Un héroe de novela

 

El camino de los comunistas dentro de la irrealidad y la ficción se acaba de enriquecer con un hito más. Un hito, eso sí, basado en un producto capitalista pagado por las multinacionales del espectáculo, las mismas que han convencido a millones de menores de cincuenta años (aka adolescentes) de que la realidad es lo que sale en cada capítulo de cuarenta y cinco minutos de la serie de moda.

No sé si tendrá algo que decir Monedero, el hombre que vio El Rey León de detrás hacia delante y escuchó, por nosotros, mensajes satánicos del imperialismo. Imagino que le parecerá bien: hay que luchar contra el capitalismo utilizando sus artimañas. El problema, sin embargo, va a ser el de los demás candidatos, tanto de IU como de Podemos. Todos peleando por ser el mejor personaje, el más noble, el más agraciado.

El maligno show business concluyó, no hace mucho, que la manera de engañar permanentemente al público adolescente era crear el tipo del malvado con rasgos humanos y sentido del humor y el de héroe con facetas oscuras y mirada a veces torva, mezclarlos siempre, y que solo con eso sería suficiente para hacer creíble cualquier cosa, incluso que un sujeto sin media cabeza ande elegantemente un rato antes de desplomarse. En el reparto de personajes, aunque escojas al guardián del pueblo, siempre te va a tocar alguien que hace algo espantoso, impulsado por un destino que solo se explica en la tercera temporada. La apuesta, sin embargo, es segura: incluso el tipo corrupto de ficción le cae bien a los indignados, si tiene una frase que parece memorable, un pasado maldito y es gracioso. Es decir, si es ficticio.

Por eso es una decisión inteligente: si le estás vendiendo burras a la gente y la gente te las compra con entusiasmo, poner ilustraciones no va a perjudicar al producto. A mí, por ejemplo, me parece que Garzón resulta tremendamente atractivo con el pelo al aire y las vestiduras de alguna edad de los metales. Hasta la melancólica mirada del llamado a grandes sacrificios le viene pintiparada.

Sí, puede que parezca poco serio, como en esas versiones infantiles que tuve de Historia de dos ciudades o Veinte mil leguas de viaje submarino, en las que una página era de texto y el resto era como un cómic, un resumen en viñetas de la historia. Pero, seamos sinceros, ¿quién leía el libro teniendo el cómic?

 

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