Pigmalión

Para Jabois, origen extravagante de este artículo

Esto que voy a contar es suficientemente cierto. Solo cambian detalles sin importancia. Son detalles que tienen que ver, remedando a Borges, con un par de nombres propios y alguna tribu, detalles de esos que en la mal llamada vida real nos impiden viajar o nos permiten estudiar en una universidad, pero que en el mundo de las formas eternas no importan una higa.

Ella es africana, pongamos que de Camerún. Él es un intelectual joven; es decir, alguien que no ha cumplido los cincuenta. Sus vastos conocimientos se extienden desde el mainstream a los más oscuros callejones en donde se intercambian saberes inaccesibles con nombres extraños que apestan, desde su nacimiento, a concurso de talentos. Ella es puta. Él la conoce en un club y se enamora. Verán que, prudentemente, no he dicho que se enamore de ella. El mundo de él está siempre plagado de productos de la intelectualidad. Su vida es un guion en revisión permanente. Él le promete a ella la redención y ella, que es de Camerún, pero no es imbécil, acepta. La lleva a su casa y empieza a modelarla. Es feliz. Una criatura perfecta, como el más perfecto objeto de una novela maldita o un poema de Blake, a la que puede liberar de la ignorancia. Algunos problemas administrativos con los proxenetas y la familia de ella, que ha de pagar deudas producto del comercio de carne, se resuelven gracias a unos matones que le busca, en los bajos fondos, un pariente.

Ella empieza a estudiar. Va al cine con él y descubre la filmografía de directores serbios, iraníes y coreanos. La lleva a conciertos y exposiciones. Sin embargo, ella tiene su propia agenda. Debería venerar a su Pigmalión, pero se aburre mortalmente. Lentamente, la monótona vida gris de la gente corriente se abre paso. El tema literario, mujer, negra, puta, esclava, libertad, conocimiento, empieza a resultar poco estimulante. Su novela tiene un desarrollo extravagante porque ella no se deja. Resulta que ella es, oh, perra vida, “vulgar”.

Un día se marcha. Ahí te quedas. Gracias, pero eres un coñazo. Métete a Kiarostami donde te quepa.

En su salón, a oscuras, escucha a Ornette Coleman y piensa: “las mujeres son unas putas”.

Un comentario en “Pigmalión

  1. Podía haber sido peor; podía habérsela traído de su país natal, donde la conoció en su pequeño y vulgar mundo, en el que vivía más o menos feliz, y habérsela traído a su puto mundo.

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