Día de Reyes

Mi padre fue enterrado el día de Reyes de 2008.

Mi madre lo fue la víspera de Reyes de 2015.

Cuando murió mi padre escribí dos entradas que reúno hoy.

Aún no he escrito nada sobre mi madre.  

 

Ayer, en el entierro (cómo llamarlo si no) de mi padre, vi a personas a las que no veía hacía veinte y treinta años, y como suele pasar en estas ocasiones funcionó el dicho de la botica. Uno de mis tíos me contó su puta vida (y el adjetivo le va al sustantivo como anillo al dedo) para terminar lamentándose de no haber traído no sé qué papeles de no sé qué pleitos para que les echara un vistazo. Uno de mis primos le dijo a mi madre, con extrañeza, que la veía muy estropeada. Pero en fin, desde ciertas biografías no puede uno esperar urbanidad (o quizás sí). No es extraño, por otra parte, que este tipo de comportamientos se produzcan dentro de la familia de uno. La familia te viene de compañía cuando naces y a lo peor incluso crece.

En cuanto a los sacerdotes, mal los dos. Uno por exceso, pretendiendo llegar y besar el santo, permítanme la expresión. El otro por defecto, mecánico y torpe. Pero los excuso. Debe ser muy jodido repetir el mismo rito una y otra vez cada día, y hacerlo con las mismas personas, porque eso tenemos que ser para ellos. Y tener que disimular. Aunque quizás, de vez en cuando, les salga una buena faena y encuentren esa comunión que imagino pretenden y, mientras tanto, tiren de oficio.

Los amigos bien, en general. Agrupados por profesiones y aficiones. El más numeroso, el de los taurinos. Hablé un buen rato con ellos y les escuché las mismas cosas que les escuchaba hace veinte años, cambiando los nombres. La fiesta como el nickjournal está en crisis permanente. Hasta que lleguen los musicales, supongo. Pero fue agradable charlar de nuevo con Miguel, al que se le murió un hermano que era como un siamés suyo, los dos solteros y compañeros de casa. Eso sí, el hermano muerto siempre sonreía mientras que Miguel es taciturno. Mi padre solía decir que, salvo Alfonso Navalón, nunca ha conocido a nadie que sepa más de toros que Miguel. Vi a Antonio, el gordo, con la misma cara permanente de chufla, y a cierto coronel jubilado que se tiró a una plaza de primera para sacar en hombros a un torero de postín cuando sólo era capitán. Y vi a José Antonio Donaire. Le vi, solo, delante del féretro, inclinado. Luego recordamos anécdotas de ferias y ciudades. Un día de éstos les contaré.

Tuvimos, incluso, una plañidera profesional, familia lejana de la familia política de uno de mis hermanos, que hizo un viaje de quinientos kilómetros para asistir al velorio de alguien que no conoció. Es evidente que hay personas que se equivocan de siglo al nacer.

En fin, un ababol de sequero, como diría mi padre.

* * * * *

Hemos llegado hasta Buitrago y paramos un momento. Alberto, el pequeño, se pone a discutir a gritos con Carlos. Cualquiera pensaría que terminarán matándose. Que si veníamos haciendo carreras, cambiando de carril sin ton no son, que si no has visto a la hijaputa esa del golf que se me ha echado encima tres veces. En fin, nada nuevo bajo el sol. Allí se quedan todos, salvo nosotros cuatro. Nos vamos en el coche de Javier, camino del alto de Somosierra, buscando un buen lugar. Antes de morir se lo dijo a Carlos, que quería que allí esparciésemos sus cenizas. Al final hemos encontrado un buen sitio, desde el que se ven varios kilómetros de la autovía y, al fondo, el puerto. Asumiendo lo extraño del discurso, comentamos que desde allí se va a hartar de ver camiones. Con la cámara sobre el capó, en automático, nos hacemos unas fotografías. Volvemos y nos vamos a comer cordero. Estamos todos, dieciséis a la mesa.

* * * * *

Le llamaban el “abominable hombre de las nieves”, porque un día de invierno de finales de los cincuenta, en el parte dijeron que, después de las nevadas, la guardia civil había cerrado las carreteras y nadie había entrado en Madrid. Pero era mentira. Habían entrado dos camiones. En el primero iba él, poniendo sogas bajo las ruedas, y detrás, sobre los surcos que abría, un murciano. Décadas después, aún recordaba que era noche rasa, y que la luna, enorme, reflejando su luz sobre la nieve, permitía ver como si fuera de día.

* * * * *

De niño, le pregunté cuántos kilómetros había hecho. Me dijo que sumase y así lo hice. Me salieron más de seis millones.

* * * * *

Debía ser un curioso lugar para parar. En la Conce, en el alto de Somosierra, lo hacían los camioneros. Una cena en condiciones, que ganaban buenos duros, a lo mejor hasta champán, una copa y un puro. Y cuando salían, se tiraban por el puerto abajo, sin tocar los frenos, que, de hierro, se calentaban y te quedabas sin ellos. O eso, o en primera, para sujetar el camión. Depende de los cojones que tuvieras.

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Cuando conducía el Hino, el camión japonés que trajo el dueño por capricho del hijo, ganaba cincuenta duros más que los demás “choferes”. Era lo natural. No podían dejar esa máquina en las manos de cualquiera.

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2 comentarios en “Día de Reyes

  1. Ha escrito mucho, y bien. No sé qué criterio utiliza en la antología pero las recuerdo casi todas. Sigo teniendo buen gusto, sin duda. Sí, el “casi” también es la de Sámuel.

    (Aquella de los sanfermines y la llamada de su hermano con los resultados de la Selectividad…)

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