La gran apuesta

 

Estuve viendo hace unos días la película “La gran apuesta”. Merece mucho la pena, a pesar de algunos peros que tienen que ver esencialmente con no ver el pero de que una stripper tuviera cinco casas y un edificio y pese a ello nadie se pregunte qué tenía la stripper en la cabeza (y valga la stripper como arquetipo de algo que sigue sin hacerse) y qué parte de responsabilidad le toca. Precisamente el haberla visto me lleva a rescatar una entrada que escribí el 17 de noviembre de 2008.

Supongo que todos ustedes habrán leído el texto de la declaración de la reunión de Washington, ése que comienza “Nosotros los líderes” y que le ha servido a El País para titular y hacer un chiste. Miren, miren …

El texto (no se les ocurra leer la versión de El Mundo, que parece realizada con el traductor de El Mundo) es lo largo y lo impreciso que merece la ocasión. Y, además, incluye ejemplos de todos los géneros literarios.

Por ejemplo, del género fantástico:

Al tiempo, debemos poner las bases para una reforma que nos ayude a asegurarnos de que una crisis global como esta no volverá a ocurrir”, o “Las instituciones financieras deben también asumir su responsabilidad por las turbulencias y deben poner de su parte para superarlas, reconociendo las pérdidas, mejorando la transparencia y reforzando sus prácticas de gobierno y control del riesgo.

O del de terror:

El FMI y el FSF ampliado y otros reguladores y órganos deberán desarrollar recomendaciones para atenuar las políticas procíclicas, incluyendo la revisión de la valoración de los apalancamientos, bancos de capital, retribuciones de ejecutivos, y prácticas de provisiones que pueden resultar exageradas para las tendencias del ciclo.

La literatura infantil:

Mientras avanzamos, estamos seguros de que mediante la colaboración, la cooperación y el multilateralismo superaremos los desafíos que tenemos ante nosotros y nos permitirá restablecer la estabilidad y la prosperidad en la economía mundial.

La novela romántica:

Los supervisores deberían colaborar para establecer compañeros supervisores para todas las grandes instituciones financieras transnacionales. Los altos cargos de bancos globales deberían reunirse regularmente con sus colegas supervisores para discutir sobre la actuación de las actividades que llevan a cabo las firmas y los posibles riesgos a los que se enfrentan.

La de ciencia ficción:

También haremos regímenes regulatorios más efectivos a lo largo del ciclo económico, mientras que nos aseguramos de que la regulación es eficiente, sin ahogar la innovación, y anima el crecimiento del comercio de productos financieros y servicios.

O la poesía dadaísta:

Mantenemos el compromiso para afrontar otros desafíos críticos, como la seguridad energética y el cambio climático, la seguridad alimentaria, el cumplimiento de la ley, la lucha contra el terrorismo, la pobreza y las enfermedades.

En fin, un batiburrillo wishfulthinkingiano en el que se repiten constantemente palabras y giros como “esfuerzo”, “ayuda”, “regulación pero …”, “debemos”, “comprometemos”; lleno de referencias al futuro y con pocas al pasado. Como si en el pasado no hubiesen existido muchos compromisos iguales o parecidos, muchos esfuerzos, muchos “debemos” que no se han cumplido.

El texto dice, por ejemplo:

3. Durante un periodo de fuerte crecimiento global, crecientes flujos de capitales y prolongada estabilidad en esta década, los actores del mercado buscaron rentabilidades más altas sin una evaluación adecuada de los riesgos y fracasaron al ejercer la adecuada diligencia debida. Al mismo tiempo, las poco sólidas prácticas de gestión del riesgo, los crecientemente complejos y opacos productos financieros y el consecuente excesivo apalancamiento se combinaron para crear debilidades en el sistema. Las autoridades, reguladores y supervisores de algunos países desarrollados no apreciaron ni advirtieron adecuadamente de los riesgos que se creaban en los mercados financieros, no siguieron el ritmo de la innovación financiera ni tomaron en cuenta las ramificaciones sistémicas de las acciones regulatorias locales.

¿No notan algo? Yo lo habría redactado así:

3. Durante un periodo de fuerte crecimiento global, crecientes flujos de capitales y prolongada estabilidad en esta década, los actores del mercado encontraron la oportunidad de obtener rentabilidades más altas sin riesgo para ellos, utilizando los crecientemente complejos y opacos productos financieros. El consecuente excesivo apalancamiento les importaba un pepino porque nadie estaba interesado en una evaluación adecuada de los riesgos y porque las autoridades, reguladores y supervisores de los países desarrollados vivían de puta madre sacando pecho, a pesar de no enterarse de lo que los *actores* llamaban *innovación financiera* y que eran versiones llamativamente modernas del viejo timo piramidal. Por esa razón no tomaron en cuenta las ramificaciones sistémicas de las acciones regulatorias locales, o lo que es lo mismo no las tomaron en cuenta porque vivían en un mundo permanente de vacaciones pagadas.

Es acojonante que el texto esté escrito de manera que la culpabilidad recaiga sobre todo el mundo. A eso se le llama socialización de la culpa. Y es acojonante sobre todo porque afirma lo siguiente:

Admitimos que estas reformas sólo tendrán éxito si se basan en un compromiso con los principios del libre mercado, incluyendo el imperio de la ley, respeto a la propiedad privada, inversión y comercio libre, mercados competitivos y eficientes, y sistemas financieros regulados efectivamente. Estos principios son esenciales para el crecimiento económico y la prosperidad y han hecho que millones de personas abandonen la pobreza y han contribuido significativamente al aumento de calidad de vida en el mundo. Reconociendo la necesidad de aumentar la regulación del sector financiero, debemos evitar la sobrerregulación que podría dañar el crecimiento económico y exacerbar la contracción de los flujos de capital, incluyendo a los países en desarrollo.

Al margen de la cachonda afirmación, hecha para contentar a todo dios, que prevé que se apruebe una regulación, pero sin pasarse, esa declaración de fe capitalista y de respeto a la ley, choca con la perversión fundamental de la crisis que se observa en la ausencia de un síntoma: ¡¡no hay suicidas!!

Todo el texto es un mirar hacia adelante, lleno de proposiciones que nos harán más transparentes, más competitivos, más eficientes, más enrollados con los que emergen. Es un puto y asqueroso “pelillos a la mar”. Un “nuestro sistema es el mejor”, es que lo hemos dejado un poco de la mano.

No sé si servirán de mucho las comisiones que nos llevarán a Oz. Supongo que habrá que esperar para juzgar, ya que esto que han parido los sonrientes de Washington es solo un programa, pero lo que sí ha quedado claro es que los que han firmado esto no creen en eso en que dicen creer. No creen en el libre mercado, porque el libre mercado debería castigar con la ruina a los empresarios ineficientes y ellos están usando el dinero de todos para salvarles el culo, sin exigir nada a cambio. No creen en el imperio de la ley, porque no ha entrado ni un solo trajeado en las cárceles y estas deberían estar llenas y sus patrimonios embargados. No creen en el respeto a la propiedad privada, porque usan los recursos para salvar a los que nunca han arriesgado sus bienes particulares.

Este texto reúne la peor versión de los dos mundos: la de una especie de capitalismo sólo para poderosos. Socializa los riesgos de unos cuantos para mantener un sistema imperfecto, en el que las regulaciones no tienen como finalidad el bien común, sino mantener un entramado complejo que proteja a los que hacen dinero con el paraguas del Estado. Y a los demás los narcotiza con la falsa protección social. Mientras tanto, anuncia de nuevo programas que parecen perfectamente razonables y que, como se dice en el texto de la resolución, coinciden con el único modelo que ha permitido a millones de personas salir de la pobreza. Pero ¿cómo creer en su sinceridad si, a la vez, tapa la herida para que siga supurando?

Uno cree en un estado mínimo. Uno cree en la libertad, también en la económica. Y uno es reticente a las regulaciones. Pero si el Estado existe y debe existir, sus dos razones esenciales deberían ser la defensa de la igualdad real de oportunidades y de una vida mínimamente digna para todos, por un lado, y la aplicación de la ley sin inclinarse ante las presiones de los poderosos, por otro. Son desiderata, pero deberían informar su funcionamiento.

Sólo una ciudadanía que exigiera un uso adecuado de los recursos del Estado y que exigiera el castigo para los ladrones y estafadores podría sacarnos de este marasmo. No la hay y, además, el diagnóstico está sin hacer. Y no hay una frontera a la que acudir, con la Biblia traducida bajo el brazo. Salvo quizás la del fracaso y la recesión. Pero ese es un escenario peligroso, en el que se puede terminar confundiendo el delito con el código penal, e imponerse la visión perezosa de las cosas que ya andan vendiendo todos esos que alcanzaron las más altas cotas del fracaso, pero no lo han reconocido porque andaban muy ocupados reciclándose en intelligentzia ecoizquierdistaantiglobalizadora.

En fin, un poco más y hago un comentario más largo que el texto.

4 comentarios en “La gran apuesta

  1. Toda la palabrería de los párrafos que están en cursiva, salvo la versión corregida del párrafo 3, está penosamente traducida por alguien que se permite caer en todas las malas prácticas del profesional perezoso. Esa clase de textos viene escribiéndose así de vacíamente desde la fundación de la Sociedad de Naciones.
    Bueno, los textos del Congreso de Viena sólo eran un poco mejores por cuestiones de estilo…
    Qué fatiga.

  2. Es una gran película de terror, y dicen que el libro de Lewis es aún mejor.

    Ummm, esta discusión ya la he tenido: a la stripper que le den, Tse. Lo malo es el tipo de Florida que paga religiosamente el alquiler y acaba con sus hijos viviendo en un coche, valga como arquetipo de la realidad.

    Y sobre la ciudadanía qué decir. Acabamos de escoger como primera y segunda opción a dos partidos que se dedican con entusiasmo a proteger ladrones y estafadores. ¿Ninguno de nosotros los ha votado, o es que acaso no lo sabíamos?

  3. Si crees en la igualdad de oportunidades (no me meto en el derecho de todos a tener una vida mínimamente digna, porque eso es incluso más barato) no puedes creer en el estado mínimo: La igualdad de oportunidades cuesta muchísimo dinero y exige para ello que se paguen muchos impuestos.

    Lo demás, pues si: Los chicos de las finanzas (que, por cierto, apenas crean empleo) salieron de todo este lío impunemente. Pienso por ejemplo en las agencias de calificación: Fracasaron miserablemente, dando la máxima calificación posible a productos que se hundieron de la noche a la mañana, y siguen siendo las mismas agencias que no han tenido ninguna repercusión en su modelo de negocio. Es un sistema que haría reír a los espectadores si lo planteas en un capítulo de los simpson: Los que emiten productos financieros pagan a unas agencias para que las agencias los califiquen. Tiene todos los ingredientes e incentivos del mundo para ser un estercolero corrupto. ¿Qué se ha hecho años después respecto a eso? Nada.

    Hay un grave problema con los productos financieros, el tamaño de los bancos y la “ejecutivocracia”, gente que toma decisiones que pueden costar a los contribuyentes miles de millones y que no responden ante nada ni ante nadie.

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