El hombre que nos mira

 

No sé muy bien cómo escribir esta entrada. Cuando era niño, una de mis películas favoritas (y quizás, si lo pienso, debiera quitar el plural) era Caballero sin espada y, sin embargo, Stewart no me gustaba. No me gustaba del todo. Sí, era totalmente convincente, pero eso sucedía al final, cuando iba olvidando los momentos extraños en los que tartamudea y mira entontecido, como si viese a la Virgen María; esos momentos empalagosos que, algo después, atribuí al doblaje, ignorando que hablaba igual en inglés. Porque al final se le rompe la voz y se rompen los corazones, y eso era lo importante. Escuchaba que su apariencia de fragilidad —ese mandil del Hombre que mató a Liberty Valance— explicaba el efecto posterior. La idea del ciudadano que no sabe usar sus puños, al que se le atasca la pistola en la cartuchera cuando intenta desenfundar, pero no sé si llegué a creerlo, porque luego lo veías en Winchester 73, o en Dos cabalgan juntos. Puede que no me explique: ¿es la misma persona la que quiere, con un jersey espantoso, atrapar la luna con un lazo, y el hombre que abraza a su hijo, desesperadamente, en Qué bello es vivir?

Así que tuve que pensar que algo raro pasaba. Algo poco natural. Hitchkock lo debió ver también cuando le convierte en mirón y necrófilo. Quizás fuese ése el auténtico Stewart, el enajenado que mira así (1’25”):

Pero al final he decidido que no. Que, pese a todas sus dotes, sin la música wagneriana, con el acorde cuando reaparece la muerta, sin la puesta en escena, sin la iluminación y el decorado, sin el contrato y la profesión, Stewart no besaría a un cadáver.

Se cuenta que en el Palace de Madrid no se admitía a actores y a otros sujetos de vida inmoral. James Stewart vino a España, allá por los años cincuenta, y quiso alojarse en el hotel. Al parecer lo rechazaron. Indignado, se marchó, se puso su uniforme de general del ejército estadounidense y volvió. No sé si la anécdota es cierta. Pero me sirve, porque la novia lo coge del brazo y le obliga, nerviosa y afectuosamente, a levantarse. James Stewart mira alrededor, nos mira a todos con reproche y luego se mira a sí mismo, avergonzado, y baja la cabeza, allá a la izquierda, mientras la inefable cámara de Borzage se desliza.

Y el que mira sí es James Stewart.

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Un comentario en “El hombre que nos mira

  1. No conocía esa película. Sí la debió conocer Bob Fosse, cuando diseñó la que transcurre en un Biergarten, en Cabaret. Impagable, “tomorrow belongs to me”

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