El incidente 2-2-6

 

Entre el 26 y el 29 de febrero de 1936 se produjo en Japón lo que se llama desde entonces el incidente 2-2-6. Son hechos que han dado lugar a muchas discusiones y a más de una novela (entre ellas, la más famosa es Patriotismo de Yukio Mishima). Una intentona (¿golpista? ¿revolucionaria? ¿fascista?) de torcer o acelerar, según se mire, el rumbo del Japón, en la que participaron 1.400 oficiales y soldados de la Primera División del Ejército. La cronología es lo de menos y sus causas cercanas a veces solo sirven para confundirnos más. Un acto de gekokujō, de motín por razones morales fue la excusa. Tres mil quinientos oficiales del ejército habían sido purgados durante cuatro años por pertenecer al Kodoha, el grupo del camino imperial, especialmente influyente entre los oficiales más jóvenes. Su antagonista era el Toseiha, la camarilla conservadora que ocupaba los puestos más altos del ejército, partidarios del expansionismo en China. Durante cuatro años, los “jóvenes turcos” habían intervenido en diferentes atentados terroristas, incluyendo uno, en mayo de 1932, contra el primer ministro Inukai, que murió asesinado.

La base de poder del Toseiha era el ejército Kwangtung, acantonado en Manchukuo (en verde en el mapa), que actuaba de forma casi autónoma. En 1928, el alto mando del ejército había llegado a simular un atentado de “bandidos” chinos para provocar la guerra y la ocupación de Manchuria. La intentona no prosperó. Sin embargo, en septiembre de 1931, nuevos atentados terroristas falsos dieron la excusa a los jefes militares del ejército Kwangtung para ocupar Manchuria y colocar en su trono al títere Pu Yi, el último emperador de los Qing.

Por su parte los Kodoha defendían lo que llamaban la restauración shōwa (el nombre de Hirohito), un movimiento antiparlamentario y anticapitalista, que pretendía la recuperación del camino tradicional, mediante un golpe militar que apartase al emperador de la camarilla enriquecida a costa del sudor del pueblo. La dictadura imperial, la supresión de la aristocracia y la disolución de la Dieta instaurarían la “voluntad colectivista directa” mediante una asamblea armónica, exenta de corrupción y ajena a las facciones propias de los sistemas de partidos.

Si leen sobre el incidente 2-2-6 verán que se explica sobre la base de la tensión entre un movimiento autoritario de corte socializante y el tradicionalismo, encarnado en la élite que había prosperado durante el largo reinado del emperador Taishō, el padre de Hirohito. Leerán que la mecha fue la decisión del general Tetsuzan Nagata de limpiar el ejército, incluyendo entre los depurados a hombres como Sadao Araki, un hombre de honor, héroe para los oficiales más jóvenes y, más concretamente, la propia muerte de Nagata a manos de un miembro de Kodoha, y el juicio y condena a muerte del asesino.

Son explicaciones que sólo rascan la superficie de la difícil mentalidad japonesa. O quizás de las corrientes subterráneas que transcurren y se mezclan formando extrañas convergencias. Al profundizar en la cuestión, te ves extraviado y confuso. Una sociedad modernizada a golpes de voluntad, con gentes vestidas al modo occidental, amantes de la tecnología, extranjeros siempre, fuera de su país, desde el primer al último día. Un mundo con parlamento y partidos, pero en el que las listas de sociedades secretas convierten la historia de la masonería en un chiste. Sociedades minoritarias o de masas, repletas de misticismo, trasunto a veces de meras formas como las que manan de las doce clases de santuarios del Sintho.

¿Recuerdan que les dije que el feudo de los expansionistas, los que ganarían la batalla y llevarían al Japón a la guerra, era el ejército Kwangtung, las tropas de Manchuria? Sin embargo, esos mismos hombres diseñaron un plan de socialismo de Estado que extrajo millones de yenes del zaibatsu, la camarilla financiera, que transformó Manchuria, creando ciudades de la nada, tendiendo miles de kilómetros de líneas férreas, construyendo puertos y aeropuertos, diques, presas e industrias modernas.

¿Recuerdan que les dije que los jóvenes oficiales defendían a las clases populares? A la vez y, sin embargo, se basaron en el hipernacionalismo que derivaba de los éxitos militares en Manchuria para desarrollar su labor propagandística. Más aún, tras la muerte del primer ministro Inukai, sus enemigos dejaron que el autor se explayase durante el juicio, demostrando su valor y determinación, exponiendo sus planes de reforma.

Demasiadas concurrencias.

Es imposible no creer que ambos movimientos no eran sino dos caras del mismo fenómeno. La única diferencia entre el asesinato de Inukai y la muerte de Nagata es la tolerancia de los ancianos. Cuando los más apasionados se exceden dejan de ser valiosos. Así sucedió con la “gentuza de la SA” eliminada por Hitler en 1934.

Todo parece conjurarse en aquellos sombríos años treinta en los que se asiste a la pelea entre lo malo y lo malo. Tanta negrura en el pensamiento solo podría desembocar en la tragedia de la guerra mundial.

Apenas dos años después, el ejército japonés atacó Shanghai y Nankín, y los soldados, enloquecidos de furia por la resistencia china, en ocho semanas, saquearon, violaron, torturaron, y mutilaron. Una cosecha de más de doscientos mil muertos. La esperanza del espíritu empezaba a parir hijos.

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