O basta là

 

Cada día me cansa más una cierta manera de discutir los asuntos. Una manera que consiste en añadir argumentos en tropel, según van recibiendo respuesta, aunque entre sí sean incompatibles y aunque no se encuentren en el mismo nivel argumentativo, sumado al doble procedimiento de constreñir la discusión, incluso de forma ridícula, cuando crees haber encontrado un agarradero, para salirte del vaso, cuando ya no te valen los propios límites que has querido imponer previamente.

En esa forma de discutir lo importante no es tener razón, sino poder defender tu postura a costa de cualquier lealtad intelectual. Es un puro juego de poder.

Hay un paralelismo entre esto y ese tema que tanto me ocupa, el de la ley. En la discusión racional, las reglas de conversación son esenciales, como en la adopción de acuerdos la ley es esencial. Las reglas de conversación van más allá de los simples modales. Tienen que ver con el respeto a la lógica, con la simetría, con el respeto a las definiciones y al campo de juego. Un simple ejemplo quizás explique mejor a qué me refiero: si defiendes un discurso no puedes renunciar a su coherencia interna. Sin embargo, es habitual que alguien sostenga una opinión, basada en un discurso determinado, y que, pese a que se le demuestre alguna falla capital en ese discurso, siga manteniendo esa opinión, expurgando del discurso lo que se ha demostrado falso, aunque el elemento que lo sustituya sea incompatible con lo que defendía previamente.

No se trata de que crea que es mala la lucha intelectual. Al contrario, me parece una actividad excelente. Lo malo es saltarse sus reglas. Este tipo de artificios, muchas veces burdos, son el equivalente a darle un puñetazo a tu oponente cuando sus argumentos son mejores. Es el equivalente, porque los argumentos que se saltan las reglas de conversación son siempre un puñetazo en el ojo, aunque le parezcan estupendos al que los usa. Un puñetazo en el ojo, sin embargo, es perfectamente leal en un combate de boxeo, porque las reglas lo permiten. Habrá quien diga: ¿quién eres tú para fijar las reglas? Efectivamente, nadie, pero si quieres discutir conmigo por qué las reglas han de ser unas y no otras, ya estás asumiendo reglas de conversación, y te las saltas si en un momento dado me dices que me huele el aliento. Hay algo irrevocable ahí. Y si piensa que no, discútamelo.

Por otra parte, cumplir esas normas es un ejercicio magnífico. A veces incluso sirve para acercarse a atisbar algo que se parece a la verdad.

Por desgracia, es demasiado habitual ver a la gente enfangada, dispuesta a dar mordiscos en la oreja y cabezazos cuando el árbitro no mira.

Dicho esto, a veces he descubierto que aquel al que había catalogado como truhán, realmente creía en cómo planteaba lo que planteaba, no como subterfugio, sino sinceramente. Hay, en consecuencia, un prejuicio detrás de esta reverencia a la lógica. Los demás no saben razonar. Los demás son plebeyos. Los demás están equivocados. Mea culpa.

Así nado, intentando evitar que mi soberbia arruine una buena charla, a la vez que me arrepiento tantas veces de tanto tiempo gastado en estúpidas discusiones con gente que nunca está dispuesta a dejarse convencer.

El último inciso de esta última frase está completo. Me anticipo a los que, después de haber leído toda la entrada, se centrarán en él, como si demostrase algo, olvidándose del resto, empezando a incumplir las reglas de una buena conversación.

 

3 comentarios en “O basta là

  1. Tsevan, ya lleva muchos años escribiendo para saber que en muchas ocasiones la gente no quiere (no queremos a veces) aceptar que el otro puede tener razón o al menos que su argumento está fundamentado. Nos cuesta mucho escuchar o leer atentamente porque ya salimos con una respuesta, con nuestra tesis previa y no vamos a cambiarla, faltaría más.

    Por supuesto, yo también caigo en ese error…aunque procuro evitarlo continuamente.

    Eso sí, aunque a veces le moleste (yo mismo me he indignado con algunos comentarios que no se centran en la cuestión), no deje de escribir. Al menos para mi es una de las mejores cosas del dia.

    José

  2. Buena reflexión. Yo creo que es algo que nos sucede a todos. Especialmente cuando saltan a la palestra varios asuntos simultáneos, varios argumentos al mismo tiempo, ya sea por escrito o de viva voz.
    Uno a veces no puede evitar cargarse de razón (porque muchas veces uno sí cree llevar razón con total honestidad), y sin embargo no atinar a centrarse en la clave del asunto.

    Uno de los maestros en el arte dialéctico, Sócrates, a pesar de sus ocasionalies sofismas, solía centrar la discusión como un tiro hacia el centro mismo del asunto que le ocupaba, y repudiaba con frecuencia de quienes le salían por peteneras o enturbiaban la discusión.

    Llama la atención, además, que tantos pensadores (me viene a la cabeza Schopenhauer, entre otros) le hayan dedicado tiempo y esfuerzo al arte de “llevar la razón”, y tan poco al arte de “discutir con nobleza, ética y rigor”. O mucho me equivoco, o los modernos adiestramientos en el arte de discutir van más encaminados a vencer al rival que en ahondar en la cuestión que se plantea. Más contra el sujeto que sobre el objeto.

    Sin embargo, la desaparición o distanciamiento del sujeto con respecto al objeto es “conditio sine qua non” en la aplicación del método científico. Las letras, o el derecho mismo, en vez de tratar de aplicar esa distancia, caen muchas veces en lo contrario.

    No podemos ser buenos conversadores a todas horas (entre otros motivos, porque para discutir bien, como para pelear, hacen falta dos voluntades y no solo una); pero lo intentaremos en la medida de lo posible. No tratar de “llevar razón a toda costa” puede ser un buen punto de partida.

    Muy buena llamada de atención para todos.

  3. La conversación enriquece la comprensión, pero la soledad es la escuela del genio. (Edward Gibbon)

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