Anda, Rivera, vete a esparragar

 

Hoy

“… y no es cierto que no haya petición de reunión o que no se quiera reunir con el Partido Popular [el PSOE] … porque esa carta salió firmada por el señor Hernando y el señor Girauta pidiéndole al señor Hernando que nos sentemos a trabajar”

(Albert Rivera) 16’25”

Ayer

30-03-2016 2

Ayer

30-03-2016

19/03/2016

19-03-2016

10/03/2016

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08/03/2016

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01/03/2016

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23/02/2016

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04/02/2016

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03/02/2016

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29/01/2016

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16/01/2016

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08/01/2016

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06/01/2016

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29/12/2015

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23/12/2015

23-12-2015 El País

23/12/2015

23-12-2015

 

Yo también me habría ido del pleno

 

Gracias a las críticas de Percival Manglano a un concejal del PCE nos enteramos de que en el pleno del Ayuntamiento de Madrid andan condenando la invasión soviética a Hungría de 1956.

Algo tan extraño ha de obedecer a alguna razón. Eso piensa uno. Así que he buscado. Y lo primero que me he encontrado ha sido este artículo de Esperanza Aguirre del 21 de marzo de este año.

Como en la historia de la Humanidad ha habido muchas matanzas, infamias y heroísmos uno nuevamente se pregunta por qué ese artículo y por qué esa discusión en el pleno hoy.

Una de las explicaciones la da el texto de la señora Aguirre:

Por eso, para que los ciudadanos españoles conozcamos su gesta y recordemos a esos héroes, creo que es una magnífica idea la de levantar en Madrid, ahora que se cumplen los 60 años de la rebelión, algún monumento en recuerdo de aquellos húngaros que dieron su vida por la libertad.

En un momento en que el neocomunismo disfrazado de populismo se ha convertido en una opción aceptada por un número no desdeñable de compatriotas, a los españoles que siempre vamos a defender la libertad nos parece que ese monumento sería un acto de justicia para los que murieron en Hungría y un motivo de reflexión para los que tengan la tentación de coquetear con partidos políticos que se consideran a sí mismos herederos de esa ideología comunista, que tanta miseria material y moral ha llevado donde han logrado llegar al poder.

No se puede decir que la razón no sea diáfana: hay que levantar un monumento antiPodemos para que los españoles nos enteremos de lo malos que son los comunistas. La cosa tiene —perdonen la expresión— huevos. Sectarismo en estado puro.

Sin embargo, hay algo más. No basta con explicar que la señora Aguirre le quiere tirar una estatua a la cabeza a la señora Carmena (en correspondencia a la infamia sectaria que arranca placas y le quita calles a falsos espías —esto es una doble coña—). Hay que explicar el origen de la iniciativa, ya que el señor Manglano se ha ocupado de explicar que provenía de la embajada húngara, y uno supone que el señor embajador no se dedica a inmiscuirse en la política interna.

Así que he investigado y me he encontrado con esto1Como pueden ver, la iniciativa de la comunidad húngara española y de la embajada húngara existe, y es el PP el que ha decidido darle impulso, siguiendo, imagino, el discurso de la señora Aguirre, tan preocupada por educar a los madrileños, usando estatuas al modo medieval, del peligro de Podemos.

He buscado más y he dado con esa iniciativa. Por fin iba a saber la razón que hace tan urgente y conveniente esa estatua y no una que, por ejemplo, condene los crímenes de Pol Pot o el genocidio armenio. La razón es esta:

Nunca olvidaremos que en el 56, sólo un país nos ofreció asistencia militar en apoyo en la lucha contra la intervención soviética, y ese país fue España. Confío de corazón en que el próximo año 2016, con motivo de la conmemoración de la Revolución, la excelentísima alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, y los representantes del pleno municipal, hagan posible que podamos alzar un monumento en la capital madrileña a los mártires de la Revolución húngara.

Dejemos de lado el pie del que cojea el gobierno húngaro y analicemos ese texto. La razón para que en Madrid se erija ese monumento es que Madrid es la capital del país que prometió a Hungría ayuda militar contra el ejército de la URSS. El que prometió eso (aprovecho para prometer promediar 45 puntos por partido si los Lakers de Los Ángeles me fichan) era un autócrata criminal, de nombre Francisco Franco, que mientras prometía ayudar a los sometidos húngaros, sometía —aquí sí realmente— a sus ciudadanos de una forma brutal.

Y van los del PP y en vez de decirle a los húngaros amablemente algo como “no jodan, hombre, con sus iniciativas”, montan el circo, contratan los enanos y venden entradas.

Qué inanidad. Qué mediocridad.

 

Y estos nos iban a salvar

 

Ciudadanos ha empezado una campaña:

Constitución española:

Artículo 101

1. El Gobierno cesa tras la celebración de elecciones generales, en los casos de pérdida de la confianza parlamentaria previstos en la Constitución, o por dimisión o fallecimiento de su Presidente.

2. El Gobierno cesante continuará en funciones hasta la toma de posesión del nuevo Gobierno.

Ley 50/1997, de 27 de noviembre, del Gobierno:

Artículo 21. Del Gobierno en funciones.

1. El Gobierno cesa tras la celebración de elecciones generales (…).

2. El Gobierno cesante continúa en funciones hasta la toma de posesión del nuevo Gobierno, con las limitaciones establecidas en esta Ley.

3. El Gobierno en funciones facilitará el normal desarrollo del proceso de formación del nuevo Gobierno y el traspaso de poderes al mismo y limitará su gestión al despacho ordinario de los asuntos públicos, absteniéndose de adoptar, salvo casos de urgencia debidamente acreditados o por razones de interés general cuya acreditación expresa así lo justifique, cualesquiera otras medidas.

4. El Presidente del Gobierno en funciones no podrá ejercer las siguientes facultades:

a) Proponer al Rey la disolución de alguna de las Cámaras, o de las Cortes Generales.

b) Plantear la cuestión de confianza.

c) Proponer al Rey la convocatoria de un referéndum consultivo.

5. El Gobierno en funciones no podrá ejercer las siguientes facultades:

a) Aprobar el Proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado.

b) Presentar proyectos de ley al Congreso de los Diputados o, en su caso, al Senado.

6. Las delegaciones legislativas otorgadas por las Cortes Generales quedarán en suspenso durante todo el tiempo que el Gobierno esté en funciones como consecuencia de la celebración de elecciones generales.

Ayer todo el mundo, con razón, se reía de este disparatado tuit:

Los tuits de Ciudadanos no tienen, en su estructura profunda, nada que envidiar al tuit de Teresa Rodríguez: hacer responsable a alguien que cumple la ley, de cumplirla. Puestos, prefiero el de Teresa Rodríguez: es tan estúpido que la evidencia de su mendacidad está al alcance de cualquiera. Además, es uno, y en defensa de un colega. Los de Ciudadanos forman parte de una campaña, pensada por alguien, diseñada por alguien y aprobada por sus máximos dirigentes.

Lo de Ciudadanos es mentira en serie. Basura en serie.

 

 

Esperando a Sánchez

 

Esta mañana he escuchado la entrevista de Carlos Alsina a Mariano Rajoy. Les recomiendo que lo hagan. No hay, en ella, más que enormes cantidades de sentido común. No hablo de la opinión que yo tenga de Rajoy o de su partido. Lo he dicho muchas veces: Rajoy debió dimitir como presidente del Gobierno y yo hubiera preferido que no fuera candidato. Sin embargo, nada de esto tiene que ver con las gigantescas obviedades que enumera. Solo algunas (en mis palabras):

1.- Que el PP ganó las elecciones.

2.- Que solo hay dos maneras de formar Gobierno: o uno de gran coalición o uno con el PSOE y Podemos (con el concurso o pasividad de otros).

3.- Que el declinó la posibilidad de presentarse a la investidura porque tenía más votos en contra que a favor. Y esto era indiscutible.

4.- Que la investidura es para intentar que un presidente sea elegido y no para hacer estúpidas metáforas “horológicas”. Y que, de no haber candidato posible, las cortes podrían haber hecho una declaración en ese sentido (ya que el vacío constitucional no puede implicar que el gobierno permanezca en funciones por los siglos de los siglos).

5.- Que la candidatura de Sánchez fue una pantomima.

6.- Que el concurso de Ciudadanos en un pacto puede ser aconsejable, pero que nunca es decisivo. Por tanto, reunirse con Rivera no sirve para desbloquear ningún acuerdo, si el PSOE mantiene su actitud intransigente.

7.- Que el PSOE desde el día mismo de las elecciones mantiene que no va a pactar ni con el PP ni con Rajoy. Por tanto, mientras el PSOE no cambie de opinión, es imposible formar un gobierno de gran coalición.

8.- Que después de la reunión anunciada de Iglesias y Sánchez, y a la vista de su resultado, volverá a hablar con Sánchez, para examinar si él mismo y su partido mantienen o no su posición.

Todo esto es indiscutible. Vean que el entrevistador intenta (hábilmente) introducir la cuestión de la supuesta pasividad de Rajoy, pero que ese intento no resulta fructífero porque esa pasividad es resultado de las manifestaciones repetidas e inequívocas del PSOE. Por eso resulta tan gracioso el propio planteamiento: Rajoy sería responsable de no haber intentado que el PSOE cambie de opinión sobre su negativa incluso a sentarse con Rajoy para explorar un posible acuerdo de gran coalición. Es decir, Rajoy es responsable de las decisiones soberanas de otros que se suponen responsables y mayores de edad. Es tan disparatado que solo se explica o por simple vacío informativo y cansancio, o porque se ha impuesto la idea de que Sánchez (con sus 90 diputados) ha de gobernar a toda costa, incluso contando con los votos de montones de españoles que no le han votado y a los que el propio Sánchez y su partido desprecian.

Tan acojonantemente llena de sentido común está la entrevista que solo he visto dos reacciones: las de los que se regodean en asuntos tan trascendentales como que Rajoy no recuerde el nombre de un libro que acaba de leer o que equivoque el nombre de pila de Andrea Levy y esta. El artículo que les enlazo, de Rubén Amón, es fastuoso. Vean por qué:

Un camino en el campo. Un árbol. De tarde. He aquí las únicas instrucciones escénicas que Samuel Beckett dispuso para el estreno de Esperando a Godot y que podrían ubicar a Mariano Rajoy en su inmovilismo, pasividad y ensimismamiento.

Mariano Rajoy espera, igual que hacen Vladimir, Pozzo y Estragón en la tragicomedia existencial de Beckett. Espera que los hechos se manifiesten por sí solos [Amón confunde hechos con actos: la voluntad del PSOE de no sentarse a hablar con el PP no es un hecho, es un acto voluntario. Además olvida que sentarse a esperar hechos es, a veces, la mejor manera de demostrar si uno tiene o no razón en sus planteamientos. Naturalmente, Amón, silencia las razones de Rajoy, tan poderosas que solo las menciona por el qué dirán, como veremos]. Espera que se desfiguren sus rivales [Exactamente lo mismo que hacen todos los políticos desde que el mundo es mundo, con éxito y sin él] Espera que se vayan sofocando las hormonas de la nueva guardia pepera [Esto es gracioso. Hay bastantes más hormonas exhibidas —léase disensión— en los otros partidos] Espera que se amortigüen los escándalos de corrupción [¡Pues claro!]. Y adopta como dogma propio, terapéutico, sistemático. la doctrina budista de la creatividad pasiva. No hacer como manera de hacer. Y emular el desenlace de Godot, cuyos protagonistas deciden moverse in extremis a condición de no hacerlo [Vamos, que Rajoy no le hace caso al autor del artículo y eso le jode].

No se ha movido en 100 días [Excelente noticia para su partido. Con el paso del tiempo y cuando se termina el ruido de los juegos florales de los demás, va estableciendo la idea de que él ha sido más serio que el resto]. No va a moverse en los 100 siguientes [Falso con los datos de que disponemos. No se moverá salvo que los demás se muevan: desde el primer día afirmó que estaba dispuesto a negociar con el PSOE].

Es la conclusión que se desprende [este “se desprende” es gracioso. Para mí, por ejemplo, no se ha desprendido eso] de la entrevista que concedió a Carlos Alsina este martes. Un acto preliminar de campaña cuyo titular tiene un valor informativo y conceptual en el marianismo: “Vamos a esperar” [Es muy divertido que se acuse a Rajoy de “actos de campaña”, cuando toda la pantomima de la investidura de Sánchez ha sido un gigantesco acto de campaña, lleno de estruendosos ejemplos de propaganda, como la firma “solemne” de un “pacto de gobierno” que no servía para formar gobierno]. Porque no ha llamado a Pedro Sánchez [Recuérdese, Sánchez y su partido siguen afirmando que nunca formarán gobierno con el PP y Sánchez se va a reunir, de nuevo, con Pablo Iglesias. Sin embargo, el culpable de esto es Rajoy, porque no llama a Sánchez y no Sánchez, por no llamar a Rajoy]. Ni ha llamado a Albert Rivera [Recuérdese, el PP más Ciudadanos no suma una mayoría; pero esto parece dar igual: Rajoy tiene que hacer teatro con Rivera y ¿para qué? ahora lo veremos]. Ni los va a llamar de momento (¿?), aferrado como está en su papel de candidato autoproclamado del PP a los comicios del 26-J [Esto es genial: candidato autoproclamado. Hombre, no parece que vaya muy descaminado].

Es la razón por la que ha eludido cualquier actitud de persuasión [“actitud de persuación”. Maravilloso. Por lo visto Rajoy tiene que desplegar “actitudes de persuasión”. En todo esto hay un risible intento de repartir culpas, en las que la actitud sectaria del PSOE siempre se va de rositas]. Rajoy no quiere intervenir en el rechazo del PSOE ni aspira a cuestionarlo [no me digan que esto no es acojonante]. Se resiste a abrir cualquier expectativa de negociación [“Se resiste”, el muy cabrón, a pesar de que los otros le hayan dicho que es un puto apestado. Y va y se resiste]. Es verdad que se recrea en el prosaísmo y en la pedagogía de un Gobierno de unidad nacional y que se jacta de mencionar las costumbres europeas al respecto [aquí tienen ustedes el “qué dirán” que mencionaba antes: “se recrea” —¡se recrea!— en un montón de argumentos repletos de sentido común], pero se abstiene de fomentarlo [Analicen la estructura profunda: Rajoy no cree en el acuerdo y no lo fomenta porque los demás no quieren ni sentarse a hablar con él y él va y actúa conforme a los actos de los demás]. Se aferra a la línea roja del PSOE —“no a Rajoy, no al PP”— como si fuera la defensa propia [Esto ya es de marcha triunfal: la “línea roja” del PSOE es la defensa a la que se “aferra” Rajoy. La defensa de Rajoy es aquello que —de entrada y sin más prolegómenos— impide que se forme un gobierno en el que Rajoy fuera presidente. Qué tío, Rajoy. Ha conseguido —pasivamente, eso sí— que el PSOE no pacte con el PP para tener una defensa a la que aferrarse. Me recuerda a esos que decían que los del PP del País Vasco añoran a ETA porque el hecho de que los asesinasen de un tiro en la nuca les venía de puta madre]. Incluso demora y demora un encuentro con Rivera, acaso porque la expectativa de un gran pacto requeriría el sacrificio de sí mismo [Ya les decía que Rajoy tiene, en esta enloquecida visión de la realidad, que hacer teatro con Rivera para algo: ¡claro, para que Rajoy cometa seppuku! Como ven, todo este montón de borborigmos solo tiene una finalidad: Rajoy tiene que irse pese a que más de siete millones de españoles lo han votado]. Y sería un caso de ingratitud. Rajoy no cree merecerse el ostracismo después de habernos salvado y redimido. [Ya, Rubén, ya sabemos que Rajoy no te mola, pero te olvidas del hecho de que ha ganado las elecciones y de que más de siete millones de españoles han votado a su partido].

Quiere despecharse el 26-J [Esto es sensacional: Rajoy como Fu Manchú mueve los hilos sin mover un músculo para despecharse en unas nuevas elecciones]. Y ha conseguido la sumisión de su partido, incluso prolongado la autocracia hasta los últimos estertores [Aquí el articulista directamente insulta a los afiliados y dirigentes del PP por no pensar como él]. Rajoy es el sucesor de Rajoy. Rajoy antepone su conveniencia particular al interés del PP y a las responsabilidades del estadista [Naturalmente, el interés del PP es el que decide el articulista, que para eso los del PP son unos gilipollas dominados por el autócrata Mariano. Lo del estadista es otra forma de chantaje moral: si Rajoy no se pira, ya no es un estadista. Tampoco creo, no obstante, que pase nada: no parece que ninguno de los que mandan en los otros partidos sea tampoco un estadista]. Es una temeridad prolongar el Gobierno en funciones hasta septiembre [Sin duda. Sánchez tiene una solución para esto: negociar un gobierno de gran coalición], como es pintoresco abstraerse de la propia decadencia [bla bla bla], pero la naturaleza política de Rajoy consiste precisamente en arañar semanas y semanas al calendario en actitud contemplativa [eso; en vez de desarrollar “actitudes de persuasión”. Esto no es un análisis, es un chiste] Un camino en el campo. Un árbol. De tarde. Ya lo dice Estragón: “Mientras se espera, nada ocurre” [Estragón es el que está tentado de marcharse y no esperar a Godot. Yo le recuerdo a Amón, en este juego absurdo, lo que dice Vladimir: cuando Estragón quiere marcharse aquél insiste en seguir esperando a Godot, porque si Godot viene y no están, los castigará, pero si están, ah, si están, estarán salvados].

 

Historia de un artículo

 

Hoy hemos sabido que un juez de instrucción de Barcelona ha abierto diligencias contra Dolors Miquel, la poetisa que en los premios “Ciutat de Barcelona” recitó una versión irreverente del padrenuestro.

Aunque pueda parecer sorprendente, la conducta del juez es comprensible. El artículo 525 del código penal está en vigor y, al menos, está obligado a instruir:

1. Incurrirán en la pena de multa de ocho a doce meses los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican.

2. En las mismas penas incurrirán los que hagan públicamente escarnio, de palabra o por escrito, de quienes no profesan religión o creencia alguna.

Este innecesario y aberrante artículo se introdujo en el código penal “de la democracia” aprobado en noviembre de 1995.

Es aberrante en mi opinión, pero también en la de los jueces españoles: no conozco ninguna condena basada en el mismo. No solo eso, sino que los tribunales, a la hora de interpretar la norma siempre han terminado basándose en que el escarnio (“burla tenaz”) tenía que ser la intención directa del que realizaba el acto (algo razonable) y que esa intención prácticamente no se daba en ningún caso en el que pudiera encontrarse otro motivo.

En una reciente sentencia del juzgado de lo penal nº 8 de Madrid (el asunto de los crucifijos cocinados) se hace una cita de supuestos en los que los condenados fueron absueltos. Vean:

Destacamos por su semejanza con el supuesto analizado la  STS nº 668/93 de 25 de marzo  ( RJ 1993, 2457 ) que enjuició la emisión en un programa de televisión dedicado a la información musical, de un video grabado por un grupo, en el que aparecía la figura de un crucificado con la cabeza de un carnero. Se enjuició a la presentadora del programa y el TS casó la confirmó el sentido absolutorio de la sentencia argumentando que faltaba en su conducta la intención de ofender. Así: “el elemento intencional de la procesada no fue el antijurídico exigido en el precepto penal que se cita como infringido, cual es el ánimo de ofender los sentimientos religiosos de los cristianos, por lo que aun cuando hipotéticamente se admite la concurrencia del elemento objetivo o el soporte material de la ofensa, al no poder deducirse de los hechos que ha concurrido el elemento psicológico o la intención de ofender, al menos por parte de la procesada, en cuanto que la proyección del vídeo se hallaba enmarcada en la actuación de un grupo musical que intervenía en un programa realizado con la finalidad que se dice en la sentencia recurrida como era la de dar a conocer las tendencias musicales de vanguardia, ha de concluirse en el sentido de que los hechos narrados como probados en la sentencia dictada por el Tribunal a quo no pueden estimarse constitutivos del delito por el que la procesada fue acusada como se entendió, acertadamente, por el Tribunal de instancia, por lo que no procede la solicitud de casación de la misma y sí, en cambio, la desestimación del motivo” .

Existe jurisprudencia sobre casos cuyo estudio hace parecer ingenua la conducta de los acusados. Así La SAP de Sevilla (Secc 4) nº 553/04 de 7 de junio absolvió al acusado que exhibió una imagen de la Virgen María junto a los genitales de un varón. Se concluyó que efectivamente se hizo escarnio de la Virgen pero que faltaba en el acusado la especifica intención de ofender. Así: “El proceder utilizado para realizar esa crítica nos parece tan burdo como simplista y carente de cualquier virtud intelectual apreciable, pero ni la fotografía ni el texto cuestiona directa o indirectamente ningún dogma, creencia, rito o ceremonia de la religión católica, sólo utiliza una conocida imagen para escandalizar y provocar una polémica que difícilmente conseguiría con el uso de una imagen no religiosa o, incluso, con poca devoción en la ciudad, cuestión que, al parecer, es lo que pretende resaltar el autor sin darse cuenta que las numerosas faltas de ortografía que contiene el texto bastaría para escandalizar a cualquier lector sin necesidad de ningún añadido más.” (fj 2º)

La  sentencia de la AP de Valladolid (Secc 4ª) nº 367/05 de 21 de octubre  (JUR 2005, 261311)  absolvió también al acusado que había exhibido en época de Semana Santa y en el recorrido de la procesión, una pancarta con la imagen de la Virgen María y de Jesús con la leyenda “Adúltera con su bastardo”. En este caso se concluyó que la conducta “no estaba dirigida a lesionar los sentimientos religiosos ajenos, sino a su deseo de expresar y exteriorizar opiniones discrepantes” (FJ 2º)

Yo, con perdón, me descojono. Eso de que un tipo que escribe un cartel en el que pone “adúltera con su bastardo” en el recorrido de una procesión o ese otro que pone la imagen de una virgen junto a sus genitales no pretenden ofender sentimientos religiosos es graciosísimo. La clave está en esta frase: “sólo utiliza una conocida imagen para escandalizar y provocar una polémica que difícilmente conseguiría con el uso de una imagen no religiosa”. Con ese argumento es prácticamente imposible condenar a alguien, salvo que sea alguien tan obtuso que vaya al juicio y que diga que sí, que lo hizo solo y exclusivamente para burlarse tenazmente de los sentimientos religiosos de alguien. La poetisa ya ha corrido a afirmar que no quería ofender.

Esto es una prueba de la gigantesca resistencia de los tribunales a condenar a nadie por este delito. Yo creo que sería conveniente derogar esa norma, para que no tengamos que presenciar cada cierto tiempo cómo alguien se ofende, lee el código, se dice —con razón— que lo que le ha ofendido es delito y que quiere que los tribunales castiguen al infractor. Y también para que nos evitemos ver cómo algunos interesadamente confunden este supuesto con otros que sí deben estar castigados y que afectan, no a los sentimientos, sino a la libertad religiosa. Para introducir claridad, en suma.

Más aún, para reconocer el error en el que incurrieron las fuerzas de izquierdas de este país (sí, soy algo irónico). Ese artículo es una derivación de otros que había en normas anteriores (con penas más elevadas y con tipos más amplios). Vean qué decía el Código penal de 1973:

205. Incurrirán en las penas de prisión menor y multa de 5.000 a 50.000 pesetas:

1.º Los que, por medio de amenaza, violencia o cualquier apremio ilegítimo, obligaren a otro a asistir o practicar un acto religioso o le constriñeren al cumplimiento un deber del mismo carácter y los que, por los mismos medios, se lo impidieren, coartando la libertad reconocida por las Leyes.

2.º Los que emplearen amenaza, violencia, dádiva o engaño, con el fin de ganar adeptos para determinada creencia o confesión o para desviarlos de ella.

Si el culpable de los hechos mencionados fuera autoridad o funcionario público, será sancionado además con la pena de inhabilitación especial.

206. Los que ejecutaren cualquier clase de actos encaminados a abolir o menoscabar por la fuerza, como religión del Estado, la Católica Apostólica Romana, serán castigados con la pena de prisión menor.

Si el culpable estuviere constituido en autoridad y con abuso de ella cometiere el hecho, se impondrá la pena en el grado máximo.

207. El que con violencia, amenaza, tumulto o vías de hecho, impidiere, interrumpiere o perturbare los actos, funciones, ceremonias o manifestaciones de la religión católica, o los autorizados de las demás confesiones legalmente reconocidas, será castigado con la pena de prisión menor, si el hecho se hubiere cometido en lugar destinado al culto, y con la de arresto mayor, si se realizare en cualquier otro lugar.

208. El que ejecutare actos de profanación en ofensa de los sentimientos religiosos legalmente tutelados, será castigado con la pena de prisión menor y multa de 5.000 a 25.000 pesetas.

Se impondrá esta pena en su grado máximo si los hechos previstos en el párrafo anterior fuesen realizados en templo, lugar destinado al culto o en ceremonias del mismo, oficialmente autorizadas, siempre que este requisito fuese necesario.

Cuando el hecho revistiere suma gravedad o relevante trascendencia, se aplicará la pena superior en grado.

209. El que de palabra o por escrito hiciere escarnio de la religión católica o de confesión reconocida legalmente, o ultrajare públicamente sus dogmas, ritos o ceremonias, será castigado con la pena de prisión menor si realizare el hecho en actos de culto, o en lugar destinado a celebrarlos, y con arresto mayor en los demás casos.

210. Al que maltratare de obra a un Ministro de la religión católica o de otro culto que esté inscrito en el registro establecido al efecto cuando se hallare cumpliendo los oficios de su ministerio o con ocasión del mismo, se le impondrá la pena de prisión menor y multa de 5.000 a 25.000 pesetas. El que ofendiere en iguales circunstancias con palabras o ademanes, será castigado con la pena de arresto mayor.

211. El que en lugar religioso ejecutare actos que, sin estar comprendidos en ninguno de los artículos anteriores, ofendieren el sentimiento religioso de los concurrentes, incurrirá en la pena de arresto mayor.

212. Los que cometieren los delitos de que se trata en los artículos anteriores, incurrirán, además de las penas en ellos señaladas, en la de inhabilitación especial para el ejercicio de la enseñanza pública o privada.

Como verán, hemos avanzado bastante. Sin embargo, el artículo 525 está ahí porque lo introdujo en el proyecto de ley el PSOE y porque fue aprobado por todos los grupos parlamentarios. Una historia de su tramitación es interesante:

En el proyecto de ley se decía esto:

504

Como pueden observar se parece muchísimo a la norma en vigor.

Solo se presentaron dos enmiendas al entonces artículo 504. Una del PP, que añadía la palabra “creencias”, algo finalmente admitido y para introducir un subtipo agravado que no prosperó:

3Hubo otra enmienda de IU, esta sí, con algún matiz, en la línea correcta:

4

De haber sido admitida solo se castigaría al que, para ofender sentimientos religiosos, veja a una persona concreta.

Sin embargo IU no puede ponerse esta medalla, porque muy pronto, en el informe de la ponencia, retiró la enmienda:

5

El texto aprobado en el Congreso del artículo, en ese momento, 517 decía:

517

Como pueden observar ya solo se diferencia del texto en vigor por el tiempo verbal (ese fantástico futuro de subjuntivo ignominiosamente suprimido de todo el código) y por la coletilla “practiquen”.

En el Senado solo hubo una enmienda, del PP, que insistía en su subtipo agravado y que añadía, forzadamente, a las asociaciones ideológicas inscritas:

enmienda senado

El texto en vigor fue resultado del informe de la ponencia en el Senado que propuso el artículo finalmente aprobado. Pasó, en esos trámites, de ser el 517 a ser el 527 y luego, ya en el Congreso, el 525.

Como pueden ver, en 1995, todas las fuerzas vivas de este país aprobaron esa norma. Nadie estuvo entonces en contra.

En 1995 habían pasado veinte años desde la muerte de Franco y nuestros progresistas amigos dieron al código penal el rimbombante nombre de código penal de la democracia. No sabían, al parecer —tampoco los diputados de Izquierda Unida— que años más tarde los acusarían de mantener vivo el nacionalcatolicismo.

 

 

 

¿Por qué la ley?

Cuando tenía catorce años un amigo de mi padre me regaló un libro. Me lo regaló porque siempre me veía leyendo, no porque me tuviera manía. Se llamaba -el libro, no el amigo de mi padre- La canción de la cabra, y lo había escrito Frank Yerby, un autor de best seller, medio blanco, medio negro, que terminó viviendo en España. Lo leí de tirón y me gustó mucho. Hablaba de cosas de las que no tenía ni idea y, además, estaba repleto de sexo, guerra, pasiones y lugares exóticos.

Por esa novela, que transcurre durante la Guerra del Peloponeso, supe de la batalla de las Arginusas y del juicio posterior. Perdí el libro pocos años después, pero ese juicio se convirtió en uno de los ladrillos a favor de mi cada vez más marcado individualismo, basado en el miedo a la amenaza de la tribu alzada en asamblea y en el asco por sus obras.

En 406 a.e., tras décadas de guerra y hechos de armas entre (básicamente) Atenas y Esparta,  la primera se encontraba en una situación casi desesperada. El ateniense Alcibíades, rehabilitado los años anteriores gracias a algunas victorias, había sido finalmente destituido por una derrota de la que seguramente no era responsable. Esparta, bien engrasada con oro persa y bajo el liderazgo de Lisandro, había ido desarrollando una fuerza naval comparable e incluso superior a la de la ciudad rival. En ese año, un oscuro navarca espartano, llamado Calicrátidas, intentó tomar Lesbos. Para evitarlo, los atenienses enviaron a Conon, al frente de una escuadra. No tuvo mucha fortuna y fue a refugiarse, con parte de sus naves, a Mitilene, una de las ciudades de la isla. Pudo, antes de ser cercado, enviar un navío a Atenas y pedir ayuda.

Atenas acababa de sufrir una dictadura oligárquica (la de los cuatrocientos), desbaratada por la propia flota ateniense, constituida en asamblea, en Samos. Ese motín restauró la democracia. Aclaro: la democracia ateniense; esa que excluía a esclavos, extranjeros y mujeres.

Al recibir la llamada de auxilio, Atenas se movilizó y, extrayendo recursos de donde casi no quedaban, fue capaz de crear una improvisada flota. A falta de suficientes ciudadanos, se reclutó a esclavos y metecos (es decir, extranjeros) a los que los estrategos (generales) designados para su mando prometieron la ciudadanía una vez regresaran. Todo era inusual en esa operación, incluyendo la división del mando entre ocho y la propia táctica que más tarde se utilizaría, dada la bisoñez de las tripulaciones. Asombrosamente, la flota, en las islas Arginusas, obtuvo una victoria importante. Calicrátidas huyó con los navíos que le quedaban y, en ese momento, se planteó un dilema entre los mandos atenienses. Conón aún seguía cercado por cincuenta trirremes espartanos. Un ataque rápido contra esa flota podía suponer pérdidas aún mayores para los lacedemonios, al impedir que se reuniera con los restos de la derrotada. Sin embargo, una veintena de naves atenienses habían sido hundidas o dañadas y sus tripulaciones corrían el riesgo de perecer. Detenerse en su auxilio implicaba perder la oportunidad. Uno de los estrategos, Erasínides, defendió dejarlas a su suerte y aprovechar la coyuntura. Se impuso, sin embargo, una solución intermedia: dos trierarcas o capitanes de navío, Trasíbulo y Terámenes, rescatarían a los supervivientes usando parte de la flota (unos cincuenta navíos) y el resto atacaría a los espartanos que rodeaban Mitilene. El plan salió mal por culpa de una gran tormenta y la mayoría de los náufragos murió (sin que, además, se pudieran recuperar los cadáveres para sus honras fúnebres).

Los trierarcas encargados de la misión de rescate eran personajes importantes. Terámenes destacaba como una de las figuras del partido oligarca. El de Trasíbulo es un caso más complejo: no está claro hasta qué punto pudo tener relación con el golpe de los “cuatrocientos”, pero su papel posterior parecía situarlo entre los demócratas. Era un brillante general, en ese momento en desgracia por haber sido uno de los defensores del regreso de Alcibíades. En cualquier caso, tras los hechos que luego narraré, fue uno de los opositores a los “treinta tiranos”, la dictadura surgida tras la derrota final de Atenas en la Guerra del Peloponeso, y se reivindicó posteriormente como hombre de Estado.

Para saber qué sucedió después, contamos básicamente con dos fuentes históricas: las Helénicas de Jenofonte (vayan al capítulo VII del Libro I) y la Bibliotheca historica de Diodoro Sículo (libro XIII, capítulo 101, secciones 1 a 7). Se suele decir que la versión de Jenofonte es dudosa, por descuidada y por su posición crítica respecto de la democracia ateniense, mientras que la de Diodoro sería más objetiva. Sin embargo, Diodoro escribe tres siglos después de los hechos, de los que Jenofonte es contemporáneo; y la narración de Jenofonte es amplia y detallada. Además, Jenofonte era discípulo de Sócrates y, al igual que Platón, su posición crítica puede entenderse como una respuesta a la deriva de la democracia ateniense que se refleja en los hechos objeto de esta entrada y en la propia condena posterior del maestro de ambos. Tampoco importa mucho, ya que las diferencias, aunque de cierta importancia, no afectan a la parte que más me interesa del juicio. Seguiré la narración de Jenofonte, advirtiendo en qué partes difiere de la de Diodoro.

Antes, sin embargo, es preciso recordar cómo se organizaba políticamente Atenas. La Boulé, o consejo de los quinientos, era el gobierno del día a día. Se escogía por sorteo entre voluntarios: cincuenta  por cada una de las diez tribus establecidas en la constitución ateniense. Su cargo duraba un año y, en cada uno de los diez meses del calendario ateniense, los cincuenta ciudadanos de cada tribu constituían la pritanía, una especie de consejo dentro del consejo; a su vez, entre los prítanos, cada día se escogía a un presidente, el epístata, que también presidía la Asamblea. Una de las funciones esenciales de la Boulé era fijar el orden del día de cada reunión de la Asamblea: para ello, cada ciudadano que quisiera que se discutiese una ley o se adoptase determinada decisión, debía proponerlo a la Boulé, que era la que decidía no solo su inclusión, sino el procedimiento para el debate y la votación, si era precisa. La Asamblea reunía a todos los ciudadanos varones, miles de ellos (el quórum exigía la presencia de seis mil), y tenía competencia sobre los asuntos de mayor importancia, como el de definir la estructura administrativa, establecer los impuestos, fijar la política internacional y nombrar a los magistrados de la ciudad.

Volvamos a las Arginusas. La noticia de la victoria llegó a Atenas antes del regreso de la flota y también lo hizo la de la muerte de tantos náufragos. Estos son los nombres de los ocho estrategos: Aristócrates, Aristógenes, Diomedonte, Erasínides, Lisias, Pericles el Joven, Protómaco, y Trasilo. Diodoro sostiene que los estrategos habían enviado a la Boulé  una carta informando de los hechos y culpando de las muertes a Trasíbulo y Terámenes. Estos, que contaban con el apoyo del partido oligárquico y eran oradores temibles, se habrían anticipado y convencido a la Asamblea de su inocencia. Como resultado de este juicio, la Asamblea habría destituido a los estrategos y les habría llamado para rendir cuentas. Dos de ellos, Aristógenes y Protómaco, habrían desobedecido y marchado al destierro, temerosos de un posible castigo. Hay que recordar que la flota era un factor político, pues, como ya he contado, poco antes se había constituido en asamblea y discutido las decisiones que venían de la Asamblea de la ciudad. Y esta flota concreta estaba formada en gran medida por esclavos y metecos a los que se había prometido la ciudadanía. Es decir, es posible que existiera una pelea de legitimidades: por un lado los ciudadanos atenienses y las facciones oligárquicas; por otro, los partidos y líderes más populistas, algunos de los cuales eran precisamente estrategos de la flota victoriosa.

En la narración de Jenofonte no se menciona este juicio previo a los trierarcas. Lo que se cuenta es que efectivamente se destituyó a los estrategos y se les llamó de vuelta, que dos no obedecieron y que, al informar a la Boulé, uno de ellos, Erasínides, el que más había apoyado la idea de abandonar a los náufragos, fue multado y arrestado por haber sustraído dinero público. Sin embargo, cuando los estrategos informaron del devenir de la batalla, uno de los miembros del consejo, llamado Timócrates, exigió que fuera la Asamblea la que deliberara sobre la cuestión de la responsabilidad por la muerte de los náufragos. La consecuencia fue el arresto de todos los estrategos presentes y la convocatoria de la Asamblea, sin decidir previamente el procedimiento para juzgarlos. Esa fue la primera ilegalidad. En la Asamblea, los partidarios de Terámenes y Trasíbulo cargaron las tintas sobre el comportamiento de los generales y pidieron su juicio y condena. Los estrategos tomaron la palabra, pero se rompió, por segunda vez, el procedimiento legal, que establecía que debían tener un tiempo igual al de sus acusadores, ya que solo se les permitió hablar brevemente. Alegaron que habían encomendado el rescate a Terámenes y Trasíbulo y que ni siquiera podían imputar a estos ningún crimen, ya que la tormenta les había impedido realizarlo. Uno de ellos manifestó que también había naufragado y que se había librado por poco de la muerte. Los estrategos contaron con la ayuda de pilotos y marineros que apoyaban su versión y parecía que la suerte se inclinaba de su lado, pero se hizo de noche y, como no se podía ver la votación a mano alzada, la Asamblea se suspendió, remitiendo la decisión al consejo.

El día siguiente se produjo el crimen. Era la fiesta de las Apaturias, en las que se daba entrada a la ciudadanía a los nuevos varones. La ausencia de tantos ciudadanos, manipulada por los enemigos de los estrategos, encendió la tea. Cuenta Jenofonte que hombres vestidos de negro se raparon y, como si fueran parientes de los fallecidos marcharon hasta el lugar en el que se reunía la Boulé. Allí convencieron a Calíxeno, uno de sus miembros, para que indujese al consejo a proponer a la Asamblea un juicio en el que, sin necesidad de acusación o defensa, pues esta ya se había producido en la Asamblea anterior, se juzgase en bloque la inocencia o culpabilidad de los seis estrategos.

El procedimiento era totalmente ilegal. Para empezar porque cada estratego debía ser juzgado por separado, conforme a la ley, y porque debía tener la oportunidad de defenderse, alegar y probar lo que pudiera servirle de descargo. Sin embargo, el pueblo, enfurecido y manipulado, se comportó como una turba. Lo primero era votar si el procedimiento propuesto por la Boulé era el que se iba a utilizar. En ese momento, apareció un supuesto náufrago de la batalla, que decía haberse salvado en un barril de harina y que afirmó que otros náufragos moribundos le habían encomendado la misión de acusar a los estrategos que habían abandonado a los que tanto se habían distinguido en la defensa de la patria. El ambiente que dibuja Jenofonte es de confusión, excitación y manipulación. Pese a ello, unos pocos intentaron que se respetase la ley. Euriptólemo acusó a Calíxeno de violar las leyes y la respuesta fue terrible. Dice Jenofonte:

… la multitud gritaba que era monstruoso por uno no dejar a la asamblea hacer lo que quería.

Este es, simbólicamente, un momento fundacional en la historia política de la Humanidad. Luego desarrollaré esta idea.

Para evitar la alegación de ilegalidad, uno de los presentes, llamado Licisco, propuso que también se juzgase a los que se estaban oponiendo al proceso y estos, por miedo, retiraron sus objeciones. Cuando se iba a votar, algunos prítanos, conscientes de cómo se estaba torciendo el proceso legal, manifestaron sus dudas y, de nuevo, Calíxeno exigió que se juzgase junto a los estrategos a los prítanos que se opusieran. Todos cedieron, salvo uno. Sócrates, el filósofo, era, por turno, epístata en la Asamblea y, con riesgo para su vida, afirmó que el no votaría nada que no fuera legal.

No importó. La ola de indignación era imparable y la Asamblea aprobó el procedimiento propuesto. Pese a tratarse de un juicio sumario, Euriptólemo intentó de nuevo evitar la votación, realizando un discurso en el que mezclaba el halago a la furia que le rodeaba y la lógica de la ley. Recordó normas sobre delitos graves con sus penas correspondientes que exigían el juicio separado, en los que este se efectuaba dividiendo el día en tres partes: una primera para decidir cuál de esos procesos había que utilizar, una segunda para acusar y una tercera para la defensa. Preguntó qué mal había en hacerlo así; por qué una tal urgencia que les hacía parecer aliados de los lacedemonios que buscaran castigar a los que les habían derrotado. Recordó que seguir el procedimiento no impediría castigar a los culpables, pero que al juzgar a los estrategos colectivamente se corría el riesgo de condenar a un inocente. Afirmó:

Haríais cosas horribles, si a Aristarco [uno de los cuatrocientos] que derrocó primero el régimen democrático y luego entregó Énoe a los tebanos, que eran nuestros enemigos, disteis un día para defenderse como quisiera y le concedisteis otros derechos según ley, pero a los estrategos que hicieron todo según vuestro plan y que vencieron a los enemigos, los vais a privar de estos mismos derechos. No intentéis, atenienses, hacer nada fuera de las leyes, mas sed dueños de vosotros mismos y guardad estas por las que principalmente sois muy poderosos.

Su discurso, continuado con referencias a los hechos mismos, pareció convencer a los presentes y Euriptólemo planteó que la Asamblea votase si juzgar a cada estratego  por separado, conforme a uno de esos procedimientos citados, o si, según la propuesta de la Boulé, se les habría de juzgar allí, colectivamente. Se votó a mano alzada y se aprobó la propuesta de Euriptólemo, pero uno de los presentes juró que la votación era ilegal y se repitió. En la segunda votación se aprobó la propuesta del consejo.

Ese fue el fin. A continuación se trajeron urnas y la Asamblea, por tribus, votó a favor de la condena. Los seis estrategos fueron ejecutados.

Pronto los atenienses se arrepintieron y los instigadores tuvieron que huir, por temor a ser juzgados de la misma forma. Años más tarde, tras la derrota de los “treinta tiranos”, Calíxeno regresó a Atenas. Jenofonte nos cuenta que murió de hambre, odiado por todos.

Hay algo terrible y simbólico en esta historia. El paradigma de Estado democrático de la antigüedad enfrentado a la furia antinormativa de la masa enardecida que manifiesta tener un derecho a decidir por encima de la ley.

No es la democracia ateniense (ni  la de ninguna ciudad-estado) un modelo de lo que llamamos democracia. No hay separación entre lo público y lo privado. El Estado no se organiza para defender la libertad individual. Esta, de existir, es reflejo de las leyes de una sociedad que premian la virtud del ciudadano que participa en la cosa pública. Los fines privados del individuo están supeditados a los fines públicos y al ejercicio de una virtud cívica activa. La libertad no existe en Atenas, tal y como la entendemos hoy. Esta concepción moderna, la que luego inspirará cierto republicanismo y cierto modelo liberal precisará dos mil años para manifestarse, en Maquiavelo y en Hobbes.

Sin embargo, el sometimiento del ciudadano a la ley se fundamenta en algo original. La ley restringe la libertad, pero también la tiranía, porque es producto del acuerdo entre iguales, consecuencia de un poder nuevo que enamoró a los griegos: el de la palabra. Esta visión se trasluce del discurso de Pericles en la famosa oración fúnebre que podemos leer en las páginas inmortales de Tucídides.

Ese sometimiento, del que los griegos están tan orgullosos, se ve afectado por una debilidad: la palabra y el acuerdo democrático se producen en un ámbito concreto que, en el caso ateniense, comprende todo el demos. Es un lugar en el que se pueden alumbrar engendros:

… la multitud gritaba que era monstruoso por uno no dejar a la asamblea hacer lo que quería.

Decía antes que estas palabras simbolizan, en mi opinión, un momento fundacional de la historia política: la tensión entre democracia y ley, o mejor dicho, entre falsa democracia y auténtica democracia (esto, naturalmente, es de mi cosecha).

Muchos pensadores griegos importantes renegaron del sistema democrático. Para ellos, el ejemplo de lo que era una democracia era precisamente la democracia ateniense. Sus críticas son tan afiladas que se han mantenido presentes, desde hace más de veinte siglos, en todas las discusiones sobre la cuestión. Las cautelas y las advertencias sobre la corrupción y la tiranía que genera la democracia sin contrapesos llevó a muchos a defender formas irracionales de control político que no eran sino una manera de perpetuar a castas oligárquicas; pero, en otras ocasiones, sirven para modelar procesos propiamente democráticos.

Cuando Marsilio de Padua y Maquiavelo reintroducen la discusión sobre el gobierno democrático, fijan el campo de juego. Una visión ingenua del mundo considera que el ciudadano solo lo es en la medida en que participa de un ser colectivo con fines propios y superiores. Una visión más pesimista considera el proceso político como un instrumento para el acuerdo, el lugar en el que pueden defenderse de forma pacífica los intereses particulares. La primera visión enfatiza la democracia directa. El pueblo no solo es la fuente de toda legitimidad sino que, por ser soberano, es omnipotente. El mal no es posible, porque la democracia siempre persigue el bien común. La segunda visión avisa del problema de la tiranía mayoritaria y recalca el valor del acuerdo transitorio, del mal menor. La primera visión es infantil; la segunda es madura.

Naturalmente, esos primeros esbozos fueron superados progresivamente por visiones y sistemas mucho más elaborados, pero en los que seguían latiendo esas señas de identidad. En cierto sentido, la visión “optimista” se fue tiñendo de pesimismo crítico, al explicar agudamente que los contrapesos y balances pueden ser la forma aviesa de aherrojar a los desfavorecidos, que tienen menos capacidad para organizarse. A su vez, la visión más cínica y pesimista del proceso político fue, a la luz de los éxitos del Estado liberal, creando un relato de la democracia representativa que minimizaba las contradicciones internas y los usos espurios del proceso político. Todo esto enriqueció la discusión, pero ahí, en el fondo, en el lugar recóndito de las simplificaciones y las primeras causas, se encontraba el punto de partida: el ideal del bien común frente al individuo autosuficiente que teme al leviatán.

Curiosamente, esta discusión, al centrarse en lo que acabo de enunciar de forma muy simplificada, ha dejado en segundo plano algo que es esencial en mi opinión y que, aunque parezca mentira, teniendo en cuenta el número de palabras que ya han leído, es el meollo de lo que quiero explicar. Ese meollo es ¿por qué la ley?

Este es un blog termodinámico. En una entrada que parece remontarse a la noche de los tiempos, no evitaré una metáfora basada en las estructuras disipativas como forma de crear orden. El ideal democrático sin reglas, o con reglas creadas ad hoc, es caótico porque no crea estructuras estables. Una sociedad sin estructuras estables es una sociedad en permanente riesgo de disolución. Los afines a la asamblea todopoderosa creen que con su existencia es suficiente. Es un error notable. No se puede expresar satisfactoriamente el resultado algebraico de las opiniones ciudadanas, si no existe una forma ordenada de debate y decisión públicos, y de cambio de las decisiones adoptadas, que han de permanecer incólumes mientras tanto. Esa forma ordenada es la ley. La ley, en particular la ley escrita, es la que crea una estructura disipativa capaz de permanecer, mutar e innovar. En resumen: no hay voluntad democrática expresada si no hay unas reglas previas y estables de expresión de esa voluntad. Lo que se llama democracia directa es simple fuerza bruta, vía de hecho.

La ley es algo más: es un freno. Con sus plazos abstractos y sus procedimientos temporales ordenados, desacompasa el proceso político, siempre sujeto a la volubilidad, a las ensoñaciones, a las respuestas inmediatas. Que la discusión se ahorme impone, en primer lugar, la necesidad de poner las ideas por escrito y, lentamente, impone la necesidad de contar con el experto. En segundo lugar, exige que las discusiones se ajusten a plazos. En tercer lugar, es conservadora al mantener el edificio mientras no se cambie legalmente. Es cierto que puede estar llena de “cuevas de Alí Babá”, pero al estar sometidas a escrutinio por el enfrentamiento entre facciones, es susceptible de cambio sin el sobresalto del que quiere volver al momento inicial, prístino, en el que no había nada y todo debía ser inventado. En cuarto lugar, debilita a las mayorías y refuerza a las minorías, al permitir cambios y evolución según se mueve la marea de las pasiones y de la opinión pública. Esta es la parte más contraintuitiva: la ley se convierte en un límite autoimpuesto a la voluntad colectiva, un entramado pensado para lo que popularmente llamamos “contar hasta diez”. Es el equivalente al contrapeso oligárquico, pero aquí esa oligarquía es formal y aristocrática, es una aristocracia de las ideas, una suma de lo que sabemos y aprendemos, de lo que se va acumulando generación tras generación y error tras error.

Naturalmente, hablo de la ley democrática. Las normas del autócrata son un golem, aparentan ser leyes, pero están huecas por dentro.

Cuando los atenienses reclaman en la Asamblea el derecho a hacer lo que quiera el pueblo, sin límite alguno, los atenienses dejan de ser una asamblea democrática y se convierten en una tiranía transitoria, sujeta a la imposición del argumento sin reposar y a la fuerza tribal. El ciudadano se disuelve cuando la asamblea vota sin cortapisas, porque el ciudadano lo es porque puede participar en un proceso político reglado, con derechos y con obligaciones.

La apelación al pueblo como fuente de toda legitimidad es cierta, siempre que sepamos que pueblo político es también una definición legal.

En días en los que, de nuevo, en esa especie de eterno retorno de la infancia idéntica, se apela a “la gente” o a la “nación” como fuente de legitimidad, hay que recordar por qué cargamos con eso que a tanta gente le parece un peso muerto; qué función cumple. Si creemos que tenemos derecho a la vida, a la libertad y la búsqueda de la felicidad, hemos de admitir que también tenemos que tener derecho a buscar la infelicidad. Eso quiere decir “buscar”; ser arquitectos de nuestra parcela del mundo. La democracia sin desbastar apela a algo simple e inmediato, a la decisión de la mayoría, pero hemos aprendido que la mayoría es capaz de avalar y promover actos inmorales según los definen mayorías posteriores. ¿Por qué limitar las decisiones de una mayoría puntual con reglas de procedimiento y leyes? Precisamente para evitar que destrocen edificios que se han construido muy despacio, con errores, repletos de trampas, debilidades y zonas muertas, pero productivos y benéficos.

Como dice Euriptólemo, ¿a qué tanta prisa?

Las leyes las hacen los hombres. Las leyes democráticas los ciudadanos. Esparcidas y acumuladas, con sus carencias y mediocridades, forman una telaraña asfixiante para el visionario. Para cambiarlas puede hacer dos cosas: trabajar desde dentro o derribar el edificio. Si trabaja desde dentro y logra el cambio frente a la enorme inercia de lo que ya existe, su obra se añadirá y perdurará, aumentando el acervo. Si salta al vacío y derriba el edificio, tendrá que empezar desde cero y convencer a esa mayoría constituyente de que el suyo sí es un edificio intocable; pero construye sobre arena.

Por desgracia, hay otros que también quieren derribar el edificio que forman las instituciones legales. Profetas y demagogos que se aprovechan de un sentimiento demasiado humano: el entusiasmo por las soluciones simples y los destinos manifiestos. Como plagas de langosta, aparecen de cuando en cuando y prometen el paraíso inmediato. Su mercancía es el tajo del nudo gordiano y su caldo de cultivo la grisura prolija de las soluciones conocidas. Frente a la ristra de artículos, garantías, recursos y plazos, el “hombre que hace falta” pasea por la plaza y dice: “exprópiese”.

Solo hay una voz de Dios en las instituciones humanas. Es la ley. Sin ella, el pueblo está mudo y solo habla la turba.

 

¿Abuelo falangista? Anda quita

 

He leído este tuit de Percival Manglano:

Es un tuit bastante absurdo. Como lo era, por cierto, lo de buscar una persona independiente (si es que esa fue la promesa de Carmena). No sé muy bien qué perfil es el de una persona independiente.

No obstante, escribo esta entrada por otra razón. En respuesta al tuit de Manglano, Antonio Maestre escribe este otro tuit:

Trasladar a Percival Manglano la responsabilidad por el pasado de su abuelo es bastante extravagante, pero es que, además, se da una circunstancia que hace esa atribución generacional de responsabilidades más graciosa. La primera vez que escuché hablar de Paca Sauquillo fue pocos años después de los atentados de Atocha. Mi padre, por eso de la afición taurina, tenía un amigo oficial del ejército que era familiar de Dª Francisca. Este, franquista y facha hasta las cejas, en aquella conversación, le explicó a mi padre que la mayoría de la familia era muy franquista y que se avergonzaban un montón de esa “roja”. Lo reitero: “eso” es lo que decía esa persona, hace más de treinta años.

Hoy he recordado esa conversación y he pensado si el “pecado” de D. Percival, el que le inhabilita para esa comisión, a lo mejor se daba también en Dª Francisca.

Y he encontrado algunas cosas: por ejemplo, una entrevista en la que la propia señora Sauquillo dice esto:

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3Es decir, que su familia era de derechas, que su padre era militar, destinado en Ceuta hasta 1952 y que estudió en uno de los mejores colegios “para niñas” de Madrid. Por si no lo saben, el colegio de Loreto del que habla ocupa una manzana justo enfrente del famoso colegio del Pilar de la calle Castelló de Madrid.

Efectivamente, el padre de Dª Francisca, que murió en 1957, era teniente coronel, ingeniero industrial y abogado. Hay muchas esquelas en el diario ABC (la original y las de recuerdo). Por ejemplo esta:

4Ahora bien, la madre de Dª Francisca Sauquillo también es interesante a los exclusivos efectos de esta entrada. La madre se llamaba Dª Deseada Pérez del Arco y era hija de un “reputado” hombre de negocios. Lo sé porque he encontrado la esquela del abuelo materno de Dª Francisca Sauquillo. Es esta:

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A lo mejor se preguntan ustedes de dónde me saco eso de que D. Manuel Pérez del Arco fuera un hombre de negocios importante en esos años del franquismo. Pues ha sido de nuevo gracias al ABC. Resulta que uno de los hijos de D. Manuel se llamaba José, y una de las esposas de los hijos se llamaba Dª María Teresa Segura Corrochano, como pueden ver en la esquela.

El ABC, en 2008, nos cuenta que ha fallecido, a los 92 años de edad, D. José Pérez del Arco, viudo de Dª María Teresa Segura desde 1998. Dudo mucho que tanta coincidencia en los apellidos sea una casualidad.

¿Y qué nos cuenta el ABC del que yo creo -casi con total seguridad- era tío (hermano de su madre) de Dª Francisca Sauquillo? Pues esto:

Nacido en Madrid el 21 de marzo de 1916 era hijo de un reputado hombre de negocios y tras estudiar Derecho, en 1944 ingresó en la Carrera Diplomática.

Diplomático en 1944. No digo más.

A partir de ese momento, viajó por el mundo entero, ostentando diversos puestos diplomáticos en Nueva York, Los Ángeles, Buenos Aires y Madrid; posteriormente, fue nombrado embajador en Nicaragua, embajador en las Filipinas, director general en el Ministerio de Asuntos Exteriores en Madrid, embajador en Brasil y en Suráfrica.

 

Espero que Percival Manglano tenga más parientes franquistas o falangistas que exhibir, porque en una demostración de cicatrices —como aquella que salía en la peli Tiburón—, y por lo que sabemos, Francisca Sauquillo le puede dejar en ridículo.

No voy a seguir buscando. Los antecedentes familiares de Dª Francisca Sauquillo me tienen sin cuidado (solo importa su biografía personal) y no voy a ir buscando otros parientes a los que les fuera de miedo durante el franquismo. Personas, además, de las que no sé nada. Como tampoco sé nada del abuelo de Percival Manglano. Espero que los familiares de estas personas me disculpen y comprendan la razón de que las mencione.

Yo, sin conocerlas, no presumo nada sobre ellas.

Menos aún sobre los que descienden de ellas.

¿No lees? Mira que eres burro

 

Leo en un periódico que ha dicho Mendoza, Eduardo: Me da igual que la gente no lea, la mayoría de los libros son una birria. A continuación, un montón de gente se ha cabreado y otro montón de gente se ha puesto a aplaudir. Las frases lapidarias sobre lo cojonuda que es la incultura (“¡que inventen ellos!”) son muy españolas. Mendoza parece seguir, piensa uno, esa tradición.

Otra tradición —esta sospecho que más universal— es la de decir que alguien ha dicho algo que no coincide exactamente con lo que ha dicho. Al parecer, le preguntaron a Mendoza por la necesidad de fomentar la lectura entre los jóvenes, y Mendoza se expresó de una forma algo más larga y elaborada:

Al primero [al fomento de la lectura] siempre me niego por varias razones: primero porque es una actitud un poco mendicante. A mí me da lo mismo que la gente lea o no lea y si no lo han hecho hasta ahora no van a empezar porque yo se lo recomiende. Además, la mayoría de libros que nos rodean no sirven para nada. Son una birria.

Como puede observarse, lo que Mendoza afirma (“mendicante”) se refiere esencialmente al hecho de que él venda el producto de su gremio: los libros. Solo así se entiende la frase. Lea usted o no, dice el autor, pero porque le apetezca y no porque yo se lo pida. Eso sí, para decirlo, golpea al lector con la frase chulesca: me la suda si no me lees, pringao. Luego añade una frase (“además”) y ahí ya no es el vendedor el que habla, sino el comprador. Viene a decir: comprendo que la gente no lea; yo tampoco leería todo ese montón de mierda que hay disponible.

La parte mollar del asunto es otra. Llevo muchos años preguntándome por la utilidad real de fomentar la lectura. “Lea usted”. “¿Sin decir qué?”, me pregunto.

Es perfectamente posible que alguien que lee mucho sea completamente acrítico y alguien que no lea nada sea una persona a la que resulte difícil tomar el pelo. Se vende una correlación, también acrítica, entre la lectura y la adquisición de conocimiento, por un lado, y de capacidad de cuestionamiento de la realidad y de los aparatos que venden una explicación de la realidad, por otro. Sin embargo, es muy discutible que exista. No se trata tanto de leer como de saber. Y no basta con saber, sino que es preciso saber bien. Para tener una cabeza amueblada hace falta un plan. A eso siempre se le ha dado un nombre: educación. Luego, la afición por la lectura (que, además, y para mayor descojone, suele ser afición por lectura de novelitas) sería resultado del gusto adquirido por la adquisición de conocimiento y el simple deleite. Lo importante es lo primero. Un excelso poeta puede ser un ser humano deplorable con ideas perfectamente repugnantes sobre la vida, el mundo, su ordenación y la paz social. Leer a ese poeta puede ser estupendo para el disfrute, pero no nos hace más cabales ni más racionales, y cuando se trata de vivir con otros, lo que importa es eso.

¿Hay que fomentar la lectura?: mi respuesta instintiva es que no. Tengo claro que hay que educar a la gente hasta una cierta edad, obligándola (esa es la palabra) a alcanzar un cierto nivel de comprensión del mundo.

Y después no jodamos al personal recomendando que lea, que lea lo que sea. Además, la mayoría de los libros que nos rodean, ya lo saben, no sirven para nada. Son una birria.

Bueno, sirven para una cosa. Dan dinero.

 

El Nuevo Testamento

6

DEFENDER LA BELLEZA. CARTA DE PABLO IGLESIAS A LOS [¡corintios!] CÍRCULOS Y A LA MILITANCIA DE PODEMOS.

Nacimos para cambiar el curso de la historia social y política de nuestro país, para devolver la dignidad a nuestro pueblo, para tomar la palabra y, le pese a quien le pese, hemos dado enormes pasos [Es gracioso, no dice hacia dónde]. Ahora nos toca seguir trabajando [a los políticos en España les toca “seguir trabajando” desde que tengo uso de razón] para formar un Gobierno con un programa progresista; un Gobierno «a la valenciana» que empuje la nueva transición que vive nuestro país en la dirección de la justicia social. 

El mismo día en que presentamos nuestra oferta de Gobierno al PSOE, Rajoy dio un paso atrás y anunció que declinaba la propuesta del jefe del Estado para intentar la investidura. Sencillamente, Rajoy no creía que el PSOE se atrevería a gobernar con nosotros. Y, de momento, parece que los hechos le están dando la razón.

Todas y todos conocéis lo que ha ocurrido desde entonces [Viejo truco: te digo que sabes lo que ha sucedido para informarte a continuación de lo que ha sucedido]. Con nuestra propuesta encima de la mesa, con una negociación a cuatro abierta, el PSOE de Sánchez prefirió pactar con Ciudadanos renunciando así a la mayoría de propuestas progresistas de su programa [Progresista es, naturalmente, lo que dice Podemos]. Lo dijimos en la sesión de investidura: ese pacto hace imposible revertir las políticas que han castigado a las gentes de nuestro país y consolida el retroceso de los derechos y garantías sociales conquistados por nuestro pueblo. Desde la tribuna del Congreso dijimos que ese pacto sigue defendiendo el sometimiento al Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la UE (ese que tantas veces han incumplido Francia y Alemania) que ataca el Estado de bienestar y pretende mantenernos en una senda suicida de reducción del déficit [Exacto: en el programa del PSOE aparece eso exactamente: ¿dónde está la renuncia?]. Dijimos que no revierte el recorte de 18.000 millones de euros en educación y en sanidad, ni acaba con el copago sanitario, ni afronta la necesaria derogación de la LOMCE. Dijimos que no se plantea prohibir los desalojos forzosos sin alternativa habitacional y que permite que cientos de miles de familias sigan esclavizadas con deudas impagables después de perder su vivienda. Dijimos que en materia de empleo, el pacto continúa la senda del abaratamiento del despido y mantiene la reducción en las indemnizaciones por despido de la reforma laboral de 2012 (esa que, en campaña, el PSOE dijo querer derogar). Dijimos que se mantiene la ampliación de las causas del despido objetivo, la supresión de la autorización administrativa previa para las regulaciones de empleo, las facilidades para descolgarse unilateralmente de los convenios, así como la eliminación del control sobre las horas extraordinarias en los contratos a tiempo parcial. Dijimos que con ese pacto, el fraude en la contratación y la precariedad seguirán siendo una realidad. [Este hombre hace propaganda política hasta cuando le manda una carta a sus propios militantes] Y dijimos que estamos dispuestos a negociar [negociar pero conforme a lo que yo impongo], pero sobre la base de reconocer que hay que derogar las dos últimas reformas laborales y defender el empleo de calidad. Dijimos que en materia fiscal el pacto mantiene la reforma fiscal aprobada por el PP en 2015. Y dijimos que seguimos tendiendo la mano [tendiendo la mano conforme a lo que yo impongo], pero partiendo de que España necesita una reforma fiscal que garantice la solidaridad de las rentas más altas y que asegure ingresos suficientes. Dijimos que en materia de pensiones el pacto no toca la reforma del PP en 2013, definida entonces (y con razón) por el PSOE como «injusta», por empobrecer a los pensionistas. Dijimos también en esa tribuna que el pacto no afronta una de las mayores amenazas a los derechos sociales, ambientales y a la soberanía: el TTIP. Y dijimos que seguimos tendiendo la mano [ya van tres veces que tiende la mano pero para exigir que se haga lo que él quiere que se haga], pero partiendo de que el Gobierno que necesita nuestro país debe defender la idea de una Europa social y soberana que frene el excesivo empoderamiento de los poderes financieros. Dijimos que en materia de asilo y refugio, el pacto se aleja de las que deberían ser las medidas imprescindibles para proteger los derechos sociales. Dijimos estar dispuestos a tender la mano [ya van cuatro veces que “tiende la mano”] y a discutir de todo, pero afirmando que un Gobierno decente debe defender que las víctimas de la guerra y la pobreza (en las que Europa tiene sus responsabilidades) puedan solicitar asilo diplomático en embajadas y consulados de terceros países. Dijimos también que en la Frontera Sur hay que poner fin a las devoluciones en caliente y eliminar las concertinas. Dijimos que en política energética el pacto no se plantea acabar con los llamados «beneficios caídos del cielo» de las eléctricas y las nucleares y que no aborda el sistema de fijación de precios. Dijimos que tendemos la mano [quinta vez, y ya suena a broma], pero dejando claro que el futuro Gobierno debe acabar con las sobrerretribuciones que recibe el oligopolio eléctrico y que condenan a miles de españoles a no poder afrontar la factura de la luz y a nuestras empresas a competir en desventaja en el mercado único [todo este párrafo es Pablo Iglesias en estado puro: un hombre que no descansa, que siempre está colocando su rollo ideológico particular, incluso cuando se supone que tiene que estar explicando por qué están a hostias en su propio partido, el partido de la gente, el de la armonía].

Dijimos al candidato Sánchez que nosotros habíamos llegado al Parlamento defendiendo la dignidad de nuestro país y la memoria de la crisis [más rollo Iglesias: llegaron porque les votaron millones de españoles, como millones de españoles votaron a otros que también dicen defender la dignidad del país y a sus ciudadanos —supongo que eso es lo que quiere decir con esa frase tan extraña, “memoria de la crisis”—]. Le recordamos que nosotros pedimos a nuestro pueblo que no olvidara, que no se olvidara de los desahucios, de la corrupción, de la privatización de la sanidad, del 135 y de las reformas laborales. [Y sigue, y sigue]

Hoy me enorgullece, como secretario general de Podemos, que estemos demostrando que nosotros ni olvidamos ni traicionamos a la gente ni a los movimientos populares que politizaron el sufrimiento de nuestra patria [Es decir, pese a que nada ha cambiado, ya que ellos no gobiernan, ni tampoco gobierna el PSOE, o Cs, solo ellos no han traicionado sus promesas. Los demás son traidores. ¿Por qué? Porque no hacen lo que él dice].

El rechazo al pacto PSOE-C’s fue unánime entre todas las fuerzas políticas llamadas a formar parte, junto al PSOE, del Gobierno que defendemos [Tronchante, considerando que PSOE y Cs suman bastante más diputados que todas esas “fuerzas políticas”]. También fue rechazado por los grupos vascos y catalanes [Claro, no recibían nada a cambio. ¿Ahora esos grupos son de progresistas? ¿Ya no son casta?]. Solo la diputada de la conservadora Coalición Canaria apoyó un pacto que finalmente obtuvo apenas [“apenas”] 131 apoyos; lejos de los 161 [161 son, a estos efectos, igual que 131, minoría] que, a priori, obtendría un Gobierno de progreso.

Tras el fracaso de la investidura ha quedado demostrado que el pacto PSOE-C’s solo es viable si se suma el PP [claro, porque Podemos no se suma], y se han vuelto a plantear los tres escenarios que señalamos tras el 20D: la gran coalición (con diferentes fórmulas y candidatos posibles, pero gran coalición al fin y al cabo); el Gobierno «a la valenciana» [Gobierno para el que no hay mayoría sin concesiones a los nacionalistas]; o la repetición de elecciones. El primer escenario es el preferido por los sectores oligárquicos [sí y, de darse, preferido por 254 diputados y más de dieciséis millones de votantes que votaron a esos partidos para que hicieran política] y sería una desgracia para España [todo lo que no sea que mandes tú es una desgracia para España], pero, de concretarse, tendría un efecto obvio: nos convertiríamos en la principal oposición. El segundo escenario es el que más temen los sectores oligárquicos [y millones de españoles] pero, de momento, han logrado que el PSOE renuncie a él. En el tercero (la repetición de elecciones), la preocupación para esos sectores sería que mejorásemos los resultados electorales del 20 de diciembre.[Como puede observarse, la gente, el pueblo, los ciudadanos no aparecen en el rollo conspiranoico: solo la “oligarquía”. Toda la explicación política de Iglesias se reuce a “el pueblo soy yo”, el resto es “oligarquía”]

El objetivo de esos sectores oligárquicos [ya establecido, sigue con la falacia] es evidente: acabar con Podemos, desgastarnos al atacar aquello que nos diferencia del resto de actores: la unidad y la belleza [sublime] de nuestro proyecto político [solo hay una explicación: la conspiración de los poderosos. Es una explicación fantástico porque puede aplicarse a todo, como veremos]

Durante estos dos años se han utilizado muchos medios para atacarnos [Si algo pasa en Podemos es culpa de otros: los oligarcas —en esa línea conocida, los masones, los ateos, los judíos, las corporaciones, el complejo militar-industrial, la CIA, la trilateral—]. En la historia reciente de España, jamás una fuerza política recibió tantos ataques [de los apoyos contantes en ciertos medios de comunicación, de su presencia constante en tertulias, en noticias, en programas de todo tipo, no dice ni mu]; hasta el punto de que han hecho de la mentira y la difamación el dispositivo más frecuente para intentar hacernos daño [la conspiración de nuevo]. Y sin embargo la gente [la gente que es dueña de canales de televisión y medios de comunicación] nos empujó y la belleza de David resistiendo a Goliat [David no resistió a Goliat, hombre. David le arreó una pedrada] se abrió paso en forma de remontada [oeee oeoeoé].

«Nos van a dar pero bien» se escuchó decir a los presentadores de un informativo poco antes de presentar la última «noticia bomba» para intentar desprestigiarnos [impresionante: “alguien ha matado a alguieeen, alguien es un asesinoooo”]. Financiación de gobiernos extranjeros, becas black, decenas de querellas que ocupan portadas en los medios pero que cuando se archivan apenas merecen atención. Todo vale en una guerra de desgaste para instalar el relato de que Podemos y sus dirigentes son, al fin y al cabo, como los demás [De nuevo la conspiración: lo importante no es de dónde sacaron la pasta Iglesias y cía al principio, ni las complementarias de Monedero, ni las becas por no ir a trabajar, ni esos contratos a amiguetes y familiares que van realizándose en esos sitios en los que Podemos ya manda. Lo importante es que hay una conspiración].

La tantas veces proclamada división interna de Podemos ha sido agitada con frecuencia en los últimos tiempos en direcciones diferentes. Cualquier debate, real o inventado, se presentaba como una ruptura letal que trataba de alejarnos de nuestros objetivos para ponernos a discutir de nosotros mismos [el único mal es la conspiración].

Durante los últimos días, sin embargo, intentan instalar un nuevo relato para debilitarnos, según el cual existiría un Podemos «dócil» dispuesto a rendirse y a facilitar la investidura de un Gobierno PSOE-C’s frente un Podemos «radical» [como si los medios no instalasen permanentemente relatos, más o menos ajustados a la verdad, para explicar lo que pasa dentro de los partidos; como si no hubiese habido durante años “relatos” para explicar lo que sucedía en el PP o en el PSOE. Como si no se hubiese hablado en estos meses de división en el PSOE, de maniobras para apartar a Sánchez, o de la existencia de una corriente mayoritaria dentro del PP que querría echar a Rajoy pero que no se atreve].

En un momento histórico crucial para el futuro de nuestro país [agitan el monigote de la patria; qué previsibilidad: la patria está en peligro, la crítica es dañina], ponen de nuevo a prueba nuestra madurez [nueva petición de principio: preguntar por las discrepancias y los actos de los dirigentes es ser un inmaduro] y tratan de sembrar cizaña [el enemigo interior: el afiliado que critique no es de los “nuestros”, porque solo quiere sembrara cizaña]. Por eso es crucial que todos y todas estemos a la altura y no hagamos el juego a nuestros adversarios [la conclusión falaz: si no te alineas conmigo no estás a la altura y eres un traidor]. Las dimisiones en Madrid se produjeron en el peor momento posible y han puesto en bandeja el relato que interesa a los defensores del statu quo [el que dimitió es un traidor que pone sus intereses por delante de los intereses del grupo, de la patria, de la clase, de la gente, es decir, de lo que yo decido que es relevante]. No debemos volver a cometer errores como este y deberán asumirse las responsabilidades [aviso a navegantes: el que se mueva no saldrá en la foto].

En Podemos no hay ni deberá haber corrientes ni facciones que compitan por el control de los aparatos y los recursos [que para esos estoy yo]; pues eso nos convertiría en aquello que hemos combatido siempre: un partido más [cuando si algo caracteriza a los partidos españoles es precisamente que el que manda nunca quiera que se discuta su control del aparato y el poder]. Debemos seguir siendo una marea de voces plurales, donde se discute y debate de todo, pero sabiendo que la organización y sus órganos son instrumentos para cambiar las cosas, no campos de batalla [mientras no discutas el poder que tengo, puedes, amigo afiliado o discrepante, dedicarte a los juegos florales].

No hace falta leer a Weber y Michels [entonces para qué cojones los citas] para saber que toda organización padece, por definición, vicios y tendencias inevitables [por ejemplo la tendencia a purgar a los discrepantes para mantener el control y el poder], pero debemos seguir demostrando que la unidad de nuestro proyecto y el compañerismo están siempre por encima de las lógicas que pudren los partidos y el alma de sus dirigentes [extraordinario bullshit: para atacar a los males de las organizaciones políticas —y uno de los más señalados es el control por el aparato— la clave es la “unidad” y el “compañerismo”, es decir, frases que no dicen NADA. Es como pregonar que, por encima de todo, está la voz del líder, del hombre que hace falta, del que nos trajo aquí].

Rafael Mayoral afirmó una vez que a nosotros nos brillan los ojos cuando hablamos de ciertas cosas [sin comentarios]. Nuestros adversarios no soportan esa belleza [tras la justificación de la purga por la purga, el uso del sentimentalismo vacuo]. No soportan que nos emocionemos [el lenguaje indigesto como sustituto del debate político]. No soportan que la mujer que —a punto de romper en llanto— llamó criminales a los banqueros en el Parlamento sea hoy la alcaldesa de Barcelona [no importa lo que hagamos: nos justifican nuestros ideales. Esto valdrá para justificar cualquier aberración, cualquier crimen, cualquier exceso]. No soportan que nuestras sonrisas, nuestros besos y nuestros abrazos sean de verdad [los de los demás son de mentira: lo primero que hace el sectario es llamar a los que no son de su secta, indecentes, criminales, cucarachas, subhumanos]. No soportan verme fundido en un abrazo con Juan Carlos Monedero, porque no pueden entender que nosotros tomamos decisiones políticas (duras a veces) sin traicionarnos [en la tradición de la purga de izquierdas, el purgado siempre reconoce sus errores]. No entienden que el hecho de que Echenique y yo defendiéramos posiciones diferentes en varios procesos nos haya hecho admirarnos y respetarnos más al tiempo que consolidábamos una lealtad de la que nos enorgullecemos. No lo entienden [no han visto la luz] y no lo soportan [son el enemigo]. Esa es la gran diferencia de Podemos, nuestro brillo [lo que diferencia a Podemos es una cualidad elusiva, algo “difícil de explicar”, un credo. Iglesias vende el paraíso a los creyentes]; exactamente lo que no podemos permitirnos perder.

Hace unos días, charlaba por teléfono con un militante del Partido Socialista, un hombre honesto al que admiro [otro viejo truco: que el elogio venga de otro, incluso de un adversario]. Conversábamos sobre los posibles escenarios de una eventual repetición de elecciones. Yo le decía que quizá la presión de la que somos objeto nos podría hacer retroceder si se repiten elecciones. Me contestó: «Por muchos palos que os den, yo creo que nos superáis seguro. ¿Sabes por qué? Porque vuestra gente tiene las pilas cargadas de ilusión y la nuestra ya no». No perdamos esa pasión. No perdamos ese brillo [Toda esta parte final de la carta a los creyentes es pura retórica inane, un intento de remedar el ritmo de los himnos religiosos].

Sería un cínico si dijera que la pasión política y el compromiso sincero son un patrimonio exclusivamente nuestro [nuevo truco retórico: esto mismo es el fundamento de los párrafos anteriores; además, al expresarlo así ya sienta que Podemos y, él, que es su líder, tienen pasión y compromisos sinceros, por lo que es absurdo discutirlo]. Lo he visto en otras formaciones políticas de ideologías muy dispares. Admiro la integridad y el ejemplo de muchos hombres y de muchas mujeres de otras formaciones políticas. Pero creo no mentir si digo que ninguna formación cuenta hoy con el tesoro [el tesoro es él: el líder, el que dirige, el visionario, el hombre que hace falta]; no hay con el que cuenta Podemos: la ilusión por la belleza de lo que estamos construyendo. Defendamos esa belleza por encima de todo.

Pienso que nunca hemos sido demasiado ingenuos [En los atributos de dios no podía incluirse la posibilidad de que se le engañase]. Siempre supimos que hacer política es conocer y saber manejar las técnicas que le son propias. Hacer política es asimismo adoptar decisiones y, del mismo modo que un gobernante debe tomar decisiones difíciles, a veces un secretario general también debe hacerlo [Maravilloso: el recurso a la decisión difícil, a lo que hay que hacer, para de paso satisfacer a aquellos que admiran en el líder el uso de la fuerza si las circunstancias lo exigen —y para eso está el líder, para decidir cuándo lo exigen—]. Pero la técnica política pierde su sentido si se mitifica como objeto autónomo de los principios que la inspiran [Es decir, la técnica política se dirige a un fin y me corresponde a mí —que ya tengo el poder— decidir el camino]. Gramsci leía a Maquiavelo [:)] y reconocía la grandeza del florentino, sabía que el príncipe en el siglo XX no era tanto un gobernante como el partido, pero el partido nunca es un fin [por eso me ocupo yo de decidir para qué sirve el partido y de cortar la cabeza al que discute mi criterio]. El partido no es solo una máquina para desafiar la hegemonía del adversario, para acceder y ejercer el poder, sino que es también el instrumento puesto al servicio de la dignidad de la gente [El viejo truco: “yo solo quiero el poder para hacer cosas en favor de la Humanidad, por eso no puedo dejar que otros me lo quiten”]. Ese alemán que estudió el capital no solamente enseñó algunas claves científicas del funcionamiento de la economía. Si algo enseñó aquel barbudo de mente genial es que, si de las cuentas que uno hace en la pizarra brota la sangre, las ciencias deben ponerse a trabajar para cerrar esas heridas. Para eso hacemos política y para eso nos instruimos con el fin de hacerla con más eficacia.

No olvidemos lo que nos ha traído hasta aquí [entre los que incluyo a los que ya no están siempre que hagan autocrítica]. No fue La Tuerka como campo de entrenamiento en la comunicación [Yo], no fue el estudio [Yo], ni la habilidad comunicativa [Yo], ni la estrategia [Yo], ni siquiera el trabajo de los primeros compañeros [otros, venga, pero ni siquiera] y de los que se incorporaron después para construir Podemos, ni siquiera la organización de la gente en los círculos, ni los centenares de cargos públicos que trabajan por este proyectoTodo eso [Yoooo] es determinante, pero lo fundamental era el ingrediente que lo movía: la pasión, la ilusión y la lealtad entre compañeros [la lealtad: no lo olvides. Tienes un hueco siempre que me seas leal].

Un viejo dirigente de la izquierda [y seguimos con la anécdota personal, el yo siempre presente en el análisis, el hombre de los aforismos; ¿para cuándo “el libro ¿morado?” de Pablo] me dijo una vez: «Cuando se os ve a los dirigentes en el escenario se nota que os queréis. El cuerpo no miente. A nosotros ya no nos pasa» [sin comentarios]. Defendamos esa belleza que nos es propia [belleza, belleza, belleza, la letanía irracional del salmo].

Hoy nuestros adversarios nos ponen a prueba [ponen a prueba nuestra fe] al afirmar que hay dos Podemos: uno domesticado y otro radical. No se lo pongamos fácil y respondamos con la belleza y la dignidad que nos es propia [respondamos como responde el líder].

Los abrigos en los escaños (el primer día desconocíamos que había un lugar fuera del hemiciclo para dejarlos), el beso y el abrazo emocionado a Xavier Domènech cuando le escuché acabar su intervención con los versos de Els Segadors, las promesas de las diputadas y los diputados que no pudieron acallar los abucheos de los viejos partidos (no podían entender que, para nosotros, prometer críticamente la Constitución no era un trámite sino un homenaje a la gente), las verdades a la cara desde la tribuna parlamentaria… Todo eso nos hace dignos [todo lo que ha hecho es digno por definición. El líder nunca se equivoca porque lo justifica su misión].

No perdamos esa belleza [amén, hermano]. Pues esa belleza [amén] nuestro brillo en los ojos [el brillo del creyente], es la fuerza de Podemos, y está por encima de la habilidad y la capacidad de cálculo de cualquiera de nosotros [el contenido religioso del discurso es tan evidente, que no se oculta. Esto en un movimiento. Tienen fe. Son una grey con un destino]

No quiero acabar esta carta con un saludo, sino diciéndoos que os quiero [Vuestro guía no solo os dirigirá por el valle de la sombre de la muerte; vuestro guía os quiere. A todos. A los miles que son como los guijarros a las orillas del mar. Pornografía sentimental en grado superlativo. Apelación al movimiento permanente. A la lucha contra el enemigo exterior. A la unidad en torno al destino manifiesto. Pura superchería populista del peor estilo].

Pablo Iglesias

(Secretario general de Podemos pero, ante todo, vuestro compañero) [El humilde camarada que vela]  

 

Esta nauseabunda carta no critica una decisión que puede ser acertada. Ignoro si el secretario cesado era un inútil. Algo tendrán que ver los que mandan en Podemos con el hecho de que alcanzase ese cargo y con que hoy sea diputado. Es igual, se pueden cometer errores y está bien rectificarlos. Si es el caso. Lo repulsivo de la carta es el lenguaje milenarista y la doblez de su autor.

No me gusta Podemos por muchas razones. Si fuera militante de ese partido me tomaría esta carta como un insulto.

Pigmalión

Para Jabois, origen extravagante de este artículo

Esto que voy a contar es suficientemente cierto. Solo cambian detalles sin importancia. Son detalles que tienen que ver, remedando a Borges, con un par de nombres propios y alguna tribu, detalles de esos que en la mal llamada vida real nos impiden viajar o nos permiten estudiar en una universidad, pero que en el mundo de las formas eternas no importan una higa.

Ella es africana, pongamos que de Camerún. Él es un intelectual joven; es decir, alguien que no ha cumplido los cincuenta. Sus vastos conocimientos se extienden desde el mainstream a los más oscuros callejones en donde se intercambian saberes inaccesibles con nombres extraños que apestan, desde su nacimiento, a concurso de talentos. Ella es puta. Él la conoce en un club y se enamora. Verán que, prudentemente, no he dicho que se enamore de ella. El mundo de él está siempre plagado de productos de la intelectualidad. Su vida es un guion en revisión permanente. Él le promete a ella la redención y ella, que es de Camerún, pero no es imbécil, acepta. La lleva a su casa y empieza a modelarla. Es feliz. Una criatura perfecta, como el más perfecto objeto de una novela maldita o un poema de Blake, a la que puede liberar de la ignorancia. Algunos problemas administrativos con los proxenetas y la familia de ella, que ha de pagar deudas producto del comercio de carne, se resuelven gracias a unos matones que le busca, en los bajos fondos, un pariente.

Ella empieza a estudiar. Va al cine con él y descubre la filmografía de directores serbios, iraníes y coreanos. La lleva a conciertos y exposiciones. Sin embargo, ella tiene su propia agenda. Debería venerar a su Pigmalión, pero se aburre mortalmente. Lentamente, la monótona vida gris de la gente corriente se abre paso. El tema literario, mujer, negra, puta, esclava, libertad, conocimiento, empieza a resultar poco estimulante. Su novela tiene un desarrollo extravagante porque ella no se deja. Resulta que ella es, oh, perra vida, “vulgar”.

Un día se marcha. Ahí te quedas. Gracias, pero eres un coñazo. Métete a Kiarostami donde te quepa.

En su salón, a oscuras, escucha a Ornette Coleman y piensa: “las mujeres son unas putas”.

Pregúntale al Perro

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