Dawkins y la maldición de la inteligencia (Notas aclaratorias)

 

Comienzo una serie de entradas1 sobre un libro publicado en 2006 por el etólogo y divulgador Richard Dawkins. El título original del Libro, The God delusion (se ha traducido por El espejismo de Dios) refleja, supongo, mejor las intenciones del autor: Dios no sólo no existe, sino que es una engañifa.

Antes de comenzar, voy a hacer una serie de advertencias preliminares, a lo anglosajón, que naturalmente no sirven para nada, ya que por mis obras me conoceréis, pero que, al menos, me permitirán satisfacer mi ego, placer estéril, pero no por ello y por contradictorio que parezca menos satisfactorio. Lo haré, al modo del deportista de élite, usando la tercera persona, que le sitúa a uno ante todos, en el gran escenario de la vida:

TSEVANRABTAN NO ODIA A RICHARD DAWKINS

Au contraire. Hace más de veinte años, cuando estaba en período de desintoxicación por haber habitado durante lustros en la herejía literario-filosófica y haber hurgado en las heces del pensamiento hegeliano, un amigo me prestó El gen egoísta. Me pareció entonces un libro fantástico y hoy, cuando lo he releído, he llegado a una conclusión similar, pese a los matices que pudieran introducir mis conocimientos adquiridos y la decadencia intelectual iniciada pasado el umbral de los cuarenta años. Y, sobre todo, su lectura me invitó a leer mucho más sobre esos asuntos tan interesantes de los que hablaba.

Esa ya es una buena razón para agradecer personalmente a Dawkins que escribiera esa obra tan conocida.

No puedo calibrar —he leído versiones contradictorias— cuáles son los méritos científicos del Sr. Dawkins. Ocupó hasta 2008 una cátedra creada ad hoc en Oxford que se denominó de “Conocimiento Público de la Ciencia”. Parece que optó, por tanto, por centrarse, al menos en sus últimos años, en la divulgación científica.

Ahora bien, desde el primer momento observé la tendencia del Sr. Dawkins a metaforizar con exceso. Esa tendencia, al principio, sirvió seguramente para que le prestara más atención y además, después de los borborigmos consumidos, era de una tibieza extrema. Ahora, más después de haber leído las bromas del Sr. Feynman, me gusta mucho menos.

Pero claro, no es de El gen egoísta, de El relojero ciego o de El fenotipo extendido, de lo que tratarán estos comentarios.

TSEVANRABTAN ES ATEO

En cierto sentido anticipo alguna de las críticas a la obra de Dawkins.

Soy ateo no porque no crea en un Dios personal o porque piense que la hipótesis de Dios es innecesaria. No es necesario ni posible que llegue ahí. Soy ateo porque no sé de qué me hablan cuando me hablan de Dios. Por tanto, tampoco soy panteísta en el sentido de que Dios sea un equivalente o un sinónimo de “la Naturaleza, del Universo o del conjunto de leyes que rigen el modo en que ambos funcionan”2. No puedo serlo porque no sé, panteísticamente hablando, de qué me hablan cuando me hablan de la Naturaleza, del Universo o de sus leyes. Es esta una cuestión capital, que me servirá para mantener una tesis arriesgada (también puedo excederme con las metáforas) y sobre la que volveré habitualmente.

Antes de exigir pruebas sobre si Dios existe o no, y ante la ausencia de una experiencia que pudiera permitirme intuir (con todos los equívocos que pudieran producirse en tal caso y que pueden producirse también cuando se usa un lenguaje verbal) qué es eso de Dios, solicito de mis interlocutores que me concreten de qué hablamos cuando hablamos de Dios. La ausencia de una respuesta psicológicamente satisfactoria a esa pregunta, hasta la fecha, me impide plantearme siquiera la cuestión de su existencia. Naturalmente, el hecho de que no alcance a comprender el concepto, habida cuenta de que esa falta de comprensión no se debe a mi deficiente formación o escasos conocimientos de alguna rama del saber o a algún tipo de incapacidad cognitiva, excluye, para mí, su existencia. O, mejor, hace que la existencia de Dios se convierta en una pregunta informulable, salvo de manera retórica.

Mi posición es, por tanto, más radical aún que la del Sr. Dawkins, pues como argumentaré, creo que pretende demostrar la existencia de una alternativa “natural” y absoluta a los sistemas de creencias sobrenaturales y absolutos que se asientan sobre la existencia de un Dios personal (cualquiera que sea). Esa alternativa tiene, a mi juicio, un origen similar, la pulsión por la trascendencia, una justificación similar, la búsqueda de una satisfactoria explicación del mundo, y una finalidad similar, la creación de referencias (pese a lo civilizadas y poco agresivas que resulten) que terminan constriñendo el pensamiento libre.

TSEVANRABTAN SE ESFORZARÁ EN SER OBJETIVO

Me lo he propuesto. Dudo sobre los resultados, pero lo intentaré. Por tanto, y pese a la tendencia natural de un criticón a mencionar sólo aquello en lo que está en desacuerdo, procuraré dejar constancia de las partes que me convenzan. Eso sí, valoraré el interés y pertinencia de las mismas, por correctas que me parezcan, igual que valoraré la profundidad o sutileza de argumentos que no comparta.

TSEVANRABTAN NO PIDE PERDÓN POR SU ATREVIMIENTO Y …

…deja al juicio de los que lean estos comentarios su calificación.

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NOTAS1:

1.- La razón del título de la serie Dawkins y la maldición de la inteligencia la daré en las conclusiones que incluiré en la última entrega.

2.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 27.

NOTA DE LAS NOTAS:

1.- Siempre he querido escribir algo con gran aparato de referencias. Así que no se extrañen si alguna nota en cuestión no viene muy al caso y les pido por ello su indulgencia.

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