Paranoia constructiva

 

Hace más de cincuenta años, mis padres veraneaban en Fuenterrabía. Mi padre, para entretenerse, compró una lancha motora. Con ella se iba a pescar a mar abierto.

Un día, acompañado de un amigo y de uno de mis tíos, que no sabía nadar, decidió hacer lo de costumbre. Conozco la historia con algo de detalle porque nos la contó décadas después, aunque era obvio que no le gustaba nada recordarlo y solo lo hizo por la insistencia de sus hijos.

Antes de salir, un pescador le advirtió de que iba a hacer mal tiempo. Mi padre echó un vistazo, vio que hacía un día magnífico, sin una nube, y decidió no hacer caso. Ese fue su primer error del día.

Iban vestidos solo con un bañador y una camisa.

Ya en alta mar el tiempo cambió bruscamente y las olas se fueron haciendo cada vez más altas y frecuentes. Aunque puso rumbo a la costa, se le paró el motor, la lancha se cruzó, empezó a recibir las olas por el través y una de ellas la volcó. No llevaban chalecos salvavidas.

No se sumergió por completo. La proa estaba al descubierto y los tres se agarraron a la bola que se usaba para remolcarla.

En ese momento, mi padre vio cómo pasaba flotando el respaldo de uno de los asientos de la lancha. Allí había dejado, en una especie de bolsillo cerrado por una cremallera, su documentación y las llaves del coche. Como era muy buen nadador, decidió ir a recuperarlas. Ese fue el segundo gran error del día.

Comenzó a nadar, pero no era capaz de alcanzar el respaldo. A la vez, la lancha estaba cada vez más lejos y empezó a dudar de si era mejor seguir o volver. Con un esfuerzo tremendo, terminó por agarrar el respaldo. Como ya estaba agotado, lo abrazó con fuerza. Ya no veía la lancha.

Las olas eran cada vez peores y empezó a tener frío. Aunque tenía las manos entumecidas, continuó aferrando una contra otra, por miedo a no poder sujetarse bien si cambiaba su postura, a pesar de que estaba expuesto a los golpes, que lo volteaban, y al agua.

Nos contaba, muchos años después, que el tiempo le pareció eterno. Aunque era joven y muy fuerte, empezó a desesperarse, sobre todo al ver que caía la noche.

Estuvo cinco horas flotando a la deriva. Lo rescató un pesquero francés. Habían encontrado horas antes a los otros dos tripulantes de la lancha, que estaban convencidos de que mi padre se había ahogado, ya que no le habían visto agarrar el respaldo.

El pesquero también recuperó la lancha motora. Al día siguiente mi padre la vendió por lo que le quisieron dar. Nunca más se subió a un barco. Ni a un mísero bote. Yo nací poco después.

Me he acordado de esta historia al leer el capítulo de un libro de Jared Diamond. El autor titula ese capítulo “Paranoia constructiva” y cuenta una anécdota personal similar, en la que estuvo a punto de perecer en aguas del Pacífico.

Paranoia constructiva, qué término más adecuado. Tiene que ver con esas medidas que a tantos —sobre todo jóvenes— les parecen idiotas, pero que nos salvan la vida cuando sucede lo que nos parece improbable, precisamente por juventud e inexperiencia.

4 comentarios en “Paranoia constructiva

  1. Menuda baraka la de su padre. Error tras error y salió vivo de esa. Aprendió del error y no volvió a cometerlo.

  2. Esta paranoia ya me salvó la vida dos veces. Y no exagero.
    Trabajo con frecuencia con sistemas que te pueden matar si metes la pata. Como confundirse es inevitable, siempre trato de ser constructivamente paranoico. La pregunta fundamental que hay que hacerse es: Si todo lo que hago falla, ¿me voy a morir? Si la respuesta es sí, entonces hay que diseñar de nuevo el aparato para que la respuesta sea no.

  3. Suelo coincidir con sus opiniones, pero el que comente usted el capítulo de “El mundo hasta ayer” que acabo de leer ya me parece excesivo.
    Saludos. 🙂

  4. La mar es una mujer fatal de la que te enamoras y acaba destrozandote la vida (otros dicen que es una puta de la que no te puedes enamorar). He naufragado varias veces (muy cerca de un puerto seguro, que no soy el capitán Chimista), y todas fue por improvisar.
    Luego, en la vida profesional, me ha pasado también, y siempre por no haber seguido minuciosamente los protocolos de preparación…

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