Reparto proporcional

En esta entrada voy a retomar el cuñadil y actual tema electoral y voy a explicar los distintos métodos todos de reparto electoral. Sin embargo, no lo voy a hacer pensando en la atribución de escaños a candidaturas en un sistema de listas cerradas. Lo voy a hacer pensando en la atribución de escaños a una circunscripción en función de su población. Es un problema similar pero con una importante diferencia.

La discusión de los métodos de reparto la voy a hacer en relación con dos sistemas legales reales: el estadounidense y el español. Ambos abordan el problema de forma similar pero con un sutil diferencia. La Constitución americana trata el tema en la Sección 2.3 y viene a señalar que el número de representantes de cada Estado (que no es necesariamente una circunscripción) será proporcional a la población (originalmente la población se refería a las personas libres, excluía a los indios y un esclavo era sólo tres quintos de persona) y que todo Estado tendrá al menos un representante. Además la Constitución manda realizar un censo decenalmente, que sirve para realizar el reparto.

La Constitución española es igual pero diferente. En su artículo 68.2 se dice que la circunscripción provincia, que Ceuta y Melilla estarán representadas por un diputado y que la ley distribuirá el número de diputados atribuyendo un mínimo inicial a cada circunscripción y distribuyendo los demás en proporción a la población.

La diferencia principal entre una elección en la que se asignan escaños a partidos y el reparto de escaños de una diputación entre circunscripciones es que en este último caso hay que garantizar al menos un escaño a cada circunscripción, mientras que en el primero, obviamente, no. Y esa atribución mínima se trata de forma diferente en ambas constituciones. En la americana parece incrustando en la forma de repartir los escaños mientras que en la española se describen dos procesos diferentes.

Como decía al principio esta entrada trata de describir los principales métodos de reparto proporcional y para una posterior, un análisis más pormenorizado de la LOREG. Matemáticamente me pongo a ello.

1. El método de Vinton, Hamilton, Hare o de los restos mayores

Es, probablemente, el método de reparto que se le ocurriría a un bachiller, a un cuñado, a un tuno o a alguien que hiciera la cuenta de la vieja. Es decir es el primer método que se le ocurre a uno. Y, también, es una estafa intelectual.

El método consiste en obtener una cuota que es el resultado de dividir la población del país entre los escaños. Pongamos que hablamos de cuarenta millones y de 350 escaños, lo que da un número de 114285 habitantes por escaño. Se cogen las poblaciones de cada circunscripción y se dividen por la cuota. Pongamos que tenemos una circunscripción de un millón de habitantes y obtendremos un número tal que 8,75. A la circunscripción se le asignan ocho escaños (la parte entera) y al resto todo igual.

Cuando sumamos todos los escaños asignados observaremos que nos hemos quedado cortos. Hay un déficit por asignar. Esos escaños se asignan a las circunscripciones con restos (fracciones decimales) mayores.

Intuitivo cómo es, resulta en una estafa porque la fracción decimal obtenida no guarda proporcionalidad con la población original. Efectivamente la fracción decimal sólo puede variar entre 0 y 1 sea cual sea la población de la circunscripción. Esto ocasiona una vasta literatura de paradojas electorales con nombre submarino americano.

2. El método de Jefferson o de d’Hondt

En América es el método de Jeffeson aquí, el de d’Hondt. Al parecer Jefferson no estuvo contento con la forma en la que se repartieron los escaños de las primeras Cortes americanas e ideó un método alternativo que, casualmente, favorecía a su estado natal. Un siglo después y un continente más lejos, d’Hondt ideó su celebérrimo algoritmo que tan feliz he hecho a su familia.

El método comparte una secuencia de operaciones idéntica al de resto de métodos que voy a describir por lo que entenderlo, y explicarlo, es importante para la discusión posterior.

Es un método iterativo que primero ordenaría las circunscripciones de mayor a menor según su población. Asignaría el primer escaño a la circunscripción más poblada. El segundo escaño se lo asignaría a la circunscripción más poblada salvo que la primera circunscripción doble en población a la segunda.

La idea es que si ocurriera esto la circunscripción más poblada de podría dividir en dos subcircunscripciones iguales y aún así cada una de ellas estaría más poblada que el resto.

El tercer escaño se atribuye de forma diferente según se ha atribuido el segundo. Si la atribución va por (1,1) el tercer escaño se atribuye a la tercera circunscripción más poblada, salvo que la circunscripción más poblada le doble en población. Si la atribución va por (2,0) el tercer escaño se atribuye a la segunda circunscripción más poblada, salvo que la circunscripción más poblada la triplique en población.

Exactamente se coge la secuencia de divisores más simple posible: 1, 2, 3,… y se divide la población por esos divisores. Los resultados más altos reciben los escaños.

Si hablamos de circunscripciones el método d’Hondt no garantiza per se que todas tenga un escaño pero podemos forzar esto de dos formas. La primera sería la española, asignando un escaño ad hoc a cada circunscripción con independencia de su población y repartiendo el resto de escaños por el método d’Hondt.

La otra forma es a la americana. Formalmente basta con incluir el cero entre los divisores. Al hacerlo la primera división es siempre infinito, con independencia de la población de la circunscripción y se asignarán escaños uno a uno a todas las circunscripciones. Y después el método sigue igual. A esta forma de proceder se le llama también método de Adams.

Como ven la secuencia de divisores se diferencia exactamente en una unidad, y la razón entre dos divisores consecutivos es

\frac{n}{n+1}
3. El método de Webster, Sainte-Laguë; números impares; o media aritmética

Todo lo que viene a continuación son pequeñas variantes que se han ideado para pasar a la posteridad. La mecánica es similar el método d’Hondt, lo que cambian son los divisores.

Si en el método d’Hondt fijamos la atención en un número y en su sucesor n, n+1 ya que sólo podemos asignar n escaños o n+1 escaños, el método de Webster fija su atención en la media aritmética de los número naturales consecutivos. Si empezamos en el cero los divisores serían 0.5, 1.5, 2.5\dots y si dividimos por el inicial se obtienen los número impares 1, 3, 5, 7\dots

Con el ejemplo vemos que la diferencia entre dos divisores consecutivos no es demasiado importante. En la primera sucesión se diferencian en uno y en la segunda se diferencian en dos. Sin embargo la razón entre dos divisores consecutivos es siempre

\frac{2n+1}{2n+3}

Hay dos diferencias importantes con el método anterior. La primera es que para reparto de escaños entre circunscripción sólo se puede añadir el cero con un calzador ya que el cero no es un número impar.

La segunda es que tiende a perjudicar a las circunscripciones grandes. Basta con ver el primer paso: la provincia más poblada sólo obtiene su segundo escaño si triplica en población a la segunda provincia más poblada.

4. El método de Dean o de la media armónica

Si antes hemos utilizado la media aritmética de n,n+1 el método de Dean usa la media armónica de dos números consecutivos. La media armónica de dos números es el doble del recíproco de la suma de los recíprocos. Es decir H=2/(1/x + 1/y).

Si los dos números son consecutivos la media armónica es 2x(x+1)/(2x+1) y la sucesión que se obtiene es: 4/3, 12/5, 24/7, 40/9\dots que se puede escribir como 1, 9/5, 18/7, 30/9, 45/13\dots y en notación decimal es: 1, 1.8, 2.57, 3.333, 4.09\dots

Como ven la diferencia entre dos divisores consecutivos no es constante y el cociente entre ambos es

\frac{n(2n+3)}{(2n+1)(n+1)}

Saben el problema de las dos personas esas de las que una se come un pollo y el otro no se come ninguno. La media aritmética dice que se han comido medio pollo. La media armónica dice que no se han comido ninguno. Es decir, el cero es un elemento natural de la serie y el método puede usarse de un golpe para asignar escaños a circunscripciones con la garantía de que cada una obtendrá, al menos, un escaño.

Si lo comparamos con el método d’Hondt los divisores son ahora más pequeños y el sesgo se produce hacia las poblaciones más pobladas. Descontando una posible atribución inicial, la primera circunscripción un segundo escaño si tiene más de 9/5 (y no 10/5) veces la población de la segunda circunscripción.

5. El método de Huntington, de Hill o de Huntington-Hill

Este método es el que se usa en las Cámara de Representantes americana desde 1940 y fue implementado por un matemático americano Huntington que estudió el tema y que llegó a la sorprendente conclusión de que lo bueno no eran números consecutivos, ni la media arimética de números consecutivos, ni siquiera la media armónica de números consecutivos… no, lo que debería usarse es la… media geométrica de números consecutivos.

La media geométrica de dos números es la raíz cuadrada del producto de los números. Así que en el ejemplo del pollo, la media geométrica sigue siendo cero. Y, por tanto, también podemos asegurarnos de que todas las circunscripciones tendrán al menos un escaño.

Junto con la arimétrica y la armónica la media geométrica conforman lo que se conoce como medias pitagóricas, que se conocen desde tiempos de Pitágoras.

Para números consecutivos la media geométrica es \sqrt{n(n+1)} y eso es 0, \sqrt{2}, \sqrt{6}, \sqrt{12}, \sqrt{20}, \sqrt{30}\dots o, si lo prefieren la raíz cuadrada de 0, 1, \sqrt{3}, \sqrt{6}, \sqrt{10}, \sqrt{15}\dots que en notación decimal se convierte en 0, 1, 1.73, 2.44, 3.16, 3.87\dots

La razón entre dos divisores consecutivos es siempre

\sqrt{\frac{n}{n+2}}

De nuevo es un método sesgado hacia las circunscripciones más pobladas. A la primera circunscripción le basta ahora un 73% más de población (y no un 100% más) para obtener el segundo escaño en liza.

Lógica

El método de Vinton, Hare o Hamilton se usó en el reparto de escaños en Estados Unidos. Descubrieron que daba más paradojas y quebraderos de cabeza que otra cosa y lo desecharon.

El método Adams o Jefferson también se usó o, al menos se intentó usar, para el reparto de escaños americano.

El método de Webster o Sainte-Laguë se ha usado en diversas ocasiones en el reparto de escaños americano y en la asignación de escaños a candidaturas en diversos países de europa.

No he encontrado casi nada sobre el método de Dean.

El método de Huntington-Hill es el que se usa en el legislativo americano desde 1940. Responde al intento de equilibrar el poder de los estados dentro de la cámara. El «poder» se representa numéricamente por el cociente entre la población del estado y el número de escaños. Mayor cociente implica menor poder o influencia.

Hay tres razones que originan que este cociente sea variable. Una es consustancial al problema: las poblaciones de los estados varían independientemente unas de otras y los escaños sólo pueden ser números naturales consecutivos.

Otras dos son de índole práctica y pueden ajustarse. La primera es el tamaño de la cámara, que siempre es finito. El tamaño de la cámara (que puede ajustarse) y la población del país (que es dada) determina el promedio de influencia. En Estados Unidos con 320 millones de habitantes y una cámara de 435 escaños tocan a unos 700000 hombres libres por escaño.

El segundo parámetro distorsionador es la atribución mínima de un escaño a cada estado, independientemente de la población, que es cualquier cosa menos proporcional; y tanto menos cuanto más diferente sea la población de los estados. En Estados Unidos va desde los 40 millones de California al medio millón de Wyoming (un factor ochenta).

El tamaño de la cámara está también relacionado con esto. Una propuesta sería hacer la cámara tan grande como para que la razón entre la población total de Estados Unidos y los escaños de la cámara sea el medio millón por escaño. De esta forma la atribución de un escaño a Wyoming, que tiene una poblacíon de medio millón de habitantes, sería «natural». Esto haría que la Cámara pasase de 435 escaños a 547 escaños. Descontando los cincuenta iniciales habría 497 escaños repartidos proporcionalmente lo que amortigua la influencia de los escaños asignados por mínimo. Sorprendentemente la propuesta de aumentar la cámara proviene de Wyoming.

El método de Huntington no es una solución real a un problema sino, más bien, otra forma de estabilizar el sistema. La idea es que dado que los estados con población más pequeña están «favorecidos» por la atribución mínima de escaños usar un método sesgado hacia los estados más poblados para que el resultado global sea más «justo». Es decir usa secuencia de divisores como 1, 1.73 (más fácil para la circunscripción más poblada que el 1,2 del método d’Hondt) para contrarrestar el divisor inicial que asigna el escaño mínimo.

Es una cuestión interesante analizar la bondad del argumento porque, en cierta forma, equivale discriminar a los estados pequeños por el simple hecho de tener una representación mínima… que está garantizada constitucionalmente. En España sería dudosamente legal porque aquí, a diferencia de allí, la Constitución diferencia más nítidamente lo que es la asignación inicial de lo que es el reparto de los sobrantes. Y este reparto de sobrantes ha de hacerse necesariamente por un criterio proporcional sin que, aparentemente, quepa «castigar» a las circunscripciones más pequeñas porque ya tuvieron su mínimo.

No obstante analizaré el caso español en una próxima entrada.

Níigo

Imaginen poder decir algo como “nosotros, pero sólo nosotros dos, deseamos, cada uno por su cuenta, que varios objetos sólidos y duros de pequeño tamaño vuelvan a caer repetidamente, pero no de forma habitual, en sitios distintos”, utilizando una palabra. Ya sé que me dirán que la frase es un tanto extraña, pero sirve de ejemplo de la complejidad del navajo.

Hace unos años se realizó una película, llamada Windtalkers —es muy floja—, en la que se contaba la historia de los navajos utilizados en el Pacífico por el ejército norteamericano para evitar que los japoneses pudieran descifrar sus comunicaciones.

Puede uno pensar que, para eso, basta con utilizar un idioma desconocido. Sin embargo, hay un añadido: el navajo es una de las lenguas, si no la más, complicada del mundo. Vean algunos datos.

Los sustantivos no tienen ni género ni se declinan (como en latín o en alemán). Sólo tienen plural, pero no se puede deducir el plural del singular, hay que conocerlo. Además, los navajos unen a los sustantivos y a los pronombres unos sufijos, llamados posposiciones, que funcionan como declinaciones. Hay 78 diferentes. Así, shí es yo, shee, acerca de mí, shiih, hacia dentro de mí, shinaashii, al otro lado de donde estoy, enfrente de mí, y así muchas y muchas más posibilidades.

Por otro lado, dejando de lado los posesivos, que son, en realidad, prefijos, y que incluyen una forma dual, los adjetivos funcionan como los verbos, conjugándose. Y ahí la cosa se complica.

Los verbos navajos tienen las mismas personas que los nuestros (más la forma dual, nosotros dos), pero el sujeto y los complementos directos se indican por medio de prefijos. Además, en el plural hay que distinguir entre supuestos diferentes: por ejemplo, si varios actúan a la vez, como una unidad, o cada uno por su lado. Otro ejemplo: si el adjetivo se refiere a un lugar su forma será diferente de si se refiere a otra cosa.

Además, no tienen tiempos verbales; a los navajos lo que les importa es cómo suceden las cosas y no cuándo (aunque esto se deduzca del cómo). Y esas formas se expresan de siete maneras diferentes, según la acción esté o no terminada, se esté produciendo, se vaya a producir, o si es posible, habitual o repetida (no es lo mismo que habitual). La putada es que el prefijo de cada modo es tan diferente (a veces se altera la raíz del verbo) que hace irreconocibles las palabras resultantes.

Además, los navajos, a diferencia de nosotros, que distinguimos sólo entre la acción que está terminada (fui) y la que está teniendo lugar (iba), distinguen doce aspectos. Algunos son acojonantes: por ejemplo, hay uno que distingue el movimiento “aquí y allá” en forma dispersa, otro señala el cambio de dirección en el movimiento, mientras que otro te indica que el movimiento (incluso temporal) es en línea recta.

Tienen voz activa, pasiva, mediopasiva (el jarrón se cayó) y neutra (algo que es o está en un lugar).

Además tienen clasificadores: unos prefijos que se unen a los verbos de movimiento y que te indican las características de lo que se mueve, si es redondo o cuadrado o duro o blando o yo qué sé.

Y al parecer esto sólo es el comienzo.

Pobres japoneses.

(Estos datos los he sacado de un libro que recomiendo. Se llama “¿Qué son las lenguas?”, su autor es Enrique Bernárdez y está publicado en Alianza Editorial, isbn 84-206-2934-0)

Dawkins y la maldición de la inteligencia (III)

Notas aclaratorias

III

Sigamos con el capítulo 2º,

LA HIPÓTESIS DE DIOS

En este capítulo, Dawkins pretende … ¿Qué pretende? Pues no estoy muy seguro. Habla de muchas cosas, así, en plan batiburrillo. En el prefacio nos dice que escribe este capítulo para persuadirnos de que la “Hipótesis de Dios” es “una hipótesis científica acerca del Universo que debería analizarse tan escépticamente como cualquier otra”1. Sin embargo, después, cuando comenzamos a leer, nos encontramos con una especie de libro dentro del libro, una colección de chascarrillos y reflexiones (a menudo reflexiones de esas que haces tras la sexta cerveza). Veámoslo:

Comienza recordando que aunque el Dios del Antiguo Testamento es malísimo, no va a hablar de él, porque sería demasiado fácil2. De lo que va a hablar es de que frente a la tesis de que hay una “inteligencia sobrenatural y sobrehumana que deliberadamente diseñó y creó el Universo y todo lo que contiene, incluyéndonos a nosotros” hay una alternativa, que “cualquier inteligencia creativa, con suficiente complejidad para diseñar algo, solo existe como producto final de un prolongado proceso de evolución gradual”3.

Y para eso debe referirse al politeísmo, monoteísmo y agnosticismo.

Sus reflexiones sobre el politeísmo no pueden ser más superficiales. Así, no sabe por qué es mejor el monoteísmo que el politeísmo. Cita una coña de Ibn Warraq que dice que el monoteísmo está destinado a la eliminación de otro dios más y convertirse en ateísmo (vamos, a pasar de una religión de muchos a una de uno y, de ahí, a una sobre una “nada tan bella”).

En cualquier caso, a Dawkins el politeísmo le dura lo justo para nombrarlo y si quieres te lees La Rama Dorada de Frazer. Llega a afirmar que al politeísmo lo menciona para cubrirse “frente a una acusación de negligencia” (lo juro, lo afirma). Como le molesta todo sobrenaturalismo, se va a concentrar en la forma más familiar a los lectores: el monoteísmo de “las tres ‘grandes’ religiones monoteístas (cuatro, si contamos el mormonismo), todas ellas remontándose hacia el patriarca mitológico Abraham, por lo que será conveniente tener en mente el conjunto de las tradiciones durante el resto del libro”. Naturalmente, esto lo hace por el “probe” lector, no porque seguramente no pueda hablar de los budismos, el taoismo, los hinduismos, el jainismo, el shinto, las religiones animistas o cualquiera de las religiones extinguidas (como el vedismo o las religiones indoeuropeas). No hay más que ver que, en realidad, a lo largo del libro habla exclusivamente del cristianismo, mencionando de pasada el judaísmo y el islam. Y no hay más que ver que llegue a considerar al mormonismo como una de las cuatro “grandes religiones monoteístas”. Sin embargo, aclara, no se mete con el dios barbudo, habla de cualquier cosa sobrenatural. Pues no. Habla, casi siempre, del Dios barbudo. Lo comprobaremos.

Todo entre chascarrillos sobre la discriminación a las religiones politeístas; sobre el dinero libre de impuestos de los telepredicadores; sobre el criptopoliteísmo católico de la trinidad, aderezado con los cultos a la virgen, los santos, los ángeles y los tronos, concluyendo sobre la hipocresía de Wojtyla, que menciona a la virgen de Fátima, en vez de a la de Lourdes o a la de Guadalupe (aquí se extiende un rato porque es fácil, aunque no sé por qué le molesta tanto cuando “no se sabe por qué es mejor el monoteísmo que el politeísmo”, Dawkins dixit); sobre la superioridad de los deístas sobre los teístas, porque hubo una época en que los llamaban ateos; sobre la naturaleza psicopática del Dios del Antiguo Testamento; sobre la manía que todos —incluidos policías— tienen a los ateos en Mills, USA; sobre el hecho de que los políticos sean todos religiosos (y ninguno se beneficie a una cabaretera, añado yo); y sobre que Nehru quería ser laico. Como ven, para no meterse con el Dios barbudo escoge el camino de hacerlo con todas sus malas obras.

Así que, citado el politeísmo por el qué dirán, se mete en harinas con el monoteísmo. Eso sí, como las tres religiones abrahámicas son indistinguibles a los efectos de su libro, pues se referirá casi siempre al cristianismo, porque es la versión que le resulta más familiar. Y no se ocupará en absoluto del budismo y del confucianismo. Si fuera verdad que se va a ocupar sólo de la hipótesis de Dios, daría igual. Lo malo es que está todo el libro dando hostias a la religiones cristianas. Lo de Dios, así, sin barba, le ocupa poco espacio.

En ese momento, Dawkins se pone a hablar del laicismo, los padres fundadores y la religión en América. No, no es broma. Tras su magistral incursión por el monoteísmo se centra en Jefferson, Washington, Adams y compañía y nos jura que eso de que los USA son una nación cristiana es un timo. No hay más que ver un tratado de 1797 con Trípoli firmado por John Adams. Sí, no me lo invento. Rebusca, rebusca, y se encuentra con tres palabras en un tratado internacional con Trípoli4.

La conclusión es que si Estados Unidos es ahora una nación religiosa, pues, nos dice, a lo mejor se debe a que, a diferencia de Inglaterra que está harta de las guerras de religión (“con protestantes y católicos detentando el poder y asesinando sistemáticamente a los otros”5), los USA no tuvieron estas guerras, o a que hay inmigrantes que añoran el terruño natal y lo sustituyen por Dios, o, incluso, que surge del propio laicismo, que permite la libre competencia entre religiones y la práctica de “agresivas técnicas de venta del mercado”. No sé cual de las anteriores explicaciones es menos convincente.

Incluso va más allá. A lo mejor Jefferson ¡era ateo! Rediós, qué argumento. Y a Dawkins le conmueve (supongo que también los esclavos de Jefferson se conmovían con los pensamientos de Jefferson sobre que un negro no podría entender a Euclides). Y Madison dijo una vez … y Franklin … , y Adams una vez cerró muy fuerte una Biblia. Y claro, ¿qué pensarían los padres fundadores si escuchasen a Bush?

Por fin, tras impresionarnos con las historias de los señores de las pelucas, llegamos a los agnósticos, llenos ellos de miserias, esos que siempre están en medio, a los que no se puede respetar. Pero ¿qué es un agnóstico?

Distingue Dawkins entre los ATP y los APP. La T es temporal y la P es permanente. Como Dawkins dice que algún día podremos demostrar si Dios existe o no, sólo admite un agnosticismo con T. ¿Por qué?: porque existe la hipótesis de Dios y podemos establecer probabilidades sobre su realidad o falsedad. Es lo que hace, en un juego a lo museo local de la ciencia. Así, clasifica (avisa que hace abstracción de la continuidad) a la gente en:

1. Fuertemente teísta: Dios existe fijo 100%.

2. Teísta de hecho: Casi seguro.

3. Técnicamente agnóstico, pero inclinado hacia el teísmo: algo más del 50 %.

4. Agnóstico imparcial: 50 %.

5. Técnicamente agnóstico, pero inclinado hacia el ateísmo: algo menos del 50 %.

6. Ateo de hecho: casi seguro que Dios no existe.

7. Fuertemente ateo: Dios no existe, seguro.

Si no lo han entendido bien (ya se ve que la clasificación es de las difíciles), no tengan miedo en volver a leer la lista.

Nos dice Dawkins que hay pocos “7”, porque claro como los ateos no tienen fe no se puede decir Dios no existe. Ahí demuestra una de las carencias de las tesis de su libro. Para decir Dios “no” existe basta con excluir el sujeto de la frase. Inténtenlo. Es como decir “Xjueritusnad no existe”. No tiene sentido ¿verdad? Muchos ateos no encajan en la lista porque si les enseñas la lista se van a tomar unas cañas diciendo ¿este tío de qué habla?. Dawkins sin embargo sí esta en la lista.

Para él los buenos están en el “6”. Y nos dice que los APP están en el “4”. Lo malo (o lo bueno) es que la probabilidad de que Dios exista, o existan “teteras volantes de Russell” o “ratoncitos Pérez” o “monstruos espagueti voladores” es muy baja y la carga de la prueba corresponde a los creyentes. Pues vale, pero es que a ellos la probabilidad baja les vale. Además, Richard, ¿no debería por definición ser Dios un “ser” tan sumamente improbable que casi rozase la imposibilidad? Porque si fuese muy probable, Dios sería como la pedrea. La ventaja de los “ganchos celestiales” frente a las “ruedas de trinquete” a estos efectos es inmediata: si Dios existe es un gancho celestial; Dios no necesita evolucionar desde la simplicidad. Le basta con ser desde la imposibilidad. Dios “no juega a los dados” porque siempre gana.

Me hace gracia que Dawkins crea que llamar a Dios “tetera volante” o “monstruo espagueti” le facilita el trabajo. Sí, como manera de sacar los colores a “esos estúpidos hombres blancos” que usan habitualmente dos neuronas o a los que se tapan los oídos si escuchan “cagondiós” quizás sea útil, pero yo pensaba que hablábamos en serio. Porque si su “tetera volante” reúne todos los requisitos de ese Dios que parecen tan capaces de imaginar (Dawkins y los canónigos) o si ÉL nos habla a través de un parlante qurasí y nos dice que su nombre es “monstruo espagueti volador”, el problema subsiste, porque estaríamos hablando de Dios, solo que ahora lo llamamos “monstruo espagueti volador”. Ese que para muchos es precisamente innombrable. Y ahí está una de las razones por las que sus clasificaciones de investigador de ovnis6 no valen gran cosa. Pasa que, por definición, Dios es único (o un tío singular de narices), porque es omnipotente y omnisciente y esas cosas. Así que comparar a Dios con una tetera es hacer lo que hizo Gaunilo para refutar a San Anselmo: el absurdo argumento que compara al todopoderoso con un ratoncito mágico (o unas islas imaginadas), como si un ratoncito mágico pudiera crear el mundo en siete días, cuando sabemos que se limita a dar dinero a cambio de dientes de leche.

Continúa más tarde criticando la inversa: a los que afirman que, al contrario, desde la ciencia no puede refutarse a Dios. Y saca a relucir los Magisterios no Solapados (MANOS) de Gould. Aquí estoy con Dawkins, eso de que la ciencia, por principio, no pueda ocuparse de ciertas cosas es una estupidez. El problema no es ese. El problema es que para que determinada disciplina sea calificada de ciencia debe cumplir unos requisitos muy duros y aquí de nuevo Dawkins se encierra en un falso dilema. Porque discute que la teología sea un “tema”, y sobre todo que pueda darnos respuestas sobre el porqué.

Sin embargo, desde siempre ha existido gente reflexionando que cumple determinadas reglas fijadas, pero cambiantes a lo largo del tiempo. Que esas reglas, esos procedimientos, sirvan para algo es otra cosa. Incluso que sirvan para lo que dicen que sirven los que las practican es otra cosa. Pero eso no las excluye como disciplina. Yo creo que la teología es una disciplina inútil, pero es absurdo decir que los teólogos no utilizan reglas y procedimientos (indudablemente no científicos) relativamente estables y previstos con anterioridad (hasta que aparece el nuevo reformista de la disciplina) para reflexionar sobre Dios. Nos dirán que sus respuestas son respuestas sobre la moralidad, sobre el fin de la existencia humana y sobre muchas otras cosas muy importantes, pero basta con que no les creas. No es preciso decir que no tienen una disciplina, con la de exámenes que habrán aprobado los pobres teólogos.

Afirma Dawkins que “el hecho de que la religión no tenga nada más para contribuir a la sabiduría humana no es razón para otorgar vía libre a la religión para decirnos qué hacer”7. ¡Qué manía! ¡Qué espíritu censor! Yo defiendo que pueden decir lo que quieran siempre que me dejen a mí vía libre también. Y si piensa que sus conclusiones son falsas o sus métodos (en la medida en que afecten a la formación de la voluntad popular) estúpidos, que lo discuta. Es la mejor forma de desactivar sus tontas conclusiones. En cierto sentido lo hace cuando cita tantas anécdotas, pero eso sólo vale para los que tienen “infiernos artificiales” con actores que representan a demonios; Dawkins, sin embargo, quiere más.

Y además se enreda de nuevo en preguntas idiotas: ¿qué moral de que religión debemos seguir? ¡Pues la nuestra, hombre! ¿Son posibles los milagros? ¿Puede Dios derogar singularmente las leyes del Universo para ayudarme? Dawkins dice que todas esas hipótesis son hipótesis científicas y que hay que analizar su probabilidad. De nuevo el mismo error: la mayor o menor probabilidad es indiferente. Hablamos de Dios, el que todo lo puede. ¿Cómo aplicarle la ley de los grandes números? Incluso, nos dice, cuando hablamos de un Dios reducido a su mínima expresión, la hipótesis de su existencia también es una hipótesis científica, porque podemos enfrentarla a la hipótesis de un Universo sin creador, hipótesis más probable, como demostrará en otro capítulo.

Es cierto que, como dice Dawkins, los otros no juegan limpio, y que se atribuirán cualquier resultado “científico” que parezca apuntalar la existencia de Dios. Pero bueno, ya sabemos que los otros hacen trampas. No pueden no hacer trampas desde el momento en que su explicación es una explicación absoluta. Cogerán lo que les convenga y rechazarán (siempre hay un buen argumento en el mundo milagrero) lo que no les venga bien. Pero eso no autoriza a Dawkins a hacer lo mismo. Se supone que él es de los “buenos”, que es el tipo racional, y que sus argumentos se contrastan con los hechos. Cuando utiliza el flatus vocis para intentar demostrar que Dios no existe razona como un predicador. Debería tener cuidado en no hacer eso a menudo: cualquier día puede encontrarse pegando en la puerta de la catedral de Canterbury sus 95 tesis sobre el ateísmo.

Sus críticas al “Gran experimento de la oración” serían admisibles si pretendiese únicamente cachondearse de los cristianos que intervinieron y que querían, mediante un pseudoexperimento, demostrar que tienen razón. Comprendo además que defienda sus posiciones. Sin embargo, es absurdo cuando ataca la posición de los que prefieren, para contrarrestar las versiones más “radicales” del cristianismo (como en el caso del creacionismo), apoyarse en personas religiosas con un pensamiento más compatible con el propio mundo de Dawkins. Y no sólo porque le haga el caldo gordo a los creacionistas, sino por una simple cuestión de compatibilidad. Extrañamente (¿o no es tan extraño?) prefiere siempre la pureza de su causa, que así se tiñe de fundamentalismo.

 

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NOTAS:

1.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 12.

2.- Es chocante que diga que no va a hablar del Dios del Antiguo Testamento, del Dios barbudo, y de las creencias más chirriantes de las versiones más rancias del cristianismo y que sin embargo luego lo haga constantemente. Claro, no puede resistirse.

3.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 40.

4.- Resulta extraordinario, por otro lado, que Dawkins insista tanto en deducir el deísmo e, incluso, el ateísmo en los textos de los padres de la patria (algo perfectamente posible), ignorando la fuerza que tiene en la revolución americana el primer Gran Despertar, por ejemplo, y el hecho de que existiese una comunidad de intereses entre los “liberales” y las iglesias de corte presbiteriano que, por la democratización del entendimiento, abren la puerta a la aparición y explosión de las iglesias populares que marcan de manera tan extraordinaria la evolución de los Estados Unidos. Parece coincidir lo anterior con la idea de que Estados Unidos se constituye como nación laica y que de ese laicismo brota el fundamentalismo, de forma paradójica. Pero es que una cosa eran los ilustrados redactores de textos y otra cosa los americanos de la época. Ellos no tenían duda: se construía una nación cristiana, y la independencia del estado respecto de la religión era solamente una forma de librarse de la tiranía de las religiones estatales. Extrañamente, una iglesia católica o anglicana nacional habría, seguramente, limitado la explosión de un cristianismo fundamentalista. Supongo que esa explicación no aparece en Dawkins, porque implica reconocer la moderación de las grandes y viejas iglesias estructuradas en comparación con los quakers o los mormones.

5.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 49. Es curioso cómo a Dawkins le florecen las críticas al papismo. Hasta el punto de colocar en plano de igualdad, ¡en Inglaterra!, a protestantes y católicos como “detentadores” del poder y causantes de tantos males. Como si los 5 años de María la sangrienta y los 5 de Jacobo II pudieran equivaler a los trescientos años de antipapismo. Esta manía anticatólica aparece a menudo a lo largo del libro.

6.- Uso ese término porque hace muchos años leí un libro sobre extraterrestres gloriosamente cómico. En un momento dado, el autor decía que los extraterrestres podían clasificarse en altos, medianos y bajos. Clarividente el clasificador.

7.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 67.