El club de la miseria

Reúno en una entrada la crítica a dos libros del mismo autor

Son de 2008 y 2009 

Diez mil dolares y un teléfono vía satélite

Acabo de leer un libro titulado “El club de la miseria“. Lo vi por casualidad en una librería, le eché un vistazo y, sin saber nada del autor o de la obra (más allá de los siempre extraordinarios elogios que aparecen en todas las contraportadas), me lo compré. Es algo que hago a menudo, porque puedes descubrir obras estupendas. En este caso, la razón fundamental para comprar el libro era el tema, que me ha interesado siempre. En sus dos vertientes: en el de la explicación de por qué determinados países y zonas del mundo han prosperado y en el del porqué del fracaso de otros países, zonas (¿y civilizaciones?).

Pues bien, he leído el libro y, como me ha gustado, he decidido recomendarlo. Su autor se llama Paul Collier. He descubierto que se trata de un tipo con posibles en relación a tema que aborda. Pueden comprobarlo.

La obra (que tiene en inglés un título muy expresivo: The bottom billion) es interesantísima y reúne una gran cantidad de virtudes. Es claro, está bien estructurado y el aparato de datos está reducido al mínimo. El autor afirma basarse en estudios, casi todos suyos o en colaboración, algunos publicados y otros no, y nos da las referencias. Pero acierta no multiplicando por dos el tamaño del libro. Al fin y al cabo, es seguro que tienen gran complicación técnica (por esa razón advierte siempre cuando se basa en estudios aún no sometidos a escrutinio por la comunidad científica).

Otra virtud es su lenguaje directo. No se anda con historias. Dice rápidamente lo que importa, recalcando los factores fundamentales y va avanzando camino de sus conclusiones. Tampoco da la sensación de estar el autor especialmente interesado en congraciarse con los “grupos de presión” de su ámbito de estudio. Vamos que no tiene el menor inconveniente en soltar hostias como panes cuando se tercia, aunque no es un macarra. Argumenta y nos da la sensación de saber de lo que habla.

El libro parte de la descripción de una realidad en la que puede que mucha gente no haya caído. La mayoría de los países del mundo se están desarrollando a gran velocidad, convergiendo con los países del primer mundo. Esto es nuevo. Pero, pese a ese extraordinario éxito, mil millones de personas situados en una cincuentena de países han perdido ese tren. Y además, la conclusión del autor es que sin la aplicación de una serie de medidas se verán inmersos en esa situación durante decenas de años, de forma que surgirá y se mantendrá una bolsa de increíble miseria en un mundo próspero. Ese análisis parte de la concurrencia, en esos países, de lo que el autor llama trampas. Cita cuatro, la del conflicto, la de los recursos naturales, la de la ausencia de costas y la del mal gobierno. Esta parte del libro es especialmente interesante, porque los análisis cuantitativos y estadísticos revelan conexiones y procesos que pueden parecer sorprendentes. Eso también ocurre cuando el autor analiza los instrumentos utilizados (la ayuda exterior, la política comercial, las intervenciones militares y la normativa internacional). Fenómenos como el llamado “mal holandés” o el “problema del polizón”, los análisis sobre las perniciosas consecuencias de las políticas de ayuda mal diseñadas (y su equivalente el de los recursos naturales y los incrementos de precios de esos recursos), la recuperación de ideas de intervención militar o de apoyo en materia de seguridad bien diseñadas y, sobre todo, la explicación de los malentendidos en materia comercial, todos ellos aparecen en el libro, permitiendo a los que somos profanos hacernos una idea de la complejidad de la materia (eso que ya sabemos sucede cada vez que empiezas a escarbar en un tema cualquiera).

La parte quizás menos interesante (o más frustrante) sea la última. El autor se esfuerza en diseñar las líneas de un programa. Sin embargo, tengo la sensación de que es más convincente cuando nos habla de lo que hay que dejar de hacer que la de la lista de medidas positivas necesarias.

Por cierto, al leerlo y a pesar de que resulte paradójico, no podía evitar aplicar los hechos que se describían y sus causas a nuestro país. Ya sé que formamos parte del primer mundo, pero aunque a mucho menor escala, encontraba en algunas de las soluciones y “programas” que se están imponiendo en nuestro país, las huellas de esas prácticas tan humanas que aquí se revelan como causa de la condena de mil millones de personas al estancamiento y la opresión.

En fin, el tema lo merece. Hay mucha gente que lo está pasando muy mal y que va a seguir pasándolo muy mal. No sé hasta qué punto podemos hacer algo, teniendo en cuenta la terrible cantidad de círculos viciosos que se esconden tras las iniciativas aparentemente más desprendidas y generosas. Pero si se puede hacer algo, el primer paso es estar bien informados y comprender. El último es la puta canción.

Guerra en el club de la miseria

Salgo de mi cubil para hablarles de un asunto de candente actualidad, portada de noticieros y tema estrella en las tertulias de televisiones y radios: la pobreza y el subdesarrollo.

Acaba de publicar Turner un nuevo libro de Paul Collier. Se llama Guerra en el club de la miseria. Ese club es el bottom billion en su original inglés, un club “marxista”, porque si te admiten en él es la prueba de que estás verdaderamente jodido.

Para alegría de sus editores, diré eso tan socorrido de que es un libro que puede leerse sin necesidad de haber hecho lo propio con la obra anterior: El club de la miseria. Pero la verdad es que las dos obras se complementan y la primera es una introducción magistral a los temas de los que trata la segunda. Es más sencillo comprender la importancia de reducir la violencia si se conoce el alcance de su influencia en el desarrollo de los países con paupérrimos niveles de renta.

Hay varias razones por las que recomiendo esta obra. Para empezar Collier se expresa con claridad. Y no crean que eso se lleva demasiado. Tengo entre las manos un libro que se llama A propósito de resistir. Repensar la insurgencia en África, una recopilación de trabajos de varios autores sobre el mismo asunto. Si lees la introducción descubres la facilidad de algunos para pensar lo mismo y lo contrario, y no dejar huella. Es una buena manera de no meter el diente a otra de las razones por las que aprecio a Collier: sus análisis terminan siempre (bueno, siempre que puede) en mediciones. No piensa cómo deben “actuar” las sociedades y luego nos explica por qué los hechos se ajustan a ese sistema deducido previamente. No, lo que hace es preguntarse si verdaderamente actúan como pensamos que lo hacen. Claro, los expertos que llevan años utilizando las visiones emic de los oprimidos y las visiones emic de los opresores, con esa abstrusa jerga sociocultural, tienen pánico –deduzco- a esos estudios cuantitativos, llenos de porcentajes significativos, que se cepillan de un plumazo sus versiones sobre el mal, la opresión, el hambre y la injusticia.

Por otro lado, Collier no te aburre con el aparato, aunque te dice dónde está si quieres examinarlo o discutirlo. Y además es un tipo divertido. Creo que el libro le haría gracia en algún momento incluso a algún espadón africano (aunque no le arriendo la ganancia al pobre desgraciado que se lo lea).

Lo más interesante, sin embargo, no son las anécdotas (que son muchas y suelen venir a cuento), sino las conclusiones. Algunas se alejan mucho de lo que parece razonable y por eso son tan valiosas. Ver dónde falla el sentido común es el mejor camino para evitar errores.

Por ejemplo, descubres que la democracia es peligrosa. O por decirlo mejor que la simple existencia de elecciones hace más peligrosos a los países pobres. Concretamente, el umbral es el de los 2.700 $ de renta per cápita. A partir de esa cifra las autocracias se hacen más violentas (ya está ocurriendo en China), por debajo de esa cifra las democracias son más violentas. La explicación se encuentra en dos conceptos fundamentales: la responsabilidad y la legitimidad. Su ausencia nace del déficit de información, de la mayor importancia tribal y racial (cuestión que tiene una influencia decisiva en la falta de provisión de bienes públicos y en el desacierto de modelos socializantes en países muy pobres), de que las estructuras estatales no puedan generar lealtades, del atractivo del poder para los criminales en sociedades sin contrapesos, y de la paradójica disminución de las purgas. Es muy interesante el análisis sobre las formas de intimidación electoral, sobre la política de reformas en y tras los períodos electorales, sobre la dificultad intrínseca de basar buenas políticas en elecciones amañadas, y sobre el riesgo de pensar que las elecciones por sí solas ya son un buen paso.

En ese punto es decisiva la cuestión de la dificultad de lograr la cooperación cuando las políticas identitarias llevan al extremismo, precisamente porque los partidos que producen más satisfacción identitaria son los más extremistas. Aquí introduce Collier un concepto importante, el de selectariat, que explica las dificultades de que una camarilla controle al tirano cuando esa camarilla está basada en lealtades tribales. Al final, una medida útil es el fomento de sentimientos de unidad nacional, basado en (ya lo sospechan), la lengua, el invento de una historia común, la retórica de la unidad nacional, la creación de símbolos. Lo que en Europa llevó siglos, aquí ha de hacerse en una generación, lo que exige personalidades fuertes como la de Sukarno o Nyerere. Y por eso resultan contraproducentes los intentos disgregadores, contrarios a economías de escala, en países mínimos, que generan “dentro” las prácticas que se supone combatían: el caso de Timor Oriental –que exigió una “invasión” de dos mil soldados holandeses para evitar la matanza- o de Eritrea, embarcado en una represión brutal –que degenera en guerra civil- tras la independencia de ambos. Es bestial el dato sobre Sudán del sur y que los únicos proyectos de inversión sean macroministerios (para gobernantes que viven en Nairobi) y un hotel de cinco estrellas para los técnicos internacionales. Y es revelador el estudio de la posibilidad de englobar en siete grandes estados una diversidad étnica igual a la actual.

Todo esto es además importante, porque demuestra que los acuerdos de paz son peligrosos si no van acompañados de garantías internacionales y de una política económica controlada durante un plazo de diez años de promedio. Para hacerlo posible defiende el sistema de “garantías en el horizonte” (la amenaza de intervención de un tercero), que se demostró tan útil en el África francófona. Esas garantías influyen en la ausencia de huidas masivas de capitales (el 36 % de la riqueza africana está en fuera de África), y en la posibilidad de recuperación de la capacidad técnica. De promedio, tras siete años de reconstrucción, todos los indicadores han llegado al punto previo al conflicto, salvo la productividad, que en el caso africano se refiere a sectores tan básicos como la construcción. Propone el autor que, en vez de gastarse el dinero en mensajes de reconciliación (¡ah, la ministra Chacón que quiere que los somalíes y los afganos nos quieran!) se gaste en proyectos de capacitación técnica local, lo que él llama “albañiles sin fronteras”. Y lo acojonante es que está calculado el beneficio de las misiones de paz, y es enorme.

Como esta entrada está quedando muy larga, les dejaré que descubran ustedes por qué las armas son un lujo, por qué un kalashnikov vale en África la mitad, qué parte de la ayuda internacional se gasta en armamento, y cómo se mide. O cómo prever una guerra y qué factores la hacen probable, con la sorpresa, para disgusto de muchos, de que no influyan nada el colonialismo, la guerra fría, o la represión, a diferencia de los antecedentes de guerra, la edad de la población o la orografía. También descubrirán (oigo los gritos del experto holandés que repiensa los conflictos) que la razón fundamental para las rebeliones es la avaricia (con el ejemplo del presupuesto ordinario de los tigres tamiles de 350 millones de dólares) y que si una rebelión es viable alguien ocupará ese nicho de mercado, como se ha demostrado en el caso de Darfur. Descubrirán una buena receta para evitar golpes de Estado y una rebaja en las expectativas en esa forma tan querida de dar matarile a los tiranos; por qué la carga fiscal directa en esos países es baja y por qué eso —y el recurso a las “minas de Potosí”— los coloca en un atolladero. En fin, podrán leer las propuestas del señor Collier —muy moderadas tras las andanzas de Bush— y, entre ellas, un interesantísimo proceso de examen hacia atrás para justificar la viabilidad del uso de la propia violencia interna como fuerza benéfica.

Por cierto, hay un capítulo magnífico en el libro sobre la construcción del Estado y la Nación. He de ser sincero: me lo parece porque ha reforzado algunas opiniones previas sobre el origen del predominio europeo y las guerras (argumentos que suelo extender a la influencia de la técnica y las necesidades del príncipe frente al “humanismo cristiano” como motor de nuestra superioridad). Y no puede ser malo un libro que coincide con tu opinión y que, además, te proporciona argumentos para las discusiones de bar. Argumentos santificados por estudios realizados por gente que se llama Anke o se apellida Pattillo. ¡A ver quién te lleva la contraria!

En fin, que se lo recomiendo (les recomiendo los dos). Y no dejen ir demasiado la imaginación cuando leen sobre los países del club de la miseria y sus prácticas políticas y sociales. Nosotros, ya lo saben, somos modernos y responsables.

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