Para acabar con Arcadi Espada y otros relatos

 

Durante el año 2006 escribí muchas cosas en el blog de Arcadi Espada. Como soy un descuidado y casi siempre escribo directamente en las ventanas de comentarios de los blogs, no conservo casi ninguno de los cientos de comentarios escritos durante ese año. Sin embargo, mientras limpiaba mi ordenador de bártulos inútiles, me he encontrado con tres pequeños relatos protagonizados por el detective Kurtz. En el primero de ellos utilizaba como fundamento (incluso copiando literalmente el comienzo) uno de los capítulos del magnífico Como acabar de una vez por todas con la cultura, de Woody Allen. Lo llamé Para acabar con Arcadi Espada porque en aquel momento Arcadi estaba a punto de salir de El País y pasar a El Mundo. Entonces no conocía a ninguno de los nicks que aparecen mencionados en el relato (algunos de manera subrepticia, a ver si los descubren) y fui totalmente irreverente con ellos. Espero que no les moleste (sobre todo a mi querida Cvalda, que aparece como traidora y femme fatale). El protagonista, Kurtz, era un nick del blog de Espada. No sé que fue de él. He tenido que completar el relato porque lo guardé sin su final. Prueba evidente de mi dejadez.

En el segundo utilizaba como fundamento un segundo relato de detectives de Woody Allen (tiene el mismo protagonista) que leí en Sin plumas.

El tercero es totalmente de cosecha propia.

Los junto y los publico.

I

PARA ACABAR CON ARCADI ESPADA

Estaba sentado en mi despacho limpiando el cañón de mi 38 y preguntándome cuál sería mi próximo caso. Me gusta ser detective privado. Cierto, tiene sus inconvenientes, me han dejado más de una vez las encías hechas papilla, pero el dulce aroma de los billetes de banco tiene también sus ventajas. No hablo siquiera de las mujeres que son una preocupación menor para mí y que coloco, en mi escala de valores, justo antes del acto de respirar. Por eso, cuando se abrió la puerta de mi oficina y entró una rubia de pelo largo llamada Selma, con la cara de Julie Christie y el culo de Mónica Bellucci y me dijo que necesitaba mi ayuda, mis glándulas salivares se pusieron a segregar como locas.

— ¿Qué puedo hacer por ti, muñeca?

— Estoy buscando a una persona, señor …

— Llámame Kurtz. ¿A quién buscas?

— Busco a AE.

— ¿Quién?

— AE, Dios, El Creador, el Principio Universal, el Ser Supremo, el Todopoderoso, el Webmaster. Quiero que lo encuentre.

— ¿Por qué?

— Eso es asunto mío, Kurtz.

— Lo siento, bombón, si no me das toda la información …

— Vale, vale … – dijo mientras acariciaba un ejemplar de La Decadencia de Cataluña y dejaba a un lado la aspiradora.

— Te he mentido, Kurtz, en realidad me llamo Cvalda. Y soy … –temblaba al decirlo-, más bien estoy … –me daba pena y a la vez me estaba dando taquicardia- estoy interesada en las cosas que pasan en el mundo.

Por fin lo había dicho. Me contó que había conocido a un hombre al que ella llamaba cariñosamente el desayuno de los campeones, con el que había descubierto toda clase de juegos sexuales, y que de ahí habían pasado a ver los telediarios, de ahí a los debates y de los debates a los periódicos. La típica historia de descenso a los infiernos. Finalmente habían descubierto el BLOG, y había dejado de desayunar, je, je. Lo contaba con ojos febriles. Vale, es cierto, no sé cómo tenía los ojos, yo sólo miraba sus estupendas tetas.

No le bastaba con lo mismo que a los demás, ella quería hablar con AE, no tener que depender de sus silencios o sus mensajes crípticos. Vamos que quería línea con el gran jefe.

Acepté el trabajo y le dije que se esfumara. No quería que viera el enorme bulto que tenía en la entrepierna.

Pensé, quizás AE exista, o quizás no, pero en alguna parte de esta ciudad con seguridad había un montón de tipos que iban a tratar de impedirme averiguarlo.

Mi primera pista me llevó a una mansión algo destartalada. Me abrió la sirvienta, una mujer entrada en años con un besugo entre las manos. ¡Buf! A mí con esas, pensé. Al fondo se oían gritos de rabia. Era el Marqués, lanzando contra la pared un cordón umbilical. El asunto se les había ido de las manos.

— ¿Qué desea? –me preguntó el besugo.

— Quiero hablar con el que manda en el sindicato.

— Aquí no hay ningún sindicato, señor.

Tuve que ponerme duro. Y créanme surtió efecto. En menos de treinta segundos estaba en una habitación y, allí, un sujeto con una enorme panza estaba enfrascado con la Lógica de Hegel.

— ¿Qué quiegues?

— Donde esta AE.

— ¿Qué AE?

— ¡Este!

Lo estampé contra el suelo y miré bajo sus pies descalzos. Efectivamente, en la planta de cada pie, había una foto de Dios.

Berreaba como un cerdo. Empezó a decir que no le conocía, que ni siquiera sabía si existía, que las fotos se las habían mandado con un fajo de billetes … Lo de siempre. La culata de mi 38 le sacó una dirección. Pregunta por Atleta me dijo.

Era un gimnasio. En las paredes los mismos calendarios con las mismas chicas y una lista con los próximos combates: “El Potro cateto contra Bil lethal weapon”, “Antonio perro rabioso contra la Muerte Roja Verse” …

Entonces oí los gemidos. Eran brutales. Pegué una patada a la puerta y allí estaban. Una hembra con un cuerpo que quitaba el sentido y un maorí enorme lleno de tatuajes en una posición que habría jurado era imposible.

— ¡Ahhhhh! -gritó ella mientras se tapaba con un “shéitl”– ¡Haz algo!

El maorí se puso a decir cosas sin sentido y tuve que atizarle con un libro de un tal Rudolf Baehr que llevaba en el bolsillo.

— ¿Dónde está AE?

— No lo sé …

— Todos dice que sí.

Empezó a sollozar.

— No lo sé, de verdad, es sólo un bulo que hice correr para hacerme el importante…, es mi musa, lo entiendes ¡¡¡miii musa!!!

Joder, a este tío le está dando un colapso, pensé, mientras le metía mano a la chavala.

En ese momento recibí una llamada. Era el inspector qtyop.

— ¿Sigues buscando a AE?

— Sí.

— ¿Dios, El Creador, el Principio Universal, el Ser Supremo, el Todopoderoso, el Webmaster?

— Sí.

— Un tipo que se ajusta a la descripción acaba de aparecer en el depósito de cadáveres. Mejor que vengas a echarle un vistazo.

El empleado del depósito me resultaba vagamente familiar. Tenía un aspecto triste y las manos llenas de tinta.

Dentro me esperaba el inspector, con el sargento Mercutio, un tipo recio, de esos que encandilan a las mujeres.

— Ha sido cosa de un estructuralista, no ha dejado nada al azar. No hay nada gratuito, cada golpe, cada puñalada, se ha hecho siguiendo un sistema. Este cabrón quiere decirnos algo.

El empleado del depósito se puso pálido, pero yo sabía que me estaban tendiendo una trampa.

En la calle, recordé la primera conversación con Cvalda. Bueno, primero recordé sus tetas, pero eso no viene al caso. La llamé y me dio su dirección.

Al llegar a su casa, me recibió casi desnuda.

— ¿Qué has averiguado cariño?

— Que no existe.

— No puede ser, existe, estoy segura.

— ¿Cómo puedes estarlo?

— Porque …

En ese momento se calló. Pero allí estaba la prueba. Sobre la mesa había un ejemplar de La Rusa.

— Querida no puedes engañarme, sé quien te manda y sé que lo has matado. No soportabas que ahora fuera de todo el mundo.

— No Kurtz, fue un accidente –me dijo sollozando– sólo quería despedirme de él.

Y lo decía dejando caer su bata de seda. Soy un tipo duro, pero esto era demasiado. No puede exigirse a nadie pasar por esto. Tuve que matarla. Mientras la veía morir le dije:

— Consuélate, pronto podrás ver el mundo por dentro.

II

EL OFICIO MÁS VIEJO

Cuando se es investigador privado, uno ha de aprender a confiar en sus corazonadas. Por eso en el momento en que un tipo tembloroso como un flan llamado (CENSURADO) entró en mi oficina y puso las cartas sobre la mesa, debí haber hecho caso del escalofrío glacial que sacudió mi espinazo.
— Busco al investigador privado, un tipo llamado Kurtz -dijo-; ¿sabe donde está?

— Lo tiene delante, amigo, ¿qué quiere?

— Necesito ayuda, me están haciendo chantaje.

El tipo llevaba una camisa de rayas de color naranja, una corbata con pequeños paramecios rosados y tenía el pelo moreno, largo y ondulado, con largas patillas. Olía a gaviota que apestaba.

— Cuénteme.

— Es algo delicado. Por las noches, cuando nadie mira … leo blogs izquierdistas. He llegado en alguna ocasión a intercambiar textos de Gramsci por email. Le hará gracia, mi nick es …

— No me interesa, siga.

— A mí no me bastaba con eso, yo quería algo más personal. Y en estas, un tipo del partido me habló, ya sabe, de una profesional. Habían pillado a un diputado autonómico en una cafetería de Huertas intercambiando libros con ella. El asunto se tapó, pero …

— Abrevie -le dije-.

— Conseguí su número y llamé y me dijeron que por una módica suma me enviaban a alguien … ya sabe para intercambiar ideas contigo ¿Comprende?

— No del todo.

— Entiéndame Kurtz, yo soy fiel al partido. Y las experiencias allí no son malas. Hablamos de Friedman y Fukuyama. Incluso hay un compañero que cita a Dennet. Pero siempre hay alguien que sale con Moa. Yo necesitaba más. Sólo de vez en cuando …

Así que era uno de esos maricomplejines que se pierden por una discusión profunda.

— Lo malo es que me han grabado diciendo que el Estatuto no está tan mal y hablando de nación de naciones.

— Ya, y ahora la suma ya no es tan módica ¿verdad?

Pobre tipo. Enredado en el viejo tinglado de la prostitución. Acepté el asunto y le alivié de algo de su peso, je, je.

En el número de teléfono contestaba una mujer de voz agradable, como de azafata de IFEMA.

— Hola, me han dicho que hable con Uds., que me pueden conseguir un rato agradable. Me gusta, ya sabe, intercambiar opiniones …

— Claro cariño. ¿De qué tipo? Por tu voz, supongo que quieres una reaccionaria a la que mandar a la cocina.

— No, no. Me interesa el asunto del Estatuto desde una posición de izquierdas.

— A favor o en contra.

— ¿Qué diferencia hay?

— El precio, cariño, el precio. A favor es más barato.

— Si puede ser en contra …

— Lo que tú quieras, cariño.

Nos pusimos de acuerdo en el precio y le di el número de una habitación de hotel. Una hora más tarde llamaron a la puerta. Allí estaba ella y os aseguro que sabían satisfacer las fantasías de cualquiera: pelo corto, botas de montañero, chaqueta de camuflaje verde. En banderola lleva una especie de bolso negro, enorme.

— Hola, me llamo Pilar.

— Me sorprende que no te haya detenido el de seguridad del hotel vistiendo así, suele distinguir a las intelectuales.

— Le he pasado una copia de una ponencia de Esquerra. No veas como babeaba el cerdo. ¿Empezamos?

— Vale, ¿qué te parece si hablamos del Estatuto como la imagen religiosa de ritos atávicos de paso?

— Claro, no hay duda de que supone una regresión a arquetipos colectivos que pretenden la subyugación del ciudadano a través de imaginarios grupales.

— Pero –quería saber si valía para el oficio– es indudable que el concepto nación no es una simple elaboración formal, que es una sub o superestructura de fuerzas complejas de poder articulado.

— Sí, sí, pero el Estatuto las eleva a categoría originaria, cometiendo el pecado original de los discursos fascistas.

Vaya si valía, pero aunque apenas tenía treinta años, ya mostraba la ductilidad encallecida del político profesional. Todo mecánico, fingiendo placer, y sin esa chispa en los ojos de la intuición verdadera. Cuando terminamos le pregunté si podíamos organizar una fiesta. Un debate abierto sobre este mismo asunto. Con otros clientes que tuvieran, digamos, el mismo tipo de debilidad.

— Te va a costar muy caro.

— Eso no importa, tengo unos chanchullos en la FAES.

Me dijo que tenía que consultarlo. A los pocos días, recibí una llamada:

— Está hecho, cariño. Vamos a ser bastantes, unos dos mil, así que vamos a reunirnos en un cine.

Le pasé la información al comisario de antivicio, un tal Colomines. La redada estaba montada. Lo demás, supongo, lo han visto en la televisión. En el momento en que empezó el desmadre, con lo del bilingüismo, el laicismo y demás, intervino el mocerío. Y Colomines, el muy cabrón, atribuyéndose el mérito mientras contaba, uno a uno, a los detenidos que iban entrando en las lecheras.

Al menos (CENSURADO) ha quedado satisfecho. Ahora sólo lee la sección de ciencia de El Mundo.

III

EL PROCESO

Estaba en las carreras de galgos cuando me llamó mi secretaria, una rubia miope llamada Vele a la que contraté porque es bilingüe. No me miren mal, las posesiones demoníacas están a la orden del día. Es útil tener cerca a alguien que hable sirio.

Me dijo:

— Jefe, tengo aquí a un guapo de ojos azules que necesita sus servicios.

Volví a la Oficina. Allí estaba. Alto y desmañado, con pinta de no haber roto nunca un plato. Le conocía. Era el nuevo concejal, un tipo gris al que nadie hacía mucho caso. Todo el mundo decía que era un tapado de alguien.

— ¿Kurtz?

— Sí, concejal.

— ¿Me conoce?

— Claro, he oído hablar muy bien de Ud.

— Yo también he oído hablar de Ud. Me han dicho que es el hombre que necesito.

Manoseaba, nervioso, un libro sobre inteligencia emocional. Uno que había hecho de oro a un listo del barrio.

— He recibido esto.

Me largó un papel arrugado, en el que, entre borrones se podía leer dos palabras “suerte” y “agridulce”. Y por la otra cara aparecía una dirección MAESTRO ETO’O ESPIRITISMO, CURAMOS TODO, HASTA LA PENA DE MUERTE.

— ¿Y qué? -le dije-, será un menú de un restaurante chino.

— No, no –parecía febril- es una respuesta, lo percibo.

— ¿A qué pregunta?

— Ya me dijeron que era un cínico, Kurtz …

El sujeto parecía haber perdido la chaveta, pero la pasta es la pasta, así que le dije que lo investigaría. Llamé al consultorio del tal Eto’o y me dieron cita para una sesión de espiritismo. Por si acaso, cogí mi 38; para los fantasmones no hay nada como una ración de plomo. El local estaba en el este de la ciudad, en el barrio de los comerciantes. Dentro, en una habitación oscura, ya estaban sentados varios sujetos y una chai, alrededor de una mesa. Entró un negro vestido con una túnica blanca; en la espalda ponía ETO’O y un 9. Empezó a largar en un idioma extraño, en plan homilía. Menos mal que tenía mi grabadora secreta. La puse a funcionar a la vez que magreaba las piernas de mi vecina, que no protestó en absoluto. De repente, cambió la voz. Ahora parecía un anciano. Empezó a decir “paaaz, humiiilddeees”. Los de la mesa debían saber quien era el tío que largaba, porque se pusieron a temblar. Uno de ellos dijo: “abuelo, quiero saber”.

— Haz tu pregunta –susurró la voz.

En ese momento dije:

— Suerte, agridulce.

Joder, parecía que le hubiesen dado con una pala en la cabeza. Cayó derrumbado, gritando “post hoc, post hoc”.

Me largué, no sin antes explicarle a la chai los misterios del inframundo. En mi Despacho puse a funcionar la grabadora, a ver que farfullaba el maldito brujo:

“Egtasiap nu taledom ah, Arutluc anu i augnell Anu tinifed ah aynulatac”

Indescifrable. Llamé al inspector qtyop, me debía una desde que le resolví lo del asesino entrópico.

— Kurtz, a ese Eto’o le tengo vigilado. Tiene que ver con la mafia del barrio norte.

Así que era eso. El crimen organizado. Tuve una corazonada. Me marché a ver al Fiscal del Distrito. Como era italiano, de Génova, conocía bien a los mafiosos.

— Kurtz, tú por aquí. ¿Qué podemos hacer por ti los chicos de la Ley y el Orden?

Como si no conociera los chanchullos que se traían con las tuneladoras.

— ¿Los de la mafia están intentando llegar a un acuerdo?

— ¡Estás loco! Ya sabes que he jurado encerrarlos a todos.

— Y qué me dices de tu predecesor en el cargo, ¿no es verdad que habló con ellos?

— Eso es una mentira bolchevique. Les quiso tender una trampa para trincarlos, pero alguien les dio el soplo. ¿Por qué lo preguntas?

Su negativa me dio todas las claves. Inventé una respuesta rápida y cité a mi cliente. Entró en mi oficina con una mano dentro de la gabardina y un coleccionable de Orbis-Fabbri en la otra, el número 2 de Tus cuentos clásicos.

Le dije que se sentara, tenía una información para él.

— Ya sé quien le ha mandado esa nota, concejal.

— ¿Quién, quién?

— Ud. mismo.

— ¡Miente!

— Déjeme terminar. Su carrera política es un desastre. Le tienen para redactar la ordenanza de aguas fecales. Pero quería más, ¿verdad? Quiere acabar con el crimen organizado, ser el nuevo Elliot Ness. Por eso me trajo la nota. Ellos lo entenderían.

En ese momento sacó la pistola que llevaba guardada.

— No podrá detenerlo. Ya ha empezado. Gracias a Ud., Kurtz, ha llegado el mensaje. Y terminará la violencia. Habrá que hacer algunas concesiones, no tocar los negocios en los muelles, y que los jefes encerrados pasen a cárceles de mínima seguridad. Pero no importa, la opinión pública sabrá que estaba trabajando en esto, que estaba luchando por esto, que será largo, duro y difícil.

Saqué rápidamente mi 38. El tipo terminó como un colador. Alguien como yo no puede vivir sin el crimen.

 

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2 comentarios en “Para acabar con Arcadi Espada y otros relatos

  1. Yo empecé en el blog de AE escribiendo como Kurtz. Después de un tiempo sin entrar volví y había otro Kurtz, así que me cambié. Seguramente se refiere usted al segundo, pues yo solo estuve unos meses como Kurtz.

  2. ¡Qué tiempos aquellos, qué tiempos perdidos! Y estábamos convencidos que eran malos remalos, no podíamos imaginar que vendrían tiempos peores. Lo mismo podemos decir hoy. Pero mañaana serán harto peores. Hasta los blogs, aquellos en los que nos desoyábamos vivos, eran más trataables que estos. Y los tertulianos de hoy, qué me dice de ellos, aquelos parecían lelos ¿pero estos?, estos parecen sabios plurinacionales que han encontrado la fórmula áulica; acabar con e nefasto bipartidismo. Cuando termine se abrirán las compuertas del cielo, in cielo que para entoces ya habrá sido asaltado por los salteadores de caminos celestiales

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