Glosa a la diferencia

La música española del Renacimiento es extraordinaria, aunque parezcamos empeñados en olvidarla. Tampoco es extraño, éramos el centro del mundo conocido (conocido por nosotros) y algo debía notarse. Otro día hablaré de las capillas musicales y de la polifonía vocal, profana y religiosa, que son asuntos demasiado enjundiosos como para incluirlos en una sola entrada.

También les prometo dedicar una entrada al ciego Cabezón, y a la música para tecla, y a las danzas, aunque para ir abriendo boca les anticipo esta antológica Pavana con sus glosas, más que nada porque algo tiene que ver con otra que podrán escuchar después. Ahora pónganla, y si quieren, mientras leen, maravíllense con su maestría.

De lo que quería hablarles es de la música para vihuela de mano. El nombre le vino de Italia, y se aplicó tanto a las vihuelas de arco, las viejas fidulas, que terminarán en violas da gamba, como a las violas que empezaron a pulsarse con un plectro o con los dedos. Estas últimas aparecieron por primera vez en España. Tampoco es extraño, ya que también en España nacieron las guitarras, un derivado las cedras o cítaras, que al parecer fueron introducidas por los árabes. Se ve que teníamos afición al instrumento.

Pese a ser de origen diferente, al final la guitarra y la vihuela terminaron casi confundidas. Parecía que la única diferencia importante era el número de órdenes (cuerdas dobles que se afinaban a la misma altura). La guitarra tenía cuatro y la vihuela hasta siete, aunque lo usual eran seis. Sin embargo, incluso en eso tendieron a la unificación y la guitarra pronto tuvo cinco cuerdas, mientras la vihuela fue perdiendo la séptima y la sexta. A partir de ese momento, finales del siglo XVI, ambos instrumentos eran uno solo de hecho. La única novedad importante se produjo a finales del siglo XVIII, cuando se aumentaron los órdenes a seis, las cuerdas terminaron siendo sencillas, y se alteró algo la forma. Esas  últimas modificaciones darán lugar a la guitarra española.

No deja de ser curioso, y quizás se explique por nuestra forma de ser, que toda Europa se usase el laúd, precisamente tomado de los árabes por los españoles, y sin embargo, nosotros terminásemos arrinconándolo. Algunos han afirmado que su origen moro es lo que le perjudicó entre los nobles castellanos.

Que se usaban mucho y bien queda demostrado por un suceso algo fantasmagórico: hasta 1536 no se imprimió el primer libro con música para vihuela, pero es tan magnífico que sólo puede explicarse por la existencia de una gloriosa tradición previa de la que ya sólo quedan nombres sin música, Luis de Guzmán, Mateo de Aranda, Torres Barroso de Salamanca, Macoteca… Esa obra exquisita es el Libro de música de vihuela de mano. Intitulado El Maestro, de Luis de Milán. Todo él es de nueva factura, lleno de fantasías, tientos, pavanas, villancicos, romances y sonetos, no hay una sola adaptación de música polifónica. Cada obra es más difícil que la anterior y todas son explicadas previamente con “reglas” sobre el aire, el tono o la posibilidad de que se vea ornamentada o no. Por cierto, las referencias de tempo suponen una novedad en la música escrita en Occidente.

A partir de ese momento, otros grandes vihuelistas fueron publicando sus tabulaturas, ya que la música se escribía así, usando cifras, como en muchos de esos manuales actuales para aprender guitarra sin saber solfear. Aquí aparecieron por vez primera, y para desesperación de los que quieren interpretarlas —y para vergüenza de algunas malas ediciones actuales—, y aunque diez solían ser los trastes de la vihuela y había acuerdo sobre los números (semitono a semitono) y los compases, cada autor tenía sus propias reglas añadidas y las explicaban en los prólogos de sus obras. Los nombres de estos grandes músicos deberían ser del común: Mudarra, Pisador, Daza, Fuenllana …

Para ejemplificar su maestría comienzo con la justamente famosa Cuatro diferencias sobre “Guárdame las vacas” de Luys de Narváez. Es una obra que se imprimió en 1538 dentro de Los Seys libros del Delphin. Parece que Narváez no conoció (al contrario que los otros grandes autores citados) la obra de Milán, así que el milagro se repitió, porque la obra de Narváez es tan perfecta como la de Milán. Y además, ambos obedecían a dos maneras de tocar, ya que la de Narváez es más polifónica y tradicional, mientras que la de Milán es más acórdica y moderna. Pero la de Narváez es originalísima en algo, ya que en su obra aparecen, también quizás por vez primera en la música de Occidente, las “diferencias”. Se trata del género de la variación, no como recurso expresivo, sino como esquema formal. El autor nos expone primero la melodía tradicional (la misma que oyen en Cabezón) y luego la varía. Enlazo la conocida versión a la guitarra de Yepes. Disfrútenla; es una obra maravillosa.

Y además Mudarra …

Valderrábano …

Pisador …

Y Fuensanta …

 

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