Anacronismos

 

Idi Amín, esa demostración kelseniana, se autodenominaba Excelentísimo Presidente Vitalicio, Mariscal de Campo Al Hadji Dr. Idi Amin, Señor de Todas las Criaturas de la Tierra y los Peces del Mar, y Conquistador del Imperio Británico en África en General y Uganda en Particular.

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Así llama, anacronismo histórico, René Grousset, al imperio Dzungaro, porque chocaron contra los jesuíticos cañones de los manchúes y contra los mosquetes de los moscovitas. Pero ellos sí eran conquistadores.

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Quizás sólo le faltó a Tsevanrabtan la experiencia infantil de Lautaro. Dicen que el jefe mapuche murió con la espada de Valdivia en la mano. Seguro que el khan habría sabido que hacer con los abalorios de K’ang-hsi.

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Li Chengliang, el general de los Ming, tenía dos marcas de nacimiento en los pies. Nurgaci, a la sazón sirviente en su casa, le preguntó por su significado y el general respondió que eran los signos del destinado al mando. Nurgaci, joven e inexperto, le cuenta al general que él tiene seis de esas marcas, y el general se espanta y decide asesinarlo. Pero se lo cuenta a su mujer, que advierte al joven manchú. Este huye, robando un caballo negro y un perro.

El imperio Qing (negro) lleva ese nombre en honor del caballo en el que huye Nurgaci, y los perros le debieron la paz, porque prohibió su sacrificio a lo largo de sus dominios.

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Yermak, atamán de los cosacos del Don, follonero y vividor, huyó de los rusos al topar con los Stroganov. Los comerciantes tenían un papel del Zar que les autorizaba a hacerse con un cuarto del mundo. Eso mismo que ya habían hecho los españoles con sus capitulaciones y que harían los europeos con las señales de los jefes africanos. Se pusieron de acuerdo: Yermak aportó sus quinientos hombres, los Stroganov trescientos más, y armas, municiones y bagajes. El cosaco inició la carrera hacia el este, el espejo de la que tendría lugar doscientos años después en tierra de indios, y acabó con el kanato de Sibir.

Yermak murió porque le pesaba demasiado su armadura y las aguas que van al Irtysh le hicieron pagar la traición a los principios del nómada.

Mientras, los rusos ya estaban construyendo fuertes.

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El Señor de Todas las Criaturas de la Tierra y los Peces del Mar murió en Arabia en 2003. También era Rey de Escocia.

Notas

 

El otro día conversábamos algunos sobre el suicidio y los suicidas, sobre las razones y la responsabilidad, sobre química y porcentajes. Comentarios de madrugada intrascendentes. Como ese en el que hablaba de clasificar a los suicidas. Pensaba en un punto de partida que distinguiría entre los que intentan no hacer daño a nadie, aquellos a los que el dolor que pueda derivar de su acto les deja indiferentes, y aquellos que buscan un fin externo en su muerte: provocar el sufrimiento a otros. Estos últimos, a pesar de la perplejidad que puedan producirnos, son los que menos me interesan, porque su venganza, sea privada —el que se mata para joder a su mujer o a sus padres, por ejemplo—, o sea pública —el terrorista sucida que se mata y mata a personas a las que no conoce para vengarse de los «americanos», los «capitalistas» o los «paganos»—, se basa en una creencia similar e infantil: la proyección al futuro de sus actos para contemplar las consecuencias, a pesar de que esa proyección es imposible. No hay nada más tonto que vengarte matándote: aumenta con ello tu saldo deudor personal respecto al objeto de tu venganza; pero eso no lo entienden los que creen que podrán leer las noticias con las declaraciones de sus víctimas a pesar de estar muertos.

Los más interesantes son los primeros. Me interesan sobre todo —si son sinceros— la enormidad del peso que inclina la balanza y la posibilidad de que el dolor por la preocupación del acto que desean sea una paradójica mecha para el suicidio. Es como si el dolor que prevén y que querrían evitar se convirtiese en una razón más para matarse, un auténtico círculo vicioso.

Taniyama era un matemático japonés. En su biografía aparecen una enfermedad grave en la adolescencia, la interrupción de sus estudios por la guerra, el traje, verde metálico, que llevaba siempre, sus decisiones sobre los cordones de los zapatos y su aparente vagancia. Esas cosas que nos «explican» a los demás de qué bicho hablamos. También aparece la razón fundamental de su fama, la conjetura, finalmente probada por Wiles, acerca de la relación entre las formas modulares y las curvas elípticas. Eso está muy bien, y gracias a eso sabemos qué dijo antes de matarse, porque sus palabras dejaron de ser privadas.

Taniyama tenía treinta y un años cuando se mató. Estaba a punto de casarse y su trabajo matemático empezaba a ser reconocido fuera de Japón. Escribió una nota en la que decía:

 

Hasta ayer, no tenía la intención definitiva de suicidarme. Más de uno debe haber notado que últimamente estoy cansado tanto física como mentalmente. Yo mismo no lo entiendo del todo, pero no es el resultado de un incidente particular, ni una cuestión específica. Simplemente quiero decir que he perdido la confianza en el futuro. Quizás mi suicidio pueda perturbar o ser un duro golpe para ciertas personas. Espero sinceramente que este incidente no ensombrezca la vida de esta persona. En cualquier caso, no puedo negar que esta es una especie de traición. Excusad mi comportamiento. Es el último acto que hago a mi manera, como he venido haciendo toda mi vida.

La nota se completaba con explicaciones acerca de sus últimos trabajos y disposiciones sobre sus bienes. En particular, decía algo muy perturbador sobre su prometida: «me gustaría dejar mis discos y tocadiscos a Misako Suzuki, suponiendo que no esté enfadada conmigo por dejárselos».

Si lo lees deprisa, parece enormemente frío. Sin embargo, ella no se enfadó. Se suicidó unas semanas después y, continuando con la tradición, escribió una nota: «nos prometimos mutuamente que, sin importar adónde fuéramos, nunca nos separaríamos. Ahora que él se ha ido yo debo ir también para reunirme con él».

Taniyama, experto en precisión, escribió «quizás» y «una especie». No se trataba, naturalmente, de mentir o mentirse. Qué insalvable y hermosa distancia con un vociferante.