Hay una serie de guerras —o una sola guerra dividida en batallas— conocida como Guerra de los mosquetes, que enfrentó a las jefaturas maoríes durante unos cuarenta años a principios del siglo XIX. Tradicionalmente se ha explicado como un ejemplo de lo que pasa cuando una cultura como la occidental, tan belicosa y explotadora, contacta con una cultura aislada, pacifista y enrollada, como la maorí. La verdad es que los maoríes venían matándose desde siempre, así que los mosquetes solo habrían intensificado —eso sí, terriblemente— el proceso (las guerras pudieron causar unos cuarenta mil muertos), hasta que los ingleses firmaron, en 1840, un tratado con unos cuantos jefes de la Isla Norte y se quedaron con el pastel. Ese tratado, escrito en dos idiomas, siguió la fantástica tradición colonial, luego utilizadísima en África, de decir en inglés una cosa y en la lengua nativa otra. Se imaginarán, seguro, lo que decía el tratado en inglés.
Escribo esta entrada porque acabo de leer que el factor esencial a la hora de explicar la crudeza de estas batallas (hubo miles en las cuatro décadas que duró el sarao) no es el mosquete en sí, sino la patata.
Los maoríes (de la Isla Norte) cultivaban boniatos desde que fueron importados desde América a la Polinesia aproximadamente hacia el año mil (por un proceso aún discutido) y este era uno de los elementos básicos de su dieta. Sin embargo, a finales del siglo XVIII, tras la llegada de Cook, los balleneros y los buques que se dedicaban a la caza de focas empezaron a arribar cada vez más a menudo a Nueva Zelanda. A cambio de alimentos, vendían a los nativos mosquetes y todo tipo de útiles, e introdujeron la patata, que se adaptó rápidamente al clima frío de las islas. Ahí se inició una especie de carrera de armamentos. Para comprar esos útiles y armas, los maoríes empezaron a cultivar intensamente patatas. Pronto las armas dejaron de usarse solo para fines defensivos y se iniciaron guerras de conquista y sometimiento que buscaban añadir esclavos a esa producción intensiva. Las patatas podían ser cultivadas por las mujeres y los esclavos con más facilidad que los boniatos, y las tribus más avanzadas en el contacto con europeos pudieron liberar hombres para las tauas, las formaciones guerreras tradicionales. Además, las patatas se almacenaban y transportaban mejor y las expediciones fueron, según se agotaban las conquistas cercanas, extendiéndose, incluso a lugares a miles de kilómetros, y aumentando en el número de efectivos. Que se lo digan a los incautos moriori.
Si tienen interés, este estudio explica estas y otras muchas cosas.
Es este, en fin, un ejemplo más de lo difícil que resulta prever las consecuencias de hechos aparentemente triviales. Y de lo delicado de ciertos equilibrios. Una enseñanza que los adictos a la planificación siempre desprecian, por cierto.