Dawkins y la maldición de la inteligencia (III)

Notas aclaratorias

III

Sigamos con el capítulo 2º,

LA HIPÓTESIS DE DIOS

En este capítulo, Dawkins pretende … ¿Qué pretende? Pues no estoy muy seguro. Habla de muchas cosas, así, en plan batiburrillo. En el prefacio nos dice que escribe este capítulo para persuadirnos de que la “Hipótesis de Dios” es “una hipótesis científica acerca del Universo que debería analizarse tan escépticamente como cualquier otra”1. Sin embargo, después, cuando comenzamos a leer, nos encontramos con una especie de libro dentro del libro, una colección de chascarrillos y reflexiones (a menudo reflexiones de esas que haces tras la sexta cerveza). Veámoslo:

Comienza recordando que aunque el Dios del Antiguo Testamento es malísimo, no va a hablar de él, porque sería demasiado fácil2. De lo que va a hablar es de que frente a la tesis de que hay una “inteligencia sobrenatural y sobrehumana que deliberadamente diseñó y creó el Universo y todo lo que contiene, incluyéndonos a nosotros” hay una alternativa, que “cualquier inteligencia creativa, con suficiente complejidad para diseñar algo, solo existe como producto final de un prolongado proceso de evolución gradual”3.

Y para eso debe referirse al politeísmo, monoteísmo y agnosticismo.

Sus reflexiones sobre el politeísmo no pueden ser más superficiales. Así, no sabe por qué es mejor el monoteísmo que el politeísmo. Cita una coña de Ibn Warraq que dice que el monoteísmo está destinado a la eliminación de otro dios más y convertirse en ateísmo (vamos, a pasar de una religión de muchos a una de uno y, de ahí, a una sobre una “nada tan bella”).

En cualquier caso, a Dawkins el politeísmo le dura lo justo para nombrarlo y si quieres te lees La Rama Dorada de Frazer. Llega a afirmar que al politeísmo lo menciona para cubrirse “frente a una acusación de negligencia” (lo juro, lo afirma). Como le molesta todo sobrenaturalismo, se va a concentrar en la forma más familiar a los lectores: el monoteísmo de “las tres ‘grandes’ religiones monoteístas (cuatro, si contamos el mormonismo), todas ellas remontándose hacia el patriarca mitológico Abraham, por lo que será conveniente tener en mente el conjunto de las tradiciones durante el resto del libro”. Naturalmente, esto lo hace por el “probe” lector, no porque seguramente no pueda hablar de los budismos, el taoismo, los hinduismos, el jainismo, el shinto, las religiones animistas o cualquiera de las religiones extinguidas (como el vedismo o las religiones indoeuropeas). No hay más que ver que, en realidad, a lo largo del libro habla exclusivamente del cristianismo, mencionando de pasada el judaísmo y el islam. Y no hay más que ver que llegue a considerar al mormonismo como una de las cuatro “grandes religiones monoteístas”. Sin embargo, aclara, no se mete con el dios barbudo, habla de cualquier cosa sobrenatural. Pues no. Habla, casi siempre, del Dios barbudo. Lo comprobaremos.

Todo entre chascarrillos sobre la discriminación a las religiones politeístas; sobre el dinero libre de impuestos de los telepredicadores; sobre el criptopoliteísmo católico de la trinidad, aderezado con los cultos a la virgen, los santos, los ángeles y los tronos, concluyendo sobre la hipocresía de Wojtyla, que menciona a la virgen de Fátima, en vez de a la de Lourdes o a la de Guadalupe (aquí se extiende un rato porque es fácil, aunque no sé por qué le molesta tanto cuando “no se sabe por qué es mejor el monoteísmo que el politeísmo”, Dawkins dixit); sobre la superioridad de los deístas sobre los teístas, porque hubo una época en que los llamaban ateos; sobre la naturaleza psicopática del Dios del Antiguo Testamento; sobre la manía que todos —incluidos policías— tienen a los ateos en Mills, USA; sobre el hecho de que los políticos sean todos religiosos (y ninguno se beneficie a una cabaretera, añado yo); y sobre que Nehru quería ser laico. Como ven, para no meterse con el Dios barbudo escoge el camino de hacerlo con todas sus malas obras.

Así que, citado el politeísmo por el qué dirán, se mete en harinas con el monoteísmo. Eso sí, como las tres religiones abrahámicas son indistinguibles a los efectos de su libro, pues se referirá casi siempre al cristianismo, porque es la versión que le resulta más familiar. Y no se ocupará en absoluto del budismo y del confucianismo. Si fuera verdad que se va a ocupar sólo de la hipótesis de Dios, daría igual. Lo malo es que está todo el libro dando hostias a la religiones cristianas. Lo de Dios, así, sin barba, le ocupa poco espacio.

En ese momento, Dawkins se pone a hablar del laicismo, los padres fundadores y la religión en América. No, no es broma. Tras su magistral incursión por el monoteísmo se centra en Jefferson, Washington, Adams y compañía y nos jura que eso de que los USA son una nación cristiana es un timo. No hay más que ver un tratado de 1797 con Trípoli firmado por John Adams. Sí, no me lo invento. Rebusca, rebusca, y se encuentra con tres palabras en un tratado internacional con Trípoli4.

La conclusión es que si Estados Unidos es ahora una nación religiosa, pues, nos dice, a lo mejor se debe a que, a diferencia de Inglaterra que está harta de las guerras de religión (“con protestantes y católicos detentando el poder y asesinando sistemáticamente a los otros”5), los USA no tuvieron estas guerras, o a que hay inmigrantes que añoran el terruño natal y lo sustituyen por Dios, o, incluso, que surge del propio laicismo, que permite la libre competencia entre religiones y la práctica de “agresivas técnicas de venta del mercado”. No sé cual de las anteriores explicaciones es menos convincente.

Incluso va más allá. A lo mejor Jefferson ¡era ateo! Rediós, qué argumento. Y a Dawkins le conmueve (supongo que también los esclavos de Jefferson se conmovían con los pensamientos de Jefferson sobre que un negro no podría entender a Euclides). Y Madison dijo una vez … y Franklin … , y Adams una vez cerró muy fuerte una Biblia. Y claro, ¿qué pensarían los padres fundadores si escuchasen a Bush?

Por fin, tras impresionarnos con las historias de los señores de las pelucas, llegamos a los agnósticos, llenos ellos de miserias, esos que siempre están en medio, a los que no se puede respetar. Pero ¿qué es un agnóstico?

Distingue Dawkins entre los ATP y los APP. La T es temporal y la P es permanente. Como Dawkins dice que algún día podremos demostrar si Dios existe o no, sólo admite un agnosticismo con T. ¿Por qué?: porque existe la hipótesis de Dios y podemos establecer probabilidades sobre su realidad o falsedad. Es lo que hace, en un juego a lo museo local de la ciencia. Así, clasifica (avisa que hace abstracción de la continuidad) a la gente en:

1. Fuertemente teísta: Dios existe fijo 100%.

2. Teísta de hecho: Casi seguro.

3. Técnicamente agnóstico, pero inclinado hacia el teísmo: algo más del 50 %.

4. Agnóstico imparcial: 50 %.

5. Técnicamente agnóstico, pero inclinado hacia el ateísmo: algo menos del 50 %.

6. Ateo de hecho: casi seguro que Dios no existe.

7. Fuertemente ateo: Dios no existe, seguro.

Si no lo han entendido bien (ya se ve que la clasificación es de las difíciles), no tengan miedo en volver a leer la lista.

Nos dice Dawkins que hay pocos “7”, porque claro como los ateos no tienen fe no se puede decir Dios no existe. Ahí demuestra una de las carencias de las tesis de su libro. Para decir Dios “no” existe basta con excluir el sujeto de la frase. Inténtenlo. Es como decir “Xjueritusnad no existe”. No tiene sentido ¿verdad? Muchos ateos no encajan en la lista porque si les enseñas la lista se van a tomar unas cañas diciendo ¿este tío de qué habla?. Dawkins sin embargo sí esta en la lista.

Para él los buenos están en el “6”. Y nos dice que los APP están en el “4”. Lo malo (o lo bueno) es que la probabilidad de que Dios exista, o existan “teteras volantes de Russell” o “ratoncitos Pérez” o “monstruos espagueti voladores” es muy baja y la carga de la prueba corresponde a los creyentes. Pues vale, pero es que a ellos la probabilidad baja les vale. Además, Richard, ¿no debería por definición ser Dios un “ser” tan sumamente improbable que casi rozase la imposibilidad? Porque si fuese muy probable, Dios sería como la pedrea. La ventaja de los “ganchos celestiales” frente a las “ruedas de trinquete” a estos efectos es inmediata: si Dios existe es un gancho celestial; Dios no necesita evolucionar desde la simplicidad. Le basta con ser desde la imposibilidad. Dios “no juega a los dados” porque siempre gana.

Me hace gracia que Dawkins crea que llamar a Dios “tetera volante” o “monstruo espagueti” le facilita el trabajo. Sí, como manera de sacar los colores a “esos estúpidos hombres blancos” que usan habitualmente dos neuronas o a los que se tapan los oídos si escuchan “cagondiós” quizás sea útil, pero yo pensaba que hablábamos en serio. Porque si su “tetera volante” reúne todos los requisitos de ese Dios que parecen tan capaces de imaginar (Dawkins y los canónigos) o si ÉL nos habla a través de un parlante qurasí y nos dice que su nombre es “monstruo espagueti volador”, el problema subsiste, porque estaríamos hablando de Dios, solo que ahora lo llamamos “monstruo espagueti volador”. Ese que para muchos es precisamente innombrable. Y ahí está una de las razones por las que sus clasificaciones de investigador de ovnis6 no valen gran cosa. Pasa que, por definición, Dios es único (o un tío singular de narices), porque es omnipotente y omnisciente y esas cosas. Así que comparar a Dios con una tetera es hacer lo que hizo Gaunilo para refutar a San Anselmo: el absurdo argumento que compara al todopoderoso con un ratoncito mágico (o unas islas imaginadas), como si un ratoncito mágico pudiera crear el mundo en siete días, cuando sabemos que se limita a dar dinero a cambio de dientes de leche.

Continúa más tarde criticando la inversa: a los que afirman que, al contrario, desde la ciencia no puede refutarse a Dios. Y saca a relucir los Magisterios no Solapados (MANOS) de Gould. Aquí estoy con Dawkins, eso de que la ciencia, por principio, no pueda ocuparse de ciertas cosas es una estupidez. El problema no es ese. El problema es que para que determinada disciplina sea calificada de ciencia debe cumplir unos requisitos muy duros y aquí de nuevo Dawkins se encierra en un falso dilema. Porque discute que la teología sea un “tema”, y sobre todo que pueda darnos respuestas sobre el porqué.

Sin embargo, desde siempre ha existido gente reflexionando que cumple determinadas reglas fijadas, pero cambiantes a lo largo del tiempo. Que esas reglas, esos procedimientos, sirvan para algo es otra cosa. Incluso que sirvan para lo que dicen que sirven los que las practican es otra cosa. Pero eso no las excluye como disciplina. Yo creo que la teología es una disciplina inútil, pero es absurdo decir que los teólogos no utilizan reglas y procedimientos (indudablemente no científicos) relativamente estables y previstos con anterioridad (hasta que aparece el nuevo reformista de la disciplina) para reflexionar sobre Dios. Nos dirán que sus respuestas son respuestas sobre la moralidad, sobre el fin de la existencia humana y sobre muchas otras cosas muy importantes, pero basta con que no les creas. No es preciso decir que no tienen una disciplina, con la de exámenes que habrán aprobado los pobres teólogos.

Afirma Dawkins que “el hecho de que la religión no tenga nada más para contribuir a la sabiduría humana no es razón para otorgar vía libre a la religión para decirnos qué hacer”7. ¡Qué manía! ¡Qué espíritu censor! Yo defiendo que pueden decir lo que quieran siempre que me dejen a mí vía libre también. Y si piensa que sus conclusiones son falsas o sus métodos (en la medida en que afecten a la formación de la voluntad popular) estúpidos, que lo discuta. Es la mejor forma de desactivar sus tontas conclusiones. En cierto sentido lo hace cuando cita tantas anécdotas, pero eso sólo vale para los que tienen “infiernos artificiales” con actores que representan a demonios; Dawkins, sin embargo, quiere más.

Y además se enreda de nuevo en preguntas idiotas: ¿qué moral de que religión debemos seguir? ¡Pues la nuestra, hombre! ¿Son posibles los milagros? ¿Puede Dios derogar singularmente las leyes del Universo para ayudarme? Dawkins dice que todas esas hipótesis son hipótesis científicas y que hay que analizar su probabilidad. De nuevo el mismo error: la mayor o menor probabilidad es indiferente. Hablamos de Dios, el que todo lo puede. ¿Cómo aplicarle la ley de los grandes números? Incluso, nos dice, cuando hablamos de un Dios reducido a su mínima expresión, la hipótesis de su existencia también es una hipótesis científica, porque podemos enfrentarla a la hipótesis de un Universo sin creador, hipótesis más probable, como demostrará en otro capítulo.

Es cierto que, como dice Dawkins, los otros no juegan limpio, y que se atribuirán cualquier resultado “científico” que parezca apuntalar la existencia de Dios. Pero bueno, ya sabemos que los otros hacen trampas. No pueden no hacer trampas desde el momento en que su explicación es una explicación absoluta. Cogerán lo que les convenga y rechazarán (siempre hay un buen argumento en el mundo milagrero) lo que no les venga bien. Pero eso no autoriza a Dawkins a hacer lo mismo. Se supone que él es de los “buenos”, que es el tipo racional, y que sus argumentos se contrastan con los hechos. Cuando utiliza el flatus vocis para intentar demostrar que Dios no existe razona como un predicador. Debería tener cuidado en no hacer eso a menudo: cualquier día puede encontrarse pegando en la puerta de la catedral de Canterbury sus 95 tesis sobre el ateísmo.

Sus críticas al “Gran experimento de la oración” serían admisibles si pretendiese únicamente cachondearse de los cristianos que intervinieron y que querían, mediante un pseudoexperimento, demostrar que tienen razón. Comprendo además que defienda sus posiciones. Sin embargo, es absurdo cuando ataca la posición de los que prefieren, para contrarrestar las versiones más “radicales” del cristianismo (como en el caso del creacionismo), apoyarse en personas religiosas con un pensamiento más compatible con el propio mundo de Dawkins. Y no sólo porque le haga el caldo gordo a los creacionistas, sino por una simple cuestión de compatibilidad. Extrañamente (¿o no es tan extraño?) prefiere siempre la pureza de su causa, que así se tiñe de fundamentalismo.

 

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NOTAS:

1.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 12.

2.- Es chocante que diga que no va a hablar del Dios del Antiguo Testamento, del Dios barbudo, y de las creencias más chirriantes de las versiones más rancias del cristianismo y que sin embargo luego lo haga constantemente. Claro, no puede resistirse.

3.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 40.

4.- Resulta extraordinario, por otro lado, que Dawkins insista tanto en deducir el deísmo e, incluso, el ateísmo en los textos de los padres de la patria (algo perfectamente posible), ignorando la fuerza que tiene en la revolución americana el primer Gran Despertar, por ejemplo, y el hecho de que existiese una comunidad de intereses entre los “liberales” y las iglesias de corte presbiteriano que, por la democratización del entendimiento, abren la puerta a la aparición y explosión de las iglesias populares que marcan de manera tan extraordinaria la evolución de los Estados Unidos. Parece coincidir lo anterior con la idea de que Estados Unidos se constituye como nación laica y que de ese laicismo brota el fundamentalismo, de forma paradójica. Pero es que una cosa eran los ilustrados redactores de textos y otra cosa los americanos de la época. Ellos no tenían duda: se construía una nación cristiana, y la independencia del estado respecto de la religión era solamente una forma de librarse de la tiranía de las religiones estatales. Extrañamente, una iglesia católica o anglicana nacional habría, seguramente, limitado la explosión de un cristianismo fundamentalista. Supongo que esa explicación no aparece en Dawkins, porque implica reconocer la moderación de las grandes y viejas iglesias estructuradas en comparación con los quakers o los mormones.

5.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 49. Es curioso cómo a Dawkins le florecen las críticas al papismo. Hasta el punto de colocar en plano de igualdad, ¡en Inglaterra!, a protestantes y católicos como “detentadores” del poder y causantes de tantos males. Como si los 5 años de María la sangrienta y los 5 de Jacobo II pudieran equivaler a los trescientos años de antipapismo. Esta manía anticatólica aparece a menudo a lo largo del libro.

6.- Uso ese término porque hace muchos años leí un libro sobre extraterrestres gloriosamente cómico. En un momento dado, el autor decía que los extraterrestres podían clasificarse en altos, medianos y bajos. Clarividente el clasificador.

7.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 67.

5 comentarios en “Dawkins y la maldición de la inteligencia (III)

  1. “Si no lo han entendido bien (ya se ve que la clasificación es de las difíciles), no tengan miedo en volver a leer la lista”. No resiste la segunda lectura porque la primera me deja ojiplático. Tal vez los lectores para los que escribe Dawkins la lengan que leer n veces para captar sus infinitos matices

  2. Hay una versión en cómic no sé si de un Carlos Giménez o un Rafael Auraleón o uno de esos, pero no la encuentro. Quería ponerla por si a alguien no le gusta leer.

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