Mi bando

 

Esto de lo que quiero hablar es confuso para mí, así que no espero ser capaz de explicarlo sin aumentar el grado de confusión. Pido disculpas anticipadas por ello.

Cuando era niño tenía muy claro quién tenía razón. En casa no hablábamos casi nunca de Franco o de la Guerra Civil. Ni en la mía, ni en la de mis abuelos o mis tíos. Todo lo más, escuché a mis abuelos maternos contar cosas sobre el Madrid de los primeros meses. El refugio en la casa del embajador de Cuba (mi abuela era cocinera); la salida rápida de allí, horrorizada por los saqueos, con los hijos (cinco entonces), en un camión nocturno camino de Villaverde; mi abuelo, con su pie deforme, cosiendo botas a los alemanes; el hambre y los escopetazos por la propiedad de un cerdo. Historias inconexas y sombrías sobre un tiempo pasado, que se mezclaban con aquellas otras más antiguas, con lobos en la Sierra de Gredos, una bicicleta y una pistola de fogueo.

Para mí no había otra guerra que la Segunda Guerra Mundial, la que salía en las películas que echaban por la tele. Yo lo tuve siempre claro. Siempre supe quiénes eran los “buenos”. Tardé mucho más que otros en contemplar la posibilidad de que los buenos fueran los perdedores. Sí, era obvio que la esclavitud era mala y los negros habían sido perseguidos, pero también lo era que después de Lincoln el camino para la queja estaba expedito y siempre tendría como objetivo el comportamiento del hombre malvado, que de todo hay, y no del sistema. Igual sucedía con los japoneses y los alemanes. Éstos eran los “malos”, sin dudarlo. Podían darse casos aislados de bondad o de comportamiento justo, que de todo hay, pero la mayoría eran malvados y crueles. Mi sistema de valores era prístino. En Destino Tokio, los seres humanos son los que están bajo las profundidades y son héroes.

Pronto, en ese sistema de valores, incluí a los judíos. Lo primero que aprendí de los judíos lo saqué de algunas películas en las que tímidamente se hablaba del genocidio nazi. Los incluí sin ninguna dificultad en mi lista de “buenos”. Esa es una de las razones por las que me sorprendió tanto descubrir que había un antisemitismo norteamericano. Me pareció extrañísimo. Que los hubiera racistas era lógico, bastaba con leer La Cabaña del Tío Tom para comprenderlo, ¿pero antisemitas? Los americanos habían luchado contra los nazis y los nazis habían matado a los judíos. También por esa razón me chocó tanto escuchar a mi padre mencionar, en contestación a una defensa apasionada por mi parte del pobre pueblo judío, que los judíos muy buenos no eran. No podía comprender de dónde se sacaba mi padre una opinión así.

Al ir ampliando mis conocimientos, ese sistema de valores se fue haciendo flexible, pero nada más. No me gustaban los rusos, salvo los cosacos, porque iban a donde querían y portaban las virtudes viriles y democráticas del valiente de Broadway que hace bromas acerca de la novia del paleto de Kentucky. Me gustaban más los vikingos que los ingleses y los sajones que los normandos. Tenía claro que La Gran Evasión era un fiasco, porque Steve McQueen era el primero que tendría que haber escapado y despreciaba al emperador de China que bizqueaba ante la imponente presencia de Genghis Kan. Los árabes solían ser taimados y poco de fiar, los chinos tontos y los japoneses brutales.

Mi militarismo era democrático y cívico. No me llamaban la atención la violencia gratuita ni los horrores de la guerra. Era un optimista de raíz. Lógico. Los buenos terminan triunfando y los sacrificios merecen la pena, pero era más importante el militarismo que la democracia y el civismo. Lo importante era que existiese el hombre fuerte que era capaz de arriesgarse por ciertas cosas.

Lo curioso del asunto es que creo que no he superado ese sistema de valores. Que permanece allí, enterrado en el cerebro reptiliano. Cuatro décadas más tarde, puedo decir que nunca he sido “de izquierdas”. Disimulé mucho, porque la “cultura” sí lo era, y de qué manera, y al hacerlo fui comprendiendo mejor (creo) algunas cosas y perdiendo claridad, sin embargo. Si tenía que escoger alguna complejidad escogí la que mejor se adaptaba a mi mundo previo: mi escepticismo comenzó con la democracia y el civismo, pero la idea del individuo que toma decisiones estaba allí, incólume. Y las decisiones peligrosas se toman en tiempos arriesgados.

Mis amigos siguieron otro camino. Sus discursos eran formalmente más complejos y cínicos. Su visión era básicamente pesimista. Intentaban reírse de mi “ingenuidad”. Para la mayoría era un facha un poco raro. Al afinar el discurso, terminé convirtiéndome en un adicto a la reducción al absurdo y al extremismo. Necesitaba defenderme. Era complicado discutir conmigo, porque no renunciaba a poner en solfa cualquier cosa. Pero no era sincero.

En esto no he cambiado. No he evolucionado lentamente de aquí para allá. No he caído, aplastado por una luz cegadora. No he tenido una experiencia transformadora.

Cuando juzgo sé que allí, en el fondo de mi cerebro, hay una voz que dice: este es una excepción de entre los buenos o este lo es entre los malos, que de todo tiene que haber. Sigo siendo uno de los míos. No estoy orgulloso de ello, pero admitirlo me sirve para mantenerme en guardia.

* * * * *

No creo que el genocidio judío sea único más allá del hecho indiscutible de que todo suceso histórico es único. El análisis de lo que sucede nos exige poder categorizar y para ello no hay otro camino que el de buscar concordancias y diferencias. Ni siquiera creo que sea único en el sentido dado por algún historiador, que menciona que el genocidio judío es el único que reúne todas las características que aparecen en todos los demás juntos, pero no en cada uno de ellos.

Esa unicidad pretendida, además y paradójicamente, puede servir para privar al holocausto de su posible función moral universal (función que comparte con otras catástrofes semejantes). Digo universal, porque también ha tenido y tiene una función dentro del propio judaísmo, una función particular, que convierte al genocidio judío en la culminación de un destino impuesto por los otros. Un destino que exige una respuesta indudable basada en la exaltación de la singularidad y la desconfianza en los valores universales como solución. Una respuesta tribal, en suma. Vuelvo a lo anterior: decía que puede servir para privar al holocausto de su posible función moral universal porque al convertirlo en un suceso no solo extremo, sino extraordinario, se diluye inmediatamente el estudio de sus razones, de su génesis, y de la influencia que en ellos tuvieron los valores predominantes en el entorno. Sin embargo, su estudio, comparación y relación con el darwinismo social, los programas eugenésicos, la colonización europea, las matanzas en las guerras maquinizadas —que comienzan en el norte de Italia, en Crimea, en la Guerra de Secesión, en la francoprusiana, en la chinojaponesa, y que alcanzan su primera culminación en la Primera Guerra Mundial—, las ideas “científicas” que pretenden haber descubierto las claves de la evolución social y que influyen sobre todo en la izquierda europea y en sus hijos bastardos, el nazismo y el fascismo, todo esto solo es posible si relacionamos el holocausto con el exterminio de algunos pueblos africanos, con la indiferencia por la muerte de millones en la India a fines del siglo XIX por las hambrunas, con el genocidio armenio o con el ucraniano. No se trata de minimizar nada. Al contrario, sólo relativizando el holocausto le damos su auténtico valor. Lo contrario lo convierte en una catástrofe única, inexplicable e irracional y nos salva a nosotros. Además, solo relativizándolo podemos escapar de la reacción contraria: la de convertir cualquier cosa en un holocausto o en un genocidio. Sólo midiéndolo podemos estar alerta. Contando cadáveres, describiendo minuciosamente procedimientos, explicando qué es un genocidio, en qué se basa y distinguiéndolo de una matanza. Hacer hincapié en la idea de la deshumanización del otro. La idea de que el otro es dañino, un agente infeccioso. La idea de que exterminarlo es no solo posible, sino absolutamente necesario para la seguridad de la “buena gente”. El camino del genocidio empieza siempre ahí. El exterminio en los genocidios es primero mental; lo de después es simple coherencia.

Naturalmente, en ese proceso de explicación, no es indiferente la intención. Algunos han intentado discutir las cifras para minimizar el genocidio judío. Sus intenciones son asquerosas. No cuentan muertos, sino que los descuentan. Me repugna su palabrería porque sé qué quieren. Y quisiera poder untarlos con pez y adornarlos con plumas de gallina.

El genocidio de los judíos europeos es un hecho histórico indiscutible en cuanto tal. Su entidad y su gravedad también lo son y no dependen de si el número de víctimas es demencial o demencial más dos millones.

No me gustan los juegos de salón con este asunto. Me ponen en guardia, porque son la antesala —a veces no querida, como demuestran las biografías de tantos intelectuales purgados— del primer acto de un nuevo genocidio.

Hay un ejemplo muy sencillo: se puede discutir la política israelí respecto de los palestinos, pero nunca ha sido un objetivo de Estado su exterminio. Los israelíes pueden haber sido duros. Pueden haberse excedido, pero si lo han hecho lo han hecho por razones defensivas o por venganza. Nunca han tenido un plan genocida respecto de los palestinos. Sus excesos no se basan en la idea de que los palestinos no tengan derecho a la existencia.

Sin embargo, la política oficial de Irán propugna la desaparición de la “rata muerta”, el “microbio asqueroso”, el “cadáver descompuesto”,  solo defendido por “criminales y sionistas” que serán “quemados por la ira de los pueblos” de Próximo Oriente. Es decir, de Israel.

Ahmadineyad es uno de los que aplaude a los que descuentan muertos. Uno de los del “otro lado” a la hora de dar explicaciones.

Ya ven, en un asunto así, me sale de nuevo el ingenuo. Me pongo de lado de los “buenos” y pierdo los matices.

Ya están ustedes avisados de con quién se juegan los cuartos.

 

8 comentarios en “Mi bando

  1. Así, tal cual. Salvo que desde pequeño tenía cierta inclinación por los malos oficiales; los pobres indios serian muy malos, pero los otros, los americanos eran unos abusones. Los alemanes no llegaban a malos, eran tontos; un pandilla de soldados americanos podían acabar con un regimiento de alemanes. Y eso no me lo creia, con lo que los americanos perdían toda la gloria y a los alemanes era imposible odiarlos.
    Feliz 2016

  2. “se puede discutir la política israelí respecto de los palestinos, pero nunca ha sido un objetivo de Estado su exterminio. Los israelíes pueden haber sido duros. Pueden haberse excedido, pero si lo han hecho lo han hecho por razones defensivas o por venganza. Nunca han tenido un plan genocida respecto de los palestinos. Sus excesos no se basan en la idea de que los palestinos no tengan derecho a la existencia”
    —-
    Me parece, Tsevanrabtan, que olvidas el origen del conflicto. Olvidas que los palestinos fueron expulsados de su tierra por el sionismo, rico, internacional y soberbio. Israel no pretende exterminar a los palestinos, son los palestinos los que han jurado recuperar su tierra. Mientras no se les haga justicia el conflicto se perpetuará

  3. “fueron expulsados de su tierra por el sionismo”
    Falso, fueron expulsados como consecuencia de haber iniciado y perdido unas guerras, estas sí, con intenciones genocidas.
    “rico”
    ¿eso les deslegitima?
    “son los palestinos los que han jurado recuperar su tierra”
    Por supuesto previa aniquilacion de los judios. ¿Alguien cree que en un hipotetico estado palestino algun judio tendría la mas remota posibilidad de vivir mas o menos como los arabes viven en Israel ? Es mas ¿ quedaría alguno con vida?
    “recuperar su tierra”
    ¿No habíamos quedado en que la tierra no pertenece a nadie, solo al viento?

  4. “fueron expulsados de su tierra por el sionismo”
    Falso, fueron expulsados como consecuencia de haber iniciado y perdido unas guerras, estas sí, con intenciones genocidas.
    “rico”
    ¿eso les deslegitima?
    ——
    ¿Sionista? Lo pareces

  5. Es un poco infantil eso de dividir el mundo entre los buenos y los malos ¿no?

    De todas formas, vaya ojo para los bandos. Israel, un país donde el derecho a contraer matrimonio (un derecho humano) está restringido a los practicantes de una religión (allí solo existe el matrimonio religioso), donde los actos de terrorismo se castigan de forma distinta dependiendo de la etnia/religión del causante: Si es árabe derriban la casa de su familia (¿? ¿qué clase de lógica medieval es esa?), si es judio aplican la pena como en los sitios civilizados: Al autor. Un país que tiene una agencia estatal para regular la tierra y su uso, y que solo hace entrega de la misma a ciudadanos judíos.

    Israel tiene un trato privilegiado en los medios de comunicación y es el niño mimado de EEUU (es el país que más AID recibe del mundo entero, según el Banco Mundial). Nada de eso, ni tampoco el holocausto, oculta la realidad: Israel es un país lamentable, que juega en la misma liga que la sudáfrica del Apartheid o que el KKK.

    Dos reflexiones:

    Que los “enemigos de Israel” como Hamas o los Ayatolas sean una mierda de gente, no hacen bueno a Israel.

    Israel no está, ni de lejos, en la misma liga que países como los que forman parte de la UE, Japón, Australia, Canadá, EEUU… ya sabes, el mundo civilizado. En el mundo civilizado los estados administran un territorio y aspiran a ejercer a ser el estado de la gente que vive en ese territorio. Israel quiere ser el estado de una tribu concreta. No es Israel más que otro producto de esa mierda del romanticismo nacionalista. A ver si el mundo tiene suerte y es la última.

  6. “Es un poco infantil eso de dividir el mundo entre los buenos y los malos ¿no?”
    Pues si lo es, ¿por qué lo hace usted? ¿tal vez por que es menos infantil de lo que dice creer?
    En fin, qué pérdida de tiempo, suya y mía.

  7. Lo que plantea en la primera parte es muy interesante, y no le falta razón: el concepto de prejuicio como mecanismo de defensa.

    El párrafo sobre el holocausto es magnífico y lo que viene después: “Su entidad y su gravedad también lo son y no dependen de si el número de víctimas es demencial o demencial más dos millones.” “Algunos han intentado discutir las cifras para minimizar el genocidio judío. Sus intenciones son asquerosas. No cuentan muertos, sino que los descuentan. Me repugna su palabrería porque sé qué quieren.” También.

    Más que nada porque ningún historiador serio, que no tenga una agenda oculta de supremacía blanca o de antisemitismo ha puesto en duda la persecución y el asesinato de millones de judíos durante el Tercer Reich. En Nizkor lo tienen muy claro: “The real purpose of holocaust revisionism is to make National Socialism an acceptable political alternative again.”

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