Un mundo perfecto

 

Le he estado dando vueltas a la idea de escribir esta entrada. Antes de contarles por qué, explicaré su origen: proviene de una experiencia personal de este fin de semana pasado y de la lectura de esta interesante entrada del blog de Pablo Rodríguez —suelen serlo las suyas—. Me he cuestionado si escribirla, porque estoy harto y cansado de polemizar, tan a menudo, sobre violencia doméstica y sobre el discurso ideológico construido sobre la violencia doméstica. De hacerlo casi siempre desde un cierto punto de vista. De ser atacado por hacerlo, pese a ser padre de dos hijas adolescentes a las que, por lo que leo, es seguro que deseo algún tipo de mal inconcreto. Y de ser, a la vez, alabado por gente llena de odio a la que no tocaría ni con un palo y que, a veces, envía comentarios a este blog que ustedes no ven, pensando en mí como en uno de los suyos. Otra razón para dudar es que me voy a centrar en un aspecto lateral de la entrada de Pablo Rodríguez, y eso desenfocará lo más importante, el resto. Léanla completa, por favor. Merece la pena.

Al final he pensado que sí, que mejor insistir. No sé si esto sirve para algo, pero qué le voy a hacer: alguien tiene que intentar, de vez en cuando, equilibrar lo que está tan desequilibrado.

Pablo enlaza a este vídeo, que retuitea y alaba:

El vídeo puede que cuente la historia de alguien —ignoro las circunstancias de su autor—, pero su tono pretende ser, remedando a Borges, la historia de todas las mujeres que nacerán, que es, lo saben ya, la de una única mujer arquetípica.

Una mujer a la que los niños de su clase, antes de los catorce años, habrán llamado puta, zorra y algo más, algo que el padre disculpará como “cosas de niños”, porque quizás él hizo lo mismo sin mala intención; una mujer de la que, alguno de los que dijo puta, habrá abusado aprovechando su embriaguez, porque es algo gracioso, y a la que —no te sorprendas, papá— habrá violado antes de los veintiún años el hijo de un amigo de su padre, que hacía bromas groseras de las que el padre se reía; una mujer a la que criaron para ser fuerte e independiente, pero que, tras conocer al hombre perfecto, ve cómo este se transforma y un día la llama puta, como el padre quizás llamó puta a alguien en la escuela, para después, otro día, pegarla —y ella se siente culpable porque cree que quizás hizo algo mal—, para, finalmente, casi matarla, a pesar de que tiene “un doctorado, un trabajo fantástico, buenos amigos y su familia y fue bien educada”. Por eso, añade esa mujer que es todas las mujeres, porque “una cosa siempre lleva a la otra”, “papá, detenlo antes de que comience”, y no dejes que su hermano llame puta a ninguna chica, porque un “niño pequeño” creerá que es verdad y “no aceptes bromas groseras” de nadie, porque detrás de cada broma hay una parte de verdad. Todo concluye en un ruego a su padre: que la proteja, para que ser mujer no sea “el mayor peligro de todos”.

La música, la puesta en escena y la ternura con la que esa niña no nacida, esa especie de Eva inmortal que sobrevuela todas las generaciones, se dirige a su padre, oculta un mensaje terrible: el padre es culpable. Ese padre, todos los padres, todos los hombres.

Más aún, el fundamento de su discurso es que todo tiene que ver con todo. Que todo es causa de todo. Que no hay soluciones de continuidad. Que el violador lo es porque había tolerancia a los insultos (a esos concretos insultos) durante la niñez. Todos los niños llaman a las niñas putas y todos los hombres se ríen y transigen, y eso (ESO) inicia una cadena terrible de acontecimientos que lleva a algunos a violar y a maltratar a las mujeres. El maltratador empieza llamándola puta, luego la pega y luego casi la mata. Esa secuencia inevitable se originó porque su padre dejó que su hermano llamase puta a las demás niñas, o porque el padre rió las bromas groseras de los otros o quizás las hizo él mismo. Porque la mala educación, en suma, establece las condiciones de las que se sigue, como si fuera el diseño de un relojero ciego, la violencia y el crimen. El primer insulto, trasunto del fuego del que nace el incendio eterno, que el hereje anuncia en la pira.

“Una cosa siempre lleva a la otra”

“Si hubieras sabido que su hijo me violaría le habrías dicho que se controlara”

“Su hijo, que creció con esas bromas se convierte en mi problema”

Esta visión de la violencia contra las mujeres se basa en varias creencias: en la creencia de que la violencia es producto de la cultura; en la creencia de que hay un hilo irrompible entre la broma, el insulto, el abuso, la violación y el asesinato; en la creencia en que si todos los hombres fueran perfectamente educados y nunca llamasen “putas” a las chicas (entiéndase esto como arquetipo), ese “niño pequeño” que sí se ha creído que todas las mujeres son putas, no abusaría, violaría, lastimaría o asesinaría a una mujer al crecer.

Es una visión religiosa. Una visión que, trasplantada a otros ámbitos de la existencia —y espero que alguien me explique por qué no habríamos de hacerlo—, haría que esta fuera insoportable. Que exigiría una especie de tribunal moral permanente, formado por todos, que impediría el mal gusto, la broma soez, el sarcasmo, el exceso personal. Una estrategia basada en el mismo principio que dice que hay que hacer deporte, comer sano, consumir cinco piezas de fruta al día, y sobre todo no consumir drogas. Porque, ya  lo sabemos, “una cosa siempre lleva a la otra” y si fumas un porro terminarás robando a punta de pistola un banco para pagarte la droga dura o atropellarás a una familia feliz borracho como una cuba. Quizás deba yo —que nunca he consumido drogas ilegales— reprender a mis amigos, esos que se emporran o que esnifan cocaína, no sea que yo asuma parte de su culpa futura. Esta estrategia es la que piensa que la fantasía sexual no llevada a la práctica, en la que se incluye violencia, incluso violencia sexual —y que puede serlo de una mujer—, es la antesala del crimen. Es una visión que además degrada la responsabilidad individual: el sujeto que viola o agrede o mata a una mujer ya no es tan responsable. Es un hombre al que el padre de la violada no paró los pies cuando hacía bromas.

Todo esto es desolador. Me parece un insulto a las personas que han cometido errores; que se pasaron de frenada; que han sido alguna vez maleducadas —¿hay alguien que no?—; que han elegido un estilo de vida que no nos gusta, que nos parece poco sano, o incluso repugnante; pero que nunca han violado a una mujer o abusado de ella. Me parece también un insulto a la complejidad. ¿Las niñas no se ríen de sus compañeros de clase, en particular del friqui, del feo, del gordo, del enano? ¿No los putean con su indiferencia? ¿Las niñas no llaman putas a otras niñas? ¿No compiten entre sí?

Esta matemática mecanicista, incapaz de aislar los hechos para atribuir responsabilidades —ese precio de la libertad—, es además inútil. Personalmente, creo que no sirve para nada: solo para abonar un discurso que no ha sido probado. Puestos, me quedo con lo que escribía aquel primatólogo que analizaba la base biológica de la violencia contra las mujeres: mejor que estas aprendan a responder a la violencia con violencia; no apuntar a una masa informe de irresponsabilidades (no, no es una errata), sino apuntar el arma —un revólver cargado— contra el sujeto concreto que te quiere hacer daño.

Al principio de esta entrada hablaba de dos razones para escribirla. Les contaré la segunda. He visto el vídeo que enlazaba Pablo después de presenciar cómo un padre se abrazaba a sus dos hijos, de seis y trece años, tras salir por la rampa de un garaje. Voy a contarles la historia.

Una familia de otro país está de paso por España. Vienen del norte de África y van camino de casa. Paran en Madrid y quedan a cenar con unos amigos, unos compatriotas que también están en España de paso. Es sábado por la noche, en el centro, en una zona muy concurrida. El niño, que tiene trece años, pide permiso a su madre para dar una vuelta por la plaza que da al restaurante. La madre se lo da. Poco después, el padre pregunta por su hijo y la madre le explica qué ha pasado. Miran, pero el niño no está. Es de noche. El padre habla español, pero su hijo no. Mientras las mujeres esperan en la puerta del restaurante, los hombres (tres) se separan y empiezan a dar vueltas por la zona. La madre llama (chapurreando español) a la policía. Pasan casi dos horas. El niño, asustado, para a un transeúnte. Este comprende que algo pasa y avisa a los municipales. Los policías lo llevan hasta la madre y se van. Al rato, el padre, enfermo de preocupación, regresa a la puerta del restaurante y ve a su hijo. Su primera reacción es gritarle y darle una torta. La madre se interpone para evitarlo. El padre lo intenta de nuevo y el niño, rápido, evita que su padre pueda alcanzarlo.

Unas personas pasan por la calle y otra trabaja en un negocio enfrente del lugar. Avisan a la policía. Dicen que han visto a un hombre —esta es la primera información que me llega— dar puñetazos a una mujer y a un niño. La policía acude y detiene al hombre. Los amigos de la pareja intentan explicar a los policías que ellos han presenciado todo y que el padre no ha agredido a la madre: que solo ha hecho el gesto de dar un cachete a su hijo, como consecuencia de los nervios, a la vez que gritaba. Intentan ir a comisaría a declarar, dar sus datos. Los policías no los toman. La madre niega haber sido golpeada e intenta aclarar lo sucedido. El hombre es detenido.

Yo lo conozco a media mañana del domingo. Me explica lo sucedido. Tendrían que salir de España ese día: tanto él como su mujer tienen negocios que atender. Además, el hombre está preocupado por su hijo, por lo que estará pensando al ver cómo su padre es esposado y detenido. Por si creerá que ha sido culpa suya. No tienen casa en Madrid. Viajan en una caravana. Ella casi no habla español. Intento que lo dejen en libertad. Los policías me dicen que los testigos aseguran que el hombre ha dado puñetazos a la mujer y al hijo. Yo aún no he visto el atestado, pero en él se indica algo crucial: hay cámaras de seguridad que pueden haberlo grabado todo.

Los policías llevan al hombre a un centro de detenidos. Pasará a disposición judicial al día siguiente. Es su segunda noche privado de libertad.

Por fin, el lunes puedo ver el atestado. Descubro que es posible que haya grabaciones de lo sucedido. El hombre, al saberlo, insiste en que se traigan, que se vean, porque él sabe qué hizo. La madre del niño, además, lo ha explicado todo con meridiana claridad: no hubo ninguna agresión hacia ella, y en cuanto a su hijo solo un intento de tortazo que no llegó a producirse porque ella se interpuso. Aunque la policía la había insistido —quizás por las dificultades de comunicación, ya que no interviene un intérprete— ella había negado la víspera ser una víctima, había rehusado que se le asignase un abogado, había afirmado categóricamente que no quería reclamar nada y que solo quería que dejasen libre a su marido.

Más aún, en el atestado leo que, según los policías, lo que han visto los testigos es a un hombre que “lanza” unos puñetazos a una mujer y a un niño. Esta es la razón por la que lleva dos días detenido.

Como observo que en el atestado no aparecen citados como testigos los amigos de la pareja, le pido a la esposa que los localice y que vengan. Anticipo que voy a pedir su declaración, ya que ratifican la versión de mi cliente.

Cuando comienzan las declaraciones: la esposa vuelve a insistir de forma contundente y clara en que es falso que haya sido agredida. No hay un solo rastro físico de esa supuesta agresión. El hombre cuenta su historia y admite —solo admite eso— que intentó dar un cachete a su hijo como consecuencia de su estado de excitación nerviosa. En ese momento, el juez toma declaración a la persona que avisó a la policía: la testigo declara haber visto una paliza brutal a un niño, al que un padre da varios puñetazos en el rostro mientras hablaba en un idioma para ella desconocido. Cuando vuelvo a pedirle que se explique, reitera que lo que ha visto es a un hombre ensañándose a golpes con un niño. Incluso escenifica los puñetazos. Sin embargo, cuando se le pregunta si el hombre golpeó a la mujer, la testigo solo dice que él la apartó para pegar al niño.

El juez anuncia que va a archivar respecto de la mujer, pero que se va a inhibir en cuanto al resto. Ya no es un asunto de violencia contra la mujer, por lo que lo turnará a reparto. Pido que declaren los testigos que presento. Me dice que no es competente y que lo hagan cuando el juez al que le corresponda los llame. Hago constar que no viven en España, pero eso no cambia su decisión. Pido que, al menos, examinen al niño. En principio se niega, pero cuando comento que un examen médico dentro de semanas (cuando presumiblemente pueda producirse) resultará inútil, puesto que el niño podría haberse curado, termina aceptando el examen. El forense ve al niño que supuestamente ha sido golpeado de forma brutal dos días antes: el niño no tiene ni un rasguño. Ni uno. Ni el más mínimo rastro de violencia.

A las dos de la tarde del lunes, el hombre sale por la rampa del garaje de los juzgados de violencia. Sus hijos lo ven. Se abrazan a él, llorando, y él llora con ellos durante un buen rato. Luego se abraza a su mujer. Hablamos un momento. Se va a marchar a su país inmediatamente. Antes me cuenta algo que le ha pasado, que no puedo repetir aquí. Le digo que puede denunciarlo, que lo acompaño. No quiere. Solo quiere marcharse de España.

No adornaré la historia con conclusiones. Se las dejo a ustedes.

Solo diré: cuidado con los prejuicios que alimentamos.

No son inocuos.

 

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26 comentarios en “Un mundo perfecto

  1. Señor mío, admiro la brillantez de su argumentación y, especialmente, su ecuanimidad. Virtud rara de encontrar últimamente. Me ha alegrado leer como ha desmontado ese mito según el cual se empieza por consentirse micromachismos y se acaba rociando con gasolina a la compañera sentimental, teoría tan despavorida, en efecto, como la de la espiral de la droga.

  2. De acuerdo. Los prejuicios son malos. Y no cesan de aumentar. El caso es eso, un caso, y seguro que no es generalizable. El origen de la vioelncia machista está en la educación de milenios que hemos recibido. Sobre esa educación de base añadamos la reciente liberación de la mujer. Hay hombres que no pueden admitir que “su” mujer sea más inteligente, más preparada y más exitosa que él. Tiene que demostrar, y demostrarse, que eso ni es así ni lo puede aceptar. Se ve impelido a demostrar que él es superior, que vale más. ¿A qué acude para hacerlo? Pues a la violencia física.
    Este año ya llevamos casi dos mujeres víctimas mortales por volencia de sexo. Los años pasados la rasa era poco más de una por semana. Es una lacra insoportable que no sabemos, no podemos o no queremos detener. Por eso el ejemplo que pones es escasamente representativo.

  3. Misterios insondables del universo:
    ” …educación de milenios… ”
    ” …casi dos mujeres… ”
    Casi dos mujeres sí es representativo, casi dos ejemplos no.

    Un saludo.

  4. “Es una visión religiosa.” Ésa es la expresión que siempre he buscado. Gracias por la entrada.

    Vaya, el origen de la violencia machista es epigenético “…origen de la vioelncia machista está en la educación de milenios que hemos recibido.”

  5. Sámuel. Dejé en la entrada una pequeña trampa. No digo que sea norteafricano. Digo que, en su viaje, venía del norte de África. De hecho, su mujer y él son blancos, y de clase acomodada. Lo dejé porque pensé que alguien diría que ese prejuicio, y no otro, es el origen de lo sucedido.

  6. El comentario anterior, tras demonizar los prejuicios abunda en uno (del que se siguen los demás): “El origen de la violencia machista está en la educación de milenios que hemos recibido”, y poco importa lo que haga cada hombre en particular con semejante losa sobre él.

    Sobre las cifras de asesinatos de “violencia de sexo”, tendemos a caer en un error de interpretación estadística notable. Observando las cifras de asesinatos que puedan encajarse en “violencia de sexo”, varían poco de año a año y suponen un 15% (aproximadamente) del total de asesinatos. Que en un mes haya un asesinato más (o menos) es irrelevante desde el punto de vista estadístico y no supone un “repunte” . La cifra media es de 4.5 al mes; y ha variado poco en los últimos años, a pesar de los medios que la administración dedica a la prevención de esos delitos.

    Somos (aunque parezca mentira), una de las sociedades con menos delitos por violencia doméstica; y si las campañas no reducen el número de víctimas tal vez sea porque no son un problema generalizado y el impacto de esas medidas sobre los agresores (que son un porcentaje ínfimo de la población y también suponen un porcentaje pequeño -15%- de los asesinos) es muy escaso.

    No tengo una solución para reducir el número de asesinatos de mujeres a manos de sus maridos o parejas; me temo que lo que hacemos como sociedad no es muy eficaz. Quizás sea muy difícil o imposible llegar al objetivo de “cero asesinatos”, porque reducir un número pequeño es muy complicado. No se trata de cambiar actitudes generales (como cree el anterior comentarista), sino convencer a un número muy reducido de personas y eso no se consigue con campañas de publicidad ni con juzgados específicos.

  7. Aunque sólo sea una, la mía, puede que este post, al hilo del de Suances, haya cambiado, sino la opinión, al menos la visión prejuiciosa y taimada con la que hacemos de cuñado en todo, sin saber de nada. Enhorabuena, señor Rabtan.
    A mí me gustaría saber, también al hilo de este post y el de Maven Trap, cómo hizo usted para cambiar su opinión respecto a los toros -si ha llegado a cambiar- según rezuma su panegírico y despedida en JD.

    Gracias de antemano, y enhorabuena otra vez.

    Óscar

  8. Muy buena, Tse! Exacto, hay que llevar cuidado con los prejuicios como, por ejemplo, suponer que todos los refugiados que llegan a Europa son unas bellas y pobres personas.

    Nací en el 72 y no recuerdo ni en EGB, BUP y COU que ningún compañero nos llamara putas, zorras o algo parecido. Era un insulto de estos que podían suponer una sanción al alumno considerable.

    Sí recuerdo en 7 de la EGB que a los chicos de.mi clase les dio por tocarnos el culo. Hacían un pasillo, nos acorrolaban y nos tocaban el.culo. Era obsesivo. Las chicas de clase nos quejamos a dirección y recuerdo la bronca monumental que.les cayó, también hubo discurso feminista por parte de.la.directora, a.los chavales de clase que se les quitaron las ganas de volver a ponernos un dedo encima.

    Parece que lo que hoy en día pasa es más bien un problema de disciplina en las aulas.

  9. “El origen de la violencia machista está en la educación de milenios que hemos recibido”, y poco importa lo que haga cada hombre en particular con semejante losa sobre él.

    Gracias por citarme kydm77. Me gustaría que me aclararas por qué me atribuyes que a mí me importe poco lo que cada hombre haga en particular. Acláramelo, plis, porque o no lo entiendo o sabes más que yo sobre lo que a mí me importa. Zénkiu, Sire

  10. Excelente entrada. Enhorabuena por su capacidad de argumentación, es un placer leerle.

    Hace un par de meses asistí a una escena similar. Trabajo en un barrio que podría definirse como «poco recomendable» a según qué horas. Durante el día, sin embargo, es relativamente tranquilo. Una tarde, mientras subía a la oficina, ví a una cría de unos 15 años forcejeando con un señor de unos 60. Ella no paraba de gritar, insultándole, y de intentar darle puñetazos, patadas y empujones. Él, que al principio se mantenía a la defensiba y le preguntaba que por qué se comportaba así, al cabo de un rato empezó a actuar de forma más ofensiva que defensiva.

    Llegó un punto en el que el señor inmovilizó a la chica. Yo, que había visto parte de la trifulca a medida que me acercaba, opté por no hacer caso omiso (como sí hacía el resto de la gente). Le pregunté a la chica si estaba bien y le grité al señor que qué cojones estaba haciendo. Él, descompuesto por el esfuerzo y por la situación, me contestó que hiciera el favor de irme a tomar por el culo. Ella no habló, en su lugar se me quedó mirando desconcertada. Les avisé de que iba a llamar a la policía. Ella siguió sin decir nada; él me pidió que les dejara tranquilos.

    A continuación se levantaron los dos y siguieron su camino. Yo me quedé allí plantado, atento por si la situación volvía a desmadrarse. Al doblar la esquina lo primero que hice fue llamar a la policía para que enviaran una patrulla. Después seguí adelante, con la conciencia tranquila por haber obrado como un buen samaritano.

    El caso es que eran padre e hija. La hija mostraba signos evidentes de algún tipo de trastorno mental. Desde que ocurrió no he parado de darle vueltas al asunto. No paro de replantearme por qué presupuse que el hombre estaba «abusando» (es el único verbo que se me ocurre ahora) de la cría, cuando era ella la que inició la trifulca. Tampoco entiendo por qué en su momento me sentí superior a la gente que andaba por allí sin hacer nada, cuando la mayoría eran vecinos que probablemente estuvieran hartos de y acostumbrados a escenas similares. Y, por último y sobre todo, no sé si al llamar a la policía les abré causado más problemas que soluciones.

  11. El otro día, en https://tsevanrabtan.wordpress.com/2016/02/17/pacifismo/ : “Matar al semejante es una pulsión innata en el Homo Sapiens. La heredamos de nuestros ancestros los mamíferos superiores. Por eso tenemos leyes que lo prohiben. Sería diferente si en lugar de matarnos nos quisiéramos como hermanos de forma innata.”
    Hoy da la impresión que cambia el punto de vista: “El origen de la vioelncia machista está en la educación de milenios que hemos recibido.”
    ¿Vale cualquier ocurrencia para explicar magistralmente cualquier cosa?
    Un cordial saludo.

  12. Constato que los seguidores de este blog, tan fértil como abundante en sus entradas, son varones y defensores del sus derechos, tan menguados por los acosos de la competencia. Me congretula y me uno a sus afanes. Usé le expresión “educación milenaria” y veo que se ha interperetado como si estuviera afirmando que todos, cada uno, hubiéramos recibido nuestra educación durante milenios. Esperaba que la alta inteligencia de los blogueros hubiera entendido que me refería a la especie, no al ejemplar de hoy. Parece que no ha sido así por los pulgares invertidos.
    Añadir debo que parece que debemos aplaudir que España sea uno de los paísesen los que menos violencia de género (¿se dice así?) padezca. Tambié alégrome. Se ve que todavía podemos seguir acumulando casos. Partir de un nivel bajo lo permite. Por lo que se ve.

  13. “Sí recuerdo en 7 de la EGB que a los chicos de.mi clase les dio por tocarnos el culo. ” y esto “Constato que los seguidores de este blog, tan fértil como abundante en sus entradas, son varones… ”
    Constatando así, cualquier cosa.
    Un saludo.

  14. Cuando hayas llegado a cierta edad (pasados los 30 basta) y vivido algunas cosas lo mismo empiezas a comprender algo en lugar de intentar parecer que comprendes. Comprar argumentos es fácil, y así educación milenaria y heteropatriarcado. Si todo el mundo te ha malinterpretado a lo mejor la culpa no es de todo el mundo. Por lo que parece, no darte la razón es porque se es varón y defensor de derechos no menguantes. Y violadores potenciales a fuer de algunas (y sus gloriosos pagafantas). Cuando a lo mejor, sólo a lo mejor, no todo es tan simple y reduccionista, echarle la culpa al “pecado original” o a “los judíos deicidas” o “al capitalismo” o “la educación milenaria”.

    Siendo hijo de maltratador no he tocado jamás a una de mis parejas. Ni física ni verbalmente, ¿cómo es posible si a la educación milenaria en mi caso fue además directa y en carnes propias? Y en cambio he tenido historias con mujeres agresivas. ¿Empiezas a entender? No hay blancos o negros. No hay géneros competidores. Hay gente.

    Porque si la cosa va de seguir acumulando casos y partir de un nivel bajo se puede llevar a extremos tan peligrosos que ni tú te habrás dado cuenta. Que otro le saque punta.

  15. Yo he conocido a mujeres a las que les gusta el maltrato, y reconocen abiertamente provocarlo en sus parejas. Desde mi punto de vista nunca entenderé como un hombre puede convivir con algo así, pero el caso es que siempre hay un roto para un descosido.
    Desde luego no me voy a basar en esa experiencia para establecer como norma general que la mujer busca que la maltraten.
    El caso es que hay un espectro tan amplio en este tema que generalizar y sacar conclusiones acaba siendo un poco estúpido.
    Establecer, como dice Franjo, que existe una educación milenaria que nos afecta a todos los varones….
    Y lo peor de todo, es que cuando la realidad y los argumentos te desmontan la conclusión, la culpa siempre está en los demás, por que son machos heteropatriarcales.
    Y los inmóviles siempre son los otros.

  16. Creo que el vídeo tiene otra interpretación.

    Para llegar a una situación como la que muestra al final no es suficiente con el que hombre tenga una dominación física sobre la mujer, la capacidad de hacer daño creo que tiene más que ver con los estados mentales de agresor y agredido que con sus fuerzas, todos somos potencialmente letales. Teniendo además en cuenta que este tipo de agresiones pueden formar parte de la vida de una pareja durante mucho tiempo, creo que el principal desequilibrio de fuerzas es psicológico y no físico.

    Entonces, tenemos a un hombre que se siente con derecho a agredir a su pareja y una mujer que no es capaz de escapar de la agresión. Porque por lo general es así, en casa es el hombre el que pega a su mujer. Además, son situaciones suficientemente frecuentes y cuyos casos particulares comparten unas dinámicas suficientemente similares como para que hayamos decidido que pueden englobarse dentro de un mismo problema social, la violencia doméstica, o de sexo, o de género.

    Una vez hemos llegado a que es un problema social, la soluciones y las causas tendremos que buscarlas en el conjunto de la sociedad, no solo en las mentes de cada uno de los agresores. Creo que el vídeo intenta atacar comportamientos muy extendidos que ayudan a que los hombres se consideren en una posición dominante sobre las mujeres y estas, a su vez, en una posición de inferioridad. Cada “puta”, cada “a fregar”, cada “tienes unos ojos que te comía todo el coño” contribuyen a esa “cultura” de invasión de la integridad de las mujeres. Quizás una mujer suficientemente segura de sí misma e independiente mental y económicamente no permitiría una segunda agesión en su casa. Pero es que esta “cultura” de la que hablo quizás tampoco es el mejor ambiente para desarrollarse como mujer, ni como hombre, porque ninguno obtenemos ningún beneficio de las situaciones que denuncia el vídeo. Es un problema que nos afecta a mujeres y a hombres.

    No creo que el vídeo diga que empiezas llamando puta a una niña y acabas matando a tu mujer, sino que es importante acabar con esta “cultura” (soy incapaz de encontrar un término mejor) que es la que sirve de marco para que luego algunos hombres se sientan con derecho a agredir a sus parejas. Y es más fácil concienciar a los niños de que no contribuyan a ello, que a las niñas de que desde pequeñas tienen que ser completamente intolerantes con este tipo de comportamientos.

    Creo que la violencia doméstica disminuiría con una mayor implicación de los hombres atajando comportamientos machistas. Quizás el vídeo podría tener un hilo que no sugiriese tan claramente que una cosa lleva a la otra, pero probablemente hayan decidido optar por una narración más simple de la que descrito para, así, llegar a más gente.

    Respecto a los insultos a los gordos y a los gafosos, afortunadamente no tenemos un problema de violencia contra gordos y gafosos en la edad adulta, igual si lo tuviésemos empezaríamos a mirar a los colegios y se intentaría corregir desde ahí el problema.

  17. Lejos de querer entrar en demasiadas precisiones (entre otras cosas porque no estoy mínimamente preparado para ello) y mandando por anticipado la enhorabuena por el artículo, quisiera decir que me ha extrañado, después de ver todo tan bien argumentado, encontrarme a mitad de la entrada con una afirmación que me parece poco rigurosa; esto es, que las creencias que sustentan el vídeo son ‘religiosas’, cuando en realidad se evidencian como creencias ideológicas. A no ser que por religión se considere cualquier tipo de fundamentalismo. Creencias son, sin duda, y muy poco argumentadas (pues incluso una creencia es susceptible de encontrar argumentos que la apoyen y la justifiquen como algo sensato o plausible, aunque nunca sean concluyentes). En el caso de muchas creencias ideológicas modernas, sin embargo, jamás podremos encontrar dichos argumentos (más allá del formato del eslogan). Esto es así porque todo argumento honesto permite de alguna manera la posibilidad de una réplica. Sin embargo lo que ahora se está poniendo en juego en nuestra sociedad es una lucha de poder ideológico en la que sus agentes (incluso aquellos que lo son de manera inconsciente como es el caso de los testigos que denunciaron la ‘agresión’) no deben albergar ni la más mínima sospecha de que aquello que hacen no sea lo correcto. Estas creencias ideológicas sustituyen en cierta forma, eso sí, el vacío que puede dejar una verdadera creencia religiosa, y lo hacen eliminando precisamente la responsabilidad moral del individuo frente a sus semejantes y frente a Dios, suplantándola con algún otro tipo de ‘formula’ como la injusticia social, las desigualdades económicas, la represión sexual, la lucha por obtener determinados derechos… Todas ellas cuestiones graves en mayor o menor medida (a veces mucho) según en qué lugar y en qué momento, pero cuestiones particulares en definitiva, consecuencias si se quiere de muchas otras cosas pero no argumentos generales, que por una extraña pirueta se elevan al grado de categorías absolutas, a convertirse en el origen del único ‘mal’ moral contemporáneo aceptado: el social, es decir, el político. El ‘mal moral’, sin embargo, concepto que cualquier religión o filosofía seria jamás esconderá, es el que nunca aparecerá en los postulados ideológicos contemporáneos, (aunque de hecho actúe bajo cuerda y, por lo tanto, de una manera más oscura), los cuales a lo sumo hablarán de patologías personales o desequilibrios sociales para luego recetar el conveniente tratamiento dentro de sus planes quinquenales de ingeniería social. Es precisamente el núcleo de lo moral lo que pretenden eludir, porque atañe al individuo como ser libre a la hora de tomar decisiones con respecto a la sociedad, o incluso con respecto a Dios… Aunque para muchos sea precisamente la ‘sociedad feliz’ el nuevo dios.
    En resumen, no religión sino su remedo; algo mucho más primitivo (como toda lucha de poder) pero a la vez más sofisticado que un simple fundamentalismo: ideología. Y entre las muchas ‘supersticiones’ que la conforman, una siempre presente: el miedo a quedarse atrás, a no estar nunca lo suficientemente adelante en ese camino, esa evolución hacia la felicidad.

  18. Le felicito por la entrada y estremecedora de historia de la familia de paso que fue víctima de nuestras leyes.

    En cuanto al vídeo de marras, hay otra interpretación perversa, que me sorprende que no haya comentado nadie aún, y es esa visión de la chica como una pobre víctima del sistema y, lo que es peor, como un objeto de protección. Es lista, educada y bla, bla, bla, pero no es capaz de reaccionar si el amor de su vida la insulta o la golpea. No puede defenderse de los ataques ni de los insultos, los aguanta estoicamente porque su papá no está para protegerla.

    Es esa visión retrógrada y, aquí sí, machista, de muchos supuestos defensores de la mujer que aplauden que el Tribunal Constitucional avale una ley que dice que un delito tiene más pena si lo comete un hombre porque la mujer está en situación de debilidad frente al hombre, o que se creen cuotas porque una mujer no puede llegar a según qué puestos por su valía y necesita una ayudita extra.

    Claro que yo soy una mujer rara que opina que para conseguir la igualdad hay que empezar a ayudar a los padres a que puedan involucrarse en el cuidado de sus hijos, aumentando el permiso de paternidad o dándoles las mismas facilidades que a las mujeres para adherirse a una reducción de jornada.

  19. Con la barona que precede. Al fin, los datos hablan de violencia de género, pero también de violación, lesiones, amenazas, estafas, atracos… de género. Tse sabe y otros/as también. El 50% de la población mundial comete el 95% de los crímenes.
    Saludos. Está en forma (este no es reciclado).

  20. Muy sofística la entrada.
    El relato es tramposo.
    Si funcionó un prejuicio: al extranjero. Sí hubo reiterado intento de agresión.
    Sí tuvo que interponer su cuerpo la madre.
    Si eso sucede en público, es inducible que está normalizado en el espacio privado.
    Si los nervios del padre le llevan a pegar al hijo (que además no ha hecho nada reprobable), es que este señor considera normal descargar violencia sobre la parte débil de la familia.
    Las mujeres no denuncian o retiran denuncias o incumplen órdenes de alejamiento porque sufren dependencia económica y/o afectiva del varón agresor. O por un miedo tan real como que la denuncia vaya seguida del asesinato de la denunciante.
    Cualquier abogado, como parece que es el autor, sabe que los testigos a pueden malinterpretar o interpretar exageradamente la gestualidad, más la de un extranjero que ¿vociferaba?
    4sa emotiva estampa de la rampa se vive más veces en los hospitales o en los tanatorios.
    La violencia puede tener raíces evolutivas. La violencia contra las mujeres es sistémica. El sistema se llama patriarcado. Los hombres pueden no saberlo o no reconocerlo. En muchos, la reacción es paranoica. Incluso en los de estudios superiores, brillante profesión y clase acomodada.

    Señor autor y quienes lo felicitan: están haciendo daño a más de la mitad de la población.
    Este año seguirá habiendo maltrato contra las mujeres y los menores. Morirá asesinadas muchas decenas.
    Pero pobre detenido que ni era de izquierdas ni había tuiteado, ni alcanzó al hijo con los puñetazos.

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