Dawkins y la maldición de la inteligencia (IX)

Notas aclaratorias

I – IIIIIIV – V – VI – VII – VIII

 

Estamos llegando al final, y el libro que está repleto de testimonios, hasta el punto de recordar uno de esos programas televisivos en los que la gente confiesa delante de las cámaras algún terrible pecado, adquiere, en el capítulo de hoy, tintes melodramáticos. No en vano, Dawkins nos habla de la …

INFANCIA, ABUSO Y LA FUGA DE LA RELIGIÓN

La historia de Edgardo Mortara sirve al autor de punto de partida. El niño judío, bautizado con apenas seis años por la analfabeta sirvienta católica, y secuestrado por la Iglesia para ser educado en la fe católica, le permite analizar el absurdo comportamiento de quiénes creen que el futuro espiritual y mental debía decidirse por el agua derramada recitando un ensalmo y el, también estúpido, de los padres, que no reniegan de su fe judía para recuperar a su hijo. Es una historia brutal desde nuestros parámetros, que adquirió relevancia en su época, seguramente porque estaba cambiando el paradigma moral, pero que ciertamente retrata una visión fundamentalista del mundo. Esa visión, nos dice Dawkins, no es comprensible sin el poder de la religión para “pervertir el sentido común y para pervertir la decencia humana moral”1, y en el que además creían sinceramente 2. Este hecho, defiende el autor, es absurdo además porque los niños no pueden tener una religión. Esta idea es la que básicamente desarrolla en el capítulo 3. Por cierto, es extraño que Dawkins no cuente que Edgardo Mortara terminó haciéndose sacerdote católico (creo que, de hacer algo, reforzaría su tesis), como se observa en la fotografía en la que por fin, veinte años después de su desaparición, se reencontró con su madre.

Para desarrollar su tesis, parte de una desafortunada comparación. Recuerda las denuncias sobre pedofilia y la histeria desatada en Reino Unido, que llevó incluso a que un pediatra, confundido con un pederasta, estuviera a punto de ser linchado. Y en consecuencia, como lo que le disgusta al autor, más que la propia Iglesia, “es la injusticia”, anuncia que cree que ha existido cierta demonización por hechos a veces remotos y que pudieran resultar de falsos recuerdos. Tengo una especie de extraña falta de sincronía con el autor. ¡Para una vez que no se mete con la Iglesia! Yo no dudo de que puedan haberse producido abusos para sacarle los cuartos a la Iglesia. Individualmente es algo lamentable, pero la institución ha hecho muy poco por remover ciertos comportamientos entre sus pastores, como si estuviese en el ADN de la profesión de los que allí mandan, la tolerancia con esos comportamientos “desviados”. Hay demasiados ejemplos y el afán por no pelear por su imagen, sino comprar silencios y voluntades, no ha ayudado mucho.

En fin, todo tiene trampa. A lo mejor es comprensivo porque su mirada está puesta en otro sitio. Y es que Dawkins defiende que aunque el abuso sexual sea horrible, “el daño era probablemente menor que el daño psicológico a largo plazo infligido por educar en primer lugar al niño en la fe católica” 4.

Y comienza con la retahíla de testimonios. Debo decir, en primer lugar que resulta sorprendente cómo, cuando cita Dawkins cartas o correos recibidos de personas que apuntalan sus tesis, los autores son descritos siempre de manera afectuosa: “(…), entre las muchas cartas que recibí estaba esta, de una obviamente brillante y honesta mujer (…)” 5; “Jill Mytton, una mujer deliciosa y profundamente sincera (…)” 6; “(…) la actriz cómica americana Julia Swenney y a su obstinado y simpáticamente humorístico empeño (…) y ahora es un modelo admirable para los jóvenes ateos de todas partes” 7 ; “esos eran profesores de Universidad muy educados, confiados en su erudición y en su madurez que, probablemente, superaban a sus padres en todos los asuntos del intelecto, no sólo de la religión” 8 . Cansa tanto testimonio de gente que lo pasó mal por su educación infantil y tenía pesadillas. No porque no se trate de historias auténticas, sino porque supongo que se podría presentar un montón de ejemplos de lo contrario (aunque Dawkins los calificaría de ilusos con la mente sorbida por el fanatismo). Además, me hace gracia que Dawkins no caiga en la cuenta de que seguramente sus correos, cuando narran experiencias personales, mayoritariamente sean, o de gentuza que quiere volarle la tapa de los sesos, o de conversos que ven en él una especie de padre espiritual. La mayoría de la gente, la que no va de Damasco en Damasco, la que habrá tenido una infancia normal, con sus cambios modulados y lentos, sin alharacas, dudo que tengan el más mínimo interés en contarle sus experiencias.

Frente a estas maravillosas personas ateas, maduras y reflexivas, los ejemplos de creyentes que presenta provienen, normalmente, de fundamentalistas norteamericanos. Gente curiosa que tiene “casas infernales“, parques temáticos donde llevar a los niños, que remedan las torturas del infierno.

Pues bien, de entrada he de decir que, afirmar que el abuso sexual (el propio Dawkins refiere haberlo sufrido aunque de forma ligera) causa menos o iguales daños que la educación católica, es una gilipollez de tal calibre que descalifica a su autor. Eso le pasa por seguir empeñándose en defender que las prácticas religiosas y las iglesias son todas iguales (no lo dice expresamente, pero espero que vayan convenciéndose de que subyace tras sus palabras). Cientos de millones de personas se han educado en colegios religiosos y con padres creyentes de alguna religión, y han sufrido por ello menos daños psicológicos que por tener que llegar a las diez a casa o porque se hayan reído de él, por tenerla pequeña, en el gimnasio del colegio. Comparar eso al abuso sexual es aberrante. Y no hablo sólo de sus formas más terribles. Me gustaría conocer que tiene que decir algún psicólogo clínico que haya tratado con personas víctimas de abusos sexuales en la infancia.

Pero es que esa afirmación es la premisa necesaria para defender la tesis del psicólogo Nicholas Humphrey que sostiene que:

“los niños (…) tienen el derecho humano de no ver sus mentes lisiadas por la exposición a las malas ideas de otras personas -sin importar quiénes sean esas otras personas-. Los padres, por lo tanto, no tienen licencia divina para adoctrinar a sus hijos en la forma que ellos personalmente eligen (…) Por ello no deberíamos permitir más a los padres enseñar a sus hijos a creer, por ejemplo, en la verdad literal de la Biblia o en que los planetas gobiernan sus vidas, de lo que deberíamos permitirles golpear a sus hijos en la boca o encerrarles en una mazmorra” 9.

Dawkins insiste en ello, relacionando esta tesis con las singularidades culturales y la necesidad de hacer prevalecer el derecho de los niños sobre el derecho a la existencia de aquellas, como no sucede en el caso Amish, resuelto negativamente por el Tribunal Supremo norteamericano en 1972.

Pero no da el paso que le exigen sus puntos de vista. Yo intentaré hacerlo por él. Si la cuestión fuese librar a niños de la tara que supone vivir en ambientes que no han podido escoger libremente, como el de los amish, nos plantearíamos una cuestión básicamente civil que se resuelve con sencillez: plantéese un mínimo educativo obligatorio, basado en estándares admitidos por la comunidad de expertos en cada materia y exíjase, con pruebas comunes y homologadas, que ese estándar se cumpla. Así sucede, por ejemplo, en España. Los niños que acuden a colegios religiosos estudian libros de “conocimiento del medio” aprobados por el Ministerio de Educación. A mi juicio, debería excluirse de las materias impartidas en los colegios la enseñanza religiosa (como todas las enseñanzas de valores), puesto que esa enseñanza debería ser, en su caso, materia reservada a los padres o a escuelas parroquiales. Como solución menos adecuada, la enseñanza religiosa en los centros confesionales exclusivamente, fuera del horario lectivo y sin influencia curricular. Pero, en cualquier caso, una asignatura de enseñanza de una religión no impide que se enseñen otros saberes. Una generación de españoles (socialmente ateos) puede testimoniarlo. Una solución así permitiría al niño amish conocer las alternativas al mundo de sus padres y resolvería las formas extremas de negligencia educativa.

Sin embargo, me temo que eso no bastaría a Dawkins y a su amigo el psicólogo. Ellos creen que enseñar religión causa daños psicológicos irreversibles. Yo les pregunto: ¿qué haríais si un padre que permite que se enseñe a su hijo a Darwin y Eddington luego quiere enseñarle religión católica? ¿Lo separaríais de él? ¿Encargaríais su educación al Estado? Aquí no valen triquiñuelas. Hay que dar una respuesta real, concreta. Es un problema como el del tradicional “un hombre, un voto”. Hay razones objetivas para considerar que no debieran valer igual los votos de unos y otros ciudadanos. El problema es ¿qué criterio de ponderación se seguiría? Cuando se analiza ese problema en profundidad, se observa que no puede seguirse ninguno mejor que el de la igualdad plena de los ciudadanos. Igual sucede en este caso. Porque hay que recordar a los amigos de la ingeniería social esos testimonios (sí testimonios) de los supervivientes de los jemeres rojos o de los que pasaron por la reeducación derivada de la revolución cultural. También decían que la música occidental era burguesa y un obstáculo para la consecución del socialismo, y obligaban a los músicos chinos a romper sus violines y olvidar a Bach. No pretendo sostener que esté en la mente de Dawkins algo similar. Precisamente por eso es precisa mayor concreción.

Cuando Dawkins se centra en un ejemplo de su país, al que dedica ni más ni menos que seis páginas, el de un colegio subvencionado con fondos públicos en el que la enseñanza de la ciencia es creacionista, hace trampas. No porque no tenga razón al acusar a Tony Blair y su Gobierno por ese hecho, sino porque muestra un caso de educación deficiente como ejemplo de educación religiosa. Y no, no es lo mismo. Es inadmisible que se enseñe creacionismo como alternativa científica. Es inadmisible que se enseñe que la Biblia contiene una descripción literal y física del mundo. Pero no es inadmisible que los padres escojan que sus hijos reciban una educación religiosa, siempre que no les hurten un acceso pleno al conocimiento humano. Dawkins critica a los censores y manipuladores, pero él mismo (si admitimos que quisiera llegar a ese punto) se comportaría como un censor. Más nos aprovecharía a todos, creyentes y ateos, si nos pusiéramos de acuerdo en un corpus común básico, sin exigir que luego los padres estén limitados a la hora de decidir que otros conocimientos o valores deban recibir sus hijos. Valores que seguramente rechazarán o releerán, por supuesto.

Es kafkiana la “mejora de la conciencia” que propone en este capítulo cuando exige que a los niños no se les etiquete como católicos o musulmanes, aduciendo que no se les etiqueta como ateos o agnósticos. Es kafkiana porque está implícito que los niños, hasta cierta edad sean lo que son sus padres (y todo el mundo sabe qué quiere decir que un niño de cuatro años es católico). Mantener otra cosa es mentir. Crecer es precisamente desprenderse del manto ideológico y de la visión del mundo de nuestros progenitores. Eso de que no se etiqueta a los niños como ateos pronto cambiará. Menciona Dawkins a los “Brillantes“, una asociación de ateos nacida en norteamérica. Como están muy leídos mantienen que “la decisión de ser un brillante debe ser del niño. Cualquier joven a quien se le ha dicho que él o ella debería, o podría (las negritas son mías), ser un brillante, NO puede ser un brillante”. ¡Qué ingenuidad! Dawkins es un brillante. ¿Serán sus hijos brillantes? Hombre, seguramente sí, por propia voluntad, y no por emular a su famoso progenitor, ni siquiera por llevar a la práctica esas enseñanzas que no producen ningún daño psicológico (ya saben que Dawkins les dirá que cuando te mueres se acabó, y que no existe el Ratoncito Pérez ni los Reyes Magos, y que si los demás niños reciben regalos es porque tienen infectada la mente por un intolerante virus). Porque, claro, la diferencia entre lo que enseña Dawkins a sus hijos y lo que enseña un luterano, es que lo que enseña Dawkins es verdad.

Por eso termina Dawkins advirtiendo que no quiere sacar la Biblia de las escuelas. Porque forma parte de nuestra tradición y nuestra cultura. Eso sí, siempre que quede claro que se trata de un libro más y sin tener que admitir la existencia de creencias sobrenaturales. Naturalmente tiene razón. La religión es un hecho histórico y social de tanta trascendencia que no se puede ser culto sin conocerlo a fondo, pero, insisto, el problema es que Dawkins no discute sólo por lo que sí debe enseñarse. Y aunque es ambiguo en ocasiones, hay afirmaciones tan excesivamente gruesas que le impiden a uno practicar con él la caridad del olvido.

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NOTAS:

1.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 334.

2.- De nuevo llama poderosamente la atención que Dawkins, al contar la historia de Mortara, insista tanto en la sinceridad de las autoridades católicas que secuestraron al muchacho. Es decir, el papa, los cardenales y la inquisición del XIX sí es sincera porque realiza un acto “horrible” y que sirve para afianzar la idea de que lo malo es la religión y no las personas que la encarnan. Sin embargo, cuando un sucesor de aquél papa admite el Big Bang o una monja recibe el Nobel de la Paz, su comportamiento debe ser hipócrita.

3.- No reiteraré mi idea, que se menciona con profusión en anteriores comentarios, relativa a la importancia de las estructuras materiales y culturales de la época a la hora de analizar fenómenos como éste. La estructura religiosa sería, por tanto, más un síntoma del espíritu de la época que la causa de hechos que ahora calificamos como brutales.

4.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 338.

5.- Ibíd. pág. 341.

6.- Ibíd. pág. 343.

7.- Ibíd. pág. 344.

8.- Ibíd. pág. 346.

9.- Ibíd. pág. 348.

Un comentario en “Dawkins y la maldición de la inteligencia (IX)

  1. “Hay afirmaciones tan excesivamente gruesas [en Dawking] que le impiden a uno practicar con él la caridad del olvido” Pues hay que hacer hasta li imposible para conseguirlo. No hacerlo es pecado

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