Aquí hubo un título escandaloso, pero ya no se lee bien


Empiezo a conseguir uno de mis objetivos secundarios al abrir este blog: ¡ganar dinero!

Efectivamente, el éxito se cierne sobre las intenciones ejemplarizantes (uno de los objetivos prioritarios y contradictorio con uno de los secundarios) de este su autor y se manifiesta con ¡encargos manifiestamente mercantiles!

No sé si se acuerdan ustedes de una profesión que va camino de la desaparición: la de habilitado de clases pasivas. Esos señores que se dedicaban a evitar trámites administrativos y cobrar pensiones. Me encanta el nombre: habilitado de clases pasivas. Pues bien, me estoy convirtiendo en un habilitado de afectos activos.

Soy como esos que redactan cartas de amor a las novias. Ya saben, el típico charlatán que sabe hilar cuatro frases hechas de esas que supuestamente gustan a las mujeres. Naturalmente, la novia en cuestión, que no es tonta y que conoce al desdichado maromo, no tiene dudas acerca de la autoría de las frases ardorosas, pero disfruta igual imaginando el esfuerzo del pobre hombre intentando engañarla. ¡Eso sí es amor!

En fin, inicio este consultorio con un encargo de Voyeure, que piensa que, en un tipo faltón y cabroncete como yo, sus buenos deseos para una amiga terminarán sonando más sinceros. Y además, actuando a lo Voyeure, como es ella, que ya la hemos calado, quiere organizarlo todo y que no se note su presencia. Y que yo me lleve el mérito. ¡Por los cojones!

No estoy dispuesto a hacer una mamarrachada así y parecer un monflora. ¿Se imaginan los comentarios? Los de ellas: “oh, qué dulce, qué sensibilidad exquisita”. Los de ellos: “¡Marica, jua , jua! ¡Flooor delicada!”

No, de eso nada. Quiero que quede claro que lo voy a decir de Verónica lo digo por encargo de Voyeure, y que soy un mero instrumento, una correa de transmisión, un puto mercenario del teclado. Y si ven que hablo en algún momento en primera persona, es sólo un recurso narrativo, como si dijera “oh, mi hermosa ninfa de piel aterciopelada” a una desconocida llamada María de la Esperanza.

Y voy a ser fpfositifo. Nada de malos rollos, de echar cosas en la cara de cierta gente. No diré, por ejemplo que hay un montón de patéticos tarados que decidieron sustituir a Verónica, que se había dejado el alma por un proyecto de partido y creado una estructura en Madrid, desde la terca nada, que luego se había ido a vivir a Barcelona, donde sin apenas cobrar un duro, se convirtió en la voz de ese partido que ya tenía entonces taaaantos padres, que trabajó como una bestia, atendiendo a todos, dando la cara, sonriendo, no poniendo problemas a nadie, por mucho que ella los tuviera, respondiendo a todas las demandas, aunque tuviera que inventar las respuestas, haciendo de madre, consejera, secretaria y conciencia, comprendiendo a todos aunque a ella y a sus circunstancias (ese cuarto deprimente) no las comprendiera nadie. Porque, cuando hubo dinero y ya se podían pagar sueldos, la quitaron a ella y pusieron a otras y otros, y todos cobraban como profesionales y eran incapaces de escribir correctamente sus propios apellidos. Y se fue sin decir nada, sin poner problemas, sin hacer ruido. ¡Cagontoslosmuertos de esos desagradecidos que van a desaparecer por el sumidero!

Sí, ser positivo es perfectamente adecuado a una glosa de Verónica. Porque es como un jodido y asqueroso Feng Shui con patas. Cuando era joven y una chica nos parecía muy fea, decíamos de ella que era la antítesis de la lujuria. Pues Verónica es la antítesis del mal rollo. Y eso da muy mal rollo. ¡Quién es ella para complicar tanto las cosas! Si uno quiere mosquearse y tronar, no sé a que viene que te hablen bajito, sosegadamente, y lo que es peor, ¡que te cuenten los argumentos del otro!

En fin, esa actitud suya tan ofensiva y altanera no ha quedado sin castigo. Porque Verónica no tiene amigos. No, yo no la imagino pensando “voy a llamar a mi amiga Juana, o a mi amigo Pepe”. ¡Qué va! Son los amigos los que la tienen a ella. No necesito la imaginación para saber que ellos y ellas sí piensan en llamarla, aunque sólo sea para escuchar su voz, ese acento extraño, “cataleño” y mediterráneo, el sueño del Henares derramado el día que lloraba, sentada y sola, junto a unas enormes cortinas de color oscuro, en el campus de una universidad en un lugar que no recuerdo.

Yo también (recuerden a María de la Esperanza) caí bajo el hechizo. Me llevaba la contraria. Me decía sí y luego hacía no, y me lo explicaba. Y yo siempre decía, “no importa, lo comprendo”. Algún moscón me decía que era incongruente, porque exigía a otros lo que disculpaba en Verónica, pero qué culpa tengo yo de que no tuvieran alma y ahora rumien entre las cenizas porque ni siquiera Caronte quiere hacerse cargo de sus pobres huesos. Qué culpa tengo yo de que pueda juntarme con Verónica y tomarme un café y no pueda hacerlo con ellos sin mirarme la espalda. Joder, uno no es perfecto. Uno tiene aprecio por los buenos momentos. Uno ¡es un jodido epicúreo! Y pudiendo elegir …

En fin, creo que es hora de dejarlo. Porque temo que se produzcan reacciones desaforadas e irracionales. Y el precio no cubre tanto.

¡Ah! Antes de marcharme explicaré el título de esta entrada. La bruja Brazil, que sabía del encargo de Voyeure y que, como buena chismosa, quería tener información privilegiada sobre su contenido, me dijo: “¿quieres tener audiencia?, pon un título escandaloso”.

Eso he hecho.

Felicidades, Verónica.

Fdo.: Voyeure

Un comentario en “Aquí hubo un título escandaloso, pero ya no se lee bien

  1. Un “partido” que hizo lo que hizo con Verónica, no es de extrañar que se haya convertido en lo que se ha convertido.

    (Creo yo.)

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