Dunkerque

En alguna ocasión, hablando con amigos sobre la II Guerra Mundial y, más en concreto, sobre la tradicional cuestión de las causas de la derrota alemana, terminábamos dando la vuelta a la pregunta. En realidad, lo asombroso es que llegaran tan lejos, que tuvieran tantos éxitos, y lo inevitable, sobre todo por la ausencia de una estrategia general, era la derrota.

No obstante, y entrando al trapo de la falsa pregunta, me gustaría hablar algo de Dunkerque y de lord Gort, aunque sólo sea porque reúne algunas de las características de las buenas historias: intriga, heroísmo, misterios …

En el verano de 1940, una de las campañas más extraordinarias de la historia, permitió al ejército alemán dislocar por completo las fuerzas anglofrancesas, mediante el uso de la movilidad de fuerzas combinadas. Unos jefes competentes, unas fuerzas motivadas y preparadas, tácticamente superiores, fueron los responsables de la ruptura que se produjo en el río Mosa a mediados de Mayo. Roto el frente en Las Ardenas, la penetración alemana —Kleist, Guderian, Hoth, Reinhardt, Rommel— dividió las fuerzas aliadas en dos, provocando el desorden y la desmoralización. La velocidad, la contundencia y el riesgo consciente les llevó, sólo una semana más tarde, a alcanzar el Canal de la Mancha.

Ese es el momento en el que el caos se esparció por la inepta cúpula militar francesa. El momento en el que Weygand sustituyó a Gamelin y aprobó, como primera medida, un contraataque, afirmando que no había que perder ni un minuto, para luego echarse una siesta. El momento en el que el almirante Dudley Pound habló de las trivialidades de la amistad frente a la necesidad de ganar la guerra.

Los mandatarios franceses, traicionando como siempre la sangre de más de cien mil compatriotas, andaban buscando chivos expiatorios: los ingleses, los belgas … El rey Leopoldo, con su capitulación les dio uno para pocas semanas, aunque la verdad es que el principal responsable fue su incapacidad.

En ese momento, un hombre gris con un nombre muy largo, John Standish Surtees Prendergast Vereker, tomó una decisión capital. El 19 de mayo de 1940, ese hombre, más conocido como lord Gort, advirtió de la necesidad de contemplar una evacuación de tropas y el gobierno inglés, aunque de mala gana, encomendó la tarea de organizarla a un almirante que luego fue famoso, Bertram Ramsey. Solo cuatro días después, ante la imposibilidad de defender Arras, dos divisiones inglesas, la 5ª y la 50ª se retiraron, ante la indignación francesa. Esa retirada permitió cubrir el probable hundimiento belga al norte y organizar una defensa que sustentase la evacuación. Mientras tanto, los franceses contemplaban a ejércitos enteros envueltos por los alemanes.

Y se obró el milagro de Dunkerque. Setecientos cincuenta y seis barcos de todos los tipos y tamaños fueron utilizados. Entre ellos, pesqueros y barcos deportivos, que permitieron, por su poco calado, utilizar las playas para evacuar a los hombres cuando el puerto de Dunkerque quedó colapsado. Más de 360.000 hombres fueron evacuados en una semana, la mayor parte ingleses, la flor y nata de su ejército, y el núcleo de los ejércitos que se formaron después. Aunque se perdieron seis destructores y nueve grandes barcos, la operación fue un éxito.

El misterio de la historia se encuentra en la detención de las fuerzas alemanas ordenada el 22 de mayo, cuando los tanques de Reinhardt estaban a sólo 20 kilómetros de Dunkerque. Al parecer la orden inicial procedió de Rundstedt y fue confirmada luego por Hitler. Y al parecer contaba con la aprobación de la mayoría del alto mando alemán. Solo Halder y Brauchitsch consideraron un grave error la decisión. El general Fuller, citando a Ellis, aplaude la decisión de Hitler, que conocía la naturaleza pantanosa del terreno en el que podían peligrar sus valiosos tanques. Ese conocimiento procedía de sus experiencias en la Primera Guerra Mundial. Por tanto, la parecía lógico esperar a la infantería. Además, Goering prometió impedir la evacuación. Ya sabemos que no lo consiguió: sus Bf-109 y sus bombarderos llegaban prácticamente al límite de autonomía de vuelo cuando atacaban Dunkerque. A eso hay que unir el, por una vez, descontrolado ataque final, que no se organizó hasta el 30 de mayo bajo el mando único del 18º ejército alemán. Fuller afirma que Dunkerque fue un éxito del ejército inglés más que un fracaso del ejército alemán.

Sin embargo, la mayoría de los historiadores militares considera que la detención de los blindados, en un momento en el que la que las tropas aliadas estaban absolutamente desorganizadas y en el que aún no se había podido crear un cinturón defensivo, fue un error gravísimo. Además consideran que, en realidad, el factor fundamental no fue estratégico o de análisis del terreno o de la operatividad de la fuera aérea, sino puramente psicológico. El éxito se produjo al provocar el sentimiento de que pudiera tener lugar un nuevo “milagro del Marne”. Es obvio en las reacciones de Kleist, de Kluge de Rundstedt, que intentaron constantemente ralentizar el avance.

Esto se refuerza por el hecho de que ese miedo estallase por una simple operación que, vista retrospectivamente, pudo ser crucial en el desarrollo de la campaña: el 21 de mayo, 74 tanques, dos batallones de infantería y un batallón motorizado, todos ellos ingleses, atacaron el flanco de la 7ª división blindada alemana y la división SS Totenkopf. Aunque el ataque terminó fracasando por la providencial aparición de los antitanques de Rommel, la victoria inicial contra las columnas de abastecimiento produjo un nerviosismo de tal naturaleza que pudo ser el factor esencial que dará a los ingleses, que sentían el aliento de los tanquistas de Reinhardt, unos días para realizar un prodigio extraordinario, al que se le dió el nombre de Operación Dynamo, y que todavía hoy asombra. No es fácil embarcar, como se hizo en alguno de los días, a más de 65.000 hombres.

En cuanto a Gort, su carrera volvió a la grisura anterior. Lo más que se pudo decir de él es que era valiente y tenaz. En cualquier caso, quedó justificado por su mando durante unos pocos días de mayo.

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