Los ricos también opinan

 

En cuanto alguien se hace famoso, todo el mundo intenta preguntarle qué piensa sobre cualesquiera de las mil facetas de la realidad. Puede que sea simple curiosidad. O que realmente la gente piense que, por ser un cantante conocido o una figura de la televisión, las opiniones de esa persona sobre cualquier cosa son especiales y nos deberían importar. Alguna cualidad especial tendrán para haber llegado ahí, barrunta, imagino, el llamado hombre de la calle, sin seguramente darse cuenta de que esa cualidad suele tener que ver precisamente con cantar y presentar. Sin embargo, este mes pesimista en el que ando me empuja a escoger una tercera opción: se trata de saber qué piensa para poder despellejar a ese sujeto tan afortunado. Es el “precio de la fama”, dicen muchos, y no deja de ser esta la forma mendaz de un te vas a enterar. De ser cierto que la fama tiene un precio, el famoso debería pagarlo en lo que fuera inevitable: ser conocido y reconocible, y la crítica de lo que hace y que le ha hecho famoso. Sin embargo, la gente escarba en su vida para hacerle pagar un precio extendido. El famoso lo sabe, no es un ingenuo. Por eso se adelanta y regala cachitos de una biografía inventada, manipulados para parecerse en la medida de lo posible a lo que el hombre de la calle aprobará. Como el hombre de la calle no existe, sino que es una media de grises, el famoso va ajustándose al modelo más aceptable para su grey y el que menos rechazo produce. Si el famoso se conforma con un pedazo pequeño del pastel, puede que opte por un nicho de mercado reducido y sea un “radical”. Esto también funciona; solo hay que preocuparse por ser coherente en la exhibición de etiquetas. Toda una vida de fabricación de un personaje puede estropearse si te sales del tiesto. Naturalmente, el famoso con instinto sabe que este modelo incluye su evolución: una evolución que siempre será paralela a la de la mayoría de los miembros de su tribu.

Esta perversidad se retroalimenta: el tipo que destaca, pero que a la vez produce rechazo en la mayoría de tribus (siempre por razones diferentes para cada una de estas) prosperará mucho menos y es difícil que sea una figura de conocimiento general. El tipo que se ajusta a uno de esos modelos, aunque cause rechazo en algún otro, prosperará por el doble impulso del amor de los suyos y del odio de los otros, y nunca hará nada que pueda producir el perverso efecto de que los suyos le quieran un poco menos y de que los otros ya no le odien tanto. Para la mayoría, lo peor es un tipo al que no pueden odiar por alguna razón evidente o al que no pueden considerar uno de los suyos. Alguien así suele ganarse el odio universal por la mejor de las razones: la incomprensión.

Al final, este juego es pura impostura. La gente quiere que el famoso de turno opine para poder llamarle oligofrénico y el famoso se presta al rito. El más inteligente y cínico sale bien parado, porque al final nunca hace ni dice nada comprometido. El más torpe da un titular y las masas rugen.

Una vez leí que Jacinto Benavente, en la época en que todas sus obras teatrales triunfaban, solía extender el rumor de que padecía una enfermedad incurable. Era su manera siniestra de alimentar la mala baba, para que la mala baba no lo devorase. Al final todo se resume en eso: cuídate, famoso, de los idus de marzo. Lo traduzco: ni de coña des a entender que sabes qué son los idus de marzo.

Un comentario en “Los ricos también opinan

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s