El monstruo de ojos verdes

 

Decía Shakespeare que los celos son un monstruo de ojos verdes. Hoy ese monstruo se le ha aparecido al autor de este tuit, un periodista que antaño lo fue en El País, como se encarga él de recordar en su biografía tuitera:

Lo curioso del tuit no es la crítica a Antonio Caño por la supuesta decisión de defenestrar a un parapsicólogo. Sobre esto, la verdad, es que no tengo nada qué decir, ya que no sé si la historia es verdad y además no me interesa en absoluto.

Lo curioso es que el excorresponsal, para criticar a su exmedio, le atiza una hostia a Jabois. Yo conozco interneteramente a Jabois desde hace diez años, cuando empezó a intervenir en el nickjournal de Espada. Y una de las primeras cosas que supimos de él fue que es madridista (y miren que yo soy despistado).

Criticar a Jabois por su falta de independencia futbolera es como criticarlo por ser gallego o varón. Él ya venía así de fábrica. Su madridismo es anterior a su notoriedad. Anterior al vente a Madrid. Anterior a El Mundo. Anterior a El País.

No voy a valorar si Jabois se merece todos sus éxitos profesionales. Eso que lo juzgue cada cual. Ahora, relacionarlos sinceramente con el Real Madrid es de imbécil integral.

Por eso, porque no creo que todo un excorresponsal de El País sea un imbécil integral, he de deducir que ha aparecido en escena ese terrible monstruo de ojos verdes, que nubla el entendimiento. Es un monstruo muy nuestro, además. Fernando Díaz-Plaja, en El español y los siete pecados capitales explicaba que solo en España cuando entraba un hombre joven, alto y bien parecido en un restaurante, automáticamente y sin que el hombre hiciera nada de nada, los que ya estaban allí empezaban a murmurar con odio evidente: «¿qué se habrá creído, el muy cretino?». Siempre sospeché que Díaz-Plaja se refería a sí mismo.

Hoy, Jabois, sin hacer nada, simplemente por ser, ve como un periodista farfulla solo porque es más bajo y más feo que uno que pasa por allí.

 

El planeta de los memos

 

Esta noticia lo tiene todo:

La aparente negligencia de una madre que se descuida hasta el punto de que un niño de cuatro años caiga en manos de un gorila.

Unas vallas (o unas medidas de seguridad) que no impiden que un niño de cuatro años —no un spetsnaz entrenado para comer cosas que harían vomitar a una cabra— se introduzca a visitar a los simpáticos monos.

Y lo mejor, gente que se cabrea porque la palme el simio a balazos, a pesar de que, nos dicen, lo que realmente quería era proteger al niño de los turistas (raro es que no hayan dicho que de su madre). A esa gente las excusas de los tipos del zoo les parecen insuficientes. Antes de matar al gorila habría que haberle dado una oportunidad de cargarse al niño, parecen decir. El gorila era inocente, añaden indignados, como si pudiera haber sido culpable.

Esta banalidad es producto de ese constructo absurdo llamado «derechos de los animales», que lleva a la gente al extremo de no darse cuenta de que también habría estado justificado matar a un hombre si este hombre fuese potencial y racionalmente peligroso para un niño de cuatro años: por ejemplo, un enajenado que lleva un cuchillo. Y ese enajenado sí tendría derechos.

Todo, además, se resume en el estúpido párrafo que cierra el artículo:

Al caer el niño, dos hembras se alejaron. Presagiaron algo. Harambe no pudo resistirse a su instinto, el de la curiosidad humana.

Ese antropomorfismo inane, tan disney, que nos invade.

 

NOTA: añado la opinión de alguien que sí sabe de qué habla cuando habla de gorilas.

La ley, esa cosa molesta

 

A través de este tuit de Juan Claudio de Ramón …

… llegó a esta noticia de La Vanguardia que, por el titular, parece recordar aquello de Zapatero de que respetaría el Estatuto que saliera de Cataluña.

El titular es inequívoco:

Pedro Sánchez impedirá los recursos al TC contra las leyes sociales catalanas

El asunto es de interés por varias razones.

En primer lugar, porque tras leer la noticia se puede observar que el titular es incorrecto, aunque se base en un negligente uso del lenguaje jurídico. Lo que dice Sánchez es que recursos como el que provocan la manifestación de marras no serán posibles porque contarán con la cobertura de leyes aprobadas en las Cortes. Es decir, que lo que ahora es inconstitucional, sería constitucional.

En segundo lugar, porque Sánchez usa negligentemente el lenguaje quizás para provocar titulares como el que me ocupan y vender dos motos a la vez: en Cataluña vende la moto del autogobierno y en el resto de España puede defender que no pretende saltarse la Constitución. En todo caso, es inadmisible que alguien que aspira a gobernar diga:

“Mi compromiso será aprobar leyes de carácter social a nivel estatal para que se prohíba y se impida estos recursos”

Esas leyes nunca impedirían o prohibirían recursos del Gobierno contra leyes autonómicas por una razón muy sencilla: esa facultad emana del mismo texto constitucional (de su artículo 161.2), por lo que sería precisa una reforma de la Constitución previa para suprimirla. Es decir, su único compromiso viable es que el recurso carezca de base al ser esas normas autonómicas constitucionales. Nada más.

En tercer lugar, la declaración de Sánchez, en realidad, implica una desautorización de Iceta. Me explicaré. Si, como dice Sánchez, hacen falta leyes «estatales» de cobertura para que eso que llama «derechos sociales» que se «garantizan» con leyes autonómicas no se vean afectados por recursos, esto implica que el recurso de inconstitucionalidad contra esa legislación catalana tiene fundamento. Es decir, que el Gobierno del PP ha hecho bien recurriendo y que el Tribunal Constitucional, lógicamente, solo ha cumplido la Constitución suspendiendo esas normas. ¿Qué hace el socialista Iceta en tal caso en la manifestación? Entendemos que los otros, los que están en el golpe de Estado y en el incumplimiento de la legalidad vigente, se manifiesten. A ellos la Constitución y el Tribunal Constitucional les dan igual. Pero se supone que a Iceta no. Eso al menos venden los propios socialistas.

Es decir: al margen de que se puedan cambiar las leyes ¿creen Sánchez e Iceta que las que están en vigor se deben cumplir mientras tanto? Si lo creen, Iceta no pinta nada en una manifestación que pretende precisamente que la ley se incumpla. Si va, Iceta está avalando que la ley no se cumpla y Sánchez, al avalar a Iceta, autoriza esa lectura.

Estos son los renglones torcidos de la política: el titular era falso, al no mostrarnos la auténtica mentira de Sánchez. Pedro Sánchez, por cálculo político, viene a decir algo ya conocido: que a pesar de que una norma pueda ser inconstitucional, hay que considerar el cálculo de oportunidad de recurrirla o no. Vean:

Y es que “otra forma de recortar”, a su juicio, son los recursos al TC que ha presentado el PP contra leyes sociales autonómicas.

Es decir, Sánchez afirma que no hay que cumplir la ley cuando conviene incumplirla.

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Más papista que Juan Pablo II

 

El arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, le tiene tanto gato a la «ideología de género» que ¡ha falsificado las palabras de Juan Pablo II!

Todo viene de estas declaraciones de hoy mismo. Las he buscado porque en otras ocasiones he visto manipuladas las declaraciones de altos cargos de la Iglesia católica y como la parte entrecomillada en los medios es notablemente bestia, he decidido asegurarme. Y sí, esta vez los medios no se han inventado ni han descontextualizado nada.

Me refiero a esto:

Esto es lo que destruye la ideología más insidiosa y destructora de humanidad de toda la historia universal que es la ideología de género, que tratan de imponernos poderes mundiales más o menos solapadamente en todo el mundo con legislaciones inicuas que no hay que obedecer, también en nuestra Comunidad en una próxima legislación inspirada en esa ideología que, pido a quien corresponda, evitar para no ir contra el hombre, contra la humanidad. Valencia no se merece eso, ni puede ser punta de lanza en la aplicación de tal ideología insidiosa y destructora de humanidad.

El párrafo no tiene desperdicio: además de conspiranoico, el arzobispo consagra al objeto de su odio como cabeza de lista en la historia universal de la infamia. La «ideología de género» es más insidiosa y destructora que el esclavismo, el racismo, el nazismo, el imperialismo o las ideologías que han sustentado esos genocidios simpáticos que han dejado como saldo cientos de millones de muertos. Por ser, ¡es más insidiosa que la religión —incluida la católica—, fuente y sustento ideológico de tantas guerras y crímenes en tantos lugares del mundo y en tantos momentos de su historia!

Tanto le molesta la «ideología de género» al arzobispo, que el que ha manipulado y descontextualizado ha sido él. Y el manipulado ha sido Juan Pablo II.

En el texto antes enlazado hay unas citas literales de un discurso que dio Juan Pablo II en 2005 a los obispos españoles. Lo encuentran aquí íntegro.

En ese discurso, el Papa carga contra el laicismo que, junto con el malvado relativismo moral de los liberales, era una de sus obsesiones. Tampoco se lo reprocho: el laicismo es para el aspecto institucional de la religión (es decir, para el poder), como los antibióticas para las bacterias. Lo curioso es que el Papa no menciona en ningún momento de su discurso a la «ideología de género». Dice esto literalmente:

En el ámbito social se va difundiendo también una mentalidad inspirada en el laicismo, ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública. Esto no forma parte de la tradición española más noble, pues la impronta que la fe católica ha dejado en la vida y la cultura de los españoles es muy profunda para que se ceda a la tentación de silenciarla. Un recto concepto de libertad religiosa no es compatible con esa ideología, que a veces se presenta como la única voz de la racionalidad. No se puede cercenar la libertad religiosa sin privar al hombre de algo fundamental.

A Cañizares esto no le bastaba: tenía que hacer hablar al Papa desde el más allá contra la ideología más dañina de toda la historia (vaya olvido el del Papa) así que cita el anterior párrafo así:

… por ello no podemos someternos a una mentalidad inspirada en el laicismo, tampoco en la ideología de género, ambas ideologías “llevan gradualmente, de forma más o menos consciente, pero certera, a la restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de los religioso, relegando la fe a la espera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública”. ( Juan Pablo II, Discurso a los Obispos…2005,4)

Ese genial: el buen hombre convierte el «lleva» de Juan Pablo II en «llevan» y así corrige el error histórico del Papa polaco, demasiado empeñado en ser «positivo«.

Se comporta, en suma, como un forofo de sus obsesiones.

 

Derecho penal

 

Esta es la sentencia que absuelve a los mossos de las lesiones que llevaron a una ciudadana catalana a perder un ojo.

Había dos acusados: un mosso que dijo haber disparado una salva siguiendo instrucciones de su jefe, y el propio jefe.

La víctima perdió el ojo por un objeto contundente, romo, que impactó en el globo ocular a gran velocidad.

De la sentencia se deduce que:

1.- Los responsables del departamento de interior hicieron una investigación como mínimo chapucera, influida por la tesis exculpatoria de sus jefes políticos que negaron credibilidad a la víctima y a otros testigos.

2.- Pese a contar con GPS, los responsables de ese departamento fueron incapaces de determinar el itinerario y posición de tres vehículos policiales, cuando, por ejemplo, la guardia urbana lo hace sin problemas.

3.- En los incidentes intervienen tres vehículos policiales y todos los mossos que iban en ellos han mentido. El tribunal no lo dice así, pero otorga nula credibilidad a sus declaraciones. Por contra, da total credibilidad a las declaraciones de la víctima y explica por qué. Esto debería tener consecuencias. Tengamos en cuenta que, salvo los dos acusados, todos los demás son testigos.

4.- Pese a todo lo anterior, el tribunal absuelve porque:

A) En el caso del jefe, no hay una sola prueba que acredite que dio orden de disparar otra cosa que no fueran salvas (pelotas de goma —más peligros y dañinos— o foam —más precisos y menos dañinos—) y tampoco que realmente tuviera oportunidad de evitar un comportamiento delictivo de algún agente —por la velocidad de lo que sucede y por el lugar que ocupaba, delante de los agentes— debido a la posición de garante del jefe.

B) En el caso del agente porque aunque se acredita que disparó, existe el problema de que se escuchan dos disparos (que suenan diferentes, el segundo más intenso) con un intervalo de dos segundos. El tribunal da validez a un informe pericial de la guardia civil que dice que es imposible que el mismo agente hiciese ambos disparos en menos de entre cinco y quince segundos, lo que implicaría que hay dos agentes que intervienen: el acusado y un agente desconocido. El tribunal admite la cadena de custodia, aunque esto sí que está más cogido por los pelos. Los hechos son de noviembre de 2012, pero hasta febrero de 2013 no se ordena por el Jefe de la Brigada Móvil intervenir el arma para hacer una prueba pericial. Lo normal es que, al existir una persona herida, ese mismo día se hubieran intervenido las armas de todos los agentes. El mismo día, no meses después. Claro, para eso, los responsables del Departamento de Interior deberían preocuparse más por los ciudadanos que por exculpar a los agentes antes de hacer una investigación.

Además, yo creo que hay un factor que, aunque se menciona de pasada, explica por qué hay absolución: creo que los magistrados sospechan que el agente que hizo el disparo que provocó la lesión, no era el acusado porque iba en otro vehículo policial, situado cerca de la fuente en el cruce del Pº de Gracia y Gran Vía, conforme cuenta la propia víctima y otro testigo, que mencionan a un agente que lleva una escopeta. Es decir, los magistrados no han llegado a la convicción de que el mosso sea quien disparó.

5.- Por cierto, la sentencia dice que los hechos son dolosos como decía la acusación particular. Nada de imprudencia como sostiene el fiscal. Lo son por dolo eventual. Es decir, el agente que disparó tenía que ser consciente del daño que podía causar, por la distancia desde la que disparó (según las declaraciones testificales), incumpliendo los protocolos de la policía catalana y haciéndolo en un entorno que no justificaba el uso del arma. De haber existido condena, el agente habría terminado en prisión.

En resumen, una sentencia razonada. Que deja al Departamento de Interior por el suelo. Que deja a los agentes a la altura del betún. Que tendría que tener consecuencias, ya que muchos eran testigos. Pero que no condena porque los magistrados no han visto que se demuestre que el agente que se sentaba en el banquillo no pudiera terminar siendo una cabeza de turco por los hechos de otros.

Trenos por sesenta millones de muertos

Uno de abril de 1945. Más de cien mil soldados japoneses, muchos llegados de China y Manchuria, defienden Okinawa, una de las islas Ryukyu, que no forman parte de Japón sino desde finales del siglo XIX. En Okinawa, vive casi medio millón de personas. Los estadounidenses acaban de tomar Iwo Jima y, en la invasión, habían muerto más soldados atacantes que defensores. Estratégicamente fue un éxito: la marina y la aviación ganaban un puesto avanzado. Sin embargo, el número de bajas comenzó a influir de manera evidente en la mente de los militares que estaban ya diseñando el ataque definitivo al Japón.

Okinawa confirmó esos temores. Los norteamericanos tardaron casi tres meses en tomar la isla. En la campaña, la marina norteamericana sufrió tantas bajas como en los dos años anteriores de guerra. En cuanto al ejército y la infantería de marina, las bajas igualaron a las de los defensores: 80.000 muertos en combate, 30.000 heridos, y 25.000 más que murieron por accidente o enfermedad. Y ello pese a tratarse de los veteranos de la guerra en el Pacífico.

Ahora pasemos a Harry S. Truman. El 12 de abril de 1945 se convirtió en presidente de los Estados Unidos por la muerte de Roosevelt. Ese mismo día se entera de que existe la bomba atómica. Todavía es un proyecto de resultado incierto. Aunque hace casi un año que existe una unidad especial de aviación designada para su lanzamiento, hasta mayo y junio de 1945 no fue destinada a las Marianas, el lugar desde el que partiría la misión de bombardeo.

Ahora volvemos atrás. Esto era Japón. Aplicar nuestra idea de una sociedad autoritaria y jerarquizada, en la que se cumple la cadena de mando, a los disciplinados japoneses, es un error. Su disciplina era básicamente ideológica y religiosa. La rebeldía por razones morales se generaba de forma natural en esa ideología, y crecía y se ampliaba según se subía en la escala social. Sobre todo porque era auténtica, sincera, ya que llevaba aparejada el autosacrificio. Japón era entonces un lugar complicado si pretendías imponer algo contrario a esa visión del mundo. Incluso aunque el que pretendiera imponerlo fuese el propio emperador.

En enero de 1945 (antes de Iwo Jima y Okinawa), los norteamericanos y los ingleses habían calculado que iban a necesitar un millón y medio de hombres, toda la flota del Pacífico y parte de la Royal Navy, y cinco mil aviones para invadir Japón. Ya entonces se calculaba (tomando como base para el cálculo las operaciones de los años precedentes) más de medio millón de bajas. Y si se consideraba la pérdida de vidas entre los japoneses, bien por un bloqueo que ya era total, bien por las previsibles acciones bélicas de bombardeo incendiario, bien por la propia invasión, no era descabellado pensar en millones de muertos. Es cierto que militares norteamericanos tan famosos como McArthur (que no fue consultado), Leahy, Eisenhower o Spaatz afirmaron tener dudas sobre la capacidad de resistencia del Japón, pero fue tras la guerra y tras haberse lanzado las bombas, como crítica a su lanzamiento y cuando ya se había tomado conciencia de que no se trataba de un arma más, puesto que cualquier estrategia general futura entre las superpotencias debía considerar la autodestrucción. Los hechos objetivos, sin embargo, antes del lanzamiento, no avalaban esas tesis, en absoluto. En los relatos críticos sobre el lanzamiento de las bombas atómicas planea, a menudo, un sesgo retrospectivo de libro.

El coste previsto de la invasión era, en ese momento, de tal calibre, que algunos estrategas y analistas llegaron incluso a plantear un bloqueo como forma menos costosa de rendir al Japón. Sin embargo, esa opción chocaba con factores económicos, políticos y emocionales. En Estados Unidos seguía existiendo libertad de información y la población no dudaba —alimentada además por la propia propaganda de guerra— en calificar a Hitler y a Hirohito como bestias salvajes. Esa calificación no era, además, ya lo sabemos, arbitraria: las noticias de los campos de exterminio de Alemania y de las Filipinas han llegado a la opinión pública. Esto, a menudo, se olvida: seis años de guerra y sesenta millones de muertos exigían un precio, la rendición incondicional.

Veamos ahora el factor ruso. Roosevelt obtuvo de Stalin una promesa de colaboración en la derrota del Japón. Un ataque en Manchuria dificultaría la defensa de las islas y del propio Japón. Sin embargo, en Yalta, en febrero de 1945, la bomba, aunque avanzada, no era un factor decisivo. Luego las cosas empezaron a cambiar. Los rusos, que habían estado nadando y guardando la ropa, vieron una oportunidad excelente en el este de Asia. No sólo para pagar la humillación de la guerra ruso-japonesa, sino para su propia expansión territorial e ideológica. Así que, cuando en abril, los soviéticos anunciaron que no renovarían la neutralidad con el Japón, los japoneses intentaron el camino diplomático con Stalin para llegar a una rendición con condiciones, ignorando que el propio Stalin era el más interesado en una guerra larga y hasta el fin. Quienes sí lo sabían eran los norteamericanos, al igual que sabían que los soviéticos habían decidido que Europa del este iba a ser suya, a pesar de las conversaciones sobre el papel de una nueva «Sociedad de Naciones». Que la rapidez del desenlace y el uso de la bomba pudieran atemorizar a los rusos estuvo con seguridad en la mente de Truman y de los dirigentes norteamericanos. Que fuese la razón principal para el lanzamiento es contrario a la evidencia. Por cierto, Stalin ni siquiera se inmutó cuando, en Potsdam, Truman le comunicó la existencia de una «superbomba». No se inmutó porque conocía los detalles perfectamente, a través de sus espías en el Proyecto Manhattan. Además, siempre que se habla de la bomba y la URSS, se olvida que, hasta mediados de julio de 1945, no existió certeza (al menos entre los pocos militares y políticos que conocían su existencia) de que la bomba funcionaría y de cuál era su poder destructor. Considerar que la política norteamericana iba destinada a alargar la guerra para demostrar algo a los rusos y que, por eso, se hizo caso omiso a supuestos signos que venían del Japón desde varios meses antes, es absurdo.

Efectivamente, uno de los errores sobre las posibilidades para la paz en abril de 1945, que lleva a muchos autores a juzgar severamente las declaraciones de Potsdam, de las que luego hablaré, es la de ignorar hasta qué punto eran aquellas serias o no. Es cierto que Kantaro Suzuki, un almirante retirado, y presunta «paloma», fue designado jefe de gobierno en abril de 1945. También lo es que, después de la guerra, el mismo Stimson, Secretario de Estado, manifestó que tenían conocimiento de que una gran parte del gabinete japonés era partidario de la paz. También leerán en algún lugar sobre la existencia de comunicaciones del propio Hirohito, en julio de 1945, con manifestaciones en ese mismo sentido. Lo malo de estos relatos es que chocan con los hechos, total y absolutamente, porque no puede ser cierto que los japoneses solo quisieran que se mantuviese formalmente al emperador en su trono. No puede serlo por una sencilla razón: incluso después de la primera bomba las exigencias fueron muy superiores.

Para dejarlo claro hay que hablar de Potsdam, la conferencia celebrada del 17 de julio al 2 de agosto de 1945, por los vencedores. Allí se discutió, entre otras cosas, sobre la rendición del Japón. Era evidente que Japón había perdido la guerra y también lo era que los japoneses querían una rendición «honrosa». Stalin se lo comunicó a Truman, y a Truman se lo confirmaron también sus propios servicios de inteligencia. Lo que no estaba tan claro era qué significa rendición honrosa. Por eso Truman, el 26 de julio, hizo una declaración: los japoneses sólo podrían evitar la catástrofe rindiéndose en el acto y eliminando los obstáculos para el desarrollo de las «tendencias democráticas entre el pueblo japonés». Se estaba dando al gobierno japonés la oportunidad de sondear el mantenimiento formal de la figura del emperador. Sin embargo, Kantaro Suzuki —se dice que por un error de traducción—, decidió ignorar esa declaración, sin intentar siquiera obtener algún tipo de especificación. Mientras tanto, Hirohito se preocupaba, sobre todo, del tesoro imperial del Japón, demostrando lo difícil que es afirmar sensatamente que existía una voluntad más o menos uniforme de obtener una paz con mínimas concesiones.

Bien, ya estamos en agosto de 1945. Los japoneses, pese a ser evidente que su fin era inevitable, seguían sin dar signos de querer capitular. Al contrario, estaban implantando planes de resistencia alegremente denominados La Gloriosa Muerte de Cien Millones, y en junio de 1945 habían llamado a filas a toda la población, según cálculos de la época, dos millones de soldados y veintiocho millones de miembros de la milicia local. Sus alocados planes incluían el llamado Cerezos en flor por la noche, ataques kamikaze sobre California para esparcir el ántrax sobre el que viene trabajando el ominoso y repugnante Escuadrón 731.

Por otro lado, Iwo Jima y Okinawa les han demostrado a los norteamericanos lo que les podía costar una invasión. La guerra estaba ganada, pero las pérdidas eran superiores a etapas anteriores de la guerra. Entre abril y junio de 1945, mil quinientos kamikazes habían ocasionado pérdidas terribles a la 5ª Flota. Cientro treinta buques resultaron perdidos o muy dañados, entre ellos cinco portaaviones, y los servicios de inteligencia afirmaban que siete mil quinientos aviones esperaban en Japón a las lanchas de desembarco y los buques de apoyo.

En ese momento, tras seis años de guerra y sesenta millones de muertos, el presidente fue informado de que la bomba funcionaba. La prueba había tenido lugar el 16 de julio de 1945, en Los Álamos. Se trataba de una bomba de plutonio, idéntica a la que luego estallaría en Nagasaki. Truman, en ese momento, tomó una decisión razonable, considerando los hechos. Ya habían muerto más de cien mil personas en Tokio, en los bombardeos de marzo de 1945, y habían sido arrasadas Nagoya, Osaka y Kobe, y, pese a ello, los japoneses no se habían rendido. La demostración del poder destructivo de una sola arma, debía ser concluyente, y de no producir el efecto moral previsto en la mente de los mandatarios japoneses, debían producir su efecto más propio: el destructivo. Y con ello facilitar la invasión.

No es muy trascendente por qué se escogió Hiroshima. Era un blanco más fácil que otros, había tropas acantonadas, tenía importancia militar y logística y se pensaba que no había campos de prisioneros aliados. El 6 de agosto de 1945 quedó completamente destruida.

Los dirigentes japoneses ya supieron el mismo día 6 que la ciudad había desaparecido, aunque  siguieron existiendo dudas entre el primer y el segundo ataque, acerca de la naturaleza del arma.

En cualquier caso, y pese al ataque, el gobierno japonés y el consejo de guerra siguieron discutiendo acerca de la necesidad de que se respetasen cuatro puntos para que la rendición fuera honrosa: el mantenimiento del modelo instaurado en la constitución de 1889 (precisamente aquél que había originado y fundamentado el militarismo, expansionismo y racismo japonés), que no se ocupase el Japón, que el desarme correspondiera a las propias fuerzas armadas japonesas, y que los crímenes de guerra fueran juzgados en el seno de estas. Como es evidente, se trataba de exigencias disparatadas.

Ni siquiera la declaración de guerra de la URSS, el 8 de agosto, y los ataques en Manchuria, cambiaron el sentido de las discusiones. Al contrario: la orden que recibieron los ejércitos japoneses de Manchuria fue batirse hasta la muerte.

La madrugada del 9 de agosto, los seis miembros más importante del gabinete se encontraban empatados: tres de ellos (demos sus nombres para escarnio de su memoria, Korechika Anami, Yoshijiro Umezu y Soemu Toyoda) exigían seguir adelante con la guerra, frente a otros tres, que planteaban negociar directamente con los norteamericanos. Obsérvese que lo que planteaba la alternativa «pacifista» no era renidrse incondicionalmente, sino negociar directamente. Debido al empate, se permitió la entrada a todos los miembros del gabinete, pero eso no desbloqueó la situación.

Las discusiones continuaban cuando llegaron las noticias de la destrucción de Nagasaki.

Hay que decir algunas cosas de la segunda bomba y del porqué de su lanzamiento. Se ha criticado a veces a los estadounidenses por no hacer, con la bomba de Hiroshima, algo así como un tiro de aviso. Los que dicen eso se olvidan de qué es una guerra. Y, sobre todo, se olvidan de qué fue la 2ª Guerra Mundial. Los norteamericanos tenían material para cuatro bombas (y cada bomba se fabricaba artesanalmente) en ese momento. Esas bombas, además de para intimidar, cumplían la misma función (sólo que aumentada) de cualquier arma y temían malgastarlas, sabiendo que iban a tardar, presumiblemente, algún tiempo en tener listas nuevas bombas (y así sucedió con el material de una de ellas: se malgastó en pruebas antes del bombardeo de Nagasaki). Por esa razón, los estadounidenses sólo disponían de una bomba más tras Nagasaki, una bomba que ya tenía un destino fijado en caso de que no se produjera la rendición: Sapporo.

La bomba se lanzó tres días después, y no cinco días como se había previsto inicialmente, porque iba a comenzar un período de mal tiempo, y los norteamericanos querían que el efecto acumulativo sobre la mente de los gobernantes japoneses —que ignoraban cuántas bombas similares podían lanzar los norteamericanos— fuese devastador. Se lanzó sobre Nagasaki y no sobre Kokura, el objetivo principal, porque ésta estaba cubierta de nubes.

Volvamos a la reunión del gabinete japonés. Cuando llegaron las noticias del segundo lanzamiento, Korechika Anami, líder de los intransigentes, siguió negándose a la rendición. Incluso a negociar con los norteamericanos directamente. Y fue necesario que Kantaro Suzuki convocase una nueva reunión a la que invitó al propio Hirohito. Durante esa reunión, las opiniones seguían enfrentadas, y fue Hirohito el que impuso la decisión de rendirse; eso sí, con la condición de que se le mantuviese «simbólicamente» como emperador del Japón. Hicieron falta dos bombas atómicas para que el emperador, el 10 de agosto, autorizase al ministro de relaciones exteriores para hacer esa proposición de paz.

Esa proposición podía haberse hecho tras la declaración de Potsdam, pero no se hizo porque los mandatarios japoneses aún querían salvar un régimen criminal y genocida. Todos los análisis a posteriori sobre la voluntad de los dirigentes del Japón, en la primavera de 1945, o sobre las vagas proclamas de paz de Hirohito, chocan contra la terrible realidad de las discusiones tras Hiroshima y Nagasaki y son incompatibles con ellas. Son malas falacias del historiador causadas por el horror nacido de la contemplación de la terrible capacidad destructiva del arma atómica y su proyección en un posible armagedón final.

Esos análisis, además, chocan, con el comportamiento de los oficiales que, ese mismo día, se plantearon dar un golpe de estado, y salvar al emperador de su deshonor; y que fracasaron, al comprobar que sus cabecillas naturales, los mismos que habían querido continuar con el sacrificio de su pueblo, habían optado por el suicidio ritual.

Y chocan con la decisión tomada por Hirohito, en una fecha tan tardía como el 14 de agosto, de exigir la firma personal de los altos cargos de los ministerios en las condiciones de la rendición.

Y chocan con la batalla sucedida, poco después, entre la guardia de palacio y jóvenes oficiales que pretendían evitar que el mensaje de rendición grabado por el emperador para su pueblo, fuera retransmitido, y que después se suicidaron en masa.

Y chocan con el hecho de que los que firmarían, el 2 de septiembre, la rendición del japón, en el buque Missouri, escogieran vehículos camuflados, por si se producía un ataque de fuerzas contrarias a la rendición.

Y chocan con las declaraciones del hombre más cercano al emperador, Koichi Kido, que afirmó que las bombas les habían ayudado a ellos, los partidarios de la paz, a ganar las discusiones sobre la rendición o el exterminio.

Y chocan, sobre todo, con el hecho de que Truman, siguiendo el consejo de Stimson, y apoyado por todo su gabinete, aceptara que Hirohito siguiera siendo emperador, a pesar de todo lo sucedido, y a pesar del lanzamiento de dos bombas atómicas.

No hay ninguna razón para pensar que no habría admitido lo mismo quince días antes.

Alejad de mí el peligroso pecado de pensar

 

Me preguntan con evidente mala leche esto:

Es decir, qué pienso de esto:

Es gracioso. Como es obvio, no soy un diputado venezolano ni sé en qué circunstancias concretas se ha aprobado esa ley con ese texto concreto y por qué razón, pero voy a especular un poco. Fíjense, voy a especular sin ni siquiera comprobar si esa es la ley de amnistía o qué dice el texto que falta. Total, es gratis.

Parece raro que se pretendan amnistiar hechos como los que se mencionan en la lista, aunque se establezca que solo cuando se produzcan en el marco de acciones corte político como las que se mencionan en el tuit. Pero veamos una cuestión: en la única sentencia que he leído, que afecta a opositores al régimen chavista, Leopoldo López y otros tres condenados lo son por los siguientes delitos:

LL1

LL2

LL3

Es decir, los cuatro están condenados por, ¡sorpresa!: delitos de incendio, daños, asociación para delinquir, instigación pública y agavillamiento.

Yo he leído esa sentencia. Y lo he dicho mil veces, es una sentencia grotesca. Basta con leerla para darse cuenta de que se ha inventado una causa contra Leopoldo López, y que todo apesta en el resto de los acusados (aunque es más difícil de determinar, la sentencia de entrada queda contaminada por la condena al propio López).

Ahora imaginen ustedes que son el legislador venezolano. Saben que esas condenas son una invención, que se les condena considerando que patochadas obscenas son pruebas de cargo. Y por eso los legisladores quieren amnistiar. Pero la sentencia sigue diciendo lo que dice. También podría decir que se les condena porque ha quedado probado que intentaron asesinar a Maduro utilizando un dispositivo mental y que lo prueban mediante la pericial del licenciado en periodismo doctor Arístides Sinvergüenza que además tiene una maestría por la Facultad de Psicohomeopatía de la Universidad de Maracaibo, doctor que ha manifestado muy serio en el juicio que interceptó el ataque mentalista como si fuera el Profesor X.

¿Ustedes, si quisieran amnistiar a esos condenados incluirían o no también el intento de asesinato por ataque mentalista entre los delitos amnistiables?

Porque, recuerden, se pretende que esa ley saque de la cárcel a esas personas condenadas injustamente, y si la ley no amnistía específicamente por los delitos por los que fueron condenados, no sirve para tomar por culo y los del Gobierno se la saltan tan tranquilos. Como, por cierto, han hecho de todas formas.

Sin embargo, siempre hay algún tontolnabo que se cree que porque la ley hable de esos delitos, eso implica que los amnistiados realmente los hayan cometidos.

Como digo, todo esto es simple especulación. Tampoco conozco otras sentencias que hayan servido para entrullar a otros opositores. No hablo de ellas, claro. Simplemente digo que una vez leído el esperpento por el que Maduro, sus sicarios y sus sicofantes han tenido los huevos de meter en la cárcel a alguien tan importante como López, imaginen lo que puede haber en las sentencias por las que han condenado a un montón de opositores pringados sin nombre.

Naturalmente, nada de esto servirá para convencer a los que son capaces de tragar cualquier zurullo, siempre que venga del trasero adecuado.

Por qué quiero que pierda mi equipo

 

Olas de indignación espero por esto que voy a escribir. Y lo peor es que van a venir de muchos amigos y colegas.

Sé que lo normal es que desease la victoria del Real Madrid en la final de pasado mañana. Más aún, la humillación de su rival.

Este comportamiento tribal, tan humano, carece de empatía. Ya llevamos diez. ¿Por qué ese egoísmo?

Sin duda, una victoria del Atlético de Madrid permitiría a tantos amigos y conocidos superar una grave aflicción histórica y esa acumulación de tristeza y odio contra el mundo que se remonta a aquella final de los setenta.

Tanto da que perdamos una oportunidad. Para nosotros es un diez por ciento. Para ellos, es el todo.

¿O acaso es cierta la acusación de prepotencia tantas veces dirigida contra los blancos?

Y se equivocarán ustedes si me consideran un traidor. Esas analogías olvidan que esto es solo deporte.

Tendamos, por una vez, nuestra mano al rival de siempre. Construyamos los puentes que puedan convertir la animadversión tradicional en sana búsqueda de la excelencia.

Roguemos a los dioses más amigables del panteón deportivo.

Otra cosa solo servirá para enquistar aún más la relación con los atléticos (es decir, con nuestros deudos y amigos) y para dar armas a los que piensan que los madridistas somos egoístas y sádicos que disfrutamos con la miseria de los demás.

Los anteriores argumentos puede que me conviertan, a ojos de tantos descerebrados, en un tipo que no es de fiar. Correré el riesgo.

Espero, al menos, que los amigos hagan el esfuerzo, a pesar de la inflamación que ya les está haciendo caer en el extremismo, de leer reposadamente esta entrada.

A menudo la verdad está delante y no somos capaces de verla. A veces hay que entresacarla oblicuamente, buscar los signos, desechar el ruido de fondo.

Nadie debería ser expuesto en la plaza pública para que la plebe sanguinaria se dedique a destrozarlo.

Diré solo una cosa más: si os dejáis llevar por las pasiones renunciáis a la razón, a la facultad que nos separa de las bestias. A lo que nos hace humanos.

Odiadme y os odiaréis a vosotros mismos.

 

La farsa

 

El desprecio intelectual que me produce este editorial de El Español es difícilmente superable. Basado en premisas falaces, con conclusiones falaces y aderezado con algún dato interpretado falazmente, me resulta tan populista, inane, enano y carente de rigor, que voy a escribir una entrada cortísima. Sería un insulto a la inteligencia de los lectores de este blog decir una palabra más sobre este asunto.

 

No todos los pobres son iguales

 

Leo en un comentario a la anterior entrada de este blog esto:

En España tenemos problemas más que de sobra como para ir impartiendo doctrina por el mundo. Por ejemplo tenemos un 28% de pobres y un 23% de paro. Y gente cobrando 400€ o 300€. Qué opinaran de ello nuestros admirados politicos? Sinceramente, a mi me interesa mucho más esto que la situación en Venezuela.

Estos días, a raíz de noticias como esta he venido leyendo a personas que afirman que en España hay un 28% de pobres.

No voy a minimizar las dificultades, algunas muy severas, por las que están pasando muchos españoles. Demasiados. Ahora, si hablamos de un 28% de algo para compararlo con lo que pasa en Venezuela (un lugar en el que la gente no puede comprar medicamentos, en el que niños están muriendo por falta de asistencia médica, en el que las personas no pueden adquirir lo más básico porque simplemente no está disponible, en el que hay una tasa de criminalidad salvaje, de las más altas del mundo, con una economía que este año va a caer un 8% y en el que hay una inflación gigantesca —de un 720% este año—), es preciso que sepamos a qué se refiere ese 28%.

Veámoslo. Aquí está la nota de prensa del informe del INE. Pueden leerla completa. No es muy larga, pero me voy a centrar en ese 28%.

El indicador AROPE de riesgo de pobreza o exclusión social es un indicador que se construye con la población que se encuentra bien en riesgo de pobreza, o con carencia material o con baja intensidad en el empleo. Así, se define la población en riesgo de pobreza o exclusión social como aquella que está al menos en alguna de estas tres situaciones:

– En riesgo de pobreza (ingresos por unidad de consumo por debajo del 60% de la mediana). Se construye con los ingresos del año anterior.

– En hogares sin empleo o con baja intensidad en el empleo (hogares en los que sus miembros en edad de trabajar lo hicieron menos del 20% del total de su potencial de trabajo durante el año de referencia de los ingresos, es decir, el año anterior a la entrevista).

– En carencia material severa (definida como la carencia de al menos cuatro conceptos de los nueve de la lista siguiente que se preguntan en la encuesta). Los nueve conceptos considerados son:

1. No puede permitirse ir de vacaciones al menos una semana al año.

2. No puede permitirse una comida de carne, pollo o pescado al menos cada dos días.

3. No puede permitirse mantener la vivienda con una temperatura adecuada.

4. No tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos (de 650 euros).

5. Ha tenido retrasos en el pago de gastos relacionados con la vivienda principal (hipoteca o alquiler, recibos de gas, comunidad…) o en compras a plazos en los últimos 12 meses.

6. No puede permitirse disponer de un automóvil.

7. No puede permitirse disponer de teléfono.

8. No puede permitirse disponer de un televisor.

9. No puede permitirse disponer de una lavadora.

Según los resultados para estos nueve conceptos, se estima una distribución de la población en relación con su situación de condiciones materiales de vida. En 2015, el 48,2% de la población no tenía carencia en ninguno de los nueve conceptos considerados, mientras que el 6,4% de la población estaba en situación de carencia material severa (con carencia en al menos cuatro conceptos de la lista de nueve). De los nueve conceptos que determinan la inclusión de la población en este grupo, los más frecuentes han sido: ‘no tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos’ (afecta al 99,4% de las personas en situación de carencia material severa), ‘no puede permitirse ir de vacaciones al menos una semana al año’ (98,9%), ‘no puede permitirse mantener la vivienda con una temperatura adecuada’ (78,2%) y ‘ha tenido retrasos en el pago de gastos relacionados con la vivienda principal o en compras a plazos en los últimos 12 meses’ (75,6%).

Porcentajes:

Personas que consideran que no tienen carencia en ninguno de los nueve conceptos 48,2

Personas que consideran que tienen carencia en al menos un concepto de los nueve 51,8

Personas que consideran que tienen carencia en al menos dos conceptos de los nueve 35,4

Personas que consideran que tienen carencia en al menos tres conceptos de los nueve 16,5

Personas que consideran que tienen carencia en al menos cuatro conceptos de los nueve 6,4

Personas que consideran que tienen carencia en al menos cinco conceptos de los nueve 1,9

En la ECV de 2015, el indicador agregado AROPE de riesgo de pobreza o exclusión social se situó en el 28,6% de la población residente en España, frente al 29,2% registrado el año anterior. La reducción global de la tasa AROPE se produce de forma común en sus tres componentes. Así, el riesgo de pobreza pasa del 22,2% al 22,1%; la carencia material severa, del 7,1% al 6,4% y la baja intensidad en el empleo se reduce del 17,1% al 15,4%.

Es decir:

1.- El 28,6% es un indicador no de pobreza, sino de riesgo de pobreza o exclusión social.

2.- Están en ese 28,6% personas en las que se reúne una de estas tres situaciones:

a) Que ganan un 60% menos que la mediana. Ese 60% de la mediana de ingresos es, en 2015, de 8.011 €. En una familia con dos adultos y dos hijos es de 16.823 €.

b) Los que no tienen trabajo o forman parte de una unidad familiar en el que se trabaja por debajo del 20% de lo que se podría trabajar, con independencia de los ingresos o el patrimonio que tengan.

c) Los que reúnen cuatro de al menos los conceptos antes citados. Ojo, en la encuesta nos dicen cuántas personas reúnen cuatro al menos (lo que se llama carencia material severa): un 6,4%. Más aún, sabemos que la mayoría de ese 6,4% está ahí incluido por no tener capacidad para afrontar gastos imprevistos (tener 650 € disponibles), no poder ir de vacaciones al menos una semana al año, tener que ahorrar en calefacción de la casa y haberse retrasado en pagos de hipotecas, alquileres, gastos de la casa o en compras a plazos.

3.- La evolución de la carencia material severa es esta (ojo, se refiere a los ingresos del año anterior): en 2011, un 4,5%, en 2012, un 5,8%, en 2013, un 6,2 %, en 2014, un 7,1%, en 2015, un 6,4%. Como vemos, tras años de crecimiento, desciende en el último año medido.

Ahora, una vez examinado esto, ¿en serio alguien cree que ese 28,6% y las razones por las que se les incluye en ese porcentaje tienen algo que ver con los datos actuales de Venezuela?

¿En serio?