Errores y aciertos: factores materiales en el conflicto palestino-israelí

-I-

Antes del genocidio nazi, incluso antes del ascenso de los nazis al poder, los sionistas ya habían llegado a la conclusión de que existía una conciencia nacional árabe palestina. En cierto sentido, esa conciencia concreta era resultado de la declaración Balfour. Cuando la Sociedad de Naciones otorga a ingleses y franceses el mandato sobre territorios de Próximo Oriente, se produce una especificidad de Palestina que influye en lo sucedido después de manera destacada. Concretamente, el texto prometía facilitar la inmigración de los judíos (entonces alrededor de un once por ciento de la población, 80.000 sobre 700.000 aproximadamente) y desarrollar su autogobierno, y daba un protagonismo destacado al sionismo. En ese documento no se hablaba de los palestinos, ni siquiera de los árabes, sino de los “habitantes no judíos”, a los que se prometía respetar sus derechos civiles y religiosos. Aunque los primeros enfrentamientos (y muertes) entre palestinos y judíos se producen en 1920 y 1921, los hechos más graves tienen lugar en 1929, con los disturbios que, encabezados por el muftí Amin al-Husayni, provocan cientos de muertos entre los judíos que oran ante el Muro de las Lamentaciones. Los árabes palestinos habían concluido, de manera razonable, que existía una desigualdad de trato por parte de la potencia colonial. Esa desigualdad era producto, básicamente, de dos razones que influyeron, sin duda, en los británicos: los sionistas son judíos, sí, pero también son occidentales; además, los sionistas hacen un uso extraordinario de la diplomacia. Los palestinos, sin embargo, forman parte de la informe masa árabe y, además, son extremadamente torpes en sus tratos con la potencia colonial. Esa torpeza es, para ellos, reflejo de la “infancia” del nacionalismo palestino: la mayor parte de las grandes familias palestinas (muchas de ellas con asiento en su Consejo Musulmán Supremo), y otros grandes terratenientes que viven fuera de Palestina, habían ganado y ganarían dinero vendiendo tierras a los “invasores” judíos, pese a las prohibiciones británicas. Algunos lo harán no por avaricia, sino porque piensan que no están traicionando nada. Creen que podrán pactar con los sionistas, incluso piensan en la opción de una Gran Jordania.

En cualquier caso, las reacciones contra el gobierno colonial y su “minoría protegida” están en el origen evidente del nacionalismo palestino, inexistente hasta entonces con esa especificidad. Tan evidente es para los líderes del sionismo, que ya en la década de los veinte y, con más claridad, durante los primeros años treinta, se dibuja en su mente un conflicto inevitable y una conquista por la fuerza. El proyecto sionista se transformó, sobre el terreno, en una lucha revolucionaria, de construcción nacional, en la que los períodos pacíficos son escalones tácticos. Esa conciencia es clave, porque sin ella es inexplicable el resultado de 1948.

Los palestinos, sin embargo, ajenos a la realidad de la conexión (políticamente brutal) de los judíos con su tierra de origen, creían que el fenómeno era transitorio, un simple producto colonial, como el de tantos europeos trasplantados en tierras de África y Asia, llegados para el expolio y prontos para la expulsión, en cuanto perdiesen el paraguas de las potencias. Esa creencia es resultado de la ignorancia y del orgullo. Y en ella está el origen de muchas decisiones erróneas y trágicas para su pueblo, adoptadas por los líderes palestinos. Por ejemplo, la lucha contra la potencia y el coqueteo con los nazis solo sirvieron para descabezar a los palestinos que, mientras los sionistas se preparaban como nación en ciernes y en armas, perdían el tiempo en revueltas inútiles, como las de los años que van de 1936 a 1939.

El nazismo es posterior a las fuerzas materiales en juego que dan lugar al conflicto y su influencia se concentra sobre todo en el aumento de inmigrantes. Es importante recordar que la inmigración en los años veinte es sobre todo de origen ruso y polaco. Solo a partir de 1933 se produce una aceleración notable en el número de inmigrantes. Para entonces ya están claras las aspiraciones del movimiento sionista y su estrategia a largo plazo. Otra cosa es que los palestinos les facilitasen la labor, impidiendo de la manera más tosca cualquier intento de arreglo.

Un buen ejemplo es el plan de partición que resulta de la llamada Comisión Peel.

Este plan fue aceptado por los sionistas y rechazado por los palestinos. Esa diferente reacción frente a las propuestas de la potencia colonial no es una prueba de que los sionistas hubieran renunciado a sus intenciones de controlar toda Palestina, sino una prueba de su mejor control de los tiempos y de la torpeza de sus adversarios. Las pruebas son notorias en los documentos y memorias. En ese mismo año, el núcleo de lo que luego será el ejército israelí había preparado el Plan Avner, un plan de conquista que anticipa los planes posteriores —el Plan B, el Yehoshua, el Plan D—, todos ellos basados en la consideración de Palestina como una unidad ideal, un límite preciso, al que se podría aspirar a llegar si el desarrollo de las operaciones militares futuras lo permitía.

El informe de la comisión Peel es, además, un documento extraordinario si se quiere comprender el desenvolvimiento de factores puramente materiales que son resultado del proceso de inmigración judía y que tanto influirán en el futuro. Es indudable que la inmigración supuso la puesta en marcha de una serie de acontecimientos clave, al margen del puramente político del nacimiento (o reforzamiento) de un nacionalismo palestino, distinto del puramente árabe.

Por ejemplo, el hecho de que grandes familias se vieran favorecidas por las adquisiciones de terrenos, muy a menudo improductivos, según los patrones de los vendedores, junto con las inversiones realizadas por los inmigrantes judíos, produjeron un boom económico en Palestina que afectó también, lógicamente, a la población árabe-palestina. Ese crecimiento explica el aumento de población que se produce en una tierra muy poco habitada hasta entonces, y es resultado de la mejora de las condiciones de vida (con una disminución extraordinaria de la mortalidad infantil) y un fenómeno poco considerado, el de la inmigración árabe hacia palestina. Las mejores oportunidades laborales y la aparición de núcleos de desarrollo (no hay más que comparar los datos de crecimiento de población árabe en las ciudades “judías” frente a las “palestinas”, que a menudo doblan y triplican a estas en porcentaje).

Una tierra habitada por apenas tres cuartos de millón de personas se convierte, como consecuencia del mismo fenómeno que provoca su expansión económica, en el escenario de una lucha nacionalista excluyente.

-I I-

Hay un aspecto esencial en el conflicto palestino-israelí que, a la vez, está presente con enorme fuerza en su génesis, que introduce cierta “racionalidad” y que detiene alguno de los objetivos mesiánicos de israelíes y palestinos. Es el demográfico.

Decía en el apartado anterior que el éxito del movimiento sionista había provocado la aparición, como tal, de un nacionalismo palestino, hasta entonces inexistente, y que los sionistas, rápidamente, advirtieron que ese nacionalismo era incompatible con sus objetivos y se aprestaron a combatirlo.

Lo interesante es que el nacionalismo sionista se basaba en una serie de construcciones ideológicas y de referentes históricos que se explicaban refiriéndolos a un territorio. El territorio era importante, porque sin la referencia a Eretz Yisrael desaparecía toda “legitimación” para reclamar un Estado judío allí. Sin embargo, el factor esencial en caso de conflicto nunca fue el territorio. El factor esencial era demográfico. Los sionistas siempre pretendieron que el territorio alcanzase toda la Palestina del mandato, pero una Palestina mayoritariamente judía. Y cuando surgen dilemas optarán por la mayoría y la partición antes que por un territorio quizás inalcanzable y, de serlo, mayoritariamente árabe-palestino. Ésta preferencia es permanente en la historia de Israel y de lo que los judíos llaman yishuv.

O, lo que es lo mismo, la carrera de armamentos demográfica entre judíos y palestinos es una de las claves del enfrentamiento final, en cuanto creación de una masa crítica para la consecución de un territorio.

La consecución de esa masa crítica es el éxito fundamental del movimiento sionista. En 1915 vivían en Palestina poco más de 80.000 judíos, frente a 590.000 palestinos. En 1922 la población judía sigue siendo la misma; sin embargo, la población árabe ha aumentado a 640.000 habitantes.

A partir de ese momento, el aumento de inmigrantes es fundamentalmente producto de legislaciones judeófobas en Polonia y de un factor importante, las restricciones norteamericanas a la inmigración en general. A partir de 1933, la legislación nazi es decisiva. Éstas son las cifras:

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El descenso a partir de 1936 es producto de las restricciones de la potencia mandataria, que veía con preocupación la tensión entre las dos comunidades, que no había dejado de crecer. Esa preocupación estaba bien fundamentada, como lo demuestra la Gran Revuelta Árabe de los años 1936 a 1939.

Como resulta de las cifras, la población judía en 1941 era de unas 450.000 personas. En 1947 había alcanzado el medio millón. En 1948 ya son 600.000.

Mientras tanto, la población palestina se multiplicó por dos, ya que en 1947 es superior a 1.200.000 personas. Ese aumento fue resultado fundamentalmente de dos factores:

1.- Por un lado el aumento de la esperanza de vida de los árabes (de 37 años en 1926 a 49 en 1943 —y ello pese a los disturbios de la revuelta de 1936/1939—) y el descenso de la mortalidad infantil (de 201/1000 en 1925 a 94/1000 en 1945), resultado de las inversiones en salubridad (desecación de ciénagas), mejoras de las instalaciones médicas y puestos de trabajo mejor remunerados cerca de las ciudades de mayor presencia judía (las que crecen en veinte años en porcentajes superiores al 150 % o más, frente a crecimientos de entre el 50 y el 100 % de ciudades que reciben menos inmigración judía).

2.- Por otro lado, el aumento de inmigrantes árabes desde territorios vecinos.

No obstante, hay que advertir que existe una enorme polémica sobre las cifras. Esa polémica no afecta, sin embargo, a la tendencia observada. Puede que la inmigración árabe-palestina no fuese superior a las 100.000 personas; puede que la presencia de más de 100.000 beduinos (de difícil adscripción) afecte a los resultados; puede que algunas obras públicas (el puerto de Haifa) expliquen parte de la inmigración. Pero hay datos indudables: aumenta la población árabe cerca de los lugares de asentamiento judíos (al contrario de lo que suele pensarse), aumenta su nivel y su esperanza de vida muy por encima de las de sus vecinos. Se produce también un efecto de inmigración árabe-palestino. No obstante, esto no es incompatible con la existencia de sociedades básicamente independientes: tanto en lo relativo al sistema económico, a la estructura social, a la propia situación geográfica de los asentamientos. La presencia judía impulsó el crecimiento económico, pero la situación material era de exclusión. Una posible sociedad mixta no pasó de simple sueño de algunos pocos.

Volviendo al principio. ¿Cuál fue la respuesta de unos y otros ante este proceso y esta realidad?

Los judíos comprendieron pronto que el factor demográfico era el decisivo. Y pronto estuvieron dispuestos a aceptar particiones en las que el resultado fuera una mayoría de población judía, y ello en contra del proyecto inmediato de obtener todo el territorio. Además siempre tuvieron claro que el enemigo para su proyecto era el nacionalismo palestino, como lo demuestra su comportamiento frente al Libro Blanco. Aunque suponía un retroceso muy duro y un frenazo a los planes de un Estado independiente, los judíos se aliaron con los ingleses durante la 2ª Guerra Mundial. Hasta el punto de colaborar militarmente en misiones contra la Francia de Vichy en Siria y Líbano, y aportar casi 30.000 voluntarios entre 1942 y 1944.

Los árabes-palestinos, sin embargo, se vieron arrastrados por una estrategia de apoyo a la Alemania nazi, representada por la actuación del muftí.

Tan importante era el factor demográfico para los judíos, que pronto un elemento que aparece en el informe de la comisión Peel se hace preponderante: el del traslado de poblaciones. La obsesión es conseguir un territorio con una minoría árabe-palestina, y para ello no atisbarán, desde un primer momento, otra solución que el traslado forzoso.

Tan fuerte es la idea que todos los partidos la harán suya. Incluso los partidos más de izquierdas, como el Hashomer Hatzair, los que pensaban en los primeros años treinta que era posible una Palestina mixta con mayoría árabe, terminarán abrazando esa solución. La presión material es tan grande que todos terminan justificando esas medidas ya coercitivas en el plano teórico, utilizando todos los recursos posibles: desde el impacto del genocidio judío y la comparación con el “sufrimiento” que ocasiona un traslado de pocos kilómetros, hasta la reivindicación de la superior vinculación del judío con la tierra (incluyendo su labor transformadora) frente a la dejadez y desgana del árabe. Es tan grande que se impone incluso a aquéllos que quieren ir más lejos, que pretenden obtener toda Palestina inmediatamente, como sucede con Jabotiniski, con Tabenkin, con el Mizrahi. También ellos se ven aplastados por la fuerza de los datos objetivos: para prevalecer los sionistas se aferran al yishuv.

Por desgracia para los palestinos, estos no supieron ver que su estrategia frente a la presencia de más de medio millón de judíos (organizados, con objetivos claros y bien definidos a corto plazo, con medios, con apoyos) no debía ser maximalista. Negaron los datos objetivos y perjudicaron sus relaciones con la potencia colonial cuando su objetivo debía ser limitar los efectos de la presencia judía. Siempre se anticiparon a decir que no, y siempre erraron el momento para sus protestas.

Un ejemplo evidente resulta del contraste con el comportamiento judío. Ya en 1940, Ben Gurion, pese a apoyar a los ingleses en la guerra, predijo la importancia del futuro apoyo norteamericano. Por eso, cuando termina la guerra y el movimiento sionista se rebela contra el Libro Blanco y contra la política inglesa (ya decrépita), ha conseguido ganarse los apoyos de gran parte de la comunidad internacional. El genocidio nazi es un factor importante, pero el trabajo previo es extraordinario. Como lo es la situación de los judíos hacinados en barcos y en campos en Chipre. El cambio de paso es muy acertado: cuando comprueban que la potencia colonial se bate en retirada, actúan contra ella, violentamente, frente al mundo, exigiendo que Palestina se abra a los supervivientes del genocidio.

Frente a todo esto los árabes, que no habían acertado con el diagnóstico, son incapaces de hacer otra cosa que mantener su objetivo primigenio: que sólo exista un Estado palestino controlado por la mayoría árabe. Pero es una pretensión ilusoria.

Un dato es definitivo. Se ha mitificado la resistencia judía frente a la mayoría palestina y sobre todo frente a cinco naciones árabes, pero la realidad es que el ejército judío tenía más de 100.000 efectivos y estaba mejor formado y más preparado que el de todos sus adversarios.

Sólo necesitaban una plataforma y un casus belli. Para conseguirlo renunciaron (como habían hecho con el plan de la comisión Peel) al plan Biltmore y aceptaron una partición imposible: entre otras cosas, porque la “minoría árabe” del futuro Estado judío era casi igual a la mayoría judía.

Confiaban y acertaron (como sucederá en 1956 y en 1967) en la negativa de los palestinos y en el ataque de los árabes.

Era el mejor de los escenarios posibles: el que permitía aplicar una lógica de conquista y defensa basada en la cohesión nacional y el desplazamiento de las poblaciones que les estorban.

La resolución 181 de la ONU era un éxito de la diplomacia sionista y de un principio de hechos consumados. Basta con examinar el mapa con los votos favorables (en verde), en contra (en marrón), abstenciones (en amarillo) y ausentes (en rosa). Incluso los soviéticos, que pretendían (en un alarde de ceguera total) acelerar la expulsión de los británicos de Próximo Oriente, votaron a favor.

Ese éxito se incrementa con la decisión mal calculada de no colocar al nuevo Estado frente a sus contradicciones y sus miedos. Tal y como resultaba del plan de partición, el nuevo Estado era una bomba de relojería: con fronteras imposibles, con una “minoría” árabe cercana al 50 % en su interior y rodeado por un Estado mayoritariamente palestino. La opción de la paz era la más inteligente. Quizás era imposible, para los árabes, seguirla (no hay más que ver el ejemplo del Rey Abdulá), pero al no hacerlo, le dieron a los judíos una baza decisiva: imponer una política brutalmente realista de unidad social y alcanzar fronteras estratégicamente ampliadas, en el marco que lo permite, el de la guerra.

-III-

La guerra estaba ganada. Se puede hacer una afirmación así, siempre descontando el factor de incertidumbre que puede existir en cualquier conflicto. Los judíos llevaban mucho tiempo preparándose para ese momento. Tenían unos cuadros excelentes y estaban muy bien organizados. El famoso Plan D era el último de otros muchos y, aunque los judíos tenían problemas de suministro de armas y carecían, al principio, de artillería y aviación, lo cierto es que las estructuras que permitirían adquirirlas y elevar el esfuerzo de alistamiento hasta un increíble 17% de la población, existían desde mucho antes. Durante bastante tiempo se mitificó la victoria del pequeño “David” que se enfrentaba a cinco naciones árabes y a los propios palestinos. Los países árabes acababan de llegar a la independencia y, salvo en el caso de la “Legión Árabe”, ninguna fuerza, incluida la más numerosa fuerza egipcia, era un oponente verdaderamente peligroso.

Sin embargo, como suele suceder, los militares, cuando se acercaba el momento decisivo, fueron mucho más prudentes. El propio Yigal Allon, uno de los actores más destacados del conflicto, entró en barrena y desaconsejó la declaración unilateral de independencia (mayo de 1948), sobre la base de una superioridad militar de los árabes que era sencillamente inexistente en esa fecha. La lectura de la descripción que hace el propio Allon de las operaciones (fundamentalmente de las del otoño e invierno de 1948), para su uso en las academias militares de Israel, no deja dudas en cuanto a esa superioridad. Por cierto, las consideraciones políticas eran poderosísimas: Ben Gurion cuenta con el reconocimiento de los norteamericanos (concretamente con el factor político de un presidente que es capaz de resistirse a las consideraciones “geoestratégicas” del Departamento de Estado) y con el apoyo soviético que aún se fundamenta en el delirio de pensar que está naciendo un estado socialista y ateo en medio de Oriente Próximo. Por cierto, es paradójico y revelador de la pobreza del análisis de los árabes, el que las primeras denuncias contra Israel se basen en su carácter ateo y comunista. Cuando, posteriormente, se les acuse de ser una avanzada del imperialismo norteamericano, el análisis seguirá siendo igual de endeble, pero nadie (ni Sadat) reparará en la escandalosa contradicción.

Los judíos tenían planes. Querían, al menos, conseguir fronteras seguras, obteniendo una continuidad territorial de los asentamientos judíos. Tenían objetivos definidos y, desde el principio, se aplicó una regla que sería básica en los conflictos posteriores: nunca aceptar un alto el fuego como base para retiradas de territorios ocupados.

Los árabes-palestinos, por su parte, no sabían muy bien qué pretendían. No tenían objetivos claros. Simplemente se negaban a la partición del territorio y a que una parte de él (con mayoría judía en proporción 51%-49%) fuese gobernado por los judíos. Sin líderes y sin armas, pues habían perdido la mayor parte de su capital humano y material en las revueltas contra los ingleses. Tampoco existía una unidad de objetivos entre los diferentes estados árabes que invadirían Palestina y estaba muy presente en ellos la posibilidad de obtener beneficios territoriales. Esas consideraciones son trascendentales, porque el principal interesado en hacerse con el territorio del recién creado territorio árabe-palestino, Abdulá, el rey jordano, se resistirá hasta el último momento a utilizar toda su fuerza. Nacerá, desde es momento, la confluencia de intereses entre la monarquía jordana e Israel, la llamada opción jordana.

La inexistencia de objetivos por parte palestina, y del más elemental plan de guerra, dará lugar a los episodios de pánico, a veces justificados por la realización de actos criminales por parte de algunas fuerzas judías que tenían clara la necesidad de expulsar a los palestinos de sus tierras, y a veces inducidos por sus propios líderes locales, y por el mensaje, falsificado, de terribles atrocidades de los judíos, que provocaron un éxodo de la población civil. De nuevo, entre las estrategias posibles, los árabes-palestinos, a falta de un mando unificado y de un pensamiento solvente y codificado sobre las alternativas viables, optarán por la peor decisión. Intentando arrastrar a los países árabes (muchos de ellos remisos, al margen de la retórica, a una intervención) animarán a menudo el éxodo, llenando de refugiados a los países limítrofes y provocándoles el miedo a la desestabilización de sus regímenes recién constituidos. Esos mismos dirigentes nunca comprometerán todas sus fuerzas, porque son escasas y porque las necesitan para mantenerse en el poder.

Existía, en resumen, una increíble distancia, por parte árabe-palestina, entre los medios y los fines. Y en el caso israelí, al contrario, daba frutos una preparación exhaustiva para el conflicto y un uso instrumental de la diplomacia y la contención. Los palestinos iniciarán el conflicto y con ello “legitimaron” los planes judíos de expulsión de la tierra y de “reformulación” de las fronteras del plan de partición. Los dirigentes judíos, políticos y militares, desplegaron simplemente la estrategia para la que habían trabajado: alcanzar la mayor extensión territorial posible, con el único límite ideal de la Palestina del mandato, y hacerlo, de ser posible, ocupando el territorio con población civil judía (ya durante el conflicto se iniciarán los asentamientos de civiles en zonas recién abandonadas por los palestinos). De nuevo, el factor demográfico prevaleció sobre el territorial: cuando hay que decidir hacia dónde dirigir las operaciones militares, se optó (aquí el peso de las consideraciones exclusivamente militares fue muy importante) por la obtención del Neguev, un territorio menos poblado, antes que por ocupar la Cisjordania, que se dejó para un momento posterior, que no llegaría por el miedo a la intervención británica.

Sí, la guerra estaba perdida. Y además, hay un factor esencial no considerado por los árabes-palestinos. Estos, a pesar de las masacres judías y de la brutalidad con que fueron, a menudo, expulsados, tenían una debilidad (o una fuerza, depende de cómo se mire). Su resistencia será menor porque podían irse entre “hermanos”. Podían pedir ayuda, hacerse fuertes y volver, una y otra vez. Cómo no recordar a Saladino (la autoreferencia de Yasser Arafat) cuando le contesta al enviado del Ricardo Corazón de León que él no tiene problema, porque está en su país, y pasará el invierno en él, con sus mujeres y sus hijos, mientras él, el rey inglés, está tan lejos de su patria, sin lugar dónde refugiarse. Esa salida es una debilidad, porque los judíos realmente no tenían opción. No podían retirarse; sólo podían resistir y avanzar y atrapar la oportunidad. Uno de los errores de cálculo más notables, como ya he dicho antes, fue ver en la empresa sionista un episodio de colonización.

Por eso cuando fueron surgiendo iniciativas diplomáticas, sólo se utilizaron por los judíos para reforzarse y nunca se admitieron las vías que implicaban una pérdida de territorio ya conquistado.

La guerra terminó teniendo consecuencias que se sentirían durante años:

1.- Se reforzó, entre los israelíes, la idea de que la opción militar, la opción más directa, es la más adecuada para hacer frente a los retos del futuro, entre los que se encuentra, ya desde un principio la idea de alcanzar la totalidad del territorio del mandato. Se convirtió en dominante, entre los israelíes, la doble (y hasta cierto punto incompatible) idea de que son invencibles y de que están permanentemente amenazados por la extinción. La opción diplomática se empezó a desdeñar cada vez en mayor medida, y aunque se utilizó, a veces con maestría, la estrategia general es la de prepararse para la guerra siguiente. El propio éxito de Israel le inclinó hacia el militarismo. Es cierto que tardó en perjudicar a Israel, pero eso es más “mérito” de la incapacidad árabe que de la bondad de la estrategia de los mandatarios israelíes.

2.- La tragedia de los palestinos y de los países árabes limítrofes, unida a la soberbia del vencedor, dificultaron hasta la imposibilidad cualquier arreglo. Además, Israel se convirtió en una oportuna excusa para todos los dirigentes árabes de la región (salvo para los jordanos), para intentar ocultar la corrupción e ineficacia de sus gobiernos.

3.- Israel, fiel a su tradición occidental, reconoció pronto algunos excesos de sus fuerzas armadas. Incluso hubo condenas (pronto sustituidas por indultos en aras de la cohesión nacional), pero, a la vez, el increíble resultado derivado de la expulsión de setecientos mil árabes provocó una ceguera que se revelaría como muy peligrosa. Se dejaron en segundo plano los primeros meses del conflicto, precisamente aquellos que dieron lugar a los problemas más enquistados e insolubles. Y se recordaron hasta la náusea los míticos y románticos milagros del pequeño ejército israelí contra las fuerzas de, ni más ni menos, cinco países. Así, el realismo de los sionistas, que pronto habían reconocido la existencia de un nacionalismo árabe-palestino y que habían entrevisto en las revueltas de 1929 y de 1936-1939 una pasión de igual raíz a la suya, se vio sustituido por un absoluto desprecio al problema más evidente para el futuro. De repente los palestinos habían desaparecido.

Por desgracia para los israelíes, sólo se habían marchado por la fuerza. Pronto fueron muchos y con intención de regresar. Hoy nadie duda de que todos los problemas de la región tienen una solución alcanzable y se ha estado cerca, en los últimos años, de ver una respuesta estable a los contenciosos con sirios y libaneses, igual que se llegó a una solución con los egipcios. El único problema que tiene una solución extremadamente complicada es precisamente el problema que creyeron los dirigentes judíos se había esfumado: el del pueblo palestino, el del nacionalismo palestino.

Esa ceguera fue resultado de una peligrosa mezcla de triunfo, wishful thinking y olvido traumático del drama humano. La necesidad de supervivencia de un modelo basado en una determinada tradición era incompatible con la asunción auténtica de lo que habían hecho. En parte para justificar su comportamiento se victimizaron. Se produjo una falla enorme entre sus éxitos materiales y su visión permanentemente paranoide. Todos los datos se interpretaron en esa clave.

En un apartado anterior comenté que es realmente difícil pensar que hubiera sido posible (incluso con otros dirigentes) que los árabes-palestinos aceptasen la partición, pese a no estar preparados para la guerra. Por la misma razón, es fácil comprender por qué los aciertos israelíes, su “manera” de hacer las cosas (basada en el realismo y en una visión a largo plazo) que les había llevado al éxito sin precedentes de crear un estado en pocas décadas y resistir una presión enorme del entorno, se iba a trastocar cuando los éxitos parecían permitir cualquier cosa. Incluso aquellas cosas que estaban en contra de la más elemental aritmética y cálculo de fuerzas.

(Esta entrada fue escrita en 2008)

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