Notas

 

El otro día conversábamos algunos sobre el suicidio y los suicidas, sobre las razones y la responsabilidad, sobre química y porcentajes. Comentarios de madrugada intrascendentes. Como ese en el que hablaba de clasificar a los suicidas. Pensaba en un punto de partida que distinguiría entre los que intentan no hacer daño a nadie, aquellos a los que el dolor que pueda derivar de su acto les deja indiferentes, y aquellos que buscan un fin externo en su muerte: provocar el sufrimiento a otros. Estos últimos, a pesar de la perplejidad que puedan producirnos, son los que menos me interesan, porque su venganza, sea privada —el que se mata para joder a su mujer o a sus padres, por ejemplo—, o sea pública —el terrorista sucida que se mata y mata a personas a las que no conoce para vengarse de los «americanos», los «capitalistas» o los «paganos»—, se basa en una creencia similar e infantil: la proyección al futuro de sus actos para contemplar las consecuencias, a pesar de que esa proyección es imposible. No hay nada más tonto que vengarte matándote: aumenta con ello tu saldo deudor personal respecto al objeto de tu venganza; pero eso no lo entienden los que creen que podrán leer las noticias con las declaraciones de sus víctimas a pesar de estar muertos.

Los más interesantes son los primeros. Me interesan sobre todo —si son sinceros— la enormidad del peso que inclina la balanza y la posibilidad de que el dolor por la preocupación del acto que desean sea una paradójica mecha para el suicidio. Es como si el dolor que prevén y que querrían evitar se convirtiese en una razón más para matarse, un auténtico círculo vicioso.

Taniyama era un matemático japonés. En su biografía aparecen una enfermedad grave en la adolescencia, la interrupción de sus estudios por la guerra, el traje, verde metálico, que llevaba siempre, sus decisiones sobre los cordones de los zapatos y su aparente vagancia. Esas cosas que nos «explican» a los demás de qué bicho hablamos. También aparece la razón fundamental de su fama, la conjetura, finalmente probada por Wiles, acerca de la relación entre las formas modulares y las curvas elípticas. Eso está muy bien, y gracias a eso sabemos qué dijo antes de matarse, porque sus palabras dejaron de ser privadas.

Taniyama tenía treinta y un años cuando se mató. Estaba a punto de casarse y su trabajo matemático empezaba a ser reconocido fuera de Japón. Escribió una nota en la que decía:

 

Hasta ayer, no tenía la intención definitiva de suicidarme. Más de uno debe haber notado que últimamente estoy cansado tanto física como mentalmente. Yo mismo no lo entiendo del todo, pero no es el resultado de un incidente particular, ni una cuestión específica. Simplemente quiero decir que he perdido la confianza en el futuro. Quizás mi suicidio pueda perturbar o ser un duro golpe para ciertas personas. Espero sinceramente que este incidente no ensombrezca la vida de esta persona. En cualquier caso, no puedo negar que esta es una especie de traición. Excusad mi comportamiento. Es el último acto que hago a mi manera, como he venido haciendo toda mi vida.

La nota se completaba con explicaciones acerca de sus últimos trabajos y disposiciones sobre sus bienes. En particular, decía algo muy perturbador sobre su prometida: «me gustaría dejar mis discos y tocadiscos a Misako Suzuki, suponiendo que no esté enfadada conmigo por dejárselos».

Si lo lees deprisa, parece enormemente frío. Sin embargo, ella no se enfadó. Se suicidó unas semanas después y, continuando con la tradición, escribió una nota: «nos prometimos mutuamente que, sin importar adónde fuéramos, nunca nos separaríamos. Ahora que él se ha ido yo debo ir también para reunirme con él».

Taniyama, experto en precisión, escribió «quizás» y «una especie». No se trataba, naturalmente, de mentir o mentirse. Qué insalvable y hermosa distancia con un vociferante.

 

Un viejo estanque

Escrito el 18/06/2007

Anoche, ya tarde, andaba por la calle camino de mi casa. Había estado toda la tarde trabajando, salvo un rato en el que estuve tomando algo con algunos amigos, un par de ellos ilustres nicks arcadianos. Y lo hicimos en uno de los pocos sitios que no tenía una enorme televisión.

De vuelta a casa, iba leyendo un libro. Es un libro sobre el haiku con poemas escogidos de diferentes autores de diferentes épocas, con un estudio sesudo, de esos que ocupan la mitad del volumen.

Lo estaba leyendo porque pensaba hacer una entrada sobre la historia de la creación de un famoso haiku de Bashoo, contada por un testigo presencial.

En esas andaba, absorto, a pesar del ruido.

(NOTA: una de las pocas habilidades que he desarrollado es la de leer mientras camino por la calle. Lo hacía incluso bajando escaleras, hasta que caí rodando por las de la entrada del metro de Nuevos Ministerios. Desde ese momento, ya no leo mientras bajo escaleras —sí cuando las subo—, ni tampoco lo hago, al menos lo procuro, al cruzar las calles. Todos los miembros de mi familia, en particular mi madre, han vaticinado mi muerte por atropello debido a esta singular costumbre. Me resisto a darles la razón).

Continúo. Voy leyendo por la calle la historia del satori de Bashoo y de los comentarios de sus discípulos, pensando en si es algo que podrá interesarles, cuando, de repente, oigo un ruido infernal, como si un orco de las montañas soplase un cuerno de guerra en mi oído.

Miro y veo un coche, parado a mi altura, lleno de gente. Lleva todos los cristales bajados y de uno de ellos sale una especie de trompeta de plástico verde. Un joven bastante beodo es el que me ha dedicado su producción musical. Le miro, me mira y, de sopetón, grita desaforado:

— ¡¡DEJAAA DE LEEEER QUE HAAA GANAOOOOL MADRÍIII!!

Arrancan y se van.

Cuando se lo he contado al Almirante me ha dicho una gran verdad: – ¡Satori!

Ese joven es el instrumento de la revelación y yo un pedante.

Tiempo de fútbol,

Si la trompeta suena,

Quemamos libros

Escrito el 14/11/2007

Hace unos meses dije que estaba leyendo una estupenda antología, la de Fernando Rodríguez-Izquierdo, publicada en Hiperión, porque quería contar la historia de la composición del más famoso haiku de la historia, aquél de Bashoo que dice:

古池や
蛙飛こむ
水のをと

Que se lee:

Furuike ya
kawazu tobikomu
mizu no oto

Y se traduce

En el estanque viejo
una rana salta
rompiendo el agua

o

Un viejo estanque:
salta una rana ¡zas!
chapaleteo

o

Un viejo estanque:
al zambullirse una rana
ruido de agua

He copiado diferentes traducciones para que escojan. Al parecer la más literal es la última.

Y ahora les copio la narración sobre el momento en que nace esa poesía. Dice Fernando Rodríguez-Izquierdo que respira cierta artificiosidad, pero me gusta mucho porque, aunque obedezca a una política de relacionar el haiku con el satori, la iluminación zen, no es frecuente que se narre un momento así. Recuerden que es la poesía cumbre de la literatura japonesa.

Se dice que Buchoo, maestro de Zen de Bashoo, de camino hacia el templo Chookeiji de Fukagawa, cerca de Edo, fue a visitar un día al poeta en compañía de Rokusoo Gohei. Este último, al entrar en la ermita de Bashoo, exclamó:

– ¿Cuál es el camino de la ley de Buda en este jardín tranquilo, con sus árboles y yerbas?

Bashoo respondió:

– Las grandes hojas son grandes, las pequeñas son pequeñas.

Buchoo, que entraba entonces, dijo:

– Últimamente, ¿a qué lugar has llegado?

Bashoo contestó así:

– Pasada ya la lluvia, el musgo verde está en su frescor.

Buchoo le volvió a preguntar:

– ¿Cuál es la ley de Buda, antes de que el musgo verde brotara?

En ese momento, oyendo el sonido de una rana que saltaba hacia el agua, Bashoo exclamó:

– Al zambullirse una rana, ruido de agua.

Buchoo se admiró de esta respuesta, considerándola como una prueba del estado de iluminación de Bashoo. Entonces Sanpuu (discípulo de Bashoo) felicitó respetuosamente a Bashoo por haber compuesto este verso, reconocido por Buchoo, que añadía al arte la gloria de la religión. Ransetsu (otro discípulo de Bashoo, también presente) dijo:

– Esta frase del sonido del agua puede decirse que representa plenamente el significado del haiku; con todo, la primera parte del verso falta. Por favor, completadlo.

Bashoo respondió:

– También yo he estado pensando sobre ello, pero me gustaría oír vuestras opiniones primero, y después decidiré.

Varios de sus discípulos lo intentaron. Sanpuu sugirió para el primer verso:

– Tinieblas de crepúsculo … (Yoiyami ya …)

Ransetsu:

– En la soledad … (Sabishisa ni …)

Y Kikaku:

– La amarilla rosa de montaña. (Yamabuki ya .)

Bashoo, considerando todo esto, dijo:

– Todos y cada uno de vosotros habéis expresado en vuestro primer verso un aspecto del asunto, y habéis compuesto un verso que sobrepasa lo ordinario. Especialmente el de Kikaku es brillante y enérgico. Sin embargo, apartándome del estilo convencional, voy a componerlo así esta tarde: Un viejo estanque …

A todos sobrecogió una profunda admiración. En este verso, el ojo del haiku se abre plenamente. Mueve al cielo y la tierra y a todos los dioses y demonios que los habitan a admiración. Este es en realidad el camino de Shikishima, igual a la creación de un Buda. El Dharani de Hitomaru, la alabanza de Saigyoo antes de la llegada de Buda, están contenidos en esas diecisiete sílabas”.

Aquí hubo un título escandaloso, pero ya no se lee bien


Empiezo a conseguir uno de mis objetivos secundarios al abrir este blog: ¡ganar dinero!

Efectivamente, el éxito se cierne sobre las intenciones ejemplarizantes (uno de los objetivos prioritarios y contradictorio con uno de los secundarios) de este su autor y se manifiesta con ¡encargos manifiestamente mercantiles!

No sé si se acuerdan ustedes de una profesión que va camino de la desaparición: la de habilitado de clases pasivas. Esos señores que se dedicaban a evitar trámites administrativos y cobrar pensiones. Me encanta el nombre: habilitado de clases pasivas. Pues bien, me estoy convirtiendo en un habilitado de afectos activos.

Soy como esos que redactan cartas de amor a las novias. Ya saben, el típico charlatán que sabe hilar cuatro frases hechas de esas que supuestamente gustan a las mujeres. Naturalmente, la novia en cuestión, que no es tonta y que conoce al desdichado maromo, no tiene dudas acerca de la autoría de las frases ardorosas, pero disfruta igual imaginando el esfuerzo del pobre hombre intentando engañarla. ¡Eso sí es amor!

En fin, inicio este consultorio con un encargo de Voyeure, que piensa que, en un tipo faltón y cabroncete como yo, sus buenos deseos para una amiga terminarán sonando más sinceros. Y además, actuando a lo Voyeure, como es ella, que ya la hemos calado, quiere organizarlo todo y que no se note su presencia. Y que yo me lleve el mérito. ¡Por los cojones!

No estoy dispuesto a hacer una mamarrachada así y parecer un monflora. ¿Se imaginan los comentarios? Los de ellas: “oh, qué dulce, qué sensibilidad exquisita”. Los de ellos: “¡Marica, jua , jua! ¡Flooor delicada!”

No, de eso nada. Quiero que quede claro que lo voy a decir de Verónica lo digo por encargo de Voyeure, y que soy un mero instrumento, una correa de transmisión, un puto mercenario del teclado. Y si ven que hablo en algún momento en primera persona, es sólo un recurso narrativo, como si dijera “oh, mi hermosa ninfa de piel aterciopelada” a una desconocida llamada María de la Esperanza.

Y voy a ser fpfositifo. Nada de malos rollos, de echar cosas en la cara de cierta gente. No diré, por ejemplo que hay un montón de patéticos tarados que decidieron sustituir a Verónica, que se había dejado el alma por un proyecto de partido y creado una estructura en Madrid, desde la terca nada, que luego se había ido a vivir a Barcelona, donde sin apenas cobrar un duro, se convirtió en la voz de ese partido que ya tenía entonces taaaantos padres, que trabajó como una bestia, atendiendo a todos, dando la cara, sonriendo, no poniendo problemas a nadie, por mucho que ella los tuviera, respondiendo a todas las demandas, aunque tuviera que inventar las respuestas, haciendo de madre, consejera, secretaria y conciencia, comprendiendo a todos aunque a ella y a sus circunstancias (ese cuarto deprimente) no las comprendiera nadie. Porque, cuando hubo dinero y ya se podían pagar sueldos, la quitaron a ella y pusieron a otras y otros, y todos cobraban como profesionales y eran incapaces de escribir correctamente sus propios apellidos. Y se fue sin decir nada, sin poner problemas, sin hacer ruido. ¡Cagontoslosmuertos de esos desagradecidos que van a desaparecer por el sumidero!

Sí, ser positivo es perfectamente adecuado a una glosa de Verónica. Porque es como un jodido y asqueroso Feng Shui con patas. Cuando era joven y una chica nos parecía muy fea, decíamos de ella que era la antítesis de la lujuria. Pues Verónica es la antítesis del mal rollo. Y eso da muy mal rollo. ¡Quién es ella para complicar tanto las cosas! Si uno quiere mosquearse y tronar, no sé a que viene que te hablen bajito, sosegadamente, y lo que es peor, ¡que te cuenten los argumentos del otro!

En fin, esa actitud suya tan ofensiva y altanera no ha quedado sin castigo. Porque Verónica no tiene amigos. No, yo no la imagino pensando “voy a llamar a mi amiga Juana, o a mi amigo Pepe”. ¡Qué va! Son los amigos los que la tienen a ella. No necesito la imaginación para saber que ellos y ellas sí piensan en llamarla, aunque sólo sea para escuchar su voz, ese acento extraño, “cataleño” y mediterráneo, el sueño del Henares derramado el día que lloraba, sentada y sola, junto a unas enormes cortinas de color oscuro, en el campus de una universidad en un lugar que no recuerdo.

Yo también (recuerden a María de la Esperanza) caí bajo el hechizo. Me llevaba la contraria. Me decía sí y luego hacía no, y me lo explicaba. Y yo siempre decía, “no importa, lo comprendo”. Algún moscón me decía que era incongruente, porque exigía a otros lo que disculpaba en Verónica, pero qué culpa tengo yo de que no tuvieran alma y ahora rumien entre las cenizas porque ni siquiera Caronte quiere hacerse cargo de sus pobres huesos. Qué culpa tengo yo de que pueda juntarme con Verónica y tomarme un café y no pueda hacerlo con ellos sin mirarme la espalda. Joder, uno no es perfecto. Uno tiene aprecio por los buenos momentos. Uno ¡es un jodido epicúreo! Y pudiendo elegir …

En fin, creo que es hora de dejarlo. Porque temo que se produzcan reacciones desaforadas e irracionales. Y el precio no cubre tanto.

¡Ah! Antes de marcharme explicaré el título de esta entrada. La bruja Brazil, que sabía del encargo de Voyeure y que, como buena chismosa, quería tener información privilegiada sobre su contenido, me dijo: “¿quieres tener audiencia?, pon un título escandaloso”.

Eso he hecho.

Felicidades, Verónica.

Fdo.: Voyeure

¡No ha llegado la hora de morir, sino la de matar!

 

Vi Blade Runner de estreno. Era un viernes, por la tarde. Mi hermano pequeño me había pedido que le acompañara al cine. La decisión de ir vino primero. Qué película era lo de menos. A él le gustaban (y le gustan), las películas de ciencia ficción, y además actuaba Harrison Ford, el tipo de La Guerra de las Galaxias, así que insistió en verla. Y le dije que sí. Yo tenía diecisiete o dieciocho años, y él cuatro menos.

Recuerdo muy bien el día. Fuimos a un cine que estaba en la calle de la Princesa, cerca de la plaza de España. Un cine algo cutre. Se estrenaba ese día, pero no había cola. No había sonado mucho, la verdad, y el cine estaba medio vacío.

Fue extraño. Una de esos días afortunados, en los que buscas todo lo más divertirte y se te presenta una oportunidad inesperada. Salí del cine, ya de noche, preguntándome cómo era posible que hubiese generado tan poco ruido. Me pareció extraordinaria, profunda, llena de belleza y patetismo. Mi hermano, viendo mi expresión, me repetía algo como “a que he acertado eligiendo esta película”. Hoy sigue venerando Blade Runner. Fue él quien, años más tarde, me regaló la novela de Philip K. Dick en la que se inspira y que en la edición se titulaba como la película (con un fotograma en la portada) y no ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que es su título original.

Pocos días después se lo conté a mi mejor amigo. Le hablé de mi hallazgo. Ya entonces era un apasionado de todo lo relacionado con el cine. Hoy sus conocimientos en la materia son enciclopédicos y tiene una colección de versiones de Blade Runner que incluyen la original, la del director, la extendida, la que tiene las escenas suprimidas, la especial para coleccionistas … Fue uno de los que encargaron no sé qué versión de lujo que se agotó por internet y no llegó a las tiendas.

En fin, reconozco que me molestó descubrir que (no sé si lenta o rápidamente) “mi hallazgo” se convertía en película de culto y todo el mundo hablaba y “reflexionaba” sobre ella, ¡como si la hubiesen visto de estreno en un cine semivacío!

Aunque, la verdad es que, cada vez que la veía de nuevo (incluso con los retoques, la desaparición de la horripilante escena final, de la voz en off, el sueño del unicornio) me parecía menos extraordinaria, más tramposilla. Quizás por eso hacía mucho tiempo que no la frecuentaba. Pero hace poco decidí volver a verla, con mis hijas.

Quizás no debía haberlo hecho. Sí, todavía están ahí algunos momentos brillantes (Nothing the god of biomechanics wouldn’t let you in heaven for), pero se perderán como lágrimas en la lluvia.

Recargada y falsamente profunda, llena de trucos para guiar al espectador, por momentos resulta incluso risible. Especialmente en la escena final, en la que Roy pretende rememorar a un lobo persiguiendo a su presa. Harrison Ford demuestra su capacidad para poner cara de imbécil permanentemente y solo está brillante en la famosa escena de la muerte del replicante. La obsesión del director por crear personajes únicos termina convirtiendo la película en una galería de monstruos que, además, reflejan los clichés del cine de detectives, pero sin profundidad. El jefe torpe y racista, el compañero lacónico y cínico, el millonario interesante y decadente, el científico infantil, la chica fría por fuera y ardiente por dentro, y el antihéroe, romántico y atormentado. Y los replicantes resultarían planos, si no fuera por algún detalle desperdigado (la gran interpretación de Brion James, por ejemplo) y, sobre todo, por la escena de Roy con su creador, la escena capital de toda la película.

Incluso el alabadísimo “ambiente” de la película rezuma polvo. Es patente el esfuerzo del director por mojar todo y llenarlo todo de humo, tanto que esperas que de repente aparezca Michael Jackson tocándose el paquete.

En fin, quizás me hago viejo.

 

El diablo existe

 

Se dice que no hay español que no lleve un entrenador de fútbol en su interior. Vamos camino de que no haya español que no lleve dentro un politólogo.

Los políticos —y los tertulianos— han conseguido que nos vayamos convenciendo de que es más importante el juego que el fin. En esto es superior el fútbol. En realidad, en el fútbol lo único importante es ganar (supuestamente dentro de las reglas). Ganas y ya está. Se agota en sí mismo. En la política se supone que ganar es el paso previo para lo importante: gobernar y legislar en beneficio de todos —sí, de todos—. Uno comprende que a los profesionales y a los socios de los partidos políticos —es decir, a sus afiliados— les importe básicamente el triunfo, pero lo sorprendente es que nos han convencido a los demás de que esto también debe importarnos.

Sigamos con el ejemplo: el hincha de un equipo quiere que su equipo gane. El aficionado al fútbol solo quiere ver un buen partido. Hay más de los primeros que de los segundos, pero es lógico; el fútbol es un espectáculo tribal e inofensivo, y en el hecho de ser ambas cosas está su virtud.  Por la misma razón, porque esa mala pasión se agota en sí misma. La política no es inofensiva.

En un mundo racional, el político que supiese que el votante es racional haría lo siguiente:

1.- Explicaría, al votante, que tiene un análisis de la realidad y cuál es.

2.- Explicaría qué hay que cambiar o potenciar o simplemente mantener.

3.- Explicaría cuáles son las consecuencias de esas políticas, y los análisis basados en datos y procedimientos racionales utilizados para llegar a esa conclusión; consecuencias en ese sector de la realidad y en el resto.

4.- Explicaría específicamente cuál es el coste de esa política, entre otras razones para saber si es posible.

5.- Explicaría las razones éticas por las que esa política debe llevarse a la práctica.

En un mundo racional, el político intentaría convencer a los demás de que sus planteamientos son adecuados, incluso aunque fuesen minoritarios o estuviesen mal vistos. El político utilizaría todos los datos, también aquellos que nos explican por qué a veces nos comportamos irracionalmente, para provocar un cambio a favor de sus tesis.

Esos cambios se producen: nuestras sociedades han evolucionado. Los valores dominantes cambian. El racismo está mal visto; la homosexualidad ya no —al menos en la mayor parte de los países occidentales—.

Sé que el planteamiento anterior parece ingenuo y reduccionista —ya escucho las voces de su politólogo interior—, ya que ese mundo que describo es imaginario y hay que ganar para hacer (y el mundo está lleno de intereses y grupos de interés); pero lo es también precisamente por no hacer el esfuerzo de decir, al que nos habla de cómo ganar el partido, que me da igual, que, como votante, me tiene sin cuidado el futuro político de una persona o de una organización, y que cambiaré de canal si el partido que dan en otra cadena es más divertido. Es una cuestión de énfasis: cómo van a aparecer líderes que empujen a la sociedad en una dirección y que no se vean arrastrados a la desgana y la mediocridad, si penalizamos precisamente al que lo intenta y premiamos al que solo tiene como programa su supervivencia y nos vende solo ese producto; como si fuésemos sus colegas o sus asesores o espectadores de un repulsivo reality show; como si obtuviésemos de ello algún beneficio.

Debemos dejar de comportarnos, respecto de los políticos, como accionistas de sus marcas, y empezar a comportarnos como consumidores. Eso sería progresismo auténtico.

Que haya tantos politólogos opinando es una mala noticia —salvo para ellos—. Sería el equivalente a una presencia masiva de publicistas. Es curioso, esto se da poco. Pocas veces los publicistas nos enseñan sus trucos. Tampoco los magos. Saben, imagino, que enseñarlos es ponernos en guardia, acabar con su negocio. En gran medida, el fin de la política se jode cuando nos apuntamos sentimentalmente al carro del discurso sobre qué hacer para ganar —cuando, además, esa supuesta información privilegiada también está repleta de mentiras y trampas—.

Ese discurso siempre estará ahí porque es efectivo. El mago sigue haciendo trucos y el publicista puede que nos venda algún producto peor que el de la competencia, pero no deben pasarse. Si al primero le vemos la carta bajo la manga o al segundo el meme bajo la falda, a lo mejor ya no le contratan. Sin embargo, seguimos comprando al político que nos enseña todas sus miserias, alabando lo inteligente que es engañando a los otros, cuando los primeros engañados somos los que creemos que esto lo convierte en un buen político.

El gran éxito del diablo fue convencernos de que no existía; el gran éxito del político fue convencernos de que lo importante es que él gane elecciones.

 

Reforma y tradición

 

Es difícil saber qué pretendía Martin Lutero cuando clavó las 95 tesis en la iglesia de Wittenberg. Es igual, lo importante es lo que resultó de ese acto (que sólo se distinguió de otros anteriores por el éxito). El movimiento luterano tuvo que navegar entre la necesidad de mantener una cierta tradición y la de modificar partes importantes de los usos, los preceptos y la liturgia romana. Una de las afectadas fue la música.

Lutero era un apasionado de la música, ya que era cantor y además componía. Admiraba sobre todo a Josquin des Prez —lo que dice mucho de su gusto musical— y siempre mantuvo la importancia de utilizar la música para trasmitir el mensaje religioso y moral. En consonancia con alguno de sus principios básicos, quería que la congregación participase también en la interpretación musical dentro de la iglesia, pero eso chocaba con su aprecio por las grandes creaciones gregorianas y polifónicas que pretendía mantener, sobre todo en aquellas iglesias que, por formar parte de poblaciones importantes, tenían recursos como para sostener intérpretes “profesionales”. Por eso Lutero publicó muy pronto, en 1526, una “misa alemana” que, pensada para las pequeñas congregaciones, omitía las partes más difíciles y floridas de la misa, y adaptaba las partes que permanecían, de forma que resultasen más conformes a la lengua alemana (otro de sus vehículos de unificación). Se mantuvieron, por tanto, las prácticas más “elevadas” y complejas, incluso con el uso del latín, y fueron desarrollándose otras más populares.

Esa segunda práctica propició la aparición de una forma estrófica, simple, adaptada a la cadencia del idioma alemán, que, ya desde sus inicios, y, desde luego, en su desarrollo posterior, dará lugar a algunas de las obras más hermosamente sencillas de la historia de la música: el coral luterano.

Hoy todo el mundo interpreta corales polifónicos, resultado de un enriquecimiento progresivo, pero en sus orígenes solían ser obras sin armonizar, ya que estaban destinados al canto, en unísono, de toda la congregación. Se produjo, como era previsible, una evolución similar a la que nos lleva del gregoriano a las extraordinarias y maravillosas formas polifónicas que comienzan con los organa y terminan en la misa y el motete.

La producción, durante los primeros años, fue muy amplia porque así se requería. El mismo Lutero escribió los textos de muchos, y se dice que incluso la música. El más famoso de estos corales es Ein’ feste Burg (Una firme fortaleza), publicado en 1529.

Tan grande era el número de peticiones que, como ya había sucedido en los siglos anteriores, los compositores adaptaron a los nuevos textos música gregoriana e incluso profana. El ejemplo más famoso es el del lied de Henricus Isaac, en el que se dolía por tener que abandonar Innsbruck …

… y que se convirtió en O Welt, ich muss dich lassen, o lo que es lo mismo, en un hermoso lamento por tener que abandonar el mundo. Este coral ha sufrido todo tipo de adaptaciones, entre ellas, algunas especialmente famosas (merecidamente) de Bach. Les dejo con una que me gusta mucho: es un preludio coral de Brahms, un opus póstumo, compuesto en 1892. Brahms hizo dos preludios corales con ese coral. Les enlazo el segundo de ellos:

Como resulta de lo anteriormente dicho, el coral se convirtió pronto en el “juguete” preferido de los compositores alemanes, en la base de una polifonía cada vez más compleja, destinada a coros profesionales (incluso llegó a aparecer un tipo de coral, el motete coral, en aquellas regiones alemanas en las que se impuso finalmente el catolicismo). No obstante, siempre se mantuvo una versión del coral estrófico y sencillo.

Los corales, en la evolución posterior, se convirtieron, así, en el baúl del que sacar melodías fácilmente reconocibles, empapadas del sabor de la tradición y de la simplicidad añeja. Por eso, aunque los compositores alemanes fueran cayendo bajo la influencia de las nuevas formas del barroco, del estilo concertato, de la monodia acompañada, ese substrato permaneció y floreció bajo la mano de Johann Sebastian Bach, para el que el coral es prácticamente la estructura de su música religiosa.

En cierta ocasión escuché a un pianista extraordinario dar un “bis” después de un concierto. Decidió tocar un coral de Bach. Nunca he escuchado a un piano sonar así.

Pero si hay que poner un ejemplo, hay que ponerlo de los importantes. Quizás les suene:

 

Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XXVIII)

 

En un cuento de Jorge Luis Borges, un hombre de dentro de mil años habla de un horno crematorio y de una cámara letal, y del filántropo que la inventó, un tal Adolfo Hitler. No es ese cuento uno de mis favoritos, pero sí lo es esa frase inmortal sobre las cenizas sanadoras del olvido. “Inmortal” es el énfasis tonto de la frase anterior. El mismo Borges escribió un cuento que tituló así, en el que habla de la muerte de los recuerdos y de su sepultura vacía. El autor termina confundiéndose con los personajes y nos convencemos, por las palabras de uno, de que la mentira está en las palabras de los otros, que ya no son ni imágenes. De los otros que no somos nosotros.

Esa es la paradoja que encuentra. Escribe para denunciar que lo que escribe está muerto y nos convence de ello.

Es como esto, algo que puedo enlazar porque está escrito.

Pura vida muerta.

 

 

 

Qué es un rey para ti

 

Ayer Arcadi Espada escribía este artículo. Estoy en desacuerdo con unas cuantas cuestiones de las que se plantean en él y con algún calificativo, especialmente alguno de tipo legal, pero eso no es lo que me interesa en esta ocasión.

Lo que me interesa es esto:

Entre otros asuntos, no menores, porque al presidente de la Generalidad lo nombra el Rey de España, y seguramente al Rey de España le convendría saber si su firma, por muy a acto debido que responda y muy automática que sea, va a sancionar el nombramiento de alguien que ha manifestado nítidamente su voluntad de destruir el Estado.

Si nos atenemos a la literalidad, parece que Espada está preocupado por que el Rey conozca que el actual Presidente de la Generalidad es secesionista y, con el apoyo de diputados que suponen la mayoría absoluta del Parlamento catalán, ha anunciado que va a llevar a la práctica un plan ilegal de secesión (declarado nulo por el Tribunal Constitucional).

Es difícil pensar que el Rey no conozca esos hechos, salvo que asumamos que es oligofrénico, pero como el propio Espada demuestra que conoce que el nombramiento es un acto debido, es difícil deducir de la lectura del artículo y de su literalidad que el autor pretenda otra cosa.

Sin embargo, hoy mismo, en el programa de Carlos Alsina, el propio Arcadi Espada y David Jiménez, director de El Mundo, han planteado (a partir de 02H40′) la posibilidad de que el Rey no hubiese “sancionado” el nombramiento de Carles Puigdemont.

No sé si David Jiménez sabe de qué habla y no voy a presuponerlo, pero Espada demuestra en su artículo que sí. En cualquier caso, ambos plantean que el Rey incumpla la Constitución y que incumpla su juramento.

El artículo 61 de la Constitución establece:

1. El Rey, al ser proclamado ante las Cortes Generales, prestará juramento de desempeñar fielmente sus funciones, guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes y respetar los derechos de los ciudadanos y de las Comunidades Autónomas.

El artículo 56 establece:

1. El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica, y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes.

Ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes. Esas y no otras.

El artículo 152 de la Constitución dice:

1. En los Estatutos aprobados (…) la organización institucional autonómica se basará en (…)  un Presidente, elegido por la Asamblea, de entre sus miembros, y nombrado por el Rey (…)

El artículo 67 del Estatuto de Cataluña (ley orgánica del Estado español) establece:

(…) 4. El Presidente o Presidenta de la Generalitat es nombrado por el Rey.

El artículo 62 de la Constitución establece que corresponde al Rey:

a) Sancionar y promulgar las leyes.

(…)

f) Expedir los decretos acordados en el Consejo de Ministros, (…)

Respecto a la sanción de las leyes, el artículo 91 de la Constitución establece que:

El Rey sancionará en el plazo de quince días las leyes aprobadas por las Cortes Generales, y las promulgará y ordenará su inmediata publicación.

Hoy mismo se ha publicado el decreto que da cuenta del nombramiento conforme a lo previsto en la ley. Es este:

Decreto

Esto dicen la Constitución española y las leyes vigentes que la desarrollan. El Rey, conforme a la Constitución española, simplemente no solo no puede negarse a sancionar ninguna ley (es decir a vetarla), sea cual sea su contenido, sino que tratándose de nombramientos su obligación es aún más taxativa: la Constitución utiliza la expresión “expedir”, ya que se trata de un decreto.

Si el Rey se niega a sancionar una ley o se niega a nombrar a alguien designado por el Parlamento español o por alguna de sus cámaras, sea quien sea, no solo hace algo ilegal e inconstitucional, sino que se atribuye funciones que corresponden al poder legislativo. Es decir, da un golpe de Estado. Haría lo mismo que hacen los espadones que se atribuyen facultades legislativas y empiezan a publicar decretos y a declarar inválidos los que se aprueban en una cámara elegida democráticamente y conforme a la ley. Haría lo que, por lo que parece, está empezando a hacer Maduro en Venezuela, por ejemplo.

La Constitución da al Gobierno, al Senado y al Tribunal Constitucional facultades más que suficientes para, conforme a su letra y su espíritu, detener cualquier ilegalidad como la que se anuncia se va a empezar a producir. Son ellos, el Gobierno, el Senado y el Tribunal Constitucional, los que deben tomar esa decisión. No somos ninguno de nosotros, o el Congreso, o el gobierno de Asturias, o el JEMAD, o la Junta de Gobierno del Casino de Bollullos del Condado o el Rey, los que pueden adoptar decisiones de esa naturaleza. Y no lo somos porque los españoles lo decidimos al aprobar, en referéndum, una constitución que establecía una monarquía parlamentaria.

Saltarse la ley (en particular, la Constitución) no debería ser una respuesta frente a los que hacen eso mismo.

Sobre todo porque se supone que no somos iguales a ellos y por eso tenemos razón.

Menos mal, por lo que parece, que el Rey conoce sus obligaciones.

Por qué la infanta no debería estar sentada en el banquillo

 

Me enlazan en tuiter este artículo de Enrique Gimbernat de hoy mismo en el que reitera su posición sobre la inaplicabilidad de la llamada “doctrina Botín” al caso de la infanta.

Para ello cita algunas de las sentencias del Tribunal Supremo (en particular la dictada en el caso Atutxa). Para que quede claro por qué discrepo de lo que en ese artículo se dice, creo que lo mejor es reproducir el voto particular dictado por el magistrado D. Alberto Jorge Barreiro, en la sentencia 8/2010 de 20 de enero, que precisamente reafirmó la jurisprudencia del Tribunal Supremo que resultaba del llamado caso Botín y del caso Atutxa (que no son contradictorias como a veces se afirma; la segunda simplemente especificó a la primera). La ventaja de acudir al voto particular, es que lo dicta el magistrado que está en contra de esa jurisprudencia. Así, no seré yo quien explique en qué consiste.

Veamos qué se dice en el voto particular:

En este caso el Tribunal Supremo consideró, a diferencia del supuesto contemplado en la STS 1045/2007, que la acusación popular se hallaba legitimada para instar la apertura del juicio oral contra los acusados, a pesar haber solicitado el sobreseimiento el Ministerio Fiscal y no concurrir perjudicados directos ni ofendidos por el delito.

En los argumentos nucleares de la nueva sentencia se afirma que “la solicitud de aplicación de la doctrina fijada en nuestra anterior sentencia 1045/2007, exige tomar como punto de partida la diferencia entre el supuesto que allí fue objeto de examen y el que ahora motiva nuestro análisis. Y es que sólo la confluencia entre la ausencia de un interés social y de un interés particular en la persecución del hecho inicialmente investigado, avala el efecto excluyente de la acción popular. Pero ese efecto no se produce en aquellos casos en los que, bien por la naturaleza del delito, bien por la falta de personación formal de la acusación particular, el Ministerio Fiscal concurre tan solo con una acción popular que insta la apertura del juicio oral. En tales casos, el Ministerio Fiscal, cuando interviene como exclusiva parte acusadora en el ejercicio de la acción penal, no agota el interés público que late en la reparación de la ofensa del bien jurídico. Esa conclusión se obtiene, no ya del contenido literal del art. 782.1 de la LECrim, sino del significado mismo del proceso penal. Éste se aparta de los fines constitucionales que lo legitiman cuando la pretensión penal ejercida por una acusación popular se superpone a la explícita voluntad del Ministerio Fiscal y del perjudicado. Pero esa misma pretensión instada por la acción popular recupera todo su valor cuando la tesis abstencionista es asumida, sólo y de forma exclusiva, por el Ministerio Fiscal.

Y más adelante, se argumenta en la propia sentencia que La posición de la acción popular en el proceso, ligada al estatus de parte, no puede ser degradada hasta el punto de condicionar su legitimidad para obtener la apertura del juicio oral, al hecho de que el acusador particular acepte, a última hora, la invitación al proceso que le formula el Juez instructor. Esa limitación no se desprende, desde luego, de la literalidad del art. 782.1 que, como venimos repitiendo, contempla una doble petición de sobreseimiento, la emanada del Ministerio Fiscal y la interesada por el perjudicado por el delito”.

              “…Si el Fiscal insta el sobreseimiento, condicionar la capacidad de la acción popular para obtener la apertura del juicio oral a una previa petición coincidente con la suya, emanada del perjudicado por el delito, conduce a situaciones imprevisibles. De entrada, convierte el hecho contingente de la presencia o ausencia del perjudicado en el proceso, en un presupuesto habilitante para que una de las partes pueda desplegar todas las posibilidades inherentes a su estatus. Además, otorga la llave del proceso a una parte que, por definición, puede no estar presente en ese mismo proceso, hecho inevitable cuando se trata de la persecución de delitos que afectan de modo especial a intereses supraindividuales. Y es precisamente en este ámbito en el que se propugna el efecto excluyente, donde la acción popular puede desplegar su función más genuina. Tratándose de delitos que afectan a bienes de titularidad colectiva, de naturaleza difusa o de carácter metaindividual, es entendible que el criterio del Ministerio Fiscal pueda no ser compartido por cualquier persona física o jurídica, que esté dispuesta a accionar en nombre de una visión de los intereses sociales que no tiene por qué monopolizar el Ministerio Público”.

              …Por tanto, nuestro criterio de la legitimidad de la restricción fijada por el art. 782.1 de la LECrim, no puede extenderse ahora, como pretenden la defensa de los recurridos y el Ministerio Fiscal, a supuestos distintos de aquellos que explican y justifican nuestra doctrina. El delito de desobediencia por el que se formuló acusación carece, por definición, de un perjudicado concreto susceptible de ejercer la acusación particular. Traducción obligada de la naturaleza del bien jurídico tutelado por el art. 401 del CP es que el Fiscal no puede monopolizar el ejercicio de la acción pública que nace de la comisión de aquel delito. De ahí la importancia de que, en relación con esa clase de delitos, la acción popular no conozca, en el juicio de acusación, restricciones que no encuentran respaldo en ningún precepto legal. Como ya expresábamos en nuestra STS 1045/2007, 17 de diciembre, esta Sala no se identifica con una visión de la acción popular como expresión de una singular forma de control democrático en el proceso. La acción popular no debe ser entendida como un exclusivo mecanismo jurídico de fiscalización de la acusación pública. Más allá de sus orígenes históricos, su presencia puede explicarse por la necesidad de abrir el proceso penal a una percepción de la defensa de los intereses sociales emanada, no de un poder público, sino de cualquier ciudadano que propugne una visión alternativa a la que, con toda legitimidad, suscribe el Ministerio Fiscal”.

Como puede verse, cuando el Tribunal Supremo habla de “…  bienes de titularidad colectiva, de naturaleza difusa o de carácter metaindividual … ” está hablando exclusivamente de supuestos en los que no cabe que haya una acusación particular.

Lo repito:

La posición de la acción popular en el proceso, ligada al estatus de parte, no puede ser degradada hasta el punto de condicionar su legitimidad para obtener la apertura del juicio oral, al hecho de que el acusador particular acepte, a última hora, la invitación al proceso que le formula el Juez instructor. Esa limitación no se desprende, desde luego, de la literalidad del art. 782.1 que, como venimos repitiendo, contempla una doble petición de sobreseimiento, la emanada del Ministerio Fiscal y la interesada por el perjudicado por el delito”

“El delito de desobediencia por el que se formuló acusación carece, por definición, de un perjudicado concreto susceptible de ejercer la acusación particular”

El Tribunal Supremo exige dos condiciones, como puede verse, para que se pueda abrir juicio: que no haya o no pueda haber acusación particular y que el delito afecte a bienes de titularidad colectiva. Cuando concurren la petición de sobreseimiento del Ministerio Fiscal y de la acusación particular, ya no concurren ambos requisitos, ya que hay una doble petición de sobreseimiento.

En esa misma sentencia (la del caso Atutxa) se decía:

El supuesto de hecho contemplado por la sentencia cuya doctrina reivindican la parte recurrida y el Ministerio Fiscal, ofrecía una singularidad que ahora, en modo alguno, puede afirmarse. En aquel caso, después de la fase de investigación por un delito contra la hacienda pública, el Ministerio Fiscal había interesado el sobreseimiento libre de la causa, al entender que los hechos no eran constitutivos de delito. La Abogacía del Estado, en defensa de los intereses patrimoniales del erario público, también había instado el sobreseimiento libre. Frente a esa doble petición de archivo, la acusación popular, personada más de cinco años después de incoadas las diligencias, solicitó y obtuvo del Juez instructor la apertura del juicio oral.

Es decir, se trataba de un caso idéntico al que nos ocupa, en cuanto al tipo de delito. Cuando el Tribunal Supremo matiza en el caso Atutxa su jurisprudencia lo hace partiendo de que la sentencia del caso Botín es perfectamente ajustada a derecho y no de que esté cambiando la jurisprudencia (solo la completa).

La única diferencia en el presente caso (y así se menciona en el artículo de Gimbernat) es que sí se ha pedido la apertura del juicio oral respecto de otros imputados. Personalmente me parece una error que se pretenda que la petición de apertura de juicio oral respecto de unos pueda suponer un cambio en cuanto a la aplicación de la jurisprudencia cuando existe un sobreseimiento. Y ese sobreseimiento siempre existe cuando no se acusa a alguien. Respecto de ese imputado el sobreseimiento es total. Tan es así, que devenido firme equivale respecto de ese imputado a una sentencia absolutoria.

Para defender esa posición, Gimbernat (y otros) aluden a una frase de la sentencia del caso Atutxa. Es esta:

“aquellos otros casos en los que la acusación particular solicitara un sobreseimiento parcial, en discrepancia con el criterio del acusador popular, que podría estar interesado en acusar a todos los imputados”.

En mi opinión, esa frase se ha descontextualizado. Esa frase se inserta en una argumentación contra el criterio que sostenían el Fiscal y el abogado de la defensa (en el caso Atutxa) sobre la necesidad de que siempre tuviera que concurrir con la acusación popular una acusación particular para que se abriera juicio contra una persona (incluso exigiéndose una llamada específica a los perjudicados concretos para que se manifiesten al efecto).

Si se lee el párrafo entero de esa sentencia se entiende mejor que es una respuesta a esa concreta tesis:

La tesis sugerida por la parte recurrida y el Ministerio Fiscal, tampoco es ajena a importantes problemas prácticos que, en el fondo, son expresión bien elocuente de la ausencia de una aceptable fundamentación técnica para el efecto excluyente de la acción popular. De aceptar esa solución que transforma a la acción popular en una parte subordinada, no resultaría fácil, por ejemplo, resolver aquellos supuestos en los que el perjudicado que accede a la llamada del Juez instructor, interesa la apertura del juicio oral por delitos distintos de aquellos por los que pretende formular acusación el actor popular. Tampoco resuelve aquellos otros casos en los que la acusación particular solicitara un sobreseimiento parcial, en discrepancia con el criterio del acusador popular, que podría estar interesado en acusar a todos los imputados. La fijación de los límites de esa vinculación habría de hacerse en un plano puramente intuitivo, ajeno a los verdaderos principios que informan el estatus de parte en el proceso penal.

Y, en mi opinión, de lo que habla el Tribunal Supremo es de lo siguiente: de un caso en el que la acusación particular quiere acusar por delitos diferentes de aquellos por los que quiere acusar la acusación particular. Y de aquellos en los que la acusación particular pide un sobreseimiento parcial de alguno de los delitos concretos de los que acusa el acusador popular. Es cierto que en la frase de marras se habla de “acusar a todos los imputados”, pero también lo es que cuando se utiliza el término sobreseimiento parcial técnicamente de lo que se está hablando es de delitos y no de acusados.

Por ejemplo, Sentencia núm. 655/2010 de 13 julio del Tribunal Supremo:

De esta forma, podemos llegar a la conclusión de que, en efecto, el auto de referencia establece unos verdaderos limites a la acusación en el indicado doble sentido: En primer lugar, no podrá seguir sosteniéndose acusación en la posterior fase de juicio oral respecto de aquellos hechos que el Juez instructor haya entendido que no son constitutivos de delito; Y, en segundo termino, tampoco podrá prosperar la acción penal respecto de los delitos incluidos inicialmente en el escrito de acusación, cuando, en el parecer del órgano judicial de instrucción, no existan indicios racionales de criminalidad en el acusado. En ambos casos, el juez deberá dictar bien, en lugar del auto de apertura del juicio oral, un auto de sobreseimiento, bien auto de apertura de juicio oral en relación a los delitos con sobreseimiento respecto a otros, auto de sobreseimiento total o parcial contra el que podrán las acusaciones interponer, en su caso, recurso de apelación.

Cuando se sobresee totalmente respecto de alguien, lo que procede es hablar de sobreseimiento total y archivo parcial de la causa respecto de esa persona.

En cualquier caso, la propia sentencia de la que se extrae esa frase lo aclara a continuación. Efectivamente, en ella se dice:

IV.- En definitiva, satisfecho el interés público en la persecución del delito y expresada formalmente en el proceso la voluntad del perjudicado de no instar la apertura del juicio oral, el proceso penal se apartaría de sus principios fundamentadores si, pese a todo, sometiera a enjuiciamiento, a exclusiva petición de la acusación popular, a quien ni el Fiscal ni la víctima consideran merecedor de soportar la pretensión punitiva. El proceso penal justifica su existencia, entre otros fines, por su carácter de institución pública para la adecuada reparación de los efectos del delito. De ahí que se aproximará más a su ideal cuando la interpretación de las reglas que disciplinan sus distintas fases, se acomode al criterio de que, en ausencia de un interés público y de un interés particular del ofendido por el delito, el juicio oral ve quebrada su idea fundamentadora. El poder estatal ejercido a través del proceso, sólo se concibe si está puesto al servicio de una llamada de protección del perjudicado por el delito o de la acción del Ministerio Fiscal o el acusador popular en defensa de los intereses públicos. De ahí que, agotada la investigación del hecho aparentemente delictivo, si durante el juicio de acusación, el Fiscal y el perjudicado renuncian expresamente a la formalización de su pretensión punitiva, la exclusión del actor popular que arbitra el art. 782.1 de la LECrim es perfectamente ajustada a una concepción constitucional del proceso penal. El ejercicio de la acusación popular no puede tener una amplitud tan ilimitada que obligue a reconocer un derecho a la apertura del juicio oral, incluso, en contra de la coincidente petición de sobreseimiento suscrita por el Fiscal y el perjudicado por el delito.

Como puede verse, el Tribunal Supremo dice: “… si, pese a todo, sometiera a enjuiciamiento, a exclusiva petición de la acusación popular, a quien ni el Fiscal ni la víctima consideran merecedor de soportar la pretensión punitiva…”. A quien.

Termino: no me gusta esta jurisprudencia. Sin embargo, está ahí. Y para mí es cristalina. Si admitimos que la abogacía del Estado defienda como acusador particular a la Hacienda Pública es porque cabe acusación particular. Si cabe y ni ella ni el Fiscal piden la apertura del juicio, el caso encaja perfectamente con la jurisprudencia consolidada que no solo exige que el delito sea de una determinada naturaleza sino que no concurran esas solicitudes de sobreseimiento.

Y ahora, que el tribunal decida.

 

 

There are more things in heaven and earth

267-1 = 193.707.721 x 761.838.257.287

Durante tres años de su vida, el matemático estadounidense Frank Nelson Cole dedicó las tardes de los domingos a examinar si era cierta la afirmación del matemático francés Mersenne acerca de un procedimiento para obtener números primos elevando el 2 a determinadas potencias (todas números primos) y restando uno.

No era cierto para 67 y, en una reunión de la sociedad matemática americana, simplemente se puso en pie, fue a la pizarra, escribió la descomposición con la que comienzo este comentario y se sentó, entre los aplausos de matemáticos desmadrados. Lo cuento para dejar constancia de lo difícil que es saber si determinado número es primo o no. Esta dificultad tiene que ver con la seguridad de nuestro dinero cuando circulan determinados datos por internet.

El problema fundamental de la criptografía ha sido la necesidad de que remitente y destinatario conocieran el código que se usa para encriptar los mensajes y ya se sabe, cuando el código circula, siempre hay una femme fatale que puede hacerse con él.

Por eso resulta tan extraordinaria la idea que se les ocurrió a Whitt Diffie y Martin Hellman, dos matemáticos de la Universidad de Stanford, la llamada criptografía de clave pública, que se basa en un sistema de encriptado que no hay que mantener oculto, porque una vez utilizado, sólo el que conoce una fórmula secreta puede desencriptar el dato que queremos transmitir. El problema era encontrar ese procedimiento.

Lo lograron un informático y dos matemáticos del MIT. El informático es Ron Rivest y los matemáticos son Leonar Adleman y Adi Shamir. Aunque, para explicarlo, nos tenemos que remontar unos siglos atrás.

Fermat, ya saben, es conocido sobre todo por el famoso teorema ese que dicen que demostró Mr. Wiles —la verdad es que más que una demostración es una enciclopedia, con sus trescientos folios de curvas elípticas; yo tengo una demostración mucho más elegante, pero no me cabe en este pequeño blog—. Pues bien, existe también un pequeño teorema de Fermat. Una versión moderna de ese teorema usa las llamadas calculadoras de reloj de Gauss.

Piensen en un reloj de 24 horas. ¿Cuál es la hora 25? Pues la una, como sabemos todos desde niños. Por tanto, 315 en una calculadora así es 3 (es el resto de dividir 315 entre 24).

El pequeño teorema de Fermat dice que xp = x (módulo p), siempre que p sea un número primo y nuestra calculadora de reloj tenga p horas. Para entenderlo mejor vean un ejemplo: una calculadora con p=7 y buscamos un número cualquiera, véase 2. Ahora elevamos 2 a la séptima potencia y le aplicamos nuestra calculadora. Si el teorema es cierto, el resultado debe ser 2 de nuevo. El resultado es 128 y tras dividir 128 entre 7, el resto será 2.

Leonard Euler, que era tela listo, extendió el teorema y demostró que en un reloj con N horas, siendo N el resultado de la multiplicación de dos números primos, p y q, el reloj comenzaba de nuevo tras (p-1) (q-1) + 1 pasos.

Ya tenemos todos los mimbres.

Ahora, imaginen que están comprando Les fleurs du mal por internet y quieren pagar con su tarjeta. Usted pone el número de su tarjeta y el ordenador utiliza un número N como módulo de la calculadora de reloj. Es un número público y se usa el mismo durante meses. Cuando el cliente incluye su número de tarjeta, recibe otro código al que llamaremos C. La página hace un cálculo sencillito, eleva el número de la tarjeta, al que llamaremos T, a la potencia C, pero lo hace usando la calculadora de reloj N. El resultado es TC = (módulo N).

Ya tenemos ese número y lo mandamos por internet. Los malignos hackers lo descubren, pero no saben qué hacer con él porque, claro, hay que encontrar un número que multiplicado C veces por sí mismo, usando una calculadora de reloj, sea igual al que han descubierto. Tengan en cuenta que el N que hoy se utiliza es un número de unas 250 cifras. Imaginen al pobre hacker probando cualquier posible hora en la calculadora de reloj.

La pregunta es ¿de qué le sirve ese número a VISA, por ejemplo?

Ahí está la gracia del asunto. No le serviría para nada si no fuera porque N (el módulo de la calculadora) es un número resultado de multiplicar dos números primos, p y q, que sí conocen.

Ahora se produce el truco de magia. Como los de VISA conocen esos números p y q, que son primos, son capaces de calcular las veces que tienen que multiplicar el número que reciban por internet (aplicando la calculadora de reloj N) para que reaparezca el número de la tarjeta de crédito.

En resumen, el problemilla es simple, hallar los primos con los que se obtiene N. Cosa de nada.

Fermat y Euler estarían encantados.

Como he dicho antes, en la actualidad se usan números N de unas doscientas cincuenta cifras y subiendo (en algún servicio secreto se llega a las seiscientas ) NOTA.

Para demostrarlo Rivest, Shamir y Adleman retaron a la comunidad matemática. Publicaron un número de 129 cifras y ofrecieron 100 dólares a aquél que descubriese los factores primos del número en cuestión. Al final sólo se necesitaron 17 años para descubrirlos.

Seguro que para entonces ya habrá leído nuestro comprador el maravilloso poema:

Souvent, pour s’amuser, les hommes d’équipage
Prennent des albatros, vastes oiseaux des mers,
Qui suivent, indolents compagnons de voyage.
Le navire glissant sur les gouffres amers.

A peine les ont-ils déposés sur les planches,
Que ces rois de l’azur, maladroits et honteux,
Laissent piteusement leurs grandes ailes blanches
Comme des avirons traîner à côté d’eux.

Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule!
Lui, naguère si beau, qu’il est comique et laid!
L’un agace son bec avec un brûle-gueule,
L’autre mime, en boitant, l’infirme qui volait!

Le poète est semblable au prince des nuées
Qui hante la tempête et se rit de l’archer;
Éxilé sur le sol au milieu des huées,
Ses ailes de géant l’empêchent de marcher.

 

NOTA: Así era el estado de la cuestión en 2007, cuando escribí esta entrada. Vean por dónde andan los números RSA.