El diablo existe

 

Se dice que no hay español que no lleve un entrenador de fútbol en su interior. Vamos camino de que no haya español que no lleve dentro un politólogo.

Los políticos —y los tertulianos— han conseguido que nos vayamos convenciendo de que es más importante el juego que el fin. En esto es superior el fútbol. En realidad, en el fútbol lo único importante es ganar (supuestamente dentro de las reglas). Ganas y ya está. Se agota en sí mismo. En la política se supone que ganar es el paso previo para lo importante: gobernar y legislar en beneficio de todos —sí, de todos—. Uno comprende que a los profesionales y a los socios de los partidos políticos —es decir, a sus afiliados— les importe básicamente el triunfo, pero lo sorprendente es que nos han convencido a los demás de que esto también debe importarnos.

Sigamos con el ejemplo: el hincha de un equipo quiere que su equipo gane. El aficionado al fútbol solo quiere ver un buen partido. Hay más de los primeros que de los segundos, pero es lógico; el fútbol es un espectáculo tribal e inofensivo, y en el hecho de ser ambas cosas está su virtud.  Por la misma razón, porque esa mala pasión se agota en sí misma. La política no es inofensiva.

En un mundo racional, el político que supiese que el votante es racional haría lo siguiente:

1.- Explicaría, al votante, que tiene un análisis de la realidad y cuál es.

2.- Explicaría qué hay que cambiar o potenciar o simplemente mantener.

3.- Explicaría cuáles son las consecuencias de esas políticas, y los análisis basados en datos y procedimientos racionales utilizados para llegar a esa conclusión; consecuencias en ese sector de la realidad y en el resto.

4.- Explicaría específicamente cuál es el coste de esa política, entre otras razones para saber si es posible.

5.- Explicaría las razones éticas por las que esa política debe llevarse a la práctica.

En un mundo racional, el político intentaría convencer a los demás de que sus planteamientos son adecuados, incluso aunque fuesen minoritarios o estuviesen mal vistos. El político utilizaría todos los datos, también aquellos que nos explican por qué a veces nos comportamos irracionalmente, para provocar un cambio a favor de sus tesis.

Esos cambios se producen: nuestras sociedades han evolucionado. Los valores dominantes cambian. El racismo está mal visto; la homosexualidad ya no —al menos en la mayor parte de los países occidentales—.

Sé que el planteamiento anterior parece ingenuo y reduccionista —ya escucho las voces de su politólogo interior—, ya que ese mundo que describo es imaginario y hay que ganar para hacer (y el mundo está lleno de intereses y grupos de interés); pero lo es también precisamente por no hacer el esfuerzo de decir, al que nos habla de cómo ganar el partido, que me da igual, que, como votante, me tiene sin cuidado el futuro político de una persona o de una organización, y que cambiaré de canal si el partido que dan en otra cadena es más divertido. Es una cuestión de énfasis: cómo van a aparecer líderes que empujen a la sociedad en una dirección y que no se vean arrastrados a la desgana y la mediocridad, si penalizamos precisamente al que lo intenta y premiamos al que solo tiene como programa su supervivencia y nos vende solo ese producto; como si fuésemos sus colegas o sus asesores o espectadores de un repulsivo reality show; como si obtuviésemos de ello algún beneficio.

Debemos dejar de comportarnos, respecto de los políticos, como accionistas de sus marcas, y empezar a comportarnos como consumidores. Eso sería progresismo auténtico.

Que haya tantos politólogos opinando es una mala noticia —salvo para ellos—. Sería el equivalente a una presencia masiva de publicistas. Es curioso, esto se da poco. Pocas veces los publicistas nos enseñan sus trucos. Tampoco los magos. Saben, imagino, que enseñarlos es ponernos en guardia, acabar con su negocio. En gran medida, el fin de la política se jode cuando nos apuntamos sentimentalmente al carro del discurso sobre qué hacer para ganar —cuando, además, esa supuesta información privilegiada también está repleta de mentiras y trampas—.

Ese discurso siempre estará ahí porque es efectivo. El mago sigue haciendo trucos y el publicista puede que nos venda algún producto peor que el de la competencia, pero no deben pasarse. Si al primero le vemos la carta bajo la manga o al segundo el meme bajo la falda, a lo mejor ya no le contratan. Sin embargo, seguimos comprando al político que nos enseña todas sus miserias, alabando lo inteligente que es engañando a los otros, cuando los primeros engañados somos los que creemos que esto lo convierte en un buen político.

El gran éxito del diablo fue convencernos de que no existía; el gran éxito del político fue convencernos de que lo importante es que él gane elecciones.

 

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3 comentarios en “El diablo existe

  1. España es un país en el que, si la gente votara segun sus intereses y no según su sectarismo, el PP sacaría siempre 300 diputados.

  2. Dé rienda suelta a su hemisferio izquierdo y no sea tan racional. De lo contrario, se ‘encabronará’ muy a menudo.

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