Gaudeamus igitur

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Joven caballero en un paisaje, 1510 – Vittore Carpaccio

 

No sabemos quién es el caballero que pinta Carpaccio en esta extraordinaria pintura. Se ha dicho que San Eustaquio por lo del ciervo que aparece, o Fernando de Aragón, miembro de la orden del armiño, o un retrato póstumo de un caballero anónimo. Los más dicen que es Franceso Maria della Rovere, duque de Urbino, sobrino y sobrino nieto de papas. Y lo cierto es que existe un gran parecido con otros retratos que de él se conservan, como los de Rafael y Tiziano que aparecen más abajo. Sería, en tal caso, el primer retrato de cuerpo entero de la historia de la pintura occidental.

Escuché en el propio Museo Thyssen una explicación sobre el cuadro. Se centraba en la iconografía. Este retrato está repleto de detalles que hay que explicar. El joven a caballo parece que vaya de justa, o a una celebración con sus mejores galas. Lo curioso es que se trata del mismo caballero retratado, en un desdoblamiento extraño, que parece presentarnos a la misma persona en momentos diferentes. Está rodeado de animales y plantas que se presentan de forma abigarrada. Se dice que son símbolos de las cualidades del caballero: la lealtad representada por el perro, la fortaleza por el roble (que se relacionaría con el apellido del retratado si realmente es un della Rovere), el halcón con el valor, la azucena con la virtud, el armiño con la pureza. Además se representa la forma de caza del armiño, al que se rodea de inmundicias que es incapaz de atravesar, de ahí el mensaje (que lo es de la orden del armiño) que puede leerse en el cartellino, Malo mori quam foedari, antes morir que mancharse. Nos dicen que es primavera y que el joven roble al que le salen las primeras hojas es trasunto del joven caballero, del que se esperan las mejores hazañas.

Yo, sin embargo, siempre he tenido la sensación de que el caballero está muerto. Su extraordinaria palidez (aunque la blancura de piel es símbolo de nobleza en la Italia renacentista); su gesto melancólico y pensativo; la propia imagen a caballo, como un recuerdo; la vegetación y la fauna, con esos conejos que se encuentran al lado de la figura de un buitre, con el vuelo de las cigüeñas a las que mira el halcón sin inmutarse; esa ciudad al fondo, que parece una Jerusalén celeste, con sus murallas reflejadas en el agua; la atmósfera de irrealidad, casi otoñal, ocre y vaporosa, mezclada con los signos de una primavera que parece perpetua.

Quizás el pintor fue capaz de retratar a una persona viva, un caballero con educación humanística, que comprendería todos los símbolos y pensaría que se refieren a un futuro esplendoroso, lleno de nobleza y virtud, y a la vez, fue capaz de realizar un memento mori bellísimo, que nos habla de la juventud perdida tras la batalla y la fugacidad eterna del sacrificio voluntario.

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Dawkins y la maldición de la inteligencia (y X)

Notas aclaratorias

I – IIIIIIV – V – VI – VII – VIII – IX

Termino mis comentarios sobre El Espejismo de Dios con el último capítulo y con una conclusión sobre el conjunto del libro. A este último capítulo Dawkins lo llama …

¿UN VACÍO MUY NECESARIO?

El título pretende ser un chiste: nos dice Richard Dawkins que su libro “rellena un vacío muy necesario”, y añade que simultáneamente comprendemos los dos significados opuestos 1. Pues mira que soy raro, yo no los entiendo (juntos claro). Se supone que lo que está vacío es la religión y Dios, y que se debe rellenar ese vacío con otras cosas, y Dawkins cita, entre interrogantes, la ciencia, el arte, la amistad, el humanismo, el amor a la naturaleza. Menos mal que para, porque si no podría haber empezado a incluir todas las disciplinas de una Universidad de Verano. El libro sería como aquello que escuché hace años mientras esperaba para cruzar una calle: ella le dice “no me haces caso, me aburro en casa” y él contesta “pues apúntate a un curso de pintura”. Es difícil de creer, pero, en suma, Dawkins parece desear que consideremos su libro como un manual de autoayuda.

Bien, veámoslo desde esa perspectiva. De eso se trata, porque una vez demostrado que la religión no explica el mundo, ni nos dice cómo debemos comportarnos, Dawkins intenta derrumbar el último parapeto, el de que la religión nos consuela o nos inspira.

Binker es un amigo imaginario. De un niño. Dawkins se pregunta si los binkers se convierten en dioses. O si los dioses se convierten en binkers. Vuelve a su tesis de la relación de la religión con el paidomorfismo; ya saben, la retención de caracteres infantiles que se observa en los seres humanos adultos, en comparación con otros primates. Yo siempre pensé que esa teoría —la de la retención de caracteres infantiles— partía de la necesidad de ampliar el período de crecimiento y maduración que permitiera el desarrollo cerebral. Lo que no entiendo es que llegue al punto de defender que nos haga más idiotas cuando debe hacernos más inteligentes. Es como si defendiese que un gorila no tiene amigos infantiles ni dioses porque en seguida madura y le resulta evidente que estamos solos en el universo y luego se fuma un pitillo y escucha jazz. A mí me da que la hipótesis es algo idiota. No puede defenderse, a la vez, que el desarrollo de la cría humana, que se prolonga durante años, permita que a un tipo se le ocurra lo de las supercuerdas porque nos hace listos y produzca lo de las religiones porque “seguimos” siendo gilipollas.

No les quiero decir nada sobre una tesis que menciona (eso sí con grandes reservas): la de que la percepción de nuestros yoes produce una disociación que era percibida como algo con realidad física hasta alrededor del 1000 a. e., momento en el que se produce una transición histórica que lleva a los hombres a darse cuenta de que esa segunda voz procedía de su interior. Es una tesis de un tal Julian Jaynes, un psicólogo. Me da que ese psicólogo sí que oye voces. Dice el sujeto que ese momento, que llama “ruptura de la mente bicameral”, se produce por una retirada progresiva hacia la niñez de ese comportamiento alucinatorio. Lo que no entiendo es por qué Dawkins cita en su libro teorías paranormales.

Pero bueno, un binker sirve para consolarnos y esa sería una función de la religión. Aclara Dawkins que, aunque cumpliera esa función, la religión no por ello sería más verdadera, aclaración que comparto. Lo que no comparto es la obsesión de Dawkins por demostrar, con los hechos, que su visión del mundo podría ser tan consoladora como la religión. ¿No hemos quedado en que lo importante es la verdad?

Distingue dos tipos de consuelo, el “directo físico” y el consuelo “por el descubrimiento de un hecho previamente inapreciado o por una forma anteriormente no identificada de observar hechos ya existentes”2. ¡Joder! ¿cómo clasificará los libros?: quizás, en un estante, los de ciencia y, en otro, los que tienen un número impar de páginas encuadernados en piel en los que no se menciona la palabra achicoria. Es evidente que, en realidad, lo que quiere decir es que, si piensas mucho, mucho, y te das cuenta de que eres un montón de átomos con barriga, ese hecho portentoso te hará levitar (figuradamente, claro) y hallarás un gran consuelo, sobre todo si te comparas con los memos que van a las procesiones.

Dawkins se decide a desvelar la gran hipocresía de los que creen en una vida futura. Sostiene que, en realidad, todo cristo (perdón) se agarra a la vida actual (salvo contados casos), hasta el punto de que precisamente los creyentes son los más encarnizados enemigos del suicidio asistido. De ahí deduce que la gente, en realidad, no cree demasiado en la vida futura y que si eres ateo, como lo tienes claro, miras el asunto con el distanciamiento del que sabe lo que hay. Incluso menciona el asunto del purgatorio —al que llama, con gracia, un “Ellis Island divino”3—, las indulgencias y esos negocietes de la Iglesia Católica Romana, tan querida del autor. No los menciona de pasada, claro. Se extiende un buen rato, conforme a su política de no hablar del Dios barbudo, y para llegar a la conclusión de que “nuestra vida es tan significativa, plena y maravillosa como nosotros elijamos hacerla. Y podemos, efectivamente, hacer que sea muy maravillosa” 4. ¡Qué hermoso propósito! El lector afectado por la pérdida de la fe encuentra al final del manual la clave para ser feliz en cien lecciones, con CD de regalo y profesor en línea.

No queda ahí la cosa. No sólo es posible consolarse con otras cosas que no sea la religión o el macramé. También podemos inspirarnos. De repente, aparece, en todo su esplendor el “brillante” Dawkins, “O rei” de la metáfora, ese hombre al que lees mientras te imaginas la danza cósmica en forma de doble hélice. Por ejemplo:

En Destejiendo el arco iris intenté expresar cuán afortunados éramos de estar vivos, dado que a la gran mayoría de la gente que potencialmente podría tocarle la lotería combinatoria del ADN, de hecho, nunca llegará a nacer. Para todos aquellos de nosotros afortunados de estar aquí, figúrese la relativa brevedad de la vida imaginando un pequeño punto láser deslizándose por una gigantesca regla de tiempo. Todo lo que esté antes o después del punto luminoso está envuelto en la oscuridad del pasado muerto o en la oscuridad del futuro desconocido. Somos asombrosamente felices de estar en el punto luminoso. Sin importar cuán breve sea nuestro tiempo bajo el sol, si malgastamos un solo segundo, o nos quejamos de que es pesado o estéril o (como un niño) aburrido, ¿no podría verse esto como un duro insulto para todos aquellos trillones de nonatos a quienes nunca se les ofreció en primer lugar la vida?” 5.

Perdonen la longitud de la cita, pero me parece tan pasmosamente cursi, absurda, infantil y propia de una mente religiosa, que no he podido resistirme. Vamos, que no puedo perder un segundo … (acabo de perder unos cuantos rascándome las gónadas, en un comportamiento similar al del chiste 6) … porque, si lo hago, insulto a ¡trillones! de nonatos a los que no “se les ofreció” (¡quién fue ese todopoderoso cabronazo insensible!) la vida. Me recuerda la coña que contaba Richard Feynman, cuando ponía cara de asombro y decía: “acabo de ver una matrícula de un coche con los siguientes números: 5497; imaginen la probabilidad de que suceda algo así. Es asombroso”. Vaya tela con el etopoeta.

No les cansaré con el apartado denominado “la madre de todos los burkas”, una metáfora acerca de lo que mola la ciencia y de cómo nos enseña cómo son las cosas de verdad, y qué poco se parecen a lo que percibimos con nuestros pobres sentidos de antropoides esteparios. Sigue por los mismos derroteros, pretendiendo convencer al personal de lo que estupendo que es imaginarte cómo se colapsan las funciones de ondas y cómo todo es espacio vacío, incluida Nastassja Kinski. No digo que no tenga razón, desde mi humilde punto de vista, pero ese soberbio intento de convertir la explicación científica en una fuente de inspiración y goce que llene nuestras vidas (un sustituto de la pedestre religión con sus mitos y sus tonterías), recuerda al comportamiento del pesado que se empeña en convencer a todo el mundo de lo excitante que es seguir la Copa América por la televisión. Dawkins, el proselitista, al final se dedica a vendernos “su” moto.

CONCLUSIÓN

Ya no les daré más la tabarra. El espejismo de Dios es un libro superfluo. Es un batiburrillo sin orden ni concierto, en el que el autor constantemente bombardea al lector con anécdotas que no vienen al caso de lo que trata en ese exacto momento, repleto de expresiones más propias de un panfleto que de un ensayo. Cursi y parcial, manifiesta el autor prejuicios constantes, que parecen fruto de su biografía personal. Pretende ser un tratado exhaustivo sobre Dios, pero aborda de forma superficial y, a mi juicio, poco trabajada, la cuestión relativa a las pruebas o reflexiones sobre su existencia o inexistencia. Respecto de la religión, su visión es la de un exanglicano criado en la animadversión contra el catolicismo, y se centra sobre todo en un fenómeno religioso muy concreto, el de los fundamentalistas americanos, que no representan más allá de un 0,5 % de la población mundial de personas que profesan una religión.

Es un libro escrito para los suyos. Sí, porque Dawkins pertenece a un grupo. En cuanto tal, es sectario y defiende una visión “trascendente” y “espiritual” del mundo, sujeto este a una finalidad. Toda la obra tiene un tufo pararreligioso que apesta.

La primera lectura me llevó al título de estos comentarios. Dawkins parte del hecho axiomático para él de que, merced a su inteligencia, probada en constantes debates con amables obispos anglicanos e imbéciles telepredicadores, podría hablar con solvencia de cualquier cuestión relacionada con el asunto religioso, derribando las murallas de la religión con el sonido de su trompeta. Tembló el monte y salió un ratón.

Supongo que dará igual, pero tanta arrogancia con tan magro resultado, solamente servirá, si es que sirve para algo, para dar argumentos a los maestros de la extrapolación.

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NOTAS:

1.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 369.

2.- Ibíd. pág. 377.

3.- Ibíd. pág. 381.

4.- Ibíd. pág. 384.

5.- Ibíd. pág. 385.

6.- Ese al que cuentan que cada segundo muere un chino, toma aire y al rato dice: me he cargado a quince chinos.