Lo que ponen los ojos del que mira

 

Esto es puritanismo civil. A cuento de determinados movimientos se está produciendo un nuevo renacer semejante a esos que marcaron el nacimiento de los Estados Unidos.

Los nuevos cultos tienen que ver con la salud, con el sexo y con las diferencias, o mejor dicho con la supuesta ausencia de diferencias. El control de la conducta deriva de nuevas normas de contenido cuasirreligioso. Cualquier regla que se refiere al control de las costumbres se basa en una visión del mundo que excede de lo estrictamente necesario para el mantenimiento de la paz social.

Se nos dice qué debemos o no comer. Se nos advierte —con admoniciones terribles y presentes a todas horas— que no debemos fumar. Se nos exige que seamos solidarios y respetemos el medio ambiente. Lo que importa no es la conducta responsable, sino la conducta sana, conforme a estándares que no pueden discutirse. Se impone el control del pensamiento y se castiga más si los motivos son incorrectos, penetrando en la mente del criminal. El buen ladrón podrá ir al cielo de la reinserción; sin embargo, el malo, el que golpeó a alguien porque era negro o mujer, ese padecerá las penas del infierno. Se analizan las conciencias y no solo los actos.

Corre por el plástico mundo de occidente un viento terrible que anega el pensamiento y constriñe los instintos, que nos hace hipócritas y entierra la verdad bajo montañas de “iniciativas” públicas. El logo de nuestro tiempo es la campaña de sensibilización.

Así, si Armani quiere vender ropa para niños y los disfraza -como ha hecho tantas veces – de mayores (¿o no?), el defensor del menor denuncia la publicidad por su contenido “implícitamente sexual”.

¿Y por qué? Porque son niñas de rasgos orientales ligeras de ropa. Llega el prócer a interpretar —¿serán las sonrisas, el abrazo, la pose inclinada, la mirada al que fotografía, más alto que las modelos?— que lo que se ve es una alusión al turismo sexual.

Sin embargo, yo creo que hay que tener una mente muy estrecha o muy enferma para mirar esa fotografía y, en vez de ver a dos niñas, pensar en occidentales que pagan por favores sexuales. Si las fotografías lo fueran de niñas sin ojos rasgados, los censores permanentes quizás habrían pensado en las fotos esas que guardan en Mis documentos.

Además, en los catálogos de ropa para niños, muchas veces aparecen como aquello a lo que juegan: como adultos. Disfrazados. Porque muchas niñas como las del anuncio se han puesto los zapatos y la ropa de su madre. Porque el juego sirve para eso. Para ensayar conductas. También para ensayar conductas que anticipan la tendencia sexual.

Más le valdría a las autoridades perseguir el delito allí donde se produce y, en vez de gastarse el dinero en juzgar a Pinochet, aprobar normas de persecución universal de la explotación sexual de los niños. No es difícil. Basta con coger ciertos aviones de los que van a Cuba o al sudeste de Asia. Investigar sobre el terreno. Pero claro, resulta mucho más cómodo y rentable montar un escándalo por las fotos del catálogo de Armani. La mierda escondámosla bajo la alfombra.

Al final las terminarán retirando como hizo Dolce & Gabanna.

Y podremos dormir más felices, sabiendo que el defensor del menor ha evitado los, sus, nuestros sueños lúbricos, los de millones de hombres.

Bossa Nova. La Historia y las Historias.

Para José Antonio Montano 

– I –

P.V.P. 28 €

Un hombre en pijama –lo imagino despeinado, con un pijama arrugado, blanco, de finas rayas azules-; y sus calcetines lo deslizan por el pasillo de una casa. Abre la habitación en la que duerme una niña pequeña. Lleva una guitarra. Se sienta junto a la cuna y, suave, toca y canta.

Esta entrada la soñé. Había contratado habitación en un hotel y, por circunstancias que no vienen al caso, terminé en otro, en otro lugar, oyendo disparos de cazadores y mirando la Luna crecer y a Júpiter pasearse por el firmamento. Un día anduve por el campo durante muchas horas, demasiadas, y el agotamiento me hizo dormir nerviosamente, al borde del entresueño, y escribir a oscuras, en mi cabeza, una historia perfecta. Por desgracia, al día siguiente sólo recordaba el comienzo. El de la entrada, porque el comienzo, en realidad, es otro.

De alguien que tiene tendencia a recomendar debería esperarse cierta actitud receptiva. Pero la verdad es que no sólo no hago mucho caso de las recomendaciones ajenas, sino que las recibo con displicencia. ¡A mí me van a descubrir algo! Así que, cuando se empezó a hablar en este blog (Nota: me refería al nickjournal) de las bondades de Bossa Nova, el libro de Ruy Castro, me dije, bah, un libro sobre música de ascensor. ¿Y qué va a decir el traductor? Mejor aún: ¿qué va a decir el traductor de un libro si el traductor es Montano, el hombre capaz de *pepsicotraducir* la guía telefónica de Tirana y llamarla “páginas lechosas”? Pero luego se fueron repitiendo los elogios. Ya sé que este blog está lleno de pelotas expedidores de tuppers de cabrito, pero el asunto empezaba a mosquearme. ¿Sería posible que el libraco no fuera tal?

Así que decidí leerlo. Pero aprovecharía esa época idiota llena de flores, sonrisas, playa y mar, y mientras tanto seguiría con mis estimulantes lecturas sobre las hambrunas del siglo XIX, el holocausto y los judíos americanos, las drogas, los Sháposhnikov, un sótano, y la deseada tercera guerra mundial narrada con la escritura vibrante de Tom Clancy (Sin pensarlo, Edwards sabía que si otro hombre intentaba ponerle las manos encima, él lo mataría sin vacilar, y no podía llegar a pensar en cómo sería para él tomar a la muchacha …)

Tuve suerte. Me llegaron unos cedeses llenos de bultos con nombres extraños entre los que abundaba saudade. Escuché, varias veces, el soniquete brasileño, pero, enfrascado en asuntos intelectualmente exigentes relacionados con la prosa administrativa, dejé que el runrún transitara oído adentro, oído afuera, con gran soltura y poco provecho.

Por fin llegaron las vacaciones y en la tumbona (le pongo el “la” para que sepan de qué hablo y no digo más por el temor de multiplicar ademanes inútiles) comencé la lectura, pero las prisas y la mala planificación dejaron atrás la música, y leí el libro a palo seco. A palo seco y de tirón, y tal fue el disfrute por lo leído, que resolví repetir hasta quedar harto, acompañando la ingesta con guarnición de gilbertos.

Y así me vi, tras un breve paso por el dulce hogar y dejar el abasto en el ipod, leyendo y escuchando bossa nova, despatarrado, a los pies de la Sierra de Gredos.

Podría decirles muchas cosas del libro, pero esta entrada está quedando muy larga, así que otra vez será.

– II –

Champán, mujeres, música y hormigas

Como decíamos ayer …

No hagan caso de los chismes. Bossa Nova, la historia y las historias (Chega de saudade; a história e as histórias da Bossa Nova, en el original) no trata de la bossa nova. Ese es el MacGuffin que viste otros propósitos. Veamos algunos posibles.

Ya saben que a los directores de teatro y ópera, aburridos y deseosos de justificar la paga, les dio hace unas décadas por actualizar los grandes dramas del pasado. Ves cómo las hijas del Rey Lear se desnudan mientras sus maridos parecen jerarcas nazis, o escuchas a Rigoletto cantando la rà en Chicago, entre hombres de respeto. Pues eso es lo que parece hacer Ruy Castro, hablarnos del Renacimiento italiano y esa inflación de genios en el vecindario, pero sin llamarles Michelangelo o Rafael, sino Tom, Johnny, Chico o Baden Powell. Algo parecido a, no sé, colocar a Orfeo y Eurídice en Río, durante los carnavales. ¿Se lo imaginan?

Por otro lado, los capítulos sobre el Sinatra-Farney Fan Club y los años de aprendizaje de varias decenas de chicos y chicas formales que terminaron tocando en tugurios, fumando maría, olvidando condones, trasegando whiskey, zurrándose ante millones de personas, triunfando o no, zigzagueando en descapotables, el pelo al viento, y estrellándose contra los bajos de un camión idéntico al que vieron en aquella transparencia, salvo por el detalle definitivo de su realidad, podrían ser una excusa para hablarnos del tránsito de la adolescencia a la madurez y de la inocencia a la portada de Playboy.

También es posible que haya un mensaje político encubierto y el autor sea un tipo retrógrado y desleal, que amontona datos y datos a favor de una música sutil y sofisticada, cantada y tocada casi siempre por chicos blancos de clase media y alta (con la acostumbrada presencia de algún traidor de clase que olvida que el morro es el mejor lugar del mundo), en contraposición al latido del pueblo.

Todo lo anterior es cierto. Pero yo sé que los lectores de este blog no se conforman con esos metamacguffins y quieren conocer la verdad, por aterradora que resulte. Y lo cierto es que este libro no es más que la biografía de uno que nació en Juazeiro, imitaba a cantantes como …

…, con su bigotito, para luego volverse majara, desaparecer, retorcer sus dedos, dar la vuelta y vender millones de discos.

La pasión insana del autor por João Gilberto le lleva a rodearle de gente acojonante, que canta, que toca, que tiene sentido del humor, que vive. Y todo para que, contra el fondo de tipos especiales de los que hacen suspirar y hembras de bandera, el brillo del ídolo sea deslumbrante.

Sí, nos habla de todos ellos. Nos dice quiénes fueron, de dónde venían, a qué clases faltaron y cómo se ganaban la vida los padres a los que desobedecían. Nos cuenta sus traiciones, sus líos, el tamaño de sus capturas y el de sus ojos. Nos habla de los que se enriquecieron aprovechándose de su talento y de muchas historias falsas que tienen que ver con encuentros supuestamente fortuitos y canciones que se improvisan sobre servilletas de papel. Hasta incluye algún bufón pesado que se planchó el pelo para ser civilizado como los animales.

Es ladino el tal Castro. Barrunto que conoce al gran Schenker, ese señor tan serio que gastó su vida intentando explicar que una sinfonía de Brahms culmina en el compás 283 y que lo demás es morralla. Y hace lo propio, porque el libro asciende hasta el maravilloso capítulo VII (En busca del ego perdido) y luego desciende a lo largo de trescientas páginas de epílogo. ¿Quieren saber de qué trata ese capítulo? Es sencillo, nos dice quién mató a los diez negritos, si había más de un tirador en Dallas, y por qué -después de escuchar a João Gilberto- Menescal, Bôscoli, Lyra, Jobim, toda la pandilla, se quedaban mudos, los ojos como platos, tartamudeando un “¿cómo se hace?”.

Lo malo es que se ha pasado. Ha sido tan brillante en los preparativos, en los pasajes de paso, en los interludios y en los entremeses, que te deja agotado. Sales de una anécdota fabulosa y te está metiendo en otra. Termina uno con la mandíbula retorcida de tanto mantener la media sonrisa irónica de Rick, pensando en el plantón a Simone y Jean Paul, en gatos suicidas, y en bobos que confunden el Palacio con un cine. Y te lo envuelve con un leit motiv llamado Sinatra, que empieza lejano en el Olimpo y termina cantando baubles, bangles and beads con laringitis.

¡Venga, rásquense el bolsillo y compren Bossa Nova! Podrán asombrar a sus amistades hablando de la batida y de los callejones de Río, usarán el término crooner con soltura, aprenderán a decir Milton Banana y João Donato con respeto, y además podrán apropiarse del capítulo de Ecce Homo, ese que pregunta “¿Por qué soy tan inteligente?”. La respuesta está a su alcance, sólo cuesta 28 €.

Y si no la descubren no me pregunten. Yo vivo en la bossa nova provisionalmente, sólo hasta que encuentre un lugar mejor en el que alojarme.

¡Ah!, no les extrañe que no les hable de José Antonio Montano y su traducción. He intentado fijarme en ella, pero no he podido; estaba leyendo Bossa Nova.