Didáctica

Leon Lederman recibió el premio Nobel de Física en 1988. En aquella época dirigía el Fermilab, un laboratorio de física famoso por contener el Tevatron, uno de los dos grandes aceleradores de partículas junto con el LEP del CERN (hasta la construcción e inauguración del LHC). Se trata de uno de esos sitios enormemente caros de construir donde la factura de la electricidad es algo más elevada de la normal. Sitios donde se le mete caña a las partículas utilizando campos electromagnéticos hasta que se las acelera a velocidades cercanas a la de la luz. Se les hace dar vueltas, se las aprieta y se las hace chocar para ver qué pasa. Después el jefe gana algún Nobel.

En aquella época —hoy se ha optado por la colaboración internacional— le dio a varios países por meterse a planificar grandes aceleradores. Uno de esos proyectos era el SSC (el supercolisionadorsuperconductor), una cosa supercara y supertocha que se iba a construir en Waxahachie (Texas) e iba a medir 87 km de circunferencia. Se pretendía que alcanzase los 40 TeV (una energía bastante bestia, no hay más que ver que el LHC alcanza los 14 TeV —se trata de la energía de cada colisión—). Iba a costar varios miles de millones de dolares.

Un proyecto así pasa por muchas etapas. Una de ellas fue la aprobación por el gabinete del presidente Reagan. Sucedió en 1986. Para presentarle el proyecto al presidente, uno de los secretarios del departamento de energía pidió que se le hiciera un vídeo de no más de diez minutos (el límite comprobado durante el que mantenía la atención).

Era complicado. Se trataba de Reagan y de física de altas energías. Así que se les ocurrió a los del Fermilab, con Lederman a la cabeza, grabar una visita de chicos de bachillerato que hacen preguntas. Algunas de las preguntas estaban escritas de antemano, pero se dejó a los demás preguntar lo que les pareciera. Lo dejaron reducido a los diez minutos y lo mandaron. El vídeo fue devuelto. Demasiaaaado complicado.

Así que borraron la banda sonora, y se grabaron nuevas preguntas y respuestas, usando de fondo a los estudiantes. Simplificaron muchísimo y lo enviaron de nuevo. Fue devuelto. Mejor, pero seguía siendo demasiado difícil.

Optaron por la ficción total. Un mercedes llega a la puerta del Fermilab y un distinguido cincuentón se baja mientras en off se escucha que se trata de un juez federal llamado Sylvester Matthews, que pasa a diario por la puerta del Fermilab. Ha leído que hacen allí cosas con átomos y voltios, y como no sabe nada de física ha decidido pararse y preguntar. Le atienden tres jóvenes físicos (uno de ellos una hermosa mujer), que intentan ser claros y sencillos y que son interrumpidos constantemente por el Juez, que pregunta y pregunta, hasta que, antes de que pasen diez minutos, mira la hora, da las gracias y dice: “Ya sabéis que en realidad no he entendido la mayor parte de las cosas que me habéis dicho, pero he podido hacerme una idea de vuestro entusiasmo, de la grandeza de la empresa. Me trae a la mente, en cierta forma, lo que debió ser explorar el Oeste … el hombre solitario a caballo en una tierra vasta, aún no explorada …”

Es enviado y esta vez recibido con entusiasmo. El presidente lo verá en Camp David durante el fin de semana. Lederman, sin embargo, se despierta de madrugada. Está inquieto porque ha caído en la cuenta de que no ha contado al secretario que el juez no es juez, que es un actor de Chicago. Y además, el presidente está buscando un candidato para el Tribunal Supremo …

Tras una noche en vela, a primera hora llama a Washington. El vídeo ya va camino de Camp David y Lederman le cuenta a su interlocutor su preocupación. El secretario se descojona y contesta: “Mire si le digo al presidente que es un actor, seguro que lo nombra para el Tribunal Supremo”.

NOTA: El proyecto fue aprobado e incluso se comenzó a excavar el túnel. Pero en 1993 fue abandonado. Demasiado caro. 

4 comentarios en “Didáctica

  1. Demasiado caro. Por eso se paró la ejecución. De todas formas hubo un gasto. ¿Se perdió lo gastado? No. Dio trabajo y salarios, aumentó la demanda y los oferentes pudieron vender más. El PIB aumentó gracias a una pérdida. Se trata de la paradoja keynesiana

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