El orinal debajo de la cama

 

Cuando comparamos otras sociedades con la nuestra, a menudo, las idealizamos, para bien o para mal. Tenemos una clara tendencia a la grandilocuencia y a la exageración. La dirección es lo de menos. Cualquiera sirve para equivocarse. Por eso casi es mejor no hacer comparaciones globales. Por desgracia, es difícil no hacerlas cuando se trata de escoger una dirección en la historia.

En esas ocasiones, los más sensatos, los más perspicaces, suelen quedarse sin bando. La mesura tiene mala prensa en esta patria nuestra, llena de naciones que, extraña mixtura, se dicen diferentes y, sin embargo, solo lo son por el color de una tela, el orden de unos pasos de baile o el nombre de un arbusto. Incluso esos individuos sensatos y perspicaces son típicamente españoles, envueltos en su melancolía y reacios a asociarse con otros, a los que acusarán, con más o menos injusticia, de venderse a las necesidades de la política concreta. A algunos, sin embargo, nos gusta su fracasada buena educación y esa labor que los llevó a etimologizar, a crear el derecho internacional y a defender una prosperidad basada en la iluminación de instituciones y usanzas.

Esos hombres suelen terminar en una frontera, con unas maletas y una enorme añoranza por la tierra llena de polvo que dejan atrás. O los asesina algún desalmado. acusándolos de algún delito fantasmagórico.

Somos adictos a las demostraciones de fuerza sin constancia y, por eso, siempre hay algún Mario que nos destroza después de habernos divertido montados sobre nuestros escudos. Y lo que es peor, los que sobreviven terminan recogiendo cosechas gracias al abono de los muertos.

Si la diferencia no es genética (y no puede serlo), la clave tiene que ser cultural, pero ¿cómo importas aquello que impide lo que más amamos? El príncipe de Salina le cuenta, al caballero Chevalley, lo que contestó a unos ingleses que preguntaban por los voluntarios garibaldinos que habían visto en Palermo: They are coming to teach us good manners, but won’t succeed, because we are gods (han venido a enseñarnos buenos modales; pero fracasarán porque somos dioses).

También nosotros somos perfectos. Lo somos incluso cuando decimos justo lo contrario, porque el diagnóstico sale como un exabrupto desde la superioridad moral de los que están solos frente al mundo. Esa imagen que recuerda Fernando Díaz Plaja: toda la plaza aplaude, pero un espectador se levanta y mueve el dedo y la cabeza diciendo que no; ese espectador no duda en enfrentarse a los demás, a esos ignorantes. Valientes y generosos, pero inconstantes. En caso de duda, siempre recordamos la bondad de las conductas que se quedaron grabadas: un “olé tus cojones” o un “genio y figura hasta la sepultura”.

No es extraño que nos cansemos de la moderación. Cuando hay un cataclismo de esos que se clavan en los recuerdos de una generación, hacemos propósito de enmienda, pero basta que las cosas mejoren un poco, un par de buenas cosechas y tres comidas al día, para que empiecen a cansarnos esos modelos afeminados. Volvemos a sacar los pies del tiesto y a jugar con fuego. Porque somos dioses. Hace muchos años escuché en un programa de “La clave”, aquella tertulia en televisión de Balbín, a un catedrático de algo, vasco él, esputar, tras reflexiones sosegadas y hasta inteligentes, que la causa de la envidia de los restantes españoles a los vascos era muy clara: “nos envidian porque comemos mejor”. Los vascos, esos españoles paradigmáticos, también son dioses.

En fin, no hagan caso de mi discurso algo deprimente. Seguramente esté moviendo el dedo de un lado a otro mientras digo: “no, no, no es así”. Y es que son ustedes unos ignorantes que no saben nada de las cosas de la vida y el arte.

 

Un mundo perfecto

Le he estado dando vueltas a la idea de escribir esta entrada. Antes de contarles por qué, explicaré su origen: proviene de una experiencia personal de este fin de semana pasado y de la lectura de esta interesante entrada del blog de Pablo Rodríguez —suelen serlo las suyas—. Me he cuestionado si escribirla, porque estoy harto y cansado de polemizar, tan a menudo, sobre violencia doméstica y sobre el discurso ideológico construido sobre la violencia doméstica. De hacerlo casi siempre desde un cierto punto de vista. De ser atacado por hacerlo, pese a ser padre de dos hijas adolescentes a las que, por lo que leo, es seguro que deseo algún tipo de mal inconcreto. Y de ser, a la vez, alabado por gente llena de odio a la que no tocaría ni con un palo y que, a veces, envía comentarios a este blog que ustedes no ven, pensando en mí como en uno de los suyos. Otra razón para dudar es que me voy a centrar en un aspecto lateral de la entrada de Pablo Rodríguez, y eso desenfocará lo más importante, el resto. Léanla completa, por favor. Merece la pena.

Al final he pensado que sí, que mejor insistir. No sé si esto sirve para algo, pero qué le voy a hacer: alguien tiene que intentar, de vez en cuando, equilibrar lo que está tan desequilibrado.

Pablo enlaza a este vídeo, que retuitea y alaba:

El vídeo puede que cuente la historia de alguien —ignoro las circunstancias de su autor—, pero su tono pretende ser, remedando a Borges, la historia de todas las mujeres que nacerán, que es, lo saben ya, la de una única mujer arquetípica.

Una mujer a la que los niños de su clase, antes de los catorce años, habrán llamado puta, zorra y algo más, algo que el padre disculpará como «cosas de niños», porque quizás él hizo lo mismo sin mala intención; una mujer de la que, alguno de los que dijo puta, habrá abusado aprovechando su embriaguez, porque es algo gracioso, y a la que —no te sorprendas, papá— habrá violado antes de los veintiún años el hijo de un amigo de su padre, que hacía bromas groseras de las que el padre se reía; una mujer a la que criaron para ser fuerte e independiente, pero que, tras conocer al hombre perfecto, ve cómo este se transforma y un día la llama puta, como el padre quizás llamó puta a alguien en la escuela, para después, otro día, pegarle —y ella se siente culpable porque cree que quizás hizo algo mal—, para, finalmente, casi matarla, a pesar de que tiene «un doctorado, un trabajo fantástico, buenos amigos y su familia y fue bien educada». Por eso, añade esa mujer que es todas las mujeres, porque «una cosa siempre lleva a la otra», «papá, detenlo antes de que comience», y no dejes que su hermano llame puta a ninguna chica, porque un «niño pequeño» creerá que es verdad y «no aceptes bromas groseras» de nadie, porque detrás de cada broma hay una parte de verdad. Todo concluye en un ruego a su padre: que la proteja, para que ser mujer no sea «el mayor peligro de todos».

La música, la puesta en escena y la ternura con la que esa niña no nacida, esa especie de Eva inmortal que sobrevuela todas las generaciones, se dirige a su padre, oculta un mensaje terrible: el padre es culpable. Ese padre, todos los padres, todos los hombres.

Más aún, el fundamento de su discurso es que todo tiene que ver con todo. Que todo es causa de todo. Que no hay soluciones de continuidad. Que el violador lo es porque había tolerancia a los insultos (a esos concretos insultos) durante la niñez. Todos los niños llaman a las niñas putas y todos los hombres se ríen y transigen, y eso (ESO) inicia una cadena terrible de acontecimientos que lleva a algunos a violar y a maltratar a las mujeres. El maltratador empieza llamándola puta, luego le pega y luego casi la mata. Esa secuencia inevitable se originó porque su padre dejó que su hermano llamase puta a las demás niñas, o porque el padre rió las bromas groseras de los otros o quizás las hizo él mismo. Porque la mala educación, en suma, establece las condiciones de las que se sigue, como si fuera el diseño de un relojero ciego, la violencia y el crimen. El primer insulto, trasunto del fuego del que nace el incendio eterno, que el hereje anuncia en la pira.

«Una cosa siempre lleva a la otra»

«Si hubieras sabido que su hijo me violaría le habrías dicho que se controlara»

«Su hijo, que creció con esas bromas se convierte en mi problema»

Esta visión de la violencia contra las mujeres se basa en varias creencias: en la creencia de que la violencia es solo producto de la cultura; en la creencia de que hay un hilo irrompible entre la broma, el insulto, el abuso, la violación y el asesinato; en la creencia en que si todos los hombres fueran perfectamente educados y nunca llamasen «putas» a las chicas (entiéndase esto como arquetipo), ese «niño pequeño» que sí se ha creído que todas las mujeres son putas no abusaría, violaría, lastimaría o asesinaría a una mujer al crecer.

Es una visión religiosa. Una visión que, trasplantada a otros ámbitos de la existencia —y espero que alguien me explique por qué no habríamos de hacerlo—, haría que esta fuera insoportable. Que exigiría una especie de tribunal moral permanente, formado por todos, que impediría el mal gusto, la broma soez, el sarcasmo, el exceso personal. Una estrategia basada en el mismo principio que dice que hay que hacer deporte, comer sano, consumir cinco piezas de fruta al día, y sobre todo no consumir drogas. Porque, ya  lo sabemos, «una cosa siempre lleva a la otra» y si fumas un porro terminarás robando a punta de pistola un banco para pagarte la droga dura o atropellarás a una familia feliz borracho como una cuba. Quizás deba yo —que nunca he consumido drogas ilegales— reprender a mis amigos, esos que se emporran o que esnifan cocaína, no sea que yo asuma parte de su culpa futura. Esta estrategia es la que piensa que la fantasía sexual no llevada a la práctica, en la que se incluye violencia, incluso violencia sexual —y que puede serlo de una mujer—, es la antesala del crimen. Es una visión que además degrada la responsabilidad individual: el sujeto que viola o agrede o mata a una mujer ya no es tan responsable. Es un hombre al que el padre de la violada no paró los pies cuando hacía bromas.

Todo esto es desolador. Me parece un insulto a las personas que han cometido errores; que se pasaron de frenada; que han sido alguna vez maleducadas —¿hay alguien que no?—; que han elegido un estilo de vida que no nos gusta, que nos parece poco sano, o incluso repugnante; pero que nunca han violado a una mujer o abusado de ella. Me parece también un insulto a la complejidad. ¿Las niñas no se ríen de sus compañeros de clase, en particular del friqui, del feo, del gordo, del enano? ¿No los putean con su indiferencia? ¿Las niñas no llaman putas a otras niñas? ¿No compiten entre sí?

Esta matemática mecanicista, incapaz de aislar los hechos para atribuir responsabilidades —ese precio de la libertad—, es además inútil. Personalmente, creo que no sirve para nada: solo para abonar un discurso que no ha sido probado. Puestos, me quedo con lo que escribía aquel primatólogo que analizaba la base biológica de la violencia contra las mujeres: mejor que estas aprendan a responder a la violencia con violencia; no apuntar a una masa informe de irresponsabilidades (no, no es una errata), sino apuntar el arma —un revólver cargado— contra el sujeto concreto que te quiere hacer daño.

Al principio de esta entrada hablaba de dos razones para escribirla. Les contaré la segunda. He visto el vídeo que enlazaba Pablo después de presenciar cómo un padre se abrazaba a sus dos hijos, de seis y trece años, tras salir por la rampa de un garaje. Voy a contarles la historia.

Una familia de otro país está de paso por España. Vienen del norte de África y van camino de casa. Paran en Madrid y quedan a cenar con unos amigos, unos compatriotas que también están en España de paso. Es sábado por la noche, en el centro, en una zona muy concurrida. El niño, que tiene trece años, pide permiso a su madre para dar una vuelta por la plaza que da al restaurante. La madre se lo da. Poco después, el padre pregunta por su hijo y la madre le explica qué ha pasado. Miran, pero el niño no está. Es de noche. El padre habla español, pero su hijo no. Mientras las mujeres esperan en la puerta del restaurante, los hombres (tres) se separan y empiezan a dar vueltas por la zona. La madre llama (chapurreando español) a la policía. Pasan casi dos horas. El niño, asustado, para a un transeúnte. Este comprende que algo pasa y avisa a los municipales. Los policías lo llevan hasta la madre y se van. Al rato, el padre, enfermo de preocupación, regresa a la puerta del restaurante y ve a su hijo. Su primera reacción es gritarle y darle una torta. La madre se interpone para evitarlo. El padre lo intenta de nuevo y el niño, rápido, evita que su padre pueda alcanzarlo.

Unas personas pasan por la calle y otra trabaja en un negocio enfrente del lugar. Avisan a la policía. Dicen que han visto a un hombre —esta es la primera información que me llega— dar puñetazos a una mujer y a un niño. La policía acude y detiene al hombre. Los amigos de la pareja intentan explicar a los policías que ellos han presenciado todo y que el padre no ha agredido a la madre: que solo ha hecho el gesto de dar un cachete a su hijo, como consecuencia de los nervios, a la vez que gritaba. Intentan ir a comisaría a declarar, dar sus datos. Los policías no los toman. La madre niega haber sido golpeada e intenta aclarar lo sucedido. El hombre es detenido.

Yo lo conozco a media mañana del domingo. Me explica lo sucedido. Tendrían que salir de España ese día: tanto él como su mujer tienen negocios que atender. Además, el hombre está preocupado por su hijo, por lo que estará pensando al ver cómo su padre es esposado y detenido. Por si creerá que ha sido culpa suya. No tienen casa en Madrid. Viajan en una caravana. Ella casi no habla español. Intento que lo dejen en libertad. Los policías me dicen que los testigos aseguran que el hombre ha dado puñetazos a la mujer y al hijo. Yo aún no he visto el atestado, pero en él se indica algo crucial: hay cámaras de seguridad que pueden haberlo grabado todo.

Los policías llevan al hombre a un centro de detenidos. Pasará a disposición judicial al día siguiente. Es su segunda noche privado de libertad.

Por fin, el lunes puedo ver el atestado. Descubro que es posible que haya grabaciones de lo sucedido. El hombre, al saberlo, insiste en que se traigan, que se vean, porque él sabe qué hizo. La madre del niño, además, lo ha explicado todo con meridiana claridad: no hubo ninguna agresión hacia ella, y en cuanto a su hijo solo un intento de tortazo que no llegó a producirse porque ella se interpuso. Aunque la policía le había insistido —quizás por las dificultades de comunicación, ya que no interviene un intérprete— ella había negado la víspera ser una víctima, había rehusado que se le asignase un abogado, había afirmado categóricamente que no quería reclamar nada y que solo quería que dejasen libre a su marido.

Más aún, en el atestado leo que, según los policías, lo que han visto los testigos es a un hombre que «lanza» unos puñetazos a una mujer y a un niño. Esta es la razón por la que lleva dos días detenido.

Como observo que en el atestado no aparecen citados como testigos los amigos de la pareja, le pido a la esposa que los localice y que vengan. Anticipo que voy a pedir su declaración, ya que ratifican la versión de mi cliente.

Cuando comienzan las declaraciones: la esposa vuelve a insistir de forma contundente y clara en que es falso que haya sido agredida. No hay un solo rastro físico de esa supuesta agresión. El hombre cuenta su historia y admite —solo admite eso— que intentó dar un cachete a su hijo como consecuencia de su estado de excitación nerviosa. En ese momento, el juez toma declaración a la persona que avisó a la policía: la testigo declara haber visto una paliza brutal a un niño, al que un padre da varios puñetazos en el rostro mientras hablaba en un idioma para ella desconocido. Cuando vuelvo a pedirle que se explique, reitera que lo que ha visto es a un hombre ensañándose a golpes con un niño. Incluso escenifica los puñetazos. Sin embargo, cuando se le pregunta si el hombre golpeó a la mujer, la testigo solo dice que él la apartó para pegar al niño.

El juez anuncia que va a archivar respecto de la mujer, pero que se va a inhibir en cuanto al resto. Ya no es un asunto de violencia sobre la mujer, por lo que lo turnará a reparto. Pido que declaren los testigos que presento. Me dice que no es competente y que lo hagan cuando el juez al que le corresponda los llame. Hago constar que no viven en España, pero eso no cambia su decisión. Pido que, al menos, examinen al niño. En principio se niega, pero cuando comento que un examen médico dentro de semanas (cuando presumiblemente pueda producirse) resultará inútil, puesto que el niño podría haberse curado, termina aceptando el examen. El forense ve al niño que supuestamente ha sido golpeado de forma brutal dos días antes: el niño no tiene ni un rasguño. Ni uno. Ni el más mínimo rastro de violencia.

A las dos de la tarde del lunes, el hombre sale por la rampa del garaje de los juzgados de violencia. Sus hijos lo ven. Se abrazan a él, llorando, y él llora con ellos durante un buen rato. Luego se abraza a su mujer. Hablamos un momento. Se va a marchar a su país inmediatamente. Antes me cuenta algo que le ha pasado, que no puedo repetir aquí. Le digo que puede denunciarlo, que le acompaño. No quiere. Solo quiere marcharse de España.

No adornaré la historia con conclusiones. Se las dejo a ustedes.

Solo diré: cuidado con los prejuicios que alimentamos.

No son inocuos.