My home is my castle

 

Hay gente curiosa por el mundo. Thomas Belt era un geólogo y vivía de cosas que hacen los geólogos. Esto, a finales del siglo XIX, solía relacionarse con la minería. Además, era un naturalista aficionado, aunque no hay que engañarse con el adjetivo. Algunos aficionados del siglo XIX terminaban escribiendo el Origen de las Especies. En fin, Belt estuvo trabajando en Nicaragua, en unas minas de oro, y tuvo tiempo para mirar y pensar y luego escribir The Naturalist in Nicaragua.

Entre las muchas cosas de las que trata el libro y que demuestran el estupendo ojo de Belt, hay una que se demostró cierta casi cien años después. Se trata de la relación entre las acacias y las hormigas. No todas, claro, sino las de la especie Acacia sphaerocephala y las Pseudomyrmex ferruginea. Esas hormigas se encuentran siempre en ese tipo de acacias y además tienen un comportamiento especial.

Cuando nace una reina abandona la acacia donde ha nacido y vuela, una o dos horas antes del amanecer, hasta la copa de un árbol. Libera una feromona y atrae a los machos, que se tienen que dar prisa porque si se hace de día son carne de depredadores. Cuando la reina ve al macho se tira sobre él y copula en el aire, y después se lo quita de encima. Aterriza, se arranca las alas a mordiscos y busca un árbol. Allí, dentro de las espinas, dejará algunos huevos, unos veinte, asegurándose de sacar los de otras reinas si están ocupadas. Es frecuente que en un mismo árbol haya varias colonias, así que lo primero es la guerra civil entre hormigas. Las maniobras comienzan cuando la colonia tiene unos 500 individuos. Al final siempre queda una por árbol, formada por hasta 15.000 obreras, 2.000 machos, 1.000 reinas vírgenes y 50.000 larvas. Y la jefa, que puede vivir 25 años.

Las hormigas comienzan enseguida su labor protectora. Atacan y matan a los otros insectos, sobre todo a los escarabajos y orugas. Además limpian la zona alrededor de la acacia, evitando que crezcan otras plantas, y llegan al extremo de podar los árboles vecinos, para evitar que no dé el sol a su protegida. Incluso tienen una especie de sistema de alerta por olor, que les permite avisar a los miembros de la colonia cuando hay animales cerca de la acacia. Así, cuando un animal (o los dedos del naturalista, como pronto descubrió Belt) toca una rama, las hormigas se abalanzan con cabreo “marabuntesco”. Belt afirmó que las acacias y las hormigas no podían vivir las unas sin las otras.

Cuando Belt publicó su libro se chotearon de él. Después, Francis Darwin (sí, el hijo de) hizo suya su tesis, pero no se demostró la veracidad de la relación mutualista obligada (ese es el término que usan los biólogos) hasta la década de los sesenta.

Daniel Janzen era estudiante de doctorado en la Universidad de Pensilvania cuando se fue a Costa Rica a ver bichos. Paseaba por el campo y se fijó en un escarabajo volador que se posaba en una acacia cuerno de toro. Inmediatamente una hormiga se lanzó contra el escarabajo, que salió por patas (o por alas). Se acercó y se dio cuenta de que la acacia estaba llena de hormigas; y se puso a investigar. Primero peló las espinas, en plan destroyer, hasta que encontró el albergue de la reina y le dio pasaporte. No debió parecerle bastante, así que compró insecticida y fumigó una hilera de acacias. Las acacias se quedaron como si nada, pero a las hormigas y a Daniel no les fue tan bien. Las hormigas se murieron y Daniel se puso enfermo, así que se marchó, pero volvió al año siguiente. Comprobó que las acacias habían muerto, comidas por insectos y animales, y tapadas por árboles más altos.

Siguió emperrado con el asunto y adoptó una estrategia más sistemática. Se puso a pelar espinas en más de cien árboles. Las hormigas se vengaban picándole y él las recogía y las metía en frascos con otras plantas del lugar y alimento. Las hormigas, sin embargo, se empeñaban en morirse.

Hasta que descubrió en la base de las hojas de la acacia pequeñas estructuras llenas de un jarabe repleto de azúcares y en las puntas unas cápsulas amarillas ricas en proteínas. Se los llama cuerpos de Belt, ya se imaginan por qué. La dependencia de estas cápsulas llega al punto de que las larvas de las hormigas tengan una bolsa llamada trophothylax en la que las hormigas que las cuidan depositan las cápsulas para que las larvas puedan alimentarse.

No es extraño que se esfuercen tanto en defender su casa.

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