Repartiendo culpas

 

He leído las dos cartas que se han cruzado Rivera y Rajoy, y hay en ellas algunas cosas curiosas que merece la pena comentar.

La carta de Rivera dice:

Como sabrás, en estos días pasados, Ciudadanos hemos alcanzado un acuerdo con el Partido Socialista para un programa de Gobierno Reformista y de progreso. Estoy convencido que las más de 200 reformas que se incluyen en este acuerdo reflejan las principales demandas que la Sociedad Española necesita y a las que los partidos constitucionalistas no podemos dar la espalda.

Es notable: omite que ese acuerdo lo es, además, para que sea presidente del Gobierno Pedro Sánchez. Extraño olvido el suyo.

He leído con atención el documento que me entregaste en nuestra última reunión, titulado “Cinco acuerdos para el consenso”, y comparto buena parte de las prioridades recogidas en él. De hecho, las cinco propuestas de vuestro documento están en consonancia con el contendido del acuerdo de gobierno.

Acuerdo de gobierno que implica que el presidente sea Pedro Sánchez.

Me gustaría reunirme contigo para comentar el documento de gobierno que te adjunto. Para ello sería bueno que pudiéramos mantener un encuentro antes del próximo debate de investidura.

Investidura de Pedro Sánchez.

La respuesta de Rajoy. Dejo de lado supuestas cortesías superfluas:

Me dices que has llegado a un acuerdo con el Secretario General del PSOE para votar su candidatura a la Presidencia del Gobierno. Tienes perfecto derecho a hacerlo.

Es gracioso. No, Mariano, no te lo ha dicho.

Espero que comprendas que yo no me sume a ese acuerdo, que no pueda suscribir ese contrato de adhesión y que, por tanto, no vaya a apoyar a tu candidato.

Entre otras razones, porque no he sido invitado por él a hacerlo. No hace falta que te recuerde todas las veces que él mismo ha dicho públicamente que no está dispuesto a pedir, ni a aceptar, el apoyo del Partido Popular, sino que está buscando -como tú sabes- el apoyo o la abstención de PODEMOS.

Me temo que lo que dice Rajoy es indiscutible. Rivera quiere reunirse con Rajoy para discutir un programa de gobierno del Gobierno de Pedro Sánchez, pero Sánchez no quiere reunirse con Rajoy para discutir ese programa. Y todos sabemos que reunirse con Rajoy supone poner sobre la mesa una obviedad: el PP tiene 32 diputados más que el PSOE. Por tanto, el presidente de ese Gobierno tendría que ser Rajoy.

Es más, su único objetivo -según él mismo ha señalado- es echar al Partido Popular del Gobierno.

Irrefutable. Lo ha dicho Pedro Sánchez y lo han dicho todos los mandamases del PSOE a los que he escuchado. Todos, sin excepción, insisten en que lo importante es el cambio y que el cambio implica que el PP deje de gobernar.

Y su programa no es otro que derogar toda la labor que el Gobierno ha llevado a cabo en estos últimos años y que, entre otras cosas, nos han llevado a ser el país que lidera el crecimiento y la creación de empleo entre las principales naciones de la Zona Euro.

Falso. El PP podría negociar perfectamente un acuerdo con el PSOE y Cs sobre la base del documento publicado, que es muy impreciso, pero que no contiene, en mi opinión, ningún obstáculo de tanta enjundia que lo haga imposible de asumir, al menos tras una negociación que aclare cuestiones y especifique más aspectos que se han remitido a comisiones, mesas y acuerdos futuros. Esto, además, demuestra hasta qué punto ambos partidos (Cs y PSOE) saben que el escenario más probable es el de nuevas elecciones: por eso su acuerdo es tan parcial, para que no se use contra ellos.

Comprenderás que, siendo el Partido Popular el más votado en España, se me haga muy difícil explicar a los votantes de mi partido -a los cuales me debo- que apoyo a quien no ha ganado, para derogar todo lo que mi Gobierno ha hecho y sustituirlo por el programa del PSOE.

Mariano, Mariano. ¿No has dicho mil veces que lo que defiendes es el interés de España por encima de intereses partidistas?

Sabes que siempre estoy a tu disposición, y dado que has leído mi propuesta y te parece interesante, espero que -si PODEMOS no acaba sumando su apoyo al tuyo para investir a Pedro Sánchez- podamos trabajar juntos en ese amplio Gobierno de coalición que te propuse tres días después de las elecciones y que te pareció muy razonable; cosa que yo te agradecí profundamente.

Obvio. Hay una diferencia esencial entre el PP y el PSOE: el PP sí ha invitado al PSOE a unirse a un gobierno de gran coalición.

Dicho esto, vayamos a lo esencial. Hay demasiado ruido, demasiados análisis, y un exceso de cronología que pretende, con una verborrea insufrible y un gran aparato escénico, ocultar cosas que son muy sencillas:

1.- El asunto de la investidura tiene una solución racional que, a la vista del documento firmado entre PSOE y Cs, resulta más evidente hoy: un acuerdo de gran coalición. En ese acuerdo, el reparto de poder debería ser proporcional, más o menos, al número de diputados de cada fuerza.

2.- El PSOE ha situado como su primer objetivo expulsar al PP del poder, pero pretende hacerlo sumando a la fuerza que lo modera frente a las otras fuerzas de izquierda. Lo hace porque esas fuerzas de izquierda mantienen posiciones inasumibles por ellos. Esto es importante: para el PSOE es más difícil el acuerdo programático con Podemos que con el PP. En cualquier caso, el PSOE ha escogido al PP como adversario.

3.- Esa posición sectaria del PSOE es la clave de la renuncia de Rajoy a la investidura. Nadie ha dicho que no quiera sentarse con Sánchez. Todos, salvo Cs, han dicho que no se sientan con Rajoy. Rajoy nunca ha estado en disposición de ganar una investidura en esas condiciones y no es culpa de él. Son los demás los que le tratan como a un apestado. Véase que Sánchez se reúne con ERC, por ejemplo, una fuerza que quiere romper España, pero se niega a discutir con Rajoy un posible acuerdo.

4.- Ahora, Cs plantea al PP que el acuerdo con el PSOE es asumible. Pero lo plantea obviando que es un acuerdo de investidura. Lo hace para centrar el debate en el texto y no en la postura sectaria del PSOE. Teatraliza, en suma. Y es comprensible que Rajoy diga “hablamos cuando fracase Sánchez”. Lo es porque entonces el candidato puede ser alguien del PP, siempre que el PSOE esté dispuesto a discutir su propio programa como programa de gobierno, pero con un candidato del partido más votado, partido que se necesita para una investidura “constitucionalista”.

5.- ¿Podría el PP, pese a todo, abstenerse? Sí, claro. Personalmente se lo agradecería. ¿Se le puede exigir o incluso culpabilizar de no hacerlo? No. Lean lo anterior y verán que el principal responsable es el PSOE. Incluso en lo más sensible, la corrupción, la postura del PSOE es mendaz. No solo porque sea un chiste que el PSOE eche en cara al PP la corrupción, sino porque un acuerdo a tres —que permita reformas, ya que habría una enorme mayoría absoluta detrás— con medidas concretas en materia de corrupción es la forma más sencilla de obligar al PP (y al PSOE, añado) a reformarse.

6.- También podría Podemos abstenerse, aunque, en el caso del partido de Iglesias, comprendo que no lo haga: sí hay una verdadera distancia entre las propuestas de Podemos y las del PSOE+Cs. La fundamental es que el compromiso con el déficit público de la UE que aparece en el documento va a hacer imposibles muchas de las medidas “sociales” propuestas por falta de financiación. De ahí que se hable de estudio, comisiones, mesas, expertos y demás. Mientras se estudia iremos viendo que no tenemos dinero, con el añadido de que, además, nos hemos comprometido a gastar cada vez menos y no más.

Insisto, todo lo demás es ruido. Teatro dirigido a la imposición de un relato y a repartir culpas. Comprendo que alguien diga que yo también reparto culpas y escribo un relato. Ahora, además de decirlo tendrá que dar argumentos. Ya anticipo: la cronología no es un argumento, porque la cronología es producto del pecado original del PSOE: no hablar con el PP y expulsarlo del poder a toda costa.

Si alguien me da otros argumentos racionales, estoy dispuesto a considerarlos. En estos meses aún no he escuchado uno digno de ese nombre.

 

La voz del Espíritu Santo

 

Cuando uno de los protectores más antiguos y persistentes de Beethoven, su alumno, archiduque Rodolfo, hermano del emperador Jose II de Austria, añadió un título más a la larga lista que le correspondía por nacimiento, el de arzobispo de Olmütz, el compositor decidió honrarlo dedicándole una misa.  Era marzo de 1819 y había pasado por años difíciles, en los que había tenido tan presente la muerte. No pudo entregar la partitura a tiempo, porque los pasajes fueron adquiriendo una extensión, una profundidad y una intensidad tan enormes que necesitó cinco años para terminarla. Su estreno tuvo que esperar hasta abril de 1824, en San Petersburgo.

En esos años compuso Beethoven tres obras que cambiaron la historia de la música: la novena sinfonía, la sonata hammerklavier y la misa en re. Esta es la protagonista de hoy.

Es importante comprender que, si Beethoven hubiera muerto en 1815, habría sido, sin duda, uno de los más grandes compositores y genios creadores de la historia de la humanidad. Murió doce años después, y toda su obra anterior palidece y parece banal en comparación con su última producción. Y puede que la mejor, la más excelsa, de esas últimas obras, sea la Missa Solemnis.

Repleta de momentos exquisitos, su valor es producto de la progresión de las ideas, del esfuerzo brutal por dar sentido al texto. Se ha dicho que es casi ininterpretable, que “suena mal”, que exige un esfuerzo excesivo del oyente, que es desigual, y que mezcla pasajes casi infantiles con otros contrapuntísticos tan elaborados e imposibles que fatigan al espectador más concentrado. Las mismas críticas que se hacen a la Grosse fugue o a la fuga final de la hammerklavier.

Sí, este Beethoven no es para pusilánimes. El hombre que sigue su camino entre medias de la familia imperial, mientras Goethe se comporta como un lacayo no sabe hacer concesiones. El suyo es un diálogo con Dios.

Resulta difícil escoger un momento de la obra. Resume todos los rasgos del estilo del último Beethoven. Pensé primero —tras escucharla una vez más, como tantas veces, con mi vieja kalmus miniature, con las voces escritas en claves de fa y do— en la maravillosa doble fuga sobre las palabras et vitam venturi del Credo – 163 compases de 472 -, la música que se escucha tras la crucifixión, muerte y resurrección de Cristo con ese sublime anuncio en piano de la vida futura por los siglos de los siglos; pero al final me he decidido por otra parte de la obra. La misa permite mostrar una de las cualidades inefables de la música de Beethoven. Esa extraordinaria capacidad para alargar melodías sencillas, deshilachando las divisiones, terminando las cadencias en los tiempos débiles, con la tónica en la voz superior, retrasando las voces interiores, ocultando la estructura de la música, de una forma tan sutil y misteriosa que parece que fluya, inevitable y natural. Son pasajes que creeríamos improvisados si no fuera porque están escritos; los del lento de la novena, del cuarteto op. 132, la sonata op. 110. Melodías que te dañan y te curan a la vez.

Uno de esos momentos se encuentra en el Sanctus de la misa. En la partitura, Beethoven escribió Von Herzen – möge es wieder – Zu Herzen gehn!,  “Del corazón – ojalá vuelva- al corazón”. Escuchen.

Fagotes y contrabajos en si menor, violonchelos, el clarinete en la y las violas. Trompas, timbales y trombones abren la puerta a los solistas, que anuncian solemnes y oscuros la santidad de Dios, hasta que estalla la alegría por la plenitud de su gracia y su gloria. La fuga es una preparación para el misterio.

El maravilloso preludio instrumental que sigue es un engaño. Beethoven nos hace creer que las voces aparecerán en cualquier momento para bendecir al que viene en nombre del señor. Sin embargo, no se escuchan voces, se escucha a un violín solo, un sol agudo, la tónica, un violín enmarcado por dos flautas traveseras que tocan en terceras. Ese violín, durante 124 compases, cantará una de las melodías más hermosas jamás compuestas. Los demás, las voces, el coro, la orquesta, lo acompañan y nos dicen que el mundo es un lugar lleno de bondad.

beet