi a Loulou tendida sobre la cama. Pero no podía dejar que el dolor me venciese, tenía que ayudar a Amos. Por desgracia estaba agonizando. Me acerqué hacia él. Decía algo incomprensible, de forma espasmódica: “…. cof … agh … buuu ..sca a …. Ja … Ja … Ja …”. “Dios mío, ¿qué coño dices?” le grité – ahora sé que no debí hacerlo. “… agh … Jacques … busca a Jacques … en Lhasa”, pudo apenas murmurar antes de morir.

Miré en la documentación de aquél sicario vestido de Armani y me encontré con una terrible sorpresa: se llamaba Johann Brummel. ¡Era el “Barón Dundee”! Un maldito traidor en nuestra organización. ¿Cuántos más como él habrían infiltrado los “elegidos”? Por suerte también encontré la tarjeta de visita de un representante comercial de origen vasco llamado Txerriaska, en la calle del Potala de Lhasa. ¿Estaría allí Jacques?

Tenía que vengar a mi amigo y a mi amada. No podía detener mi impulso dejándome llevar por la pena. Llamé al capitán del Jean-Luc Picard y le pedí que depositara los cuerpos de Amos y Loulou en el gran congelador de su barco. Lo último que me hacía falta era una investigación de las autoridades francesas de las islas. Ya habría tiempo de entonar el kadish por mi amigo y llorar junto a la tumba de mi amada. Ahora era tiempo de matar.

CAPÍTULO VII

 

Tenía que llegar a Lhasa sin llamar la atención. Así que tomé un avión hasta Vladivostok y alquilé un automóvil. Los miles de kilómetros que me separaban de mi destino me servirían para planificar mi venganza y aclarar mis ideas. Sólo me molestaron algunas patrullas chinas. Pero no hay nada que no quede resuelto con un puñado de dólares americanos. Lo difícil sería salir de China, no entrar. En Bhutan me aprovisioné de un subfusil chino type 69 y ropas de montaña. Quizás me esperaba un paseo por el Himalaya.

La carretera que conduce a Lhasa serpentea sobre espantosos desfiladeros. Pero, a pesar de ello, conduje a gran velocidad. Tenía que encontrar al misterioso Jacques y mi primera parada era la casa del export/import Urko Txerriaska. Llegué a Lhasa al atardecer. El cielo de color naranja se fundía con los ropajes de sus habitantes, que se desplegaban por centenares por sus calles y mercados. Pregunté a uno de ellos donde estaba la dirección de Txerriaska y me preparé para hacerle una visita.

El vasco vivía en un palacio construido al estilo tradicional, con madera de arce, dura y oscura. Me abrió un criado thai. Me presenté como un hombre de negocios americano. Quería exportar a América lana de vicuña de alta calidad. La comisión sería importante. Me dijo que esperase en una sala. Sonaba en el hilo musical una canción de la patria del tal Txerriaska, aún recuerdo el estribillo, “… bizikera ulertzeko modu bat eta euskal aberriaren baieztapena. Aberri honen izate politikoa bere Aberri-burujabetasuna berreskuratzearekin batera adieraziko da …”

Me recibió en su despacho a la vez que despedía a su criado. Estaba claro que no quería testigos de sus operaciones comerciales con productos prohibidos. Había acertado al utilizar la codicia. Le comenté que un amigo suyo, llamado Johann Brummel, me había dado su nombre. Le vi hacer un gesto inequívoco; estaba sacando lentamente una pistola de uno de los cajones. Salté como una pantera y le pateé en los testículos. No estoy contento con lo que hice después, pero la sed de venganza me había enloquecido. Le torturé durante horas, utilizando los métodos más brutales. Le introduje agujas en los dedos, le sumergí en agua helada, le leí los episodios nacionales … Aullaba de dolor, pero no sabía gran cosa. El “Barón Dundee” era un tipo importante de una organización que le había pagado por pasar documentos de contrabando. Sabía que espiaba a alguien pero no conocía su nombre. Compré su silencio con vagas promesas y luego le pegué un tiro entre los ojos. No quería testigos.

Estaba en un callejón sin salida cuando alguien llamó a la puerta. Agazapado esperé a ver de quién se trataba. Un hombrecillo, vestido con una gabardina y un sombrero con un billete de autobús dentro de la banda, entró lentamente. Se orinó encima cuando se enfrentó al cañón de mi Beretta y me dijo que se llamaba Iker Giménez, un periodista de origen gitano que estaba investigando a una organización secreta. Sabía cuál era su nombre, “Los ecuménicos”, y que tenían una reunión esa misma noche en uno de los túneles del suburbano de Lhasa. Necesitaba la ayuda de Txerriaska para llegar allí. Se me había abierto una nueva puerta. Arrastré al plumilla a las frías calles de Lhasa y buscamos el túnel utilizando los planos que descargamos de la web de turismo del Tíbet.

No me fue difícil encontrar un acceso a través del alcantarillado. Llegamos a un hueco de ventilación. Debajo nuestro se estaba produciendo una extraña reunión. Transcribo parte de lo que oí:

” … nos llegan noticias terribles. Nuestro hermano Johann Brummel ha sido asesinado y no tenemos noticias del hermano Toledano. Debemos extremar la seguridad hasta que aclaremos qué está sucediendo. Está ausente la Gran Maestre del M.A.L. Me ha comunicado que debido a problemas con el transporte hasta el aeropuerto de Barcelona ha perdido el avión. Los demás tenemos que tomar decisiones urgentes …”

En ese momento intervino un hombrecillo nervioso que se presentó como Gran Maestre de los “Cartesianos” y dijo: “Todos te estamos agradecidos Gran Gran Maestre por tu trabajo abnegado, pero varios de nosotros hemos detectado cierta parálisis en los trabajos de la organización y no se están obteniendo resultados. Sé que tú, Jacques de Molay, eres Gran Gran Maestre por tradición, pero quizás épocas nuevas necesitan soluciones nuevas”.

¡Era Jacques! Había encontrado a los compañeros de Amos. Por fin. Me descolgué desde el techo hasta el centro de la reunión, haciendo rappel, mientras gritaba que sabía qué había sucedido con Amos. La confusión fue tremenda hasta que Jacques de Molay se levantó y ordenó silencio con su voz estentórea y me pidió que me explicase. Iker Giménez temblaba como una hoja mientras desgranaba la historia de mi vida hasta llegar a la Fosa de las Marianas y la Gran Llave.

Los rostros fueron desde el estupor al miedo pasando por la incredulidad y la abulia cuando expliqué las razones de la muerte del “Barón Dundee”. Apenas había terminado de contar mi historia cuando una fuerte explosión destrozó la puerta de la sala, que se inundó con gases lacrimógenos. Uno de los pedazos seccionó la cabeza del pobre Iker. Por el hueco se introdujeron decenas de hombres armados provistos de máscaras antigás que nos maniataron a todos. Finalmente, entró lentamente en la sala un hombre vestido de negro. Cuando se aclaró el aire de la habitación y recuperé la visión me quedé estupefacto. El hombre de negro era ¡George! En ese momento alguien me golpeó …

CAPÍTULO VIII

 

Me desperté completamente aturdido. Se oía el ruido de los motores de un Antonov AN 124. Incluso en mi estado reconocí el perfil típico de sus graves, tan característico que en Fort Bragg lo llamábamos la “vieja mula rusa”. Alguien me estaba zarandeando. Oí, como en la lejanía, una voz que decía “William, William …”. Conocía esa voz, pero parecía que sonase una octava más alta, como cuando se distorsiona el sonido. Me despejé algo y pude comprobar que era George, mi antiguo jefe, el que hablaba de forma extrañamente aguda. Las consecuencias de la mutilación, supuse.

¡Era increíble! Yo le había estrangulado. Me miraba sonriente y torvo, con esa ironía tan característica. El muy cabrón estaba disfrutando. Esperé en silencio sus explicaciones. Sabía que no me iba a matar rápidamente.

– William, William … Creías que estaba muerto, ¿verdad? Siempre he tomado precauciones. Llevo implantado, bajo la piel del cuello, una lámina de plasticarbono. Tu fuerza descomunal hizo que me desmayara, pero nada más … Nada, salvo lo que tú y yo sabemos.

¡Mierda! Creí que le había matado y no me paré a comprobarlo. Ese error me costaría caro.

Se abrió la puerta de la cabina del Antonov y apareció una mujer deslumbrante vestida con un mono de cuero rojo. Metro ochenta, curvas imposibles, una larga melena rubia que contrastaba con su piel aceitunada y sus ojos negros.

– Ven querida – susurró con su histérica voz -, te voy a presentar a un viejo amigo. William, ésta es Rita. No te equivoques con ella. Mi brasileña es más peligrosa que una viuda negra. Y es además una fiera en la cama.

– Ja, ja, ja – me reí-, poco podrás hacer tú, cerdo “evirado”.

La rabia inundó su mirada, sacó una Glöck con silenciador y pareció que fuera a matarme en el acto. Había conseguido exasperarlo y estaba a punto de lograr mi propósito. Por desgracia, la asesina me cruzó la cara con una especie de cuchilla oculta que llevaba escondida entre los dedos, mientras decía:

– Ya me advirtió George de tu patético sentido del humor. No sufras, George se ha instalado un aparatito bastante más interesante que lo que tienes aquí – decía, mientras me agarraba los testículos con fuerza- …. mmm, vaya – añadió con una mirada lasciva -, veo que no estás mal dotado de todo.

– ¡Para, zorra! – gritó George enfurecido -, tengo pensada otra ocupación para William.

Miré alrededor. La zona de carga estaba repleta de cuerpos tumbados, con la cabeza tapada. Eran, sin duda, los Grandes Maestres. Todo se había ido al carajo.

– ¿Por qué, George? – le pregunté, intentando obtener algo de información.

– ¿Aún crees que podrás escapar, verdad? Voy a contártelo, William, porque a pesar de todo no te guardo rencor. ¿Hasta dónde conoces las historias de los ángeles y la Gran Llave?

– Lo sé todo.

– Todo no. Lo que no sabes es cómo vamos a extender el vector exorretroviral por el mundo – hizo una pausa, estaba disfrutando, sin duda – ¿Recuerdas a mi mascota?

– ¿Tu … mascota?

– Sí, mi pobre cerdo vietnamita, al que degollaste, bastardo. Era un experimento. Los cerdos y los seres humanos tenemos un ADN parecido. Utilizando la Gran Llave podríamos catalizar la reacción de los intrones que ordenan el ADN basura. Mediante plásmidos pretendíamos introducir ADN del virus exorretroviral en las células de las piernas de los cerdos, sustituyendo células normales por células infecciosas. Pensamos que el ambiente helado de Groenlandia era el adecuado para mantener el proceso estable. Eso es lo que hacíamos con mi mascota, utilizando el ADN del virus de la Hepatitis H, a la espera de obtener la Gran Llave. Pero estábamos fracasando cuando intentaste matarme y decapitaste a mi cerdo. Ya ves, me hiciste un favor. Replanteamos todo y encontramos un lugar con un ambiente frío y adecuado. Allí nos dirigimos. Vas a ver mi éxito con tus propios ojos.

– ¡Pero morirá mucha gente, maldito! ¿Qué piensas obtener?

– Ah, William, William, tu moralidad victoriana resulta ridícula. Qué voy a obtener, preguntas. ¿Cuál crees que ha sido el motor de la Humanidad? El dinero, la riqueza, el poder. Quedaremos pocos, es cierto. Pero todo será nuestro. Y un día regresarán los ángeles con nuestra recompensa.

Pobre George. Como otros megalómanos creía que podía controlar el fuego una vez iniciado el incendio, cuando era un simple engranaje en los pérfidos planes de los ángeles y sería desechado cuando hiciera falta.

En ese momento se oyó la voz del piloto: “sobrevolamos el Mediterráneo, señor, y volamos a apenas cien metros del agua”.

George le dijo a Rita que quitase todas las capuchas y ordenó que se abriese la puerta de carga. Los Grandes Maestres estaban sin sentido y amordazados, salvo Jacques de Molay, que manifestó una enorme sorpresa al ver a Rita. George le dijo a dos de sus hombres que arrojasen los cuerpos al mar. Intenté evitarlo, pero no pude hacer nada. Fueron cayendo, ante la horrorizada mirada de Jacques. Finalmente George ordenó a Rita que quitase la mordaza de Jacques y le dijo:

– ¿Lo ves, hombrecillo? ¿Ves en que ha quedado tu título de Gran Gran Maestre? Vas a morir y no podrás evitarlo …

– El mal vencerá, estúpido – añadió Rita misteriosamente.

En ese momento, la mirada de Jacques cambió. Sonrió y me dijo:

– William, tú eres el último, hijo mío. Desde hoy eres Gran Gran Maestre. ¡¡Vénganos!!

Y se arrojó por la puerta arrastrando consigo a uno de los hombres de George. Mientras caía se oía su risa alejándose.

Y vi como George se acercaba a mí, con la Glock en su mano, y como me golpeaba con la culata de la pistola. Volví a desvanecerme.

Me desperté de nuevo al sentir el tren de aterrizaje golpeando contra el suelo. Me arrastraron fuera del avión, hasta la parte trasera de un camión, cubierta con una lona. Estábamos en un país cálido, era evidente.

Uno de los hombres de George me aplastó contra el suelo del camión y comenzó un viaje por carreteras en mal estado, llenas de baches. Se colaba un polvo que me impedía a veces respirar. Llegamos a una población. Oía el ruido del tráfico y el bullicio de la gente, como si fuera un día de fiesta. El camión se frenó y el conductor empezó a tocar el claxon. En ese momento, uno de mis ojos se colocó frente a una rendija y lo que vi me dejó atónito. Alguien, con la cara tapada con una calavera, se tambaleaba como si estuviera borracho. Y de pronto apareció una mujer en mi campo visual. Llevaba dulces con forma de esqueleto. Había oído hablar de esta fiesta. La fiesta de los muertos. Debía ser uno de noviembre. Entonces escuché una música triste, tocada en una especie de flauta, y vi como la gente se arremolinaba alrededor de un hombre vestido de blanco, con una especie de cinturón rojo. Comenzó a ejecutar unos extraños pasos de baile, moviendo la pierna derecha arriba y abajo, y haciendo unos giros peculiares con ella. Ya no tenía duda, estaba en algún lugar del sur de España.

Por fin arrancamos y ascendimos por una carretera de montaña. Me sacaron del camión. Estaba en una explotación agrícola, rodeado de nogales y de cerdos de color oscuro con unas rayas blancas que correteaban devorando nueces. En la lejanía se veía un pueblo de casas blancas. Sin duda por el que acabábamos de transitar.

George me dijo:

– Estás en Jabugo, William y aquí vas a morir …

CAPÍTULO IX

 

Han pasado once días desde que me encerraron en este sótano, con la única compañía de ratas, cucarachas y algún topillo. He tenido tiempo para reflexionar entre sesión y sesión de tortura. Ya sé qué pretenden los “elegidos”. Jabugo es famoso por un producto único: el jamón de pata negra. No hay duda, George va a utilizar los cerdos de su granja para exportar jamones cargados de exoretrovirus por todo el mundo. Al tratarse de productos exquisitos, sólo al alcance de hombres y mujeres muy ricos, el efecto será devastador. La infección afectará en primer lugar a las élites del mundo entero. Se paralizará la producción de alimentos, la economía mundial sufrirá un colapso, el crimen escapará a todo control, el ejército será incapaz de mantener el orden cuando caigan los estados mayores, y no habrá médicos para atender a los enfermos. Es un plan genial, maquiavélico. Una ola de muertes en los puntos clave, en los centros neurálgicos, provocará el caos y la destrucción. Se producirá en todas partes y será más grave cuanto mayor sea el estatus de los destinatarios.

Y además, el producto no va a tener problemas en pasar todos los controles fronterizos. Nadie obstaculiza un comercio de esta naturaleza, arriesgándose a una destitución o algo peor.

He intentado escaparme en tres ocasiones. Pero es imposible. Los sistemas de seguridad son de última generación y un ejército de esbirros vigila el lugar día y noche. Sólo alguien infiltrado en la organización podría entrar en esta fortaleza. Así que he decidido escribir estas notas, con la esperanza de que, si alguien las encuentra, pueda conocer mi historia y saber que …

Acabo de escuchar una explosión. Oigo ruidos… los engranajes de la puerta de mi celda se están abriendo … quizás vengan a por …

*******

31 de diciembre de 2016

He decidido continuar la extraordinaria narración que aparece en los papeles de William Santiago. Pronto comprenderán por qué llegaron a mí. En cualquier caso, lo importante es que se conozca lo sucedido. La lucha contra el mal no debe descansar y la verdad es un arma esencial para la consecución de ese noble fin.

Soy la Gran Maestre del M.A.L., las Monjas Antiterroristas de Liberación, pero ustedes me conocen como Rita, la prostituta, la sicaria, la mano derecha de George. Cuando consagré mi vida a la obediencia religiosa no sabía que me deparaba el futuro. Yo pensaba en una vida dedicada a la meditación, hasta que fui escogida. Se me comunicó el contenido del plan maléfico de los ángeles y acepté recibir formación militar. Fui ascendiendo gracias a mis aptitudes y al apoyo de Jacques de Molay. Finalmente me convertí en Gran Maestre porque tenía una misión. Para proteger a mi organización aparenté ser anticlerical e incluso organicé algún escándalo religioso que me procuró una modesta carrera política.

La clave era George. Conocíamos sus gustos. Fui moldeada para reunir todas las condiciones que su lasciva mente pudiera esperar en una mujer. Logré infiltrarme en su organización y llegué a ser su amante. Sí, he sido prostituta porque el bien de la Humanidad me exigía este sacrificio. Sólo Jacques y yo conocíamos la verdad. Yo era su arma secreta.

Por desgracia George no me lo contaba todo. Su desconfianza innata me impidió conocer el golpe de mano contra el cenáculo de Grandes Maestres. Tuve suerte. El caos ferroviario de Barcelona me impidió asistir y cuando fui llamada ya se había consumado el desastre. Nos quedaba una última opción. Había que acabar con la granja de cerdos ibéricos y apenas tenía una semana.

Contacté con los comandos operativos del M.A.L. Todos sus miembros son monjas de clausura que, durante años, en la intimidad de los conventos, se adiestran para operaciones especiales. Necesitaba además gente de confianza de William, para evitar una reacción violenta por su parte que estropeara el plan. Nadie mejor que sus antiguos compañeros mercenarios, Andas Patras, Slave Freeman, Rutger Ontocrazy y Anthony Scoglione. Y para dirigirlos, ¿quién mejor que el padre Blumenknospe? Finalmente resolví el problema del acceso al recinto fortificado. Contraté a los “Caras de Bélmez”, una organización cerrada, formada exclusivamente por hombres jóvenes procedentes de Almonte, un pueblo del sur de España, especialistas en el asalto a recintos cerrados.

El día escogido para el ataque era el doce de noviembre. Sabía que William estaba siendo torturado, pero no podía anticipar el ataque. Un error sería fatal. Los primeros jamones y parejas de cerdos destinados a la cría iban a ser enviados a diferentes lugares del mundo. No había un minuto que perder.

Un amanecer maravilloso entre los nogales de Jabugo preludió nuestro ataque. Parecía imposible que la paz de este paisaje fuera a verse destruida por la violencia que, pocos minutos después, se desataría.

Pero era preciso hacerlo. Y di la orden.

Los “Caras de Bélmez” son extraordinarios. Descalzos, con sus pantalones blancos, su fajín negro y su camiseta verde, rápidamente formaron un castillo por el que trepó uno de ellos que saltó, con un movimiento felino, al interior. Otros le siguieron luchando entre ellos por ser el primero, como es tradición en su orden secreta. Lograron abrir la puerta y entraron en acción los comandos del M.A.L. La mortandad fue terrible por ambas partes; los esbirros de George eran profesionales.

Mientras tanto, acompañada por los hombres de Blumenknospe, me dirigí a los calabozos. Había que salvar a William, costase lo que costase. Ahora él era el Gran Gran Maestre.

William no había escogido mal a sus hombres. Parecían los cinco jinetes del Apocalipsis. Las explosiones y las ráfagas de nuestras armas automáticas nos permitieron abrirnos paso. Sobre todo fue terrorífico ver a Slave con un cañón Gatling de 20 mm., con proyectiles de uranio empobrecido, en cada brazo, haciendo estragos entre la gentuza de George.

Por fin llegamos a la puerta de la celda y la abrimos …

CAPÍTULO X

El padre Blumenknospe entró en la celda. Lo habíamos decidido previamente porque queríamos que la primera cara que viera William fuera la de alguien en quien confiase. Como sospechábamos, William se abalanzó sobre su antiguo mentor con un cuchillo en la mano que había logrado ocultar, no quiero imaginarme cómo. Cuando estaba a punto de clavárselo en el pecho, William vio, por vez primera, el rostro de su maestro y se detuvo un instante, el tiempo justo para poder sujetarlo.

La confusión y la sorpresa le asaltaron. Sobre todo por mi presencia. Hasta que el padre Blumenknospe dijo: “William, Rita es de los nuestros, es el Gran Maestre del M.A.L.”

No hizo falta más. Ventajas de ser un hombre de acción. Sus camaradas le proveyeron del equipo necesario. Todavía teníamos que encargarnos de George.

Fuera, la lucha era todavía encarnizada, pero nuestra presencia terminó de desequilibrarla a nuestro favor. George estaba escapando con algunos de sus hombres usando un todo terreno y una salida secreta. Había que detenerlo antes de que llegase a un aeropuerto.

La persecución camino de Jabugo fue trepidante. Aunque nos llevaban algo de ventaja, Rutger, que tenía las manos de un conductor de fórmula uno, logró desprenderse de ellas y acercarnos cada vez más a la columna de vehículos de George. Nos encontrábamos a punto de embestirlos cuando entramos en las calles de Jabugo. Todavía estaban sus habitantes en fiesta y las calles repletas de gente, pero esta vez nadie detuvo sus vehículos. Demasiadas cosas estaban en juego. El vehículo de George golpeó contra unas tablas y se metió dentro de las calles en las que se estaba corriendo un encierro. El caos era total. Rutger era un maestro al volante y logró desviar uno de los vehículos de retaguardia, que se estrelló contra unos muñecos gigantes que estaban siendo quemando en ese momento, tal y como se hace en algunas fiestas populares españolas. Estábamos cada vez más cerca, cuando George decidió dirigirse hacia el río Guadalquivir. Estaba claro, intentaba huir aprovechando la multitud que se arremolinaba para participar, como cada año, en el descenso en piragua de ese río, famoso por sus aguas turbulentas. Efectivamente, vimos salir de un embarcadero tres lanchas motoras que tenía preparadas. El maldito tenía recursos. Teníamos que correr como alma que lleva el diablo. Anthony Scoglione lanzó su navaja con ese gesto tan propio de los barrios bajos neoyorquinos, acertando al piloto de la última motora, y la abordamos. Se inició una persecución por el río. Era evidente, George iba a Sevilla. Si llegaba, un jet podía llevarle a cualquier lugar del mundo.

Teníamos que esquivar los grandes mercantes y las embarcaciones de paseo, pero, sobre todo, las ráfagas que se enviaban desde las lanchas de George. Andas Patras sacó una granada de fragmentación. Sonrió mientras decía, “ahora vais a ver para que me sirvió ser campeón lituano de lanzamiento de disco”, y lanzó la granada con tal maestría que cayó en la segunda lancha, provocando una explosión brutal que afectó a la de George. Tuvo que acercarse a la orilla y desembarcar, pero la suerte volvió a acompañarle: cientos de hombres jóvenes estaban participando en una doma de caballos salvajes a los que, después de capturados, cortaban las crines. George se abalanzó sobre uno de ellos y montándolo a pelo se dirigió al galope hacia una población cercana. William hizo lo mismo. Los demás “tomamos prestados” varios automóviles. La persecución proseguió campo a través. Al llegar a un pequeño pueblo vimos como las calles parecían estar empapadas en sangre. En realidad era jugo de tomate. Miles de tomates esparcidos por el suelo. Maldita sea, la variedad de fiestas de esta tierra es capaz de sacar a cualquiera de sus casillas. Allí, en medio de la confusión, William y George estaban ejecutando una danza mortal. Sólo quedaría uno. Lo más increíble es que, a pesar del terrible estruendo provocado por cientos de tambores y de petardos, parecía como si el silencio envolviese esa lucha de titanes.

Finalmente William golpeó mortalmente a George en la glándula tiroidea con sus dedos índice y anular. Sonó un chasquido sordo. Ninguna protección de plasticarbono iba a librarle en esta ocasión. Miró a William, abrió la boca como para decir algo, pero sólo salió una mezcla de sangre y linfa. Estaba muerto.

Todo se había detenido. Allí estábamos, curtidos en mil y una aventuras, en mil y un combates a muerte, presenciando como William hacía lo que tenía que hacer. Sin preguntas, sin dudas, sin remordimientos. Toda su vida pareció justificarse ante nuestros ojos. Para todos, salvo para él. Se dio media vuelta, nos miró y dijo: “Jacques, estás vengado”. Se giró y se marchó.

He recibido los papeles de William y he leído su historia. Ahora comprendo muchas cosas. Mis canales de información siguen funcionando. Sé que William ha viajado a Guam. Sé que ha recuperado el cadáver de la señorita Sémoua, su amada, todavía conservado en el congelador del Jean-Luc Picard. Sé que ha comprado un balandro, al que ha llamado True Love II. Sé que ha embarcado, que lleva a su amada consigo, en dirección al ocaso.

Espero que no sea necesario. Estamos acabando con los restos de la organización de los “Elegidos” y el peligro parece pasar. Pero sé que si la Humanidad lo precisa de nuevo, el último templario no huirá de su destino.

EPÍLOGO

08:32:54 UTC

Location: Svin (Denmark)

Latitude: 55°41’29.06″N

Longitude: 12°36’14.85″E

Un joven hace footing a través de un tupido bosque. Se acerca a una gran finca. El joven sabe que ha sido vendida, hace poco, a unos extranjeros. Todo el mundo en Svin, la cercana y tranquila localidad en donde vive el joven, murmura acerca del origen de esos extranjeros y de cuáles serán sus motivos para vivir allí, en mitad del campo danés. El joven corre al lado de la valla norte escuchando música en su Ipod. Se encuentra en un pequeño promontorio desde el que puede ver el interior de la finca. De repente advierte que dos animales corretean cerca de la valla. Se sorprende cuando los reconoce. Son cerdos, y uno de ellos le mira de una forma misteriosamente maligna. ¡Qué extraño, piensa el joven! Ha reconocido a los animales gracias a las fotografías de sus libros escolares y a los documentales de la televisión. “Bueno – piensa -, una rareza más que añadir a la presencia de aquellos extranjeros. Cerdos en Dinamarca, ¿qué será lo siguiente?” y sigue su camino.

Un comentario en “El último templario

  1. La historia es realmente extraordinaria. La capacidad de anticipar el futuro del autor, asombrosa. Me pregunto cuánto tardará Hollywood en llevarla a la gran pantalla. Gracias,Tsevan.

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