Narcotizados

 

A finales del XIX, en el Imperio (no, no el de ahora), los virtuosos se empeñaron en prohibir que se plantase (salvo para usos medicinales) la amapola y se traficase con opio. Los más luchadores se agruparon en una sociedad presidida por un cuáquero en el momento de su fundación. Se llamaba Sociedad para la Supresión del Mercado de Opio.

El asunto venía de lejos. Las llamadas Guerras del opio habían acabado con los intentos de los Qing de limitar el consumo de opio en China y había permitido a los ingleses vender algo (mucho en realidad) a cambio de la plata de lo chinos, que en aquel momento despreciaban todos los productos manufacturados extranjeros, a los que consideraban —en general con razón— de peor calidad.

También influyó la expansión de los fumaderos de opio. Los chinos emigraban por todas partes, y allí donde iban se instalaban fumaderos en los que invertir sus escasos emolumentos y dejar a la familia igual de pobre. Claro, una cosa era una dama o un caballero enganchado al láudano y otra esos vaciaderos de basura humana. Hasta ahí podríamos llegar.

Así que los de la sociedad de marras, empleando ejemplos del pasado como el del tráfico de esclavos, se empeñaron en que el gobierno inglés investigara tan malvado tráfico y examinase la influencia que el consumo tenía entre la propia población de la India. Como el comercio era muy “interesante” para el Gobierno imperial, se ha tachado al estudio (723 testigos y 25.000 páginas) que desaconsejaba su prohibición de parcial y preparado de antemano.

Puede ser, el dinero es el dinero, pero yo les cuento esto para introducir a Henry Martin Clark, un médico escocés que, durante veinticinco años, trabajó en y dirigió el mayor hospital de la época, en Amritsar, ya saben la capital espiritual de los sikh. Los médicos de este centro atendían a casi cien mil personas al año y su director fue uno de los entrevistados.

El hombre hablaba muy mal del consumo de opio. Sobre todo del consumo entre niños, a los que se les embadurnaba la lengua con él, o se untaba en los pezones o en la uña de la madre, para luego ser chupados. Se les daba para curar los resfriados. Clark mencionaba el horrible espectáculo de ver a los niños con el rostro lleno de arrugas, con una expresión tranquila, como la de ancianos.

No obstante, también opinaba otras cosas. Opinaba, en primer lugar, que puesto que el opio, en la India, se comía, a diferencia de China, donde se fumaba, el consumo era mucho menos perjudicial. Consideraba que sus efectos nocivos se habían exagerado y que sólo se presentaban las consecuencias en los casos de abuso más grave. Afirmaba que alrededor de un 15% de sus pacientes comían opio y que pertenecían a todas las clases y castas, incluyendo a mujeres y parias; que la mayor parte de la gente que lo consumía era apta para el trabajo, sana y robusta; y que el hábito no parecía influir en su longevidad. Hablaba de gente que se había hecho adicta en la juventud y que llevaba cuarenta o cincuenta años consumiéndola. Mencionaba que las primas de seguro de las compañías no se veían aumentadas por el hecho de que el asegurado fuese consumidor declarado. Expresamente insistía en que no existía una relación entre el consumo y la criminalidad, que no existía la tipología del morfinómano asesino, y que las perversiones morales que se les atribuía (abandono del hogar, del trabajo, de los hijos …) no eran evidentes para él. En resumen, creía que el hábito era malo, porque esclavizaba al hombre, pero sólo y básicamente por eso.

Finalmente advertía de que la prohibición sería contraproducente, ya que cambiaría el consumo y el tráfico, por el consumo, el tráfico y el contrabando. Y consideraba que la prohibición aumentaría incluso el consumo.

No deja de ser un testimonio, pero es llamativo porque reproduce exactamente los parámetros actuales de la discusión: legalización de las formas menos dañinas de consumo de drogas estupefacientes, control de calidad, competencia entre compañías con la consiguiente bajada del precio por la ausencia de un mercado de contrabando ilícito, posible disminución de ciertas formas de delincuencia relacionadas con el tráfico de sustancias ilícitas. Todo está ahí, en un legajo que va a cumplir ciento veinte años.

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