Déjame pensar por qué mi amigo tiene razón

 

Por casualidad he vuelto a comprobar estos últimos días, en el comportamiento de algunas personas inteligentes y moderadas que conozco, algo que me parece característico de nuestro país y que lo impregna todo: el “grupismo”. El nuestro es un grupismo rudo, maleducado, en general, pero también se presenta en personas con un trabajado perfil intelectual y racional. Hace años, en un libro del que pronto hablaré en este blog, descubrí el concepto inventado por el antropólogo Edward Hall, el de las sociedades con alto contexto y bajo contexto. En las primeras se dan muchas cosas por sobreeentendidas, porque importan más los conocimientos y las costumbres tribales y familiares que las reglas claras de comportamiento. Son sociedades menos formales, más dadas a la relajación en plazos y contenidos, más permeables a la corrupción, ya que la relación social o familiar es más importante en los acuerdos que el saber hacer. Son también sociedades más cálidas para la mayoría: es más difícil prosperar internamente, pero si estás insertado en un grupo estás más protegido que en una sociedad de bajo contexto.

España ha sido —creo— una sociedad de alto contexto hasta hace nada y ahora se encuentra a medio camino entre ambos tipos de sociedades.

Así, está mal visto que defendamos a nuestros amigos o a nuestros “líderes” por el hecho de serlo, pero seguimos haciéndolo. El discurso ya dominante es aún una superestructura. Para ocultar nuestro grupismo, lo camuflamos con una retórica pseudorracional que suele terminar en alguna afirmación insultante —aunque nunca se admitirá como tal— que sitúa a los “otros” en la cueva y la turba. Esto, en vez de clarificar la discusión, la embarra, ya que tenemos que trabajar, a la vez, con lo que se dice y con lo que a menudo percibimos que realmente se quiere decir. Paradójicamente, todo es más simple cuando se reconoce abiertamente que esto que ha afirmado X está bien porque X es mi amigo o mi gurú, y aunque en el fondo me parezca una bobada, lo defenderé a muerte. Es más sencilla la discusión porque o se abre y se cierra inmediatamente, o se centra en el auténtico problema, el tribalismo frente a la razón.

Puede, no obstante, que mi impresión sea errónea. Que sea producto de un exceso de racionalismo. Muchas personas, algunas de ellas inteligentes y moderadas, me han acusado de hiperracionalismo. Yo no creo tener ese defecto, pero he de considerar que mi juicio esté nublado al referirse a mí mismo y que donde vea segundas causas solo exista concurrencia de razonamientos.

Sí padezco, no obstante, de un mal. Lo descubrí, admirado, al leer un maravilloso cuento de Jorge Luis Borges, El soborno. Ese defecto es el del profesor Winthrop. Desde entonces estoy siempre en guardia. Por ejemplo, el párrafo anterior de esta misma entrada seguramente es una manifestación de él.

Solo me queda, al final, ir sumando, y el resultado es deprimente. Según voy discrepando, año a año, voy descubriendo cómo aumentan los tabúes cuando hablo con ciertas personas, algunas de ellas inteligentes y moderadas.

 

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4 comentarios en “Déjame pensar por qué mi amigo tiene razón

  1. La reflexión es oportuna. En nuestro país no hemos alcanzado el estatus propio de aquellos en los que el desarrollo individual lleva a sus integrantes a tener y defender ideas propias al margen de su entorno más cercano. Somos aun harto tribales y así nos va. Las pespectivas de cambio no son halagüeñas, no.

  2. Muchísimas gracias por la referencia a Edward Hall, de la que tomo nota, y que espero que me ayude a racionalizar y precisar esa vaga intuición con la que convivo desde hace muchos años. Creo que también Antonio Muñoz Molina ha venido a concluir algo semejante:

    http://elpais.com/elpais/2013/02/14/eps/1360839234_929729.html

    No he vivido en el extranjero tanto tiempo como para saber si realmente allí las cosas son de otra manera. El sistema universitario, que es inevitablemente un sistema de cooptación, tiende en todas partes a convertirse en un reducto del “grupismo”, pero esto está indudablemente exacerbado en España, donde la cooptación se produce a nivel estrictamente local (desde 1983, en los tribunales de “concurso oposición” para plazas universitarias, dos de los tres miembros eran, de hecho, nombrados “a dedo” por el departamento mismo en que se integraba la plaza, con lo que ésta prácticamente estaba asegurada para el candidato “de casa”; en los últimos años la cosa aún es peor: ahora son los cinco miembros del tribunal los que son designados ‘de facto’ por el departamento convocante). En Alemania, por ejemplo, en la práctica se exige que cada ascenso en la carrera académica implica cambiar de universidad, lo que evita que toda la carrera de un individuo dependa exclusivamente a la fidelidad a un “maestro”. Algo semejante nos pasa en lo relativo al poder político, que está absolutamente controlado por los partidos, los cuales, a su vez, están férreamente controlados por sus respectivos líderes, de forma que no queda ningún margen de maniobra para las opiniones individuales (“el que se mueve no sale en la foto”, dijo aquel señor tan gracioso al que muchos siguen alabando como modelo de político). En el mundo anglosajón, por el contrario, el sistema de elección por distritos mayoritarios lleva a que cada cargo electo se vea obligado a explicitar individualmente sus propuestas a sus votantes directos, por lo que la disciplina de partido es mucho más relajada.

  3. ‘Hoy se bautiza con firmes principios
    en el estricto interés del partido.
    Hazte del club: te podrás disfrazar
    y criticar con total libertad
    a los pardillos que aún no son socios.
    Tú sólo dinos quién vas a adorar
    y ya verás cómo Dios lo bendice.’
    —Bob Dylan, It’s Alright Ma (I’m Only Bleeding)—

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