Los nuevos ludistas

The Zapping of America es uno de esos libros que puedes encontrar en un trastero o en una librería de viejo. Lo escribió Paul Brodeur (un autor habitual de The New Yorker)y fue obra de culto entre ecologistas y aficionados a las conspiraciones a finales de los años 70. Alertaba sobre el riesgo de los hornos de microondas, contando inquietantes historias sobre la irradiación que recibía constantemente la embajada norteamericana en Moscú y que había causado la muerte de tres embajadores por enfermedades misteriosas. Hoy se sabe que los soviéticos lo hacían para proporcionar energía a los aparatos electrónicos de escucha que habían instalado durante su construcción, pero hubiera dado igual. Si hay una característica común de todos esos que alertan de los riesgos del progreso es su fe inquebrantable, propia de una película de James Bond, en la existencia de una malvada conspiración mundial de científicos.

Lo más curioso del asunto es que no existía el más mínimo fundamento teórico que justificase la alarma.

Este es el espectro electromagnético.

Hace mucho que sabemos que la radiación ionizante es peligrosa y se sabe por qué: es la única capaz de romper o alterar los enlaces químicos. Por esa razón es mutágena y produce cáncer. Porque la radiación interactúa con la materia en paquetes discretos de energía llamados fotones. Está en el fundamento de la física de partículas y, por tanto, de la mecánica cuántica. Multiplicas la constante de Planck …… por la frecuencia y calculas la energía del fotón. La radiación es ionizante a longitudes de onda inferiores a la luz visible. Desde los 400 nanómetros de frecuencia hasta los 10 nanómetros (milmillonésima parte de un metro, 10-9 metros) la radiación es ultravioleta, desde los 10 a los 0,1 se la denomina rayos X, y desde los 0,1 nanómetros a los 10 picómetros (la billonésima parte de un metro, 10-12 metros) se trata de rayos gamma. A menor longitud de onda mayor frecuencia y en consecuencia mayor es la energía de la partícula . Y da igual lo intensa que sea la radiación, lo único que importa es la energía de cada fotón.

Era evidente, por tanto, que las microondas no podían producir cáncer o efectos mutágenos. Su gran longitud de onda las hace incapaces de romper los enlaces químicos. Dio igual, a los ecologistas les encantó el libro. Además, el hecho de que existieran estudios patrocinados por las fuerzas armadas o por la industria de la electrónica no hacían más que ratificarlos en sus sospechas. Se llegó al punto de impedir que el Servicio Meteorológico de los EEUU construyera un radar en el Laboratorio Nacional de Brookhaven. Que tuviera por finalidad alertar de los huracanes no fue razón suficiente; los huracanes son una calamidad conocida, y al juez le impresionaron mucho más los abortos y el cáncer que iba a producir el radar.

Luego esta polémica se fue adormilando y desapareció y todo el mundo se compró su microondas.

Pero ya se sabe, el demonio adopta muchas formas.

En 1979 una epidemióloga en paro y un físico realizaron un estudio en el que concluyeron la existencia de una relación entre los campos electromagnéticos producidos por las líneas de alta tensión y la leucemia infantil. Concretamente la probabiliad de padecer leucemia era tres veces mayor. Era un trabajo mal diseñado porque se hizo calculando los campos que había cerca de las casas donde el investigador sabía que había niños afectado por leucemia. No era un estudio ciego, por tanto. Sin embargo, para que un resultado así pudiera ser considerado el estudio debería haber sido doble ciego, de tal forma que el investigador que examinase los campos ignorase en qué casa habitaba un niño enfermo y en cuáles no. Luego otro investigador evaluaría los datos. Además esa incremento del 300 % en una enfermedad tan rara debería ser considerado una prueba absolutamente insuficiente (en el caso de la relación entre el cáncer de pulmón y el tabaco, el incremento es del 3000 %). Se repitió el estudio, usando métodos de doble ciego y se obtuvo un resultado de un incremento sólo del 150 %.

Y ahí reapareció Paul Brodeur. Escribió un nuevo libro, Currents of Death, y luego otro, The Great Power-Line Cover-Up. El enemigo era ahora el campo magnético de las líneas de alta tensión (y hay que reconocer que tienen un aspecto ominoso). No importó demasiado que por definición produjesen campos pequeños (su finalidad es transportar corriente con la menor intensidad posible; ya conocen ese asunto del beneficio económico). Tampoco importó el hecho de que la electrificación de las sociedades occidentales fuese una de las causas de aumento de la esperanza de vida. Mientras los científicos rechazaban la existencia de esa mortal relación, los ecologistas y los padres de América exigieron respuestas y la Agencia de Protección del Medio Ambiente se puso manos a la obra.

Lo malo es que Brodeur ya había dado las cifras en su primer libro. Así, los padres empezaron a trasladar a los niños cuando sus colegios superaban los límites de Brodeur. Que eso aumentase el riesgo de un transporte diario más largo tampoco importaba: los accidentes de tráfico, como los huracanes, son malos conocidos.

En ese momento se produjo además la farsa. La CBS filtró un informe preliminar en el que, por error se utilizaba la palabra probable en vez de posible al hablar de la relación entre las corrientes alternas de alta tensión y el cáncer. Cuando se quiso rectificar todo el mundo vio la mano oscura de los conspiradores. Brodeur llegó a afirmar que miles de niños y adultos confiados sufrirán cáncer y muchos de ellos morirán innecesariamente a temprana edad, como resultado de su exposición a los campos magnéticos generados por las líneas eléctricas.

Se siguieron produciendo estudios que negaban toda relación. Daba igual; hasta Eddie Murphy en Su distinguida Señoría advertía a América de la maldad de los poderosos.

Más tarde se completaron dos de los estudios epidemiológicos más importantes jamás efectuados. Cientos de miles de empleados de empresas eléctricas canadienses, francesas y estadounidenses fueron examinados. Ningún resultado.

Y por fin, en 1997, se terminó el estudio más completo relativo al origen de la polémica, la relación de los campos eléctricos y la leucemia infantil. 638 niños con leucemia y 620 niños sanos que sirvieron de control permitieron descartar definitivamente cualquier relación. Un editorial del New England Journal of Medicine dijo:

… es triste que se hayan gastado centenares de millones de dólares en estudios que apenas prometían hallar un modo de evitar la tragedida del cáncer en los niños. (…) Ha llegado el momento de dejar de desperdiciar nuestros recursos. Debemos redirigirlos hacia investigaciones que puedan descubrir las auténticas causas biológicas de los clones leucémicos que amenazan la vida de los niños.

Aún así, muchos siguieron insistiendo, hasta que 1 de mayo de 1999 se publicó un nuevo y enorme estudio realizado en Canadá. Imaginen su resultado.

La Oficina Científica de la Casa Blanca ha calculado que el coste del terror a las líneas de alta tensión alcanzó los 25.000 millones de dólares.

Paul Brodeur vive jubilado, en el cabo Cod. Considerando el lugar, seguramente vive estupendamente bien.

Por desgracia, este cuento de terror se ha reproducido y se sigue reproduciendo muchas veces desde entonces.

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