¡Viva la autonomía!

 

Habla hoy Arcadi Espada sobre Carles Sastre, este hombre minúsculo, y sobre la amnesia de sus entrevistadores. La segunda de las entrevistas que menciona pueden verla aquí; sí, es fastuosa la formalidad del entrevistador con las rehabilitaciones del entrevistado. Cuántas veces no lo son en otras ocasiones en las que el ruido y la furia transmigra incluso más allá de la muerte y contagia a los descendientes.

Dice Arcadi algo que me parece crucial:

Lo extraordinario es que en las dos entrevistas se trató de política y, más concretamente, de separatismo. Un contexto donde la mención del asesinato aún cobraba más sentido: Sastre mató a un hombre y militó en una banda terrorista por las mismas razones que ahora firmaba el manifiesto favorable a la continuidad de Mas.

Hay una cuestión colateral no muy importante, pero que resulta, en este contexto, sarcásticamente procedente.

He encontrado y leído la sentencia dictada por el Tribunal Supremo que ratificó la condena de Sastre y la previa que ratificaba la condena de otros de los partícipes en esos mismos hechos.

En ambas, los abogados de los reos argumentaron que se les debía aplicar la ley de amnistía de 15 de octubre de 1977.

Esa ley, en su artículo primero decía:

I. Quedan amnistiados:

a) Todos los actos de intencionalidad política, cualquiera que fuese su resultado, tipificados como delitos y faltas realizados con anterioridad al día quince de diciembre de mil novecientos setenta y seis.

b) Todos los actos de la misma naturaleza realizados entre el quince de diciembre de mil novecientos setenta y seis y el quince de junio de mil novecientos setenta y siete, cuando en la intencionalidad política se aprecie además un móvil de restablecimiento de las libertades públicas o de reivindicación de autonomías de los pueblos de España. (…)

Como puede verse, todos los actos anteriores al 15/12/1976 quedaron amnistiados. En esa fecha tuvo lugar el referéndum de la Ley para la Reforma Política que abrió pasó a las primeras elecciones democráticas y a la redacción de la Constitución Española.

La segunda de las fechas, la del 15/6/1977, fue la de las primeras elecciones generales.

Los actos que quedaron amnistiados entre la primera y la segunda de las fechas exigían que el móvil del crimen lo fuese el restablecimiento de las libertades públicas o la reivindicación de autonomías “de los pueblos de España”.

El asesinato de José María Bultó tuvo lugar el 9/5/1977.

Sastre, como otros de los autores del asesinato de José María Bultó, estaba en prisión y fue puesto en libertad por aplicación de dicha ley. El Gobierno decidió recurrir esa decisión judicial, pero Sastre y el resto fueron avisados (al parecer por una periodista) y escaparon a Francia. La amnistía fue revocada, por cuanto el móvil no era la autonomía, sino la independencia.

Esto es lo divertido. Los abogados de los acusados, en los dos juicios y en los dos recursos, alegaron que el delito sí había sido amnistiado. El argumento dado fue que hasta la Constitución Española (posterior en un año a la Ley de Amnistía) autonomía podía equivaler a independencia.

Dice el Supremo:

… al no concederse al inculpado el beneficio de amnistía a que cree tener derecho, aludiendo a que, si bien a partir de la Constitución de 1978 puede distinguirse entre los conceptos de «independencia» y de «autonomía», en octubre de 1977, cuando se promulga la Ley de Amnistía, en modo alguno puede decirse que exista política o jurídicamente acuñado el término de autonomía.

(…) Indudablemente, el secesionismo del complejo unitario del Estado español, con ánimo de erección de un país independiente, no puede parificarse a la intención reivindicativa autonómica a que alude la Ley citada. El acusado y recurrente pertenecía al Ejército Popular Catalán para la liberación de los Países Catalanes, rama o brazo armado del Front Nacional de Catalunya que propugnada la independencia.

(…) Ha de recordarse que en la fecha de los hechos las libertades públicas se hallaban restablecidas por la Ley de Reforma Política de 4 de enero de 1977, y las autonomías en trance de promoción y creación, siendo restablecida la Generalitat en el propio año. El propósito de secesión o de independencia de Cataluña -resume citada sentencia de 1982- por la fuerza de las armas y mediante un ejército revolucionario no puede estar en el ámbito de la citada Ley de Amnistía, a no ser mediante una interpretación extensiva que repugna a toda medida de gracia y que indebidamente parifique autonomía e independencia. Que en el texto constitucional queden perfectamente definidos los conceptos de «autonomía» y «comunidades autónomas» – artículos 2, 3.2, 137, 143, etc.-, no supone que, con precedencia a la promulgación de la Constitución, se confundieran, tornándose sinónimos o equivalentes, los de «autonomía» e «independencia», cuando el proceso hacia el logro de las «autonomías», en su acepción propia y genuina, fue lento en su elaboración, siendo objeto de plurales sugerencias y anteproyectos y, desde luego, incurso en la dialéctica de la transición política hacia la democracia, sin ambigüedades ni confusiones.

Uno comprende al abogado. Cuántas veces he intentado yo cosas tan absurdas como esta. Incluso uno comprende al hombrecillo Sastre, que se jugaba el cuello. Lo divertido es que el proclamado histórico del independentismo combativo, ese hombre ideal, el preso político catalán de más larga trayectoria, tenga ese agujero en su biografía. Que no se levantase en su juicio y dijera: “¿que no sabía yo que mataba por la independencia de Cataluña? ¡Aparten de mí a ese abogado!”

Esta sería una buena pregunta para Sastre: si no ha devenido independentista desde el autonomismo que proclamaba su abogado cuando pedía la amnistía para sus crímenes.

Ya saben, sería otro producto más de la fábrica de independentistas.

Por cierto, esa argumentación —por llamarla de alguna forma— del abogado es, despojada de las costras del tiempo, la misma que tantas veces aflora en los que dicen que se van, que se están yendo, pero que nunca se van del todo.

A ver si todos van a ser autonomistas como Sastre.

 

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Bobadas

 

Leo esta entrada de Santiago González y el robot @qtyop indica que el Hacienda somos todos fue invención (como argumento jurídico) del juez Castro, en su auto de apertura de juicio oral, y que, en consecuencia, los opinantes se equivocaron al atribuir a la abogada del Estado la introducción “alegre” en una discusión jurídica de un argumento tan pobre. Se añade, en la entrada, además, que la abogada del Estado trató, como merecía, la “bobada argumental” del juez Castro. Luego se añade que este argumento ha sido asumido por las “jóvenes” magistradas de la Audiencia que han decidido que Cristina de Borbón siga en el banquillo.

En realidad, la cuestión, como de costumbre, se ha dislocado, porque entre optar por una argumentación jurídica muy enrevesada y compleja o centrarse en una parida, los opinantes —profesionales y/o tuiteros varios— siempre escogerán la parida.

Digo esto por las siguientes razones:

a) Lo de Hacienda somos todos era, en el auto del juez Castro (antes enlazado), una simple mención de pasada. Su auto me parece confuso y técnicamente muy flojo (a menudo, por ejemplo reproduce artículos de prensa de Enrique Gimbernat), pero la razón para imputar no era la frase de marras. Además, es fácil comprender de dónde proviene la inclusión de la frase. El juez Castro hizo, como hace Gimbernat y como hace cualquier jurista, uso de las argumentaciones contenidas en los votos particulares de las diferentes sentencias dictadas por el Tribunal Supremo sobre la cuestión controvertida: la capacidad de una acusación popular para, conforme a lo previsto en la Ley de Enjuiciamiento Criminal sobre el procedimiento abreviado, sostener una acusación si el fiscal y el acusador particular no lo hacen.

Basta con observar que, en el auto de apertura del juicio oral, Castro reproduce partes de todos los votos particulares de los magistrados del Tribunal Supremo en la sentencia sobre el caso Botín (la primera que introdujo esa limitación para la acusación popular).

Pues bien, en uno de esos votos, el magistrado D. Julián Sánchez Melgar dice esto (entre otras muchas cosas):

En efecto, no siempre es fácil de determinar cuál es el concreto ofendido o perjudicado por el delito, sobre todo en función de aquellos delitos cuyo bien jurídico protegido no es la vida, integridad física, honor, libertad o patrimonio de un particular, sino cuando se trata de intereses difusos o colectivos. ¿Quién es el perjudicado por un delito contra la Administración Pública: solamente el Abogado del Estado, solamente el particular afectado por la resolución prevaricadora, o todos los ciudadanos? ¿Quién es el afectado por un delito medioambiental? ¿Quién respecto a un delito contra la defensa nacional? ¿Quién en un delito contra la salud pública, cuando la jurisprudencia reiteradamente declara que no se puede confundir con la salud individual de cada uno de los destinatarios de las sustancias? Y por fin, ¿quién es el ofendido en un delito contra la Hacienda Pública? ¿Solamente el Abogado del Estado, como representante del Erario Público? ¿Hacienda no somos todos?

b) Como es obvio, Castro leyó esta mención, simplemente ejemplificativa, con su punto de ironía, del magistrado del Tribunal Supremo, y la utilizó. Pero lo hizo con una extensión similar, es decir, para ilustrar el razonamiento jurídico. Ese razonamiento sobre la naturaleza del delito existe en el auto del juez Castro y se fundamenta en citas jurisprudenciales (básicamente las que derivan de la sentencia en el caso Atutxa) y legales.

Aclaro que no comparto lo que dice Castro (ni, claro está, lo que dice Gimbernat) y ya expliqué aquí por qué. En mi opinión, las sentencias dictadas en la materia y su lectura conjunta (y la de los votos particulares) establecen con claridad que cuando existe una acusación particular personada no se puede abrir juicio si esta y el fiscal no acusan, solo porque lo haga la acusación popular. Esto, sin embargo, no quiere decir que Gimbernat y Castro se hayan basado en un eslogan.

c) Para terminar, me gustaría referirme al auto de las “jóvenes” magistradas de la Audiencia de Baleares que “han dado por bueno” el argumento de que Hacienda somos todos, según Santiago González.

Me temo que no es así. El auto no da por bueno ese argumento (que, como hemos visto, tampoco era “el” argumento). El auto, en realidad, no se basa en los argumentos que aparecen en la resolución de Castro, sino que contiene un análisis pormenorizado de la jurisprudencia dictada en la materia, de la que finalmente se apartan expresamente. Así, tras resumir de forma muy clara y sucinta, en el Fundamento de Derecho segundo, la jurisprudencia, en el Fundamento de derecho tercero las magistradas hacen lo que sigue:

1.- Explican en qué consiste la acción popular y para qué fue creada, desde una perspectiva constitucional.

2.- Discrepan de la jurisprudencia sobre el alcance de las expresiones contenidas en materia de procedimiento abreviado y para justificarlo hacen un análisis (que ya aparece en alguno de los votos particulares de las sentencias del Supremo) del devenir de la reforma (con referencia a las enmiendas y al texto de la Exposición de Motivos) que introdujo la modificación del procedimiento abreviado —la que dio lugar a la doctrina Botín—. Ese análisis (del que se puede discrepar o no; personalmente lo comparto) es detallado y razonable.

3.- Analiza la posibilidad de que la llamada doctrina Botín no resulte aplicable cuando sí se está acusando respecto de otro u otros acusados (como es el caso, ya que se acusa a los respectivos esposos de la infanta Cristina y Ana María Tejeiro). Se trata de saber si las acusaciones (fiscal y acusación particular) pueden dejar fuera a algunas personas pese a que los hechos sí se introduzcan por esas acusaciones en el plenario como enjuiciables pero referidos a otros.

4.- Establece que no existe una obligación de seguir la jurisprudencia del Tribunal Supremo por haber sido “constitucionalizada” en la STC 205/2013 de 5 de diciembre. Y tienen razón por cuanto esa sentencia simplemente postuló que no existía identidad entre un caso de delito contra la Hacienda Pública y otro de desobediencia y no se daban los requisitos constitucionales para estimar infringido el principio de igualdad.

5.- Analiza la naturaleza jurídica del bien jurídico protegido en los delitos contra la Hacienda Pública, a los que califica de delitos pluriofensivos, de naturaleza colectiva o metaindividual. Y lo hace con citas de sentencias del Tribunal Supremo, incluso con cita de alguna que podría interpretarse en sentido contrario a sus tesis, como la la STS 4/2015, de 29 de Enero. Hacen, además, una mención sucinta, pero clara, de las posiciones doctrinales (la tesis patrimonialista, frente a la funcionalista), que discuten sobre si lo afectado es el patrimonio público o si lo es la función pública financiera o, más limitadamente, la función pública del tributo. Las magistradas afirman que la existencia de un concreto perjudicado por el delito (la Hacienda Pública) no agotaría la posibilidad de que otros (ciudadanos en general) puedan considerarse también afectados por cuanto, el impago —en este caso— implicaría una conducta inequitativa y dañina para la sociedad, ya que el Estado contaría con menos recursos para el cumplimiento de sus fines.

6.- Finalmente —y esto es a mi juicio lo esencial—, sobre la base de todos estos argumento dicen las magistradas esto:

En su consecuencia, la doctrina emanada de la STS 1045/2007, desnaturaliza la institución del acusador popular amparándose en una interpretación asistemática de la norma penal y, en argumentaciones valorativas de la voluntad del legislador que no se ajustan a las realmente queridas, a tenor del sentido literal de las enmiendas y de la exposición de motivos que anteriormente hemos transpuesto. Y, esa desnaturalización se sigue manteniendo si se interpretan en sentido acumulativo los efectos excluyentes a tal limitación, contenidos en las SSTS 54/2008 y 8/2010. Ello es así, por cuanto que, de exigirse en los supuestos de delitos de naturaleza difusa, colectiva o metaindividual en los que exista un perjudicado o perjudicados concretos, que el acusador particular o bien no se persone en la causa o, personado, ejercite la acción penal, para que el acusador popular esté legitimado para accionar, continúa dejándose en manos de tal acusación particular el devenir procesal del acusador popular respecto de delitos que, no lo olvidemos, por los bienes jurídicos que amparan, configuran un espacio donde halla su más plena justificación la participación de los ciudadanos en el proceso. En definitiva, esta doctrina jurisprudencial que no halla sustento en la norma procesal penal vigente ni puede ampararse en la voluntad del legislador que, de haber querido, hubiera contemplado tales limitaciones al ejercicio de la acción popular, no puede dejar de cohonestarse con la jurisprudencia del Tribunal Constitucional a la que hacíamos referencia al inicio del presente fundamento de la que se extrae que, la existencia de la acusación popular en el proceso penal -a partir de la previsión legal contenida en los artículos 101 y 270 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal-, se integra “en el contenido del derecho a la tutela judicial efectiva y disfruta de la protección que le otorgan los medios 35 constitucionales de garantía (amparo)”, como expresa la STC 64/1999, de 26 de Abril.

Es decir, que las magistradas, tras hacer un estudio técnicamente solvente y correcto de la jurisprudencia y de la ley, se apartan de la jurisprudencia consolidada por las razones que explican y lo dicen abiertamente. Esto demuestra que la conocen. Si el Tribunal Supremo finalmente se pronuncia sobre la materia podrá reafirmar nuevamente su posición (y, en tal caso, revocará esta decisión) o la modificará: bien radicalmente, bien introduciendo una nueva excepción en casos como este en el que sí se abre juicio por esos hechos contra otros acusados (supuesto no de sobreseimiento parcial, en mi opinión, sino total respecto de esos acusados, y es este punto el único en el que discrepo radicalmente del auto dictado).

El juez Castro no hacía nada de esto.

Habrán visto que el Hacienda somos todos ni se menciona en el auto. Por cierto: no escuché la argumentación de la abogada del Estado, pero seguro que el Hacienda somos todos tampoco fue el centro de su argumentación jurídica.

La doctrina Botín siempre me pareció aberrante y estoy de acuerdo con los argumentos que constan en los votos particulares que aparecen en esas sentencias del Tribunal Supremo. También es cierto que preferiría que todos los tribunales siguieran siempre la jurisprudencia del Tribunal Supremo. Nos facilitaría a todos el trabajo. Pero no hablamos de preferencias, hablamos de argumentos y los del auto de las jóvenes magistradas no son bobadas (un día, si tengo tiempo y ganas, explicaré el estado de la cuestión sobre la obligatoriedad o no de someterse a la jurisprudencia y concretamente a cuál).

Una última cuestión: por un asunto igual (incluso igual en cuanto a que se abrió juicio respecto de otros acusados), la Audiencia Provincial de Vizcaya dio la solución contraria y dejó sin enjuiciar a un ciudadano anónimo. Espero que nadie siga manteniendo que a Cristina de Borbón se la trata con privilegio. Hay un señor anónimo en Vizcaya que seguro que piensa otra cosa.

 

17.999 €

 

Me ha gustado mucho esta noticia. Si es cierta —prevención siempre necesaria— esto implica que Manuela Carmena (la señalo como máxima responsable que es de lo que pasa en el Ayuntamiento de Madrid) ha contratado a dedo a una persona que va a cobrar 17.999 € por unos servicios de asesoramiento sobre los que prefiero no pronunciarme.

Esto venía en el programa de Podemos:

Programa de Podemos

Es legal contratar a una empresa (o profesional) sin cumplir con los requisitos de publicidad y concurrencia si el servicio lo es por un importe de menos de 18.000 €, no hay duda. Ahora, los señores de Podemos nos dicen que el límite ha de ser menor y además que hay exigir publicidad en todo caso. Está en su programa.

La cuestión en este caso, sin embargo, no se limita a la mala práctica de no ajustarte en tu labor política a lo que quieres implantar, ya que nada impide que un ayuntamiento u otra administración use procedimientos administrativos más exigentes incluso aunque se trate de contratos menores.

No, la cuestión es más amplia. La administración debe siempre evitar cualquier desviación de poder. Y esta lo es con independencia de la cuantía. Ahora pensemos en este caso. Es literalmente imposible que esa cifra de 17.999 € por un contrato que se refiere a un servicio tan difícil de valorar sea resultado de cualquier otra cosa que no sea evitar las exigencias de la contratación administrativa ordinaria a la vez que se le paga a esta persona el máximo que permite aplicar la legislación sobre contrato menor.

Es decir, en lo que se han puesto de acuerdo las partes es en que el precio permita eludir una normativa más rígida, no en que el precio sea el que corresponda al servicio.

La normativa sobre contratación no está destinada a que las administraciones puedan hacer lo que les salga de los huevos, sino a agilizar la contratación cuando se trata de obras y servicios de escasa cuantía. Pero la escasa cuantía debe ser objetivamente el precio de mercado, no el resultado de una concertación previa.

Si esos servicios valen más, el Ayuntamiento debió someter la contratación a las normas y garantías ordinarias. No hacerlo solo se explica porque el escogido no es idóneo o habría mejores candidatos.

Si esos servicios valen menos, el Ayuntamiento está favoreciendo a alguien y pagando de más.

Lo que es evidente es que esos servicios no valen, a precio de mercado, 17.999 € + IVA.

Podemos, como ven, repetir la misma política de amiguetes de siempre.

 

La pelota de Medem o medeM ed atolep aL

 

Entrada de 2007. Sigo sin haber visto la película.

Soy un bruto, lo reconozco. He visto alguna película de Medem y he pensado que el apellido le va de puta madre, porque podrías empezar a verlas desde el final hacia delante y te quedarías igual.

No capto los mensajes. Demasiado profundos. Sus metáforas visuales me producen sueño. No soy capaz de transitar por esos viajes interiores que, al parecer, son tan habituales en su cine.

Ahora estrena película. No creo que vaya a verla. Demasiados obstáculos. A ver:

a) Es “una oda a la lucha de la mujer por la vida” y rinde homenaje a su batalla “contra la tiranía del hombre blanco”. El hombre negro y el hombre amarillo se salvan, por el momento.

b) Sale el desierto del Sáhara. La última vez que vi en una peli el desierto, un espectador (sentado en la fila de delante) le narraba a su mujer la película con ritmo cansino: “el Sahara”, “un camello”,”un oasis”, iba diciendo —ella asentía—; era El cielo protector y Malkovich le echaba un “caliqueño” a la Winger que incitaba a la castración química.

c) Sale Bebe. No puedo evitar la sensación de que si la veo en la gran pantalla me va a largar un salivazo, o una hostia, y me va a alcanzar.

d) A Medem le ha servido para sacarle de su depresión. Ergo …

e) Nos narra el “abismo caótico del subconsciente” de una pintora de 18 años. El que tiene un “abismo caótico” en el subconsciente es Medem. Una pintora de 18 años, normalmente, lo que tiene es padre con posibles.

f) La hipnotizan (a la pintora). Pero nos avisan de que la peli es un drama. No crean que luego la pintora descubre quién ha robado los diamantes.

g) La pintora es la última “metempsicotizada”. Las anteriores son mujeres muertas de forma “trágica”. Vi algo parecido en La Momia (segunda parte). Al parecer una sacerdotisa (o concubina del faraón, no me acuerdo) se lo hace con el sumo sacerdote (un tío cachas, calvo y con cara de mala hostia). El faraón los pilla y los encierra en un sarcófago con miles de escarabajos hijoputas. Luego ella se reencarna en la hija de un egiptólogo (se me ha olvidado decir que están —o está si nos creemos el guión— como un queso). Pero me he ido por las ramas.

h) La pintora hipnotizada tiene experiencias inconscientes. A ver, si las tiene conscientes es que la hipnosis es un fraude, como cuando el tal Blake ese dijo que adivinaría el número de la lotería o de los ciegos, y luego lo pillaron.

i) Las experiencias inconscientes de la pintora hipnotizada emergen de las profundidades … Hombre, no es por joder, pero no van a emerger de las superficies.

j) … y representan

j.1) “la lucha de la mujer frente al señor de la guerra”. Naturalmente Medem se olvida de lo encantada que está la mujer con el señor de la guerra que le llena el plato, le compra de tó, no le toca mucho los pies en los asuntos domésticos y, además, se mete unos viajes haciendo guerras que la “mujer que lucha” agradece para hacer lo que le sale de sus partes pudendas.

j.2) una oda a la feminidad (porque “el hombre blanco es la primera causa de las desgracias de la humanidad”, mientras que la mujer es “la vida, porque representa la fertilidad y la continuidad de la raza humana”). A mí lo de la oda a la feminidad fértil me parece bien, pero va a excusar Medem mi presencia porque tengo hora en el podólogo. Por cierto, los hombres negros y los amarillos se vuelven a salvar.

En resumen, demasiadas razones para no ver la película. Pero no me tachen de intransigente o machista. Fíjense que no voy a pesar de que es seguro que alguna tía buena enseñará las tetas.

La gran apuesta

 

Estuve viendo hace unos días la película “La gran apuesta”. Merece mucho la pena, a pesar de algunos peros que tienen que ver esencialmente con no ver el pero de que una stripper tuviera cinco casas y un edificio y pese a ello nadie se pregunte qué tenía la stripper en la cabeza (y valga la stripper como arquetipo de algo que sigue sin hacerse) y qué parte de responsabilidad le toca. Precisamente el haberla visto me lleva a rescatar una entrada que escribí el 17 de noviembre de 2008.

Supongo que todos ustedes habrán leído el texto de la declaración de la reunión de Washington, ése que comienza “Nosotros los líderes” y que le ha servido a El País para titular y hacer un chiste. Miren, miren …

El texto (no se les ocurra leer la versión de El Mundo, que parece realizada con el traductor de El Mundo) es lo largo y lo impreciso que merece la ocasión. Y, además, incluye ejemplos de todos los géneros literarios.

Por ejemplo, del género fantástico:

Al tiempo, debemos poner las bases para una reforma que nos ayude a asegurarnos de que una crisis global como esta no volverá a ocurrir”, o “Las instituciones financieras deben también asumir su responsabilidad por las turbulencias y deben poner de su parte para superarlas, reconociendo las pérdidas, mejorando la transparencia y reforzando sus prácticas de gobierno y control del riesgo.

O del de terror:

El FMI y el FSF ampliado y otros reguladores y órganos deberán desarrollar recomendaciones para atenuar las políticas procíclicas, incluyendo la revisión de la valoración de los apalancamientos, bancos de capital, retribuciones de ejecutivos, y prácticas de provisiones que pueden resultar exageradas para las tendencias del ciclo.

La literatura infantil:

Mientras avanzamos, estamos seguros de que mediante la colaboración, la cooperación y el multilateralismo superaremos los desafíos que tenemos ante nosotros y nos permitirá restablecer la estabilidad y la prosperidad en la economía mundial.

La novela romántica:

Los supervisores deberían colaborar para establecer compañeros supervisores para todas las grandes instituciones financieras transnacionales. Los altos cargos de bancos globales deberían reunirse regularmente con sus colegas supervisores para discutir sobre la actuación de las actividades que llevan a cabo las firmas y los posibles riesgos a los que se enfrentan.

La de ciencia ficción:

También haremos regímenes regulatorios más efectivos a lo largo del ciclo económico, mientras que nos aseguramos de que la regulación es eficiente, sin ahogar la innovación, y anima el crecimiento del comercio de productos financieros y servicios.

O la poesía dadaísta:

Mantenemos el compromiso para afrontar otros desafíos críticos, como la seguridad energética y el cambio climático, la seguridad alimentaria, el cumplimiento de la ley, la lucha contra el terrorismo, la pobreza y las enfermedades.

En fin, un batiburrillo wishfulthinkingiano en el que se repiten constantemente palabras y giros como “esfuerzo”, “ayuda”, “regulación pero …”, “debemos”, “comprometemos”; lleno de referencias al futuro y con pocas al pasado. Como si en el pasado no hubiesen existido muchos compromisos iguales o parecidos, muchos esfuerzos, muchos “debemos” que no se han cumplido.

El texto dice, por ejemplo:

3. Durante un periodo de fuerte crecimiento global, crecientes flujos de capitales y prolongada estabilidad en esta década, los actores del mercado buscaron rentabilidades más altas sin una evaluación adecuada de los riesgos y fracasaron al ejercer la adecuada diligencia debida. Al mismo tiempo, las poco sólidas prácticas de gestión del riesgo, los crecientemente complejos y opacos productos financieros y el consecuente excesivo apalancamiento se combinaron para crear debilidades en el sistema. Las autoridades, reguladores y supervisores de algunos países desarrollados no apreciaron ni advirtieron adecuadamente de los riesgos que se creaban en los mercados financieros, no siguieron el ritmo de la innovación financiera ni tomaron en cuenta las ramificaciones sistémicas de las acciones regulatorias locales.

¿No notan algo? Yo lo habría redactado así:

3. Durante un periodo de fuerte crecimiento global, crecientes flujos de capitales y prolongada estabilidad en esta década, los actores del mercado encontraron la oportunidad de obtener rentabilidades más altas sin riesgo para ellos, utilizando los crecientemente complejos y opacos productos financieros. El consecuente excesivo apalancamiento les importaba un pepino porque nadie estaba interesado en una evaluación adecuada de los riesgos y porque las autoridades, reguladores y supervisores de los países desarrollados vivían de puta madre sacando pecho, a pesar de no enterarse de lo que los *actores* llamaban *innovación financiera* y que eran versiones llamativamente modernas del viejo timo piramidal. Por esa razón no tomaron en cuenta las ramificaciones sistémicas de las acciones regulatorias locales, o lo que es lo mismo no las tomaron en cuenta porque vivían en un mundo permanente de vacaciones pagadas.

Es acojonante que el texto esté escrito de manera que la culpabilidad recaiga sobre todo el mundo. A eso se le llama socialización de la culpa. Y es acojonante sobre todo porque afirma lo siguiente:

Admitimos que estas reformas sólo tendrán éxito si se basan en un compromiso con los principios del libre mercado, incluyendo el imperio de la ley, respeto a la propiedad privada, inversión y comercio libre, mercados competitivos y eficientes, y sistemas financieros regulados efectivamente. Estos principios son esenciales para el crecimiento económico y la prosperidad y han hecho que millones de personas abandonen la pobreza y han contribuido significativamente al aumento de calidad de vida en el mundo. Reconociendo la necesidad de aumentar la regulación del sector financiero, debemos evitar la sobrerregulación que podría dañar el crecimiento económico y exacerbar la contracción de los flujos de capital, incluyendo a los países en desarrollo.

Al margen de la cachonda afirmación, hecha para contentar a todo dios, que prevé que se apruebe una regulación, pero sin pasarse, esa declaración de fe capitalista y de respeto a la ley, choca con la perversión fundamental de la crisis que se observa en la ausencia de un síntoma: ¡¡no hay suicidas!!

Todo el texto es un mirar hacia adelante, lleno de proposiciones que nos harán más transparentes, más competitivos, más eficientes, más enrollados con los que emergen. Es un puto y asqueroso “pelillos a la mar”. Un “nuestro sistema es el mejor”, es que lo hemos dejado un poco de la mano.

No sé si servirán de mucho las comisiones que nos llevarán a Oz. Supongo que habrá que esperar para juzgar, ya que esto que han parido los sonrientes de Washington es solo un programa, pero lo que sí ha quedado claro es que los que han firmado esto no creen en eso en que dicen creer. No creen en el libre mercado, porque el libre mercado debería castigar con la ruina a los empresarios ineficientes y ellos están usando el dinero de todos para salvarles el culo, sin exigir nada a cambio. No creen en el imperio de la ley, porque no ha entrado ni un solo trajeado en las cárceles y estas deberían estar llenas y sus patrimonios embargados. No creen en el respeto a la propiedad privada, porque usan los recursos para salvar a los que nunca han arriesgado sus bienes particulares.

Este texto reúne la peor versión de los dos mundos: la de una especie de capitalismo sólo para poderosos. Socializa los riesgos de unos cuantos para mantener un sistema imperfecto, en el que las regulaciones no tienen como finalidad el bien común, sino mantener un entramado complejo que proteja a los que hacen dinero con el paraguas del Estado. Y a los demás los narcotiza con la falsa protección social. Mientras tanto, anuncia de nuevo programas que parecen perfectamente razonables y que, como se dice en el texto de la resolución, coinciden con el único modelo que ha permitido a millones de personas salir de la pobreza. Pero ¿cómo creer en su sinceridad si, a la vez, tapa la herida para que siga supurando?

Uno cree en un estado mínimo. Uno cree en la libertad, también en la económica. Y uno es reticente a las regulaciones. Pero si el Estado existe y debe existir, sus dos razones esenciales deberían ser la defensa de la igualdad real de oportunidades y de una vida mínimamente digna para todos, por un lado, y la aplicación de la ley sin inclinarse ante las presiones de los poderosos, por otro. Son desiderata, pero deberían informar su funcionamiento.

Sólo una ciudadanía que exigiera un uso adecuado de los recursos del Estado y que exigiera el castigo para los ladrones y estafadores podría sacarnos de este marasmo. No la hay y, además, el diagnóstico está sin hacer. Y no hay una frontera a la que acudir, con la Biblia traducida bajo el brazo. Salvo quizás la del fracaso y la recesión. Pero ese es un escenario peligroso, en el que se puede terminar confundiendo el delito con el código penal, e imponerse la visión perezosa de las cosas que ya andan vendiendo todos esos que alcanzaron las más altas cotas del fracaso, pero no lo han reconocido porque andaban muy ocupados reciclándose en intelligentzia ecoizquierdistaantiglobalizadora.

En fin, un poco más y hago un comentario más largo que el texto.

El hombre que nos mira

 

No sé muy bien cómo escribir esta entrada. Cuando era niño, una de mis películas favoritas (y quizás, si lo pienso, debiera quitar el plural) era Caballero sin espada y, sin embargo, Stewart no me gustaba. No me gustaba del todo. Sí, era totalmente convincente, pero eso sucedía al final, cuando iba olvidando los momentos extraños en los que tartamudea y mira entontecido, como si viese a la Virgen María; esos momentos empalagosos que, algo después, atribuí al doblaje, ignorando que hablaba igual en inglés. Porque al final se le rompe la voz y se rompen los corazones, y eso era lo importante. Escuchaba que su apariencia de fragilidad —ese mandil del Hombre que mató a Liberty Valance— explicaba el efecto posterior. La idea del ciudadano que no sabe usar sus puños, al que se le atasca la pistola en la cartuchera cuando intenta desenfundar, pero no sé si llegué a creerlo, porque luego lo veías en Winchester 73, o en Dos cabalgan juntos. Puede que no me explique: ¿es la misma persona la que quiere, con un jersey espantoso, atrapar la luna con un lazo, y el hombre que abraza a su hijo, desesperadamente, en Qué bello es vivir?

Así que tuve que pensar que algo raro pasaba. Algo poco natural. Hitchkock lo debió ver también cuando le convierte en mirón y necrófilo. Quizás fuese ése el auténtico Stewart, el enajenado que mira así (1’25”):

Pero al final he decidido que no. Que, pese a todas sus dotes, sin la música wagneriana, con el acorde cuando reaparece la muerta, sin la puesta en escena, sin la iluminación y el decorado, sin el contrato y la profesión, Stewart no besaría a un cadáver.

Se cuenta que en el Palace de Madrid no se admitía a actores y a otros sujetos de vida inmoral. James Stewart vino a España, allá por los años cincuenta, y quiso alojarse en el hotel. Al parecer lo rechazaron. Indignado, se marchó, se puso su uniforme de general del ejército estadounidense y volvió. No sé si la anécdota es cierta. Pero me sirve, porque la novia lo coge del brazo y le obliga, nerviosa y afectuosamente, a levantarse. James Stewart mira alrededor, nos mira a todos con reproche y luego se mira a sí mismo, avergonzado, y baja la cabeza, allá a la izquierda, mientras la inefable cámara de Borzage se desliza.

Y el que mira sí es James Stewart.

taci, che troppo il sai

Monteverdi nació en 1567 y murió en 1643. Nació como músico renacentista y murió como músico barroco. Dominó magistralmente ese maravilloso estilo final de la música vocal de finales del XVI, tan claro y a la vez libre, con sus pasajes homófonos y contrapuntísticos, sin forzar jamás el texto aunque  musicalizado y expresivo, pero ya desde el principio se reveló como el motor de lo que venía. Venía el barroco, la declamación, la oposición dramática, la ópera, el bajo continuo.

Le pasó lo que a los grandes creadores. Alcanzó, dentro de formas estrictas, cumbres de expresión. Inventó y asumió reglas y, dentro de ellas, demostró una extraordinaria capacidad para imaginar.

Ya en Orfeo aparecen esos bajos continuos tan habituales en sus últimos madrigales. La melodía puede cambiar, pero el esquema (al menos el rítmico) del bajo se repite formando un ostinato. A veces era preciso repetirlo o adaptarlo si el texto era demasiado largo, pero siempre era reconocible.

Uno de los bajos más utilizados es el de romanesca, de origen español, que normalmente se usa para composiciones para una o dos voces.

Otros son los bajos de chacona o pasacalle, también originarios de España, que se desarrollan habitualmente en cuatro compases, con un ritmo lento, algo trágico, y una fórmula melódica básicamente descendente camino de la dominante y que tantos hijos sublimes ha dado.

Esos bajos servirán, junto con otros elementos, para dar estructura a la novedad dramática de este primer barroco: el estilo concertato. Se busca, aunque parezca contradictorio, una discordia entre los elementos musicales, una pelea, a veces entre instrumentos y grupos de instrumentos, a veces entre voces.

Entre las muchas joyas que se encuentran en los libros de madrigales de Monteverdi, una es Ohimè dov’è il mio ben, un madrigal para dos sopranos de su séptimo libro. Monteverdi pone música a un texto ottave rime, ocho endecasílabos, y lo hace utilizando el bajo de romanesca, que se repite cada tres compases. Cada voz, dentro de la doble estructura del bajo y el verso, funciona de manera muy libre, de forma que Monteverdi puede explotar todo tipo de recursos estilísticos y puramente musicales, como imitaciones canónicas, partes de coloratura, recitativos expresivos y choques disonantes para resaltar determinados momentos del texto, de una forma extremadamente sutil.

La obra de Monteverdi en la que el uso del bajo de pasacalle alcanza la máxima capacidad de emocionar, con esa mezcla entre libertad y pulso constante, es el sublime Lamento della ninfa, del octavo libro de madrigales, en el que el desgarrador pasaje central se construye sobre un tetracordo descendente en el bajo continuo, que el intérprete ha de armonizar:

lAMENTO

Es evidente que este procedimiento le gustaba a Monteverdi, pues lo utilizó también en varios dúos de L’incoronazione di Popea, pero nunca estuvo tan inspirado como en esta obra. La teatralidad es resultado de la tensión entre los casi artificiosos comentarios del trío de tenores y bajo y la declamación, ajena al voyeurismo, de la ninfa. Monteverdi escribió:

Modo di rappresentare il presente canto. Le tre parti, che cantano fuori del pianto della Ninfa, si sono così separatamente poste, perché si cantano al tempo della mano; le altre tre parti che vanno commiserando in debole voce la Ninfa, si sono poste in partitura, accio seguitano il pianto di essa, qual va cantato a tempo dell’affetto del animo, e non a quello de la mano.

La ninfa es libre de cantar sin sujetarse al tiempo. El bajo, con su pulso, y los espectadores, con sus afectados comentarios y puntualizaciones, enfrentados al lamento, crean la tensión que hace auténticos pasión y sufrimiento. Amor, ¿dónde está la fidelidad que el traidor me juró?

¿Esta Protactínio en peligro?

Como tengo un corazón de oro, he decidido avisar del peligro a todos los bebedores de gin-tonics y, para mí, su consumidor paradigmático es Protactínio * (aunque he leído algo acerca de su traición y sus amores con cierto licor de origen escocés). Esta baya tan bonita que les muestro la produce una planta llamada belladona. Habrán oído hablar de ella, porque ha sido utilizada como fármaco y, como nos advirtió Severino, todo fármaco es un veneno potencial. Se cuenta que Livia, la fiel esposa de Octavio Augusto, la usó con fruición para hacer hueco a su hijo, el que terminó en Capri haciendo cosas feas.

La planta es peligrosa. Una sola baya puede matar a un niño, aunque es raro que alguien se la coma porque es de sabor muy amargo. También lo son (peligrosas) las hojas de un arbusto llamado “trompeta de ángel”, que algunos pirados utilizan para hacerse infusiones con fines “didácticos”. Vamos, que no utilizan la infusión para calmar el ardor de estómago, sino para “viajar” por el bajo astral.

La amargura y las alucinaciones son resultado de la presencia de atropina, una droga anticolinérgica o, lo que es lo mismo, bloqueadora de algunos receptores de acetilcolina, un neurotransmisor tela útil.

Por eso se utiliza como antídoto contra otros venenos, como ciertos insecticidas y algunos gases nerviosos, que precisamente producen el efecto contrario. Sin embargo, si no eres un soldado atacado por un gas nervioso, es mejor no utilizarlo: primero seca los fluidos orgánicos —se administra en caso de resfriados y diarrea; incluso se utilizó para atajar la incontinencia nocturna—, luego empieza a afectar a la visión, más tarde empieza a producir alucinaciones y, finalmente, te puede matar, aunque para eso hace falta al menos un gramo.

Tiene otro uso que explica el nombre de la belladona. En el Renacimiento, las mujeres exprimían el jugo sobre los ojos y la pupila, por efecto de la atropina, se dilataba. Al parecer, los “ojos de gacela” estaban de moda. Nada sabemos de las hostias que presumiblemente se daban las “donas”. Este secreto pasó a las actrices. Y de las actrices a los oftalmólogos, que fueron los últimos en enterarse de estos trucos de belleza.

Dicho lo anterior, vuelvo al principio y a mi labor humanitaria.

Un profesor de química, llamado Paul Agutter, decidió que era hora de que su mujer le transmitiese su jugosa herencia para poder disfrutarla con su amante. Pensó en la atropina, porque se metaboliza muy rápido. Y además ideó una prodigiosa maskirovka. Puso atropina en varias botellas de tónica y las dejó en las estanterías de un supermercado en el que compraba su mujer. La tónica serviría para enmascarar el sabor amargo.

Por desgracia para él, una de las tónicas fue a parar a la casa del doctor Geoffrey Sharwood-Smith, anestesista jefe de un hospital de Edimburgo. La mujer y el hijo del buen doctor se tomaron unos gin-tonics e inmediatamente aparecieron los síntomas. El diagnóstico del anestesista les salvó la vida, a ellos y a otras cinco personas, entre las que se encontraba la mujer del químico, ya que en el hospital estaban advertidos. El químico había querido asegurar el resultado y la dosis que aparecía en el gin-tonic de la mujer era muy superior a la de las botellas. Le cayeron doce años.

Así que, amigos del gin-tonic, tengan cuidado ahí fuera.

Aunque, ahora que lo pienso, ¿no es Protactínio profesor de química?

 

* Protactínio es el nick arcadiano de un ilustre amigo de este blog.

Bufones

 

Vengo del Teatro Real, de escuchar música de Donizetti. Y una vez más, ciento setenta años más tarde, Don Pasquale comprende lo absurdo de querer casarse a su edad y Norina y Ernesto reciben su perdón. Donizetti escribió la última ópera bufa que merece tal nombre –Falstaff es otra cosa- y poco después permitió que la sífilis terminase su trabajo.

Y lo hizo innovando. Esto es una coña, claro. Aunque a medias. Para agradecer eternamente a los italianos su generosidad con la cultura occidental bastaría -no se sulfuren con la herejía- con que sólo nos hubiesen entregado la gloriosa historia de la opera buffa. Siempre iguales y siempre distintas, con el sabor único -en cada obra, en cada buena representación- de la verdad, ligera, agridulce, y fugitiva. Los personajes, enredados en los lazzi, nos hablan del amor y la juventud, de la senectud y la ocasión perdida, de la traición y del perdón. Arlequín, Colombina, Polichinela, el Doctor, Tartaglia, el Soldado, los enamorados Florindo e Isabel, la Señora … ¿Falta alguien para hablar de cualquier cosa que de veras importe?

Lo demás es anécdota. Mientras escribo esto escucho La italiana en Argel. Es increíble que una obra tan maravillosa se represente tan poco. Sutil, redonda y divertidísima, el asunto “turco” es lo de menos. De nuevo la lujuria de un anciano poderoso es vencida por la juventud. La música de Rossini nos lo cuenta todo de soslayo; a veces una simple frase, una burla, un comentario, o unas pocas notas que flotan entre los atónitos espectadores, dibujan perfectamente las debilidades de los personajes, que de eso se trata. Todos somos pappataci. ¿Quieren saber de qué les hablo? Cómprenla, acomódense unas horas en un buen sofá, con alimento y bebida adecuados, y no se olviden primero de ir al baño.

Cuando Wagner preguntó a Rossini si había conocido a Beethoven, y el poeta Michotte tomó notas, quedó para la posteridad un ejemplo patético del abandono en el que permitían los vieneses se encontrase el que intuían era el más grande de los compositores. Pero lo más soprendente es el reconocimiento natural, por parte de Rossini, de la poca importancia que Beethoven daba a la música de aquel: “… la ópera seria no está en la naturaleza de los italianos. Para el drama no conocen ustedes bastante la ciencia de la música … Por encima de todo siga haciendo cosas del tipo del Barbero de Sevilla”. Cuando salía del cubil de Beethoven, Rossini lloró, pero no por los comentarios del huraño. Era un hombre generoso.

Ese es un ejemplo de la paradoja. El orgulloso Sostatre, duque de Noruega, cantó largas arias y nos demostró su valor, pero la ópera seria no está en la naturaleza de los italianos. ¿Quién se lo iba a decir a Pergolesi? Il Prigionero Superbo le había llevado mucho tiempo, pero era larga y había que aligerar los entreactos para que el público napolitano pudiera respirar y tomar un tentempié después de ver como los dioses “cagan mármol”, según la feliz salida de tono de Amadeus. Así que Pergolesi escribió La serva padrona, un divertimentouna cosa ligera y sin pretensiones, y los napolitanos la escucharon, por vez primera, en el año 1733, atragantándose y riendo a carcajadas.

El solterón Uberto discute con Serpina, su sirvienta, una vez más. La razón de la última bronca: lleva tres horas esperando su chocolate y la pícara le espeta que ya es tarde para desayunar, y además lo encierra en su propia casa. Sólo hay una solución, casarse con ella. Pero necesita que los celos y el miedo ante el valentón que incontinente cala el chapeo, le aseguren que su apuesta le hará feliz.

Nadie se acordaba de Sostrate a las pocas semanas, pero La serva padrona viajó por toda Europa y llegó a París. Y allí las muchedumbres la reivindicaron, a la puerta del Théâtre des Italiens, y comenzó la querelle des bouffons, la pelea cyranesca que decidiría si la pequeña Serpina era más poderosa que los héroes de Lully o Rameau. Los hombres se peleaban en los teatros y decidían sobre la superioridad del italiano o el francés a espadazos, mientras los libelos alfombraban las calles de París. El Rey intervino y expulsó a esos italianos, pero dio igual. Uberto y Serpina habían tenido descendencia. Numerosa, descarada y ruidosa.

 

Para acabar con Arcadi Espada y otros relatos

 

Durante el año 2006 escribí muchas cosas en el blog de Arcadi Espada. Como soy un descuidado y casi siempre escribo directamente en las ventanas de comentarios de los blogs, no conservo casi ninguno de los cientos de comentarios escritos durante ese año. Sin embargo, mientras limpiaba mi ordenador de bártulos inútiles, me he encontrado con tres pequeños relatos protagonizados por el detective Kurtz. En el primero de ellos utilizaba como fundamento (incluso copiando literalmente el comienzo) uno de los capítulos del magnífico Como acabar de una vez por todas con la cultura, de Woody Allen. Lo llamé Para acabar con Arcadi Espada porque en aquel momento Arcadi estaba a punto de salir de El País y pasar a El Mundo. Entonces no conocía a ninguno de los nicks que aparecen mencionados en el relato (algunos de manera subrepticia, a ver si los descubren) y fui totalmente irreverente con ellos. Espero que no les moleste (sobre todo a mi querida Cvalda, que aparece como traidora y femme fatale). El protagonista, Kurtz, era un nick del blog de Espada. No sé que fue de él. He tenido que completar el relato porque lo guardé sin su final. Prueba evidente de mi dejadez.

En el segundo utilizaba como fundamento un segundo relato de detectives de Woody Allen (tiene el mismo protagonista) que leí en Sin plumas.

El tercero es totalmente de cosecha propia.

Los junto y los publico.

I

PARA ACABAR CON ARCADI ESPADA

Estaba sentado en mi despacho limpiando el cañón de mi 38 y preguntándome cuál sería mi próximo caso. Me gusta ser detective privado. Cierto, tiene sus inconvenientes, me han dejado más de una vez las encías hechas papilla, pero el dulce aroma de los billetes de banco tiene también sus ventajas. No hablo siquiera de las mujeres que son una preocupación menor para mí y que coloco, en mi escala de valores, justo antes del acto de respirar. Por eso, cuando se abrió la puerta de mi oficina y entró una rubia de pelo largo llamada Selma, con la cara de Julie Christie y el culo de Mónica Bellucci y me dijo que necesitaba mi ayuda, mis glándulas salivares se pusieron a segregar como locas.

— ¿Qué puedo hacer por ti, muñeca?

— Estoy buscando a una persona, señor …

— Llámame Kurtz. ¿A quién buscas?

— Busco a AE.

— ¿Quién?

— AE, Dios, El Creador, el Principio Universal, el Ser Supremo, el Todopoderoso, el Webmaster. Quiero que lo encuentre.

— ¿Por qué?

— Eso es asunto mío, Kurtz.

— Lo siento, bombón, si no me das toda la información …

— Vale, vale … – dijo mientras acariciaba un ejemplar de La Decadencia de Cataluña y dejaba a un lado la aspiradora.

— Te he mentido, Kurtz, en realidad me llamo Cvalda. Y soy … –temblaba al decirlo-, más bien estoy … –me daba pena y a la vez me estaba dando taquicardia- estoy interesada en las cosas que pasan en el mundo.

Por fin lo había dicho. Me contó que había conocido a un hombre al que ella llamaba cariñosamente el desayuno de los campeones, con el que había descubierto toda clase de juegos sexuales, y que de ahí habían pasado a ver los telediarios, de ahí a los debates y de los debates a los periódicos. La típica historia de descenso a los infiernos. Finalmente habían descubierto el BLOG, y había dejado de desayunar, je, je. Lo contaba con ojos febriles. Vale, es cierto, no sé cómo tenía los ojos, yo sólo miraba sus estupendas tetas.

No le bastaba con lo mismo que a los demás, ella quería hablar con AE, no tener que depender de sus silencios o sus mensajes crípticos. Vamos que quería línea con el gran jefe.

Acepté el trabajo y le dije que se esfumara. No quería que viera el enorme bulto que tenía en la entrepierna.

Pensé, quizás AE exista, o quizás no, pero en alguna parte de esta ciudad con seguridad había un montón de tipos que iban a tratar de impedirme averiguarlo.

Mi primera pista me llevó a una mansión algo destartalada. Me abrió la sirvienta, una mujer entrada en años con un besugo entre las manos. ¡Buf! A mí con esas, pensé. Al fondo se oían gritos de rabia. Era el Marqués, lanzando contra la pared un cordón umbilical. El asunto se les había ido de las manos.

— ¿Qué desea? –me preguntó el besugo.

— Quiero hablar con el que manda en el sindicato.

— Aquí no hay ningún sindicato, señor.

Tuve que ponerme duro. Y créanme surtió efecto. En menos de treinta segundos estaba en una habitación y, allí, un sujeto con una enorme panza estaba enfrascado con la Lógica de Hegel.

— ¿Qué quiegues?

— Donde esta AE.

— ¿Qué AE?

— ¡Este!

Lo estampé contra el suelo y miré bajo sus pies descalzos. Efectivamente, en la planta de cada pie, había una foto de Dios.

Berreaba como un cerdo. Empezó a decir que no le conocía, que ni siquiera sabía si existía, que las fotos se las habían mandado con un fajo de billetes … Lo de siempre. La culata de mi 38 le sacó una dirección. Pregunta por Atleta me dijo.

Era un gimnasio. En las paredes los mismos calendarios con las mismas chicas y una lista con los próximos combates: “El Potro cateto contra Bil lethal weapon”, “Antonio perro rabioso contra la Muerte Roja Verse” …

Entonces oí los gemidos. Eran brutales. Pegué una patada a la puerta y allí estaban. Una hembra con un cuerpo que quitaba el sentido y un maorí enorme lleno de tatuajes en una posición que habría jurado era imposible.

— ¡Ahhhhh! -gritó ella mientras se tapaba con un “shéitl”– ¡Haz algo!

El maorí se puso a decir cosas sin sentido y tuve que atizarle con un libro de un tal Rudolf Baehr que llevaba en el bolsillo.

— ¿Dónde está AE?

— No lo sé …

— Todos dice que sí.

Empezó a sollozar.

— No lo sé, de verdad, es sólo un bulo que hice correr para hacerme el importante…, es mi musa, lo entiendes ¡¡¡miii musa!!!

Joder, a este tío le está dando un colapso, pensé, mientras le metía mano a la chavala.

En ese momento recibí una llamada. Era el inspector qtyop.

— ¿Sigues buscando a AE?

— Sí.

— ¿Dios, El Creador, el Principio Universal, el Ser Supremo, el Todopoderoso, el Webmaster?

— Sí.

— Un tipo que se ajusta a la descripción acaba de aparecer en el depósito de cadáveres. Mejor que vengas a echarle un vistazo.

El empleado del depósito me resultaba vagamente familiar. Tenía un aspecto triste y las manos llenas de tinta.

Dentro me esperaba el inspector, con el sargento Mercutio, un tipo recio, de esos que encandilan a las mujeres.

— Ha sido cosa de un estructuralista, no ha dejado nada al azar. No hay nada gratuito, cada golpe, cada puñalada, se ha hecho siguiendo un sistema. Este cabrón quiere decirnos algo.

El empleado del depósito se puso pálido, pero yo sabía que me estaban tendiendo una trampa.

En la calle, recordé la primera conversación con Cvalda. Bueno, primero recordé sus tetas, pero eso no viene al caso. La llamé y me dio su dirección.

Al llegar a su casa, me recibió casi desnuda.

— ¿Qué has averiguado cariño?

— Que no existe.

— No puede ser, existe, estoy segura.

— ¿Cómo puedes estarlo?

— Porque …

En ese momento se calló. Pero allí estaba la prueba. Sobre la mesa había un ejemplar de La Rusa.

— Querida no puedes engañarme, sé quien te manda y sé que lo has matado. No soportabas que ahora fuera de todo el mundo.

— No Kurtz, fue un accidente –me dijo sollozando– sólo quería despedirme de él.

Y lo decía dejando caer su bata de seda. Soy un tipo duro, pero esto era demasiado. No puede exigirse a nadie pasar por esto. Tuve que matarla. Mientras la veía morir le dije:

— Consuélate, pronto podrás ver el mundo por dentro.

II

EL OFICIO MÁS VIEJO

Cuando se es investigador privado, uno ha de aprender a confiar en sus corazonadas. Por eso en el momento en que un tipo tembloroso como un flan llamado (CENSURADO) entró en mi oficina y puso las cartas sobre la mesa, debí haber hecho caso del escalofrío glacial que sacudió mi espinazo.
— Busco al investigador privado, un tipo llamado Kurtz -dijo-; ¿sabe donde está?

— Lo tiene delante, amigo, ¿qué quiere?

— Necesito ayuda, me están haciendo chantaje.

El tipo llevaba una camisa de rayas de color naranja, una corbata con pequeños paramecios rosados y tenía el pelo moreno, largo y ondulado, con largas patillas. Olía a gaviota que apestaba.

— Cuénteme.

— Es algo delicado. Por las noches, cuando nadie mira … leo blogs izquierdistas. He llegado en alguna ocasión a intercambiar textos de Gramsci por email. Le hará gracia, mi nick es …

— No me interesa, siga.

— A mí no me bastaba con eso, yo quería algo más personal. Y en estas, un tipo del partido me habló, ya sabe, de una profesional. Habían pillado a un diputado autonómico en una cafetería de Huertas intercambiando libros con ella. El asunto se tapó, pero …

— Abrevie -le dije-.

— Conseguí su número y llamé y me dijeron que por una módica suma me enviaban a alguien … ya sabe para intercambiar ideas contigo ¿Comprende?

— No del todo.

— Entiéndame Kurtz, yo soy fiel al partido. Y las experiencias allí no son malas. Hablamos de Friedman y Fukuyama. Incluso hay un compañero que cita a Dennet. Pero siempre hay alguien que sale con Moa. Yo necesitaba más. Sólo de vez en cuando …

Así que era uno de esos maricomplejines que se pierden por una discusión profunda.

— Lo malo es que me han grabado diciendo que el Estatuto no está tan mal y hablando de nación de naciones.

— Ya, y ahora la suma ya no es tan módica ¿verdad?

Pobre tipo. Enredado en el viejo tinglado de la prostitución. Acepté el asunto y le alivié de algo de su peso, je, je.

En el número de teléfono contestaba una mujer de voz agradable, como de azafata de IFEMA.

— Hola, me han dicho que hable con Uds., que me pueden conseguir un rato agradable. Me gusta, ya sabe, intercambiar opiniones …

— Claro cariño. ¿De qué tipo? Por tu voz, supongo que quieres una reaccionaria a la que mandar a la cocina.

— No, no. Me interesa el asunto del Estatuto desde una posición de izquierdas.

— A favor o en contra.

— ¿Qué diferencia hay?

— El precio, cariño, el precio. A favor es más barato.

— Si puede ser en contra …

— Lo que tú quieras, cariño.

Nos pusimos de acuerdo en el precio y le di el número de una habitación de hotel. Una hora más tarde llamaron a la puerta. Allí estaba ella y os aseguro que sabían satisfacer las fantasías de cualquiera: pelo corto, botas de montañero, chaqueta de camuflaje verde. En banderola lleva una especie de bolso negro, enorme.

— Hola, me llamo Pilar.

— Me sorprende que no te haya detenido el de seguridad del hotel vistiendo así, suele distinguir a las intelectuales.

— Le he pasado una copia de una ponencia de Esquerra. No veas como babeaba el cerdo. ¿Empezamos?

— Vale, ¿qué te parece si hablamos del Estatuto como la imagen religiosa de ritos atávicos de paso?

— Claro, no hay duda de que supone una regresión a arquetipos colectivos que pretenden la subyugación del ciudadano a través de imaginarios grupales.

— Pero –quería saber si valía para el oficio– es indudable que el concepto nación no es una simple elaboración formal, que es una sub o superestructura de fuerzas complejas de poder articulado.

— Sí, sí, pero el Estatuto las eleva a categoría originaria, cometiendo el pecado original de los discursos fascistas.

Vaya si valía, pero aunque apenas tenía treinta años, ya mostraba la ductilidad encallecida del político profesional. Todo mecánico, fingiendo placer, y sin esa chispa en los ojos de la intuición verdadera. Cuando terminamos le pregunté si podíamos organizar una fiesta. Un debate abierto sobre este mismo asunto. Con otros clientes que tuvieran, digamos, el mismo tipo de debilidad.

— Te va a costar muy caro.

— Eso no importa, tengo unos chanchullos en la FAES.

Me dijo que tenía que consultarlo. A los pocos días, recibí una llamada:

— Está hecho, cariño. Vamos a ser bastantes, unos dos mil, así que vamos a reunirnos en un cine.

Le pasé la información al comisario de antivicio, un tal Colomines. La redada estaba montada. Lo demás, supongo, lo han visto en la televisión. En el momento en que empezó el desmadre, con lo del bilingüismo, el laicismo y demás, intervino el mocerío. Y Colomines, el muy cabrón, atribuyéndose el mérito mientras contaba, uno a uno, a los detenidos que iban entrando en las lecheras.

Al menos (CENSURADO) ha quedado satisfecho. Ahora sólo lee la sección de ciencia de El Mundo.

III

EL PROCESO

Estaba en las carreras de galgos cuando me llamó mi secretaria, una rubia miope llamada Vele a la que contraté porque es bilingüe. No me miren mal, las posesiones demoníacas están a la orden del día. Es útil tener cerca a alguien que hable sirio.

Me dijo:

— Jefe, tengo aquí a un guapo de ojos azules que necesita sus servicios.

Volví a la Oficina. Allí estaba. Alto y desmañado, con pinta de no haber roto nunca un plato. Le conocía. Era el nuevo concejal, un tipo gris al que nadie hacía mucho caso. Todo el mundo decía que era un tapado de alguien.

— ¿Kurtz?

— Sí, concejal.

— ¿Me conoce?

— Claro, he oído hablar muy bien de Ud.

— Yo también he oído hablar de Ud. Me han dicho que es el hombre que necesito.

Manoseaba, nervioso, un libro sobre inteligencia emocional. Uno que había hecho de oro a un listo del barrio.

— He recibido esto.

Me largó un papel arrugado, en el que, entre borrones se podía leer dos palabras “suerte” y “agridulce”. Y por la otra cara aparecía una dirección MAESTRO ETO’O ESPIRITISMO, CURAMOS TODO, HASTA LA PENA DE MUERTE.

— ¿Y qué? -le dije-, será un menú de un restaurante chino.

— No, no –parecía febril- es una respuesta, lo percibo.

— ¿A qué pregunta?

— Ya me dijeron que era un cínico, Kurtz …

El sujeto parecía haber perdido la chaveta, pero la pasta es la pasta, así que le dije que lo investigaría. Llamé al consultorio del tal Eto’o y me dieron cita para una sesión de espiritismo. Por si acaso, cogí mi 38; para los fantasmones no hay nada como una ración de plomo. El local estaba en el este de la ciudad, en el barrio de los comerciantes. Dentro, en una habitación oscura, ya estaban sentados varios sujetos y una chai, alrededor de una mesa. Entró un negro vestido con una túnica blanca; en la espalda ponía ETO’O y un 9. Empezó a largar en un idioma extraño, en plan homilía. Menos mal que tenía mi grabadora secreta. La puse a funcionar a la vez que magreaba las piernas de mi vecina, que no protestó en absoluto. De repente, cambió la voz. Ahora parecía un anciano. Empezó a decir “paaaz, humiiilddeees”. Los de la mesa debían saber quien era el tío que largaba, porque se pusieron a temblar. Uno de ellos dijo: “abuelo, quiero saber”.

— Haz tu pregunta –susurró la voz.

En ese momento dije:

— Suerte, agridulce.

Joder, parecía que le hubiesen dado con una pala en la cabeza. Cayó derrumbado, gritando “post hoc, post hoc”.

Me largué, no sin antes explicarle a la chai los misterios del inframundo. En mi Despacho puse a funcionar la grabadora, a ver que farfullaba el maldito brujo:

“Egtasiap nu taledom ah, Arutluc anu i augnell Anu tinifed ah aynulatac”

Indescifrable. Llamé al inspector qtyop, me debía una desde que le resolví lo del asesino entrópico.

— Kurtz, a ese Eto’o le tengo vigilado. Tiene que ver con la mafia del barrio norte.

Así que era eso. El crimen organizado. Tuve una corazonada. Me marché a ver al Fiscal del Distrito. Como era italiano, de Génova, conocía bien a los mafiosos.

— Kurtz, tú por aquí. ¿Qué podemos hacer por ti los chicos de la Ley y el Orden?

Como si no conociera los chanchullos que se traían con las tuneladoras.

— ¿Los de la mafia están intentando llegar a un acuerdo?

— ¡Estás loco! Ya sabes que he jurado encerrarlos a todos.

— Y qué me dices de tu predecesor en el cargo, ¿no es verdad que habló con ellos?

— Eso es una mentira bolchevique. Les quiso tender una trampa para trincarlos, pero alguien les dio el soplo. ¿Por qué lo preguntas?

Su negativa me dio todas las claves. Inventé una respuesta rápida y cité a mi cliente. Entró en mi oficina con una mano dentro de la gabardina y un coleccionable de Orbis-Fabbri en la otra, el número 2 de Tus cuentos clásicos.

Le dije que se sentara, tenía una información para él.

— Ya sé quien le ha mandado esa nota, concejal.

— ¿Quién, quién?

— Ud. mismo.

— ¡Miente!

— Déjeme terminar. Su carrera política es un desastre. Le tienen para redactar la ordenanza de aguas fecales. Pero quería más, ¿verdad? Quiere acabar con el crimen organizado, ser el nuevo Elliot Ness. Por eso me trajo la nota. Ellos lo entenderían.

En ese momento sacó la pistola que llevaba guardada.

— No podrá detenerlo. Ya ha empezado. Gracias a Ud., Kurtz, ha llegado el mensaje. Y terminará la violencia. Habrá que hacer algunas concesiones, no tocar los negocios en los muelles, y que los jefes encerrados pasen a cárceles de mínima seguridad. Pero no importa, la opinión pública sabrá que estaba trabajando en esto, que estaba luchando por esto, que será largo, duro y difícil.

Saqué rápidamente mi 38. El tipo terminó como un colador. Alguien como yo no puede vivir sin el crimen.