¡Lo juro, las malas son las hembras!

En varias ocasiones me han hecho una petición. Tiene que ver con las listas o con la manera de escoger. Ya sé que no es lo mismo, pero el fondo del asunto es coincidente. Me pide alguien que le diga qué libros debe leer sobre determinado asunto, o que le confeccione una lista de obras de música clásica o algo parecido. También me han preguntado el procedimiento para, por ejemplo, escoger un libro que leer o una película que ver.

No sé por qué algunas personas que me conocen dan por supuesto que la lista que pueda darles será más o menos representativa o interesante o tendrá la cualidad que sea, o que tengo más habilidad que otros para elegir en asuntos de esta índole. Confunden seguramente un rasgo de carácter con la realidad. Desde siempre he tenido mucha jeta. La capacidad para hacer afirmaciones arriesgadas y basadas en la más absoluta de las ignorancias, con gesto rotundo y mirada de sédeloquehablo, ha llevado al común a darlas por buenas sin más. Lo más asombroso del asunto es que esto le pasa incluso a personas que me conocen desde hace mucho. Tiene que ver esto, creo, con un vicio (seguro que lo es) que desarrollé desde niño: la capacidad de almacenar detalles secundarios que reforzaban las historias más inverosímiles.

Les contaré algo rigurosamente cierto. En cierta ocasión mis padres me dieron dinero para comprar unos libros, si no recuerdo mal de derecho; y debió suceder en primero de carrera. Compré los libros, pero antes de volver a casa, caí en la tentación. Me compré unos discos, en una tienda de segunda mano, y prácticamente me gasté todo lo que me habían dado. Al volver iba rumiando cómo evitar que alguien se diera cuenta de la distracción del dinero. Sabía que iba a sonar extraño que me hubiera sobrado tan poco y que, en consecuencia, era posible que se me exigiesen los tickets. Así que de camino decidí hacer lo siguiente: cogí unas cuantas monedas, las conté, y me las guardé en el bolsillo del pantalón. Resté esa cifra de la suma inicial y calculé una cuenta ficticia. La clave es que fuese exacta. Incrementé el precio de cada libro lo suficiente para que el total fuese igual a la diferencia y anoté los “precios” en un papelito. El plan era arriesgado, pero podía dar resultado. Al llegar a casa, después de esconder lo más rápido que pude la prueba del delito, mi madre, que andaba por la cocina, me pidió la “vuelta”, metí la mano en el bolsillo, y saqué las monedas. Y me fui. Mi madre me llamó y me dijo: “¿cómo es posible que te haya quedado tan poco?”. Al oírlo mi padre apareció de repente; creo que olió sangre. En ese momento, dije que estaba harto de que fuera tan desconfiada, que los libros habían sido más caros de lo esperado y que solo me habían quedado esas monedas. Y la reté. Le dije, “venga suma”. Buscó un cuaderno y empezó a sumar. Yo saqué mi papelito y empecé a decir el “precio”. Y al final le dije, “suma lo que te he dado”. La coincidencia, la asombrosa coincidencia, fue suficiente. Me pidió perdón y tuve una extraña sensación, mezcla de vergüenza y de satisfacción.

Debido a esto mi mujer sigue sin creer que le digo la verdad cuando afirmo, por ejemplo, que sólo las “mosquitas” (esas hembras chupasangre) pican y que los mosquitos son insectos amigables. Y este es un ejemplo entre un millar.

No, no estoy diciendo que sea un insolvente, pero tampoco el “hombre del renacimiento” que algunos han deducido de mi capacidad fabuladora (y no hablo de literatura). No hay método. Al final, creo que nos fiamos del gusto de personas con las que coincidimos, pero más que por su saber, por su actitud ante la vida. Si no sé de algo, ¿cómo puedo calibrar hasta que punto otro sí sabe? A lo mejor estamos en presencia de un lector de contraportadas.

Esta especie de prevención no debe llevarse, sin embargo, al extremo. El extremo te obliga al autodidactismo y eso es algo malo, muy malo. Termina uno llevando un traje con una manga más larga que otra. Se lo aseguro. Créanme, sé de lo que hablo.

¿Me creen, verdad?

Un comentario en “¡Lo juro, las malas son las hembras!

  1. Me gasto mucho en libros, si no gasto más es porque también soy lector de contraportadas. Son orientadoras a pesar de estar escritas para que caigas y compres. Pues, no. Conmigo no funcionan, en serio

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